27 Evangeline
VEINTISIETE
EVANGELINE
—¿O sea que te ha hecho ghosting sin más? —pregunta ella, con el rostro contraído por la incredulidad. Se relaja rápido, demasiado rápido, la verdad—. Lo voy a matar.
—¿Debería alarmarme por lo rápido que pasas de la confusión al instinto asesino? —solo bromeo a medias.
Cora siempre ha sido ferozmente protectora conmigo, y la quiero aún más por eso. Pero no quiero que se meta en problemas.
He pasado los últimos tres días viendo compulsivamente esa serie de televisión sobre moteros en mi tiempo libre, y mi mente no deja de mostrarme imágenes de lo que les pasa a quienes se entrometen en sus asuntos.
Sé que es ficción y que los Reapers no son ni remotamente iguales. Al igual que sé que Cora no lo mataría de verdad, pero sin duda lo pondría a parir.
Y ya estoy un poco nerviosa de por sí.
—No me distraigas. Estoy ocupada. Planeando.
—Ya, bueno, no es para tanto. —Arrastro una patata frita por el charco de kétchup del plato. Nuestra camarera, Debbie, nos ha servido una montaña de patatas para compartir, tal como pidió Cora.
Cora hace un gesto con la mano en el aire, como si pudiera espantar mis palabras. —Eso es mentira, Eve. Estabas ilusionada. —Hace una pausa y levanta la mano, con la palma hacia mí—. Y ni se te ocurra negarlo. Solo conseguirías insultarme. —Me mira con una ceja arqueada en señal de advertencia.
—No iba a negarlo. —Me encojo de hombros y vuelvo a remover la patata por el plato.
—A pesar de que te dije que no te involucraras con ellos. No son más que unos mujeriegos, unos llorones y unos putañeros.
Me echo hacia atrás y la miro con las cejas muy altas. —Dios, Cora —digo en voz baja—. Hay gente alrededor.
Suspira como si fuera una carga enorme no poder criticar a los Reapers. —Si estuviera aquí ahora mismo, se lo diría a la cara. Le advertí, ¿sabes? —Hace una pausa y me señala con una patata.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Hace un par de días, cuando vino a por los dónuts para ti. —Se encoge de hombros y se mete la patata en la boca.
—Ah, claro. Debería haberme dado cuenta cuando vi la caja. Pero estaba distraída con...
—¿Con todo ese rabo? —suelta ella inexpresiva.
—No, por Dios. No he visto el rabo de nadie.
—Pero quieres verlo. —No ha sido una pregunta.
Siento que las mejillas se me calientan sin mi permiso.
— ¿Qué? No lo sé. Quiero decir, quizá. Sí.
Pero ¿has visto a esos hombres? Los brazos de Bane...
me dejaría zarandear por él sin duda. Y no me hagas hablar de cómo me besó Nova.
—Me abanico la cara con la mano y me muerdo los labios para no seguir divagando—. Espera, ¿cuál era la pregunta?
—No he hecho ninguna —dice con un bufido—. Solo he hecho una observación.
Me echo el pelo hacia atrás por encima del hombro con un resoplido juguetón. —Bueno, lo que sea. Da igual, estoy bien.
—Bien. Pero que sepas que no te digo «te lo advertí» porque te quiero.
Pongo los ojos en blanco con un pequeño bufido de desdén. —No me ha hecho ghosting, no exactamente. Me dijo que se iba del pueblo unos días. Además, es un buen momento, ya que a mi coche le ha dado por morir.
—¿Y no puede mandar un mensaje mientras está misteriosamente fuera del pueblo? Me parece muy sospechoso —dice ella, con los labios fruncidos en una mueca.
—¿A qué viene este cambio de opinión? Primero estabas en contra de que tuviera nada que ver con ningún Reaper, ¿y ahora me animas? Decide un bando, cielo. —Le lanzo una patata pequeña.
La atrapa de su platito lleno de kétchup y se la mete en la boca. —Ya lo he hecho: el tuyo.
—Eres la mejor, ¿lo sabes? —Le dedico una amplia sonrisa.
—Oh, lo sé, pero por favor, sigue recordándomelo —dice entre risas—.
Además, tienes que llevar el coche a un mecánico.
No puedes quedarte en Magnolia Lane sin coche.
Si pasara algo, el vecino más cercano está a más de un kilómetro.
Y Nana Jo juraba que la señora Keppner se quitaba los audífonos después de las cuatro solo para no tener que oír los comentarios de su marido sobre los programas nocturnos.
Me río ante la imagen que está pintando. Todavía no he visto a los Keppner, pero sí que recuerdo que Nana Jo nos contaba historias para demostrar su teoría.
—Sí, lo haré. Se murió justo en mitad de la calle, a una manzana de aquí.
Por suerte, llegué por inercia hasta una plaza de aparcamiento.
Y luego vine andando el resto del camino.
Iba a decírtelo enseguida, pero alguien me distrajo con la psicología de las botas de vaquero.
—Le lanzo una mirada de fingido reproche.
No estoy enfadada de verdad, pero no puedo desperdiciar la oportunidad de tomarle un poco el pelo.
—Vaya, qué susto. Tienes suerte de que no pasara nada peor. ¿Y no había hecho nada raro antes de hoy?
Niego con la cabeza. —No, nada. Sé que es un coche viejo, pero espero poder arreglarlo todavía. Pero voy a buscar trabajo. No quiero agotar mis ahorros, ya sabes.
Levanta la cabeza y me clava la mirada. —¿Eso significa que te vas a mudar a Rosewood definitivamente?
—Puede. —Mi voz tiembla de una forma extraña. Sinceramente, no sé si quiero quedarme aquí para siempre o seguir con mi plan original de estar solo el verano.
Se inclina hacia delante con una sonrisa radiante y los ojos muy abiertos. Es casi infantil en su alegría pura. —¡Yo voto que sí, múdate a Magnolia Lane para siempre!
Me río, nada sorprendida de que diga eso.
Apoya las palmas sobre la mesa mientras se inclina aún más. —Piensa en lo divertido que sería para ti decorar Magnolia Lane. Hay muchísimas habitaciones, y seguro que querrás quedarte con algunas cosas de Nana Jo. Pero, Eve, nadie espera que no la hagas tuya, ¿sabes? Podría ser perfecto para ti.
Está rebosante de energía, hablando más rápido y más alto que antes. Es contagioso de la mejor manera.
—Ya veremos, ¿vale? No digo que no. Primero tengo que arreglar el coche y luego buscaré algo de trabajo.
Se apoya de nuevo en el respaldo del reservado, desinflándose un poco, como si alguien le hubiera quitado el aire. —Mierda. No creo que vayas a encontrar un estudio de decoración de interiores en ciento sesenta kilómetros a la redonda. Al menos ninguno que esté a la altura de tu estilo.
—Lo sé. —Ya sabía que tendría que cambiar de planes. La verdad es que de todas formas he estado pensando en buscar un trabajo para el verano. No quiero que Cora sienta que tiene que entretenerme mientras estoy aquí. Y me gusta la idea de tener una rutina, algo divertido incluso.
—Ya sabes que tienes un puesto conmigo cuando abra mi pastelería, pero para eso falta un tiempo. Si quieres, puedo preguntarle a mi jefa, Shelbi, si puede hacerte un hueco —se ofrece.
Pero hace una mueca, e incluso si quisiera trabajar con ella, su expresión me dice que no va a funcionar.
Cora lleva años soñando con abrir su propia pastelería. Hemos hablado de ello varias veces desde que supimos que Nana Jo le dejó el dinero para hacerlo.
Me hace muchísima ilusión por ella y me siento tan orgullosa que me arden las orejas.
—Sabes que puedes contar conmigo cuando abras la tuya, Cora. Pero estaba pensando en algo un poco diferente. —Me encojo de hombros—. Aunque no me voy a preocupar por eso hasta que arregle el coche, ¿sabes?
—Siento interrumpir, chicas, pero no he podido evitar oír que tenéis problemas con el coche.
Levanto la vista del plato de patatas hacia la mujer que está de pie al extremo de nuestra mesa.
Lleva la mitad de su largo cabello rubio oscuro recogido en la nuca con una pinza negra, un pequeño delineado en los rabillos de sus ojos azul oscuro y el tono de rosa más bonito pintado en sus labios sonrientes.
Me limpio la comisura de la boca con la servilleta, con las mejillas encendidas. —Oh, lo siento. ¿Estaba hablando demasiado alto?
—No, qué va, cielo, pero estaba sentada justo detrás de ti.
Y como resulta que soy dueña de un taller, he pensado en presentarme.
Soy Dixie y soy la propietaria de RCGC, aquí en el pueblo.
—Me tiende la mano y noto que lleva las uñas pintadas del mismo tono que su pintalabios.
Me pregunto vagamente si será su color distintivo.
Nana Jo solía hacerse las uñas todas las semanas y, aunque le encantaba ponerse colores distintos, también tenía un tono característico.
Big Apple Red.
Siempre me ha parecido irónico porque a Nana Jo nunca le gustaron las grandes ciudades. Decía que iba a Nueva York por los espectáculos y la comida, pero siempre se iba porque había demasiada gente para ella.
Le doy la mano. —Oh, me encantan tus uñas. ¿Te las haces aquí en el pueblo? —No recuerdo haber visto ningún salón de manicura en el centro.
Retira la mano y gira la muñeca para examinarse las uñas. —Es un sitio nuevo en Taurus, en el Oasis. Di que vas de parte de Dixie y te tratarán de maravilla.
—Oh, qué amable por tu parte. Soy Evangeline —le digo, llevándome la mano al pecho y señalando al otro lado de la mesa—. Y esta es mi prima, Cora.
Nos mira a Cora y a mí con los ojos entrecerrados. —¿Eres la hija de Ginny?
Tardo un segundo en responder; el apodo poco usado de mi madre me pilla desprevenida. —Sí, una de ellas. ¿Conoces a mi madre?
Dixie cambia el peso del cuerpo a la derecha, sacando la cadera como si se dispusiera a contar una historia. —Tu madre y yo nos conocemos de hace muchísimo.
—¿En serio? —pregunta Cora, con las cejas casi llegando al nacimiento del pelo—. ¿También era amiga de mi madre?
Dixie niega con la cabeza, y unos cuantos mechones rubios le caen enmarcándole la cara. —No, Hazel iba un par de cursos por delante de nosotras. Pero Ginny y yo fuimos uña y carne desde la escuela primaria. Hasta que la vida nos llevó por caminos distintos, como suele ocurrir.
Entreabro los labios y miro a Dixie con una nueva perspectiva. A menudo me he preguntado por la infancia de mi madre.
—Vaya. No tenía ni idea. —Nunca antes había conocido a ninguna amiga de mi madre. La única versión que he conocido de ella es una que casi no tiene amigos por elección propia. A menos que contemos a esas extrañas «amienemigas» que tiene en el trabajo.
—Te pareces mucho a ella, ¿sabes? —murmura, recorriendo mis rasgos con la mirada—. En todo menos en los ojos. Tienes los ojos de tu padre.
Siento que los ojos se me agrandan ante ese pequeño dato que acaba de soltar. —¿Conoce a mi padre? Pensé que él fue a la universidad en el norte del estado de Nueva York.
Se encoge de hombros con rapidez. —Lo vi unas cuantas veces cuando tu madre venía de visita. ¿Cómo ha estado?
—Bien —respondo automáticamente.
Es mi respuesta habitual y fluye con mucha más facilidad que la verdad: No tengo ni idea porque no se le ocurre incluirme en su vida. Nunca lo ha hecho realmente.
Me aclaro la garganta. —¿Cuándo fue la última vez que la viste?
—Pasó aquí un verano entero cuando tu hermana era pequeña. Eso fue... Dios, no sé, probablemente hace unos veintiséis años más o menos.
Hum. Mi madre nunca ganará ningún premio a la maternidad, pero estoy segura de que no dejaría a un recién nacido a varios estados de distancia. Dudo que Nana Jo lo hubiera permitido.
Así que debió de ser antes de que yo naciera.
O cuando estaba embarazada.
Ahora me toca la papeleta de decirle a esta mujer tan amable que mi madre es horrible y que nunca me ha mencionado a Dixie ni una sola vez.
Me remuevo en el asiento. —Ah, no sabía que había vuelto en esa época. Nunca lo mencionó.
Dixie sonríe. —No te preocupes, cielo. Os dejo que terminéis de comer. Lleva tu coche al RCGC esta tarde. Haré que uno de mis chicos se encargue de él, ¿vale?
Me yergo en el asiento. —¿De verdad? ¿Tiene hueco?
—Te haré un hueco. Considéralo un favor de amigos y familia —dice guiñándome un ojo.
Me muerdo el interior de la mejilla. —Ay, qué faena. ¿Sería posible que lo remolcaran al taller? Porque no creo que arranque. Se murió a unas dos manzanas de aquí.
—Sin problema, cielo —dice Dixie, agitando una mano con despreocupación—. Enviaré a uno de mis chicos para que lo remolque al taller. Solo necesito las llaves.
Ya estoy revolviendo en el bolso buscando las llaves. Separo la llave del coche del resto y la dejo en su palma abierta. —Muchísimas gracias. Iré para allá en cuanto paguemos.
—No tengáis prisa por mí. Que tengáis un buen día, chicas —dice, golpeando la llave en su palma un par de veces. Se da la vuelta y sale del restaurante.
En cuanto está fuera del alcance del oído, Cora se inclina sobre la mesa y susurra: —Esa es la «old lady» definitiva de los Reapers.