Tentación (Rosewood 1) 28 Silas
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28 Silas

VEINTIOCHO

SILAS

—¿Qué has qué? —Frunzo el ceño y entrecierro los ojos.

Mi madre continúa tranquilamente con su proceso de cerrar la oficina por hoy. Apila notas adhesivas de colores una sobre otra y las guarda en un pequeño compartimento de un organizador de escritorio que le compré el año pasado.

—Le he dicho a Evangeline que la llevarías a casa —responde sin levantar la vista de su tarea.

—¿Por qué? —Es prácticamente un gruñido, pero estoy demasiado irritado para controlarme.

Entonces me presta atención, dedicándome una mirada gélida a través de las pestañas mientras hace una pausa en su limpieza. Mierda. Conozco esa mirada. Casi treinta y un años y sigo reaccionando a la mirada de mi madre. Contengo un suspiro y me preparo para aguantar su lengua afilada.

Se yergue lentamente y apoya la mano izquierda en la cadera. Pone esa expresión que, cuando éramos pequeños, llamábamos su «cara de no me vengas con tonterías». Es decir, si te mira así, es que está harta de tus sandeces.

—¿Acaso tengo que consultarte antes de tomar una decisión en esta oficina, en esta empresa que ayudé a levantar desde cero?

Suelto el aire y se me hinchan un poco las mejillas. —Claro que no...

—Estupendo —me interrumpe, retomando su organización de fin de jornada—. Así que vas a llevar a esta simpática joven a su casa, ya que su coche no estará listo hasta mañana.

—He traído la moto, mamá.

—Qué suerte que vivas tan cerca, entonces. Ve a por tu camioneta —dice con voz inexpresiva, pero lo juro por Dios, le brillan los puñeteros ojos.

Miro a mi hijo en la habitación pequeña contigua a la oficina. Está despatarrado en un puf enorme que compramos solo para él, jugando con dinosaurios de plástico. —Pero Hunter...

—Hunter está más que bien conmigo otros veinte minutos mientras llevas a esta nueva clienta a casa. Es nueva en el pueblo y le he dicho que cuidaríamos de ella. —Me mira con una ceja arqueada y los labios apretados en una línea recta—. ¿Vas a dejarme por mentirosa, Silas St. James?

Me paso la mano por el pelo y me agarro la nuca. —No, mamá. Me encargo yo, ¿vale?

Ella se ilumina con una sonrisa tan amplia que cualquiera pensaría que acabo de decirle que la mando a un crucero con todos los gastos pagados, y no que voy a llevar a alguien a casa.

—Sabía que lo harías, cielo. Ahora, anda, ve a por la camioneta. No la hagamos esperar. —Prácticamente me echa de la habitación con un gesto de la mano.

—Sí, sí. Luego nos vemos. —Abro la puerta, aún sorprendido de que haya sacado la carta del segundo nombre. Esa mierda siempre me funciona.

Por eso lo hace, seguramente.

Da igual. Me limitaré a llevarla a casa y luego me lavaré las manos de todo este asunto. Evangeline suena a nombre de una de las amigas del club de bolos de mi madre.

Me protejo los ojos del sol en cuanto salgo fuera. Alguien a la izquierda grita mi nombre y levanto la mano a modo de saludo. No puedo pararme, no solo porque me han contratado como si fuera un chófer de cortesía, sino porque veo a una chica dando vueltas alrededor de mi moto.

Pelo oscuro recogido en un moño desordenado en lo alto de la cabeza, pantalones cortos vaqueros y una camiseta blanca metida por delante. Y el par de botas más llamativo que he visto en mi puta vida.

Botas de cowboy rosa fucsia con detalles en turquesa.

Las chicas de Helen se están volviendo muy atrevidas, hay que reconocerlo. Aprieto los dientes ante la perspectiva de tener que echar a otra de la propiedad por una temporada. Si no pueden seguir las reglas, no pueden estar aquí. Así de sencillo.

Y todo el mundo sabe que no se debe tocar la moto de alguien. Es la primera puta regla aquí. Mi molestia aumenta cuando se inclina para mirar el manillar.

—¿Es que tu madre no te enseñó a no tocar lo que no es tuyo? —Alzo la voz lo suficiente para que recorra los tres metros que me separan de mi moto.

Ella se sobresalta, llevándose la mano al pecho más rápido de lo que puedo seguir con la vista. —Mierda, lo siento.

Se ajusta las gafas de sol sobre el puente de la nariz. Son grandes y negras, le tapan demasiada cara. No la reconozco de nada.

—¿Eres nueva por aquí o algo así?

—Sí —dice, balanceándose sobre los talones—. Ella me dijo que esperara aquí fuera.

Ladeo la cabeza. —¿Helen te ha dicho que esperaras junto a mi moto?

Ella ladea la cabeza también. —Bueno, no. No exactamente.

Se me agota la paciencia y me acerco a ella. —No se toca la moto de nadie a menos que te den permiso. Eso es lo primero que debería haberte dicho en cuanto pusiste un pie en el recinto.

Se pone la mano en la frente para protegerse del sol mientras supuestamente me mira. Es entonces cuando me doy cuenta de lo menuda que es. No es diminuta, pero tampoco lo que yo llamaría alta. Parece que encajaría perfectamente bajo mi brazo.

Desecho ese pensamiento errante en cuanto me doy cuenta de lo que estaba haciendo.

—¿Entendido? —insisto, dejando que parte de mi frustración se note en mi voz.

Sus cejas se elevan por encima de las gafas. Pivota sobre las plantas de los pies, mirando de izquierda a derecha. —Claro, sin problemas. Solo estaba esperando a...

Me lanzo sobre mi moto y le agarro el brazo, justo por encima del codo. —Atrás —gruño y le muevo el codo con cuidado unos centímetros, fuera del alcance de mi moto.

Mi hermano diría que soy un dramático, pero a él nunca le han golpeado la moto y se ha ido al suelo. Esa mierda duele... en tiempo y en dinero.

—Perdón, perdón —murmura, retrocediendo treinta centímetros más.

Sus mejillas se tiñen de rosa ante mi escrutinio y siento una punzada de culpa. Quizá he sido demasiado duro.

Mi mano se desliza de su brazo, y las yemas de mis dedos rozan su piel suave. Una extraña sensación de zumbido recorre mis dedos, sube por mi brazo y se hunde en mi piel como una corriente eléctrica.

—No pasa nada. —Las palabras salen entre mis dientes apretados con un gruñido. Me cruzo de brazos, cerrando los puños para borrar esa extraña sensación de hormigueo.

—Solo tenía curiosidad. Hace poco descubrí esta serie y...

—No me lo digas: empezaste a ver esa serie de moteros y ahora quieres ir de paquete en la moto de algún capullo y vivir tus fantasías, ¿no? —suelto con desgana, arqueando una ceja bajo mi gorra de béisbol negra.

No te creerías la cantidad de chicas que pasan por aquí con la misma fantasía. Es de una falta de originalidad total. Quizá si tuviera diez años menos y me importara un bledo dónde meto la polla, no me importaría.

Joder, ni siquiera sé por qué estoy tan irritado ahora.

—...y me preguntaba si alguna vez podría montar en una —continúa ella con su hilo de pensamiento como si no la hubiera interrumpido.

Descruzo los brazos y me pongo la gorra del revés, mirando hacia el aparcamiento, hacia los hermanos que fuman junto al grupo de mesas de picnic cerca del club.

Al menos no están lo bastante cerca como para ser testigos de lo que sea que esté pasando ahora.

Siento su mirada sobre mí, ardiente y aguda. Y entonces hago una estupidez. Algo que solo podría causar un golpe de calor. He pasado demasiado tiempo fuera hoy, estoy seguro de ello.

—¿Quieres dar una vuelta?

Las palabras salen de mi boca demasiado rápido, como si tuviera miedo o algo así. Lo cual es ridículo.

Retrocede medio paso y ladea la cabeza. —¿Ahora mismo?

Me cruzo de brazos, sintiéndome mejor con mi extraña rama de olivo. Dirá que no y no me sentiré tan mal por haber hecho una suposición sobre ella. Y luego seguiré con mi día e intentaré olvidarme de sus labios carnosos y sus piernas largas.

Mierda, solo pensar en sus piernas hace que vuelva a echarles un vistazo.

—¿Tienes algo mejor que hacer?

Me dan ganas de darme de bofetadas. ¿Por qué coño estoy presionando tanto? Nunca he llevado a una mujer en la parte trasera de mi moto, ni siquiera a la madre de Hunter.

Y, sin embargo, aquí estaba, prácticamente suplicándole a esta desconocida. Nunca he suplicado a una mujer en mi vida y no puedo explicar qué está pasando. Solo que está pasando y no puedo evitarlo.

Ella sonríe y parece diferente. No más joven, sino más despreocupada. Alegre. Mis labios se curvan en un ceño fruncido y, por alguna razón, su sonrisa no hace más que ensancharse.

Lo achaco a una insolación. Definitivamente es lo que me está pasando ahora mismo.

—Claro, daré una vuelta. —Se mete las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones cortos vaqueros. El movimiento hace que se le hinche el pecho, casi como si lo estuviera poniendo en el punto de mira. O quizá sea mi mente privada de sexo jugándome malas pasadas.

Cambio el peso al otro pie y ladeo la cabeza. —¿Has subido alguna vez a una moto?

—No, la verdad es que no —dice, balanceándose sobre los talones.

—Es fácil. Como...

—¿Montar en bicicleta? —me interrumpe, con una carcajada escapando de sus labios rosados.

—Sí —gruño, rodeando mi moto con el casco en una mano—. Algo así. Solo agárrate a mí y haz lo que yo haga, ¿vale?

Entro en su espacio personal, alargo una mano por detrás de ella y agarro su coletero entre el pulgar y el índice. Se lo quito del pelo lentamente, dándole tiempo de sobra para que me detenga o lo haga ella misma.

Pero no lo hace. Se queda totalmente quieta mientras su larga melena cae sobre sus hombros. Y entonces hago una estupidez. La miro hacia abajo, lo cual estaría bien si no fuera porque ella ya me estaba mirando hacia arriba. Con ojos de cordero degollado y sus labios rosados entreabiertos.

Esa puta mirada hace que se me agite la entrepierna. Que no es precisamente lo que necesito sentir ahora mismo.

—Toma, ponte esto. —Le frunzo el ceño, pasándome el coletero a la muñeca con un movimiento brusco, y le encasqueto el casco. Trasteo con la correa, ajustándola bajo su barbilla. Mis dedos rozan la línea de su mandíbula y oigo cómo contiene el aliento bruscamente.

Y supongo que tengo que añadir eso a la creciente lista de cosas que me ponen. Y qué lista más estúpida, además.

Pantalones cortos, botas de cowboy chillonas, esa mirada de inocente y su rápida inhalación.

—¿Este es tu casco? —pregunta ella.

—Sí —gruño como respuesta.

—¿Entonces qué te vas a poner tú?

—Estaré bien, no iremos tan rápido. Solo haz lo que yo haga, ¿vale? —Me aparto de ella antes de hacer algo más propio de mi hermano pequeño y llevármela a mi habitación asignada dentro del club.

—¿Y si yo quiero ir rápido?

Me monto en la moto, parpadeando varias veces para borrar la imagen de sus largas piernas rodeando mi cintura y de ella exigiéndome que vaya más rápido en un escenario totalmente distinto.

La polla me late dentro de los vaqueros, un recordatorio doloroso de la poca acción que ha visto últimamente. Intento pensar en cosas aburridas como el golf, los números y los sándwiches de embutido.

Pero entonces siento su mano en mi hombro mientras pasa la pierna y se acomoda en el pequeño asiento detrás de mí.

Oh, por el amor de Dios.

Esto ha sido una mala idea. Todo en lo que puedo concentrarme es en lo bien que se siente su cuerpo contra el mío.

—Por cierto, soy Evangeline —dice.

Niego un poco con la cabeza. Supongo que mi madre está probando suerte ahora como celestina.