25 Nova
VEINTICINCO
NOVA
Suspiro y resisto el impulso de mirar el teléfono por décima vez en los últimos dos minutos. De todos modos, no serviría de nada. Ni siquiera es mi teléfono de verdad, es uno de prepago.
Hacía tiempo que no teníamos que hacer un reconocimiento como este, e incluso ahora, no es para tanto.
El aire acondicionado funciona más o menos, la televisión sintoniza canales decentes y la habitación está limpia. Desde luego, es mejor que otros lugares donde hemos tenido que escondernos.
Pero eso era antes.
Echo un vistazo por los pocos centímetros de ventana que no cubren las dos mugrientas cortinas grises. Es el espacio justo para ver los edificios de enfrente y nada más. Sinceramente, me hace sentir un poco asfixiado.
Llevo días metido en esta caja de habitación con mi primo. Normalmente, disfruto de la compañía de Bane. Quiero decir, pasa más tiempo en nuestra casa que en la suya, así que no debería haber esta incomodidad entre nosotros.
Pero eso era antes de que casi besara a mi chica. Delante de mí.
Lo único —y digo lo único— que me impidió sacarlo físicamente de su espacio y de su casa fue el hecho de que ella no parecía molesta.
Me apostaría la moto a que ella quería.
Todo el mundo asume siempre que soy un gran mujeriego, con una chica nueva en mi cama cada día y a veces varias al mismo tiempo.
Pero nadie habla de Bane. Ese imbécil tiene una forma de seducir a las mujeres sin siquiera esforzarse. Antes me impresionaba; lo admiraba a él y a mi hermano.
Y probablemente seguiría haciéndolo si no estuviera compitiendo por la atención de mi chica. Bane nunca hace nada que no quiera y nunca hace las cosas a medias.
No es una cuestión de si pasará, sino de cuándo. Y odio la idea de tener que competir con él por su atención. Por su afecto.
Los celos se enroscan en mi estómago como una serpiente, girando y retorciéndose hasta que les doy una vía de escape para atacar.
No soy un puto idiota; sé la clase de mierdas que dicen de mí por el pueblo. La mayoría son rumores, pero no es que yo haya intentado nunca desmentirlos.
A ver, me llaman Casanova, por el amor de Dios. Antes lo odiaba, pero con los años lo he aceptado.
Escuchar el apodo salir de los labios de Evangeline me hace apreciarlo de una forma totalmente nueva. Solo superado por la forma en que gritará mi nombre cuando hunda la cabeza entre esos muslos color crema.
He estado haciendo todo lo posible por no pensar en ella, pero está resultando más difícil de lo que pensaba.
La forma en que me miró cuando le dije que tenía que cancelar e irme me persigue.
Su decepción fue tan aguda que sentí su eco dentro de mi propio pecho.
Lo cual es una sensación jodidamente extraña para mí.
Tamborileo un ritmo cualquiera sobre la mesa, perdiéndome en las vibraciones que produce en las yemas de mis dedos, y sigo mirando por la ventana. Me queda otra hora antes de que hagamos el cambio.
Los turnos de cuatro horas nos permiten no fatigarnos demasiado. Aunque no lo creáis, mirar por una ventana todo el día cansa, incluso cuando hay películas de acción a todo volumen de fondo.
Dos motos entran en el aparcamiento de lo que debería ser un almacén abandonado. Nosotros deberíamos saberlo, fuimos los que le pegamos fuego y echamos a patadas de la ciudad al MC Savage Souls.
Un momento después, una furgoneta entra detrás de ellos. Mierda.
—Tenemos movimiento —murmuro.
—¿Quién?
—Dos motos y una furgoneta. Las motos están al ralentí y la furgoneta está aparcando en una plaza delante.
—Mierda —masculla él.
La cama cruje mientras él se desliza fuera de ella. Un segundo después, el sonido de la televisión desaparece.
Bane cruza la habitación para ponerse detrás de mí. —¿Son los Savage Souls?
Entorno los ojos, intentando discernir algún símbolo que reconozca. —Es difícil de decir desde aquí, pero definitivamente llevan algo puesto.
—No sé qué sería peor: si esos hijos de puta han salido de cualquier agujero en el que hayan estado viviendo los últimos cinco años o si es algún MC nuevo intentando reclamar el territorio.
Estamos a tres horas al oeste-noroeste de Rosewood, en lo que empezamos a llamar una punta de diamante. Hay cuatro ciudades que rodean Rosewood y que forman aproximadamente la figura de un diamante. Y las cuatro tienen sus propios MC, vínculos con los distintos cárteles, o ambas cosas.
Cuando dejamos de ofrecer un paso seguro por nuestro territorio, la cosa se puso incómoda. Y cuando nos retiramos del juego por completo, se volvió casi volátil.
Tenemos un acuerdo con tres de los cuatro puntos, y el cuarto permanecía vacío.
Hasta ahora, por lo visto.
Dos tipos salen del almacén y se suben a la parte trasera de la furgoneta; ambos llevan chalecos también.
Bane se tensa a mi lado. —Mierda. Son ellos. Reconozco su asqueroso emblema en la espalda.
Frunzo el ceño y fuerzo más la vista. —¿Cómo coño puedes ver eso desde aquí?
—Tienes que revisarte la vista, tío. Vámonos. Tenemos que ver con quién se reúnen, qué traman.
Sé que nada menos que una prueba irrefutable convencerá a mi hermano para que actúe. Nunca arriesgará el club —ni a Hunter— a menos que no tenga otra opción.
Salimos de la habitación del motel sin decir una palabra más, y echo la llave al salir antes de que la puerta se cierre de golpe. No tengo nada de valor ahí dentro, pero nunca se sabe.
Bane se pone al volante de la camioneta negra y, unos segundos después, me deslizo en el asiento del pasajero. Es una de las pocas que usamos para cosas como esta. Una de las ventajas de que el club sea dueño de un taller, supongo.
—¿Listo? —Bane me mira mientras sale de la plaza de aparcamiento frente a la habitación del motel donde nos hemos estado quedando.
Siempre aparca de culo. Decía que esos pocos segundos que se tarda en dar marcha atrás pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte a veces. Y considerando que lo que yo he vivido no es ni la mitad de lo que él ha pasado, me inclino a seguir su ejemplo.
Incluso si estoy jodidamente molesto por el hecho de que intente acercarse a mi chica.
Asiento con la barbilla. —Acabemos con esta mierda.
Entramos en la interestatal, con la furgoneta unos coches por delante de nosotros. Bane y yo estamos en silencio mientras seguimos a la furgoneta; el zumbido bajo del motor es el único sonido en la cabina. Pasan unos minutos más antes de que tomen una salida hacia Silverstone.
Miro a Bane. La ansiedad es visible en el pliegue de su frente, con la boca curvada en un gesto de disgusto. Su mano aprieta el volante, con los nudillos blancos.
Y sé que ha llegado a la misma conclusión que yo.
Mis ojos oscilan entre él y la furgoneta. —¿Debería llamar al Prez?
Niega con la cabeza. —No, todavía no. No sabemos nada. Podría ser una coincidencia.
Se me escapa una risa seca y me paso los dedos por el pelo. —Venga, tío, eres el hijo de puta más supersticioso que conozco. No puedes decirme que es una coincidencia.
—No soy supersticioso —refunfuña.
—Vale, claro —digo despacio, asintiendo un par de veces—. Pero sí crees en las señales, ¿verdad? Como cuando ves cuervos volando en círculos o cuando oyes a un perro aullar.
Bane resopla. —Eso no es superstición, es simple sentido común. Los cuervos volando en círculos suelen significar que algo está muerto cerca, y un perro aullando puede señalar peligro. Es solo estar atento a tu entorno.
Pongo los ojos en blanco. —Sí, porque eso no es nada supersticioso.
No saco a relucir el hecho de que hace años, entró en la tienda de la vidente en el festival anual de verano del centro como un tipo huraño que estaba empeñado en destruir su vida. Y veinticuatro horas después, era un hombre nuevo.
Como si fuera el viejo Bane.
No, como si fuera Lincoln.
No sé qué coño le dijo ella, y él nunca me lo contó por muchas veces que le preguntara, pero algo pasó en esa pequeña tienda púrpura.
Así que, sí, creo que no hace más que decir tonterías.
Me lanza una mirada fulminante antes de volver a centrar su atención en la furgoneta. Los seguimos por el pequeño pueblo hasta que se detienen ante un bar de aspecto sórdido en las afueras.
La Taberna de las Tres Coronas.
—¿Qué demonios hacen aquí?
La Taberna de las Tres Coronas no está afiliada a nadie, por lo último que supimos. Claro, ya no estamos en el juego, pero eso no significa que no nos mantengamos al tanto de la información.
Y este bar en particular siempre ha sido una especie de zona neutral, a pesar de estar en territorio solapado. Los Savage Souls y los Hell Hounds siempre lo dejaron en paz.
Frunzo el ceño mientras Bane se aparta a un lado de la carretera y apaga los faros. —Sea lo que sea, dudo que sea bueno. Nadie trae a tantos hombres en una furgoneta para una noche cualquiera en un bar —dice.
No tenemos que esperar mucho.
La furgoneta se queda al ralentí frente al bar, paralela al lateral que tiene tres ventanas altas y tintadas. Bane y yo observamos en silencio cómo se abre la puerta lateral y bajan tres hombres, cada uno con un chaleco de cuero negro.
Me inclino hacia el salpicadero, estirando el cuello para ver mejor. Pero solo alcanzo a ver una esquina de la espalda. —¿Eso es una cola?
—Malditos Hell Hounds —gruñe él.
Juro entre dientes cuando uno de los tipos se mueve rodeando a su compañero, permitiéndome ver su chaleco por completo. Y no es igual que el del otro tipo.
—Hijos de puta —suelto en voz baja—. Ahora los Hell Hounds están compinchados con los Savage Souls.
—Tal vez sí, tal vez no. Podría ser una reunión amistosa.
Le miro, entrecerrando los ojos. —¿De verdad te crees eso?
—Cosas más raras han pas...
Nunca termina la frase. Los tres hombres sacan armas semiautomáticas y abren fuego contra la Taberna de las Tres Coronas.
Bane mete la marcha, sale a la calle y da un giro en U inmediato, todo en cuestión de diez segundos. Los neumáticos chirrían por su prisa, pero no creo que la necesidad de sigilo sea ya muy alta.
No cuando hemos visto a dos clubes diferentes unirse para destruir la paz.