Tentación (Rosewood 1) 24 Evangeline
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24 Evangeline

VEINTICUATRO

EVANGELINE

—Bane —suelta Nova. Su voz restalla como un látigo, rompiendo el aire entre nosotros.

Me sobresalto, apretando inconscientemente el agarre alrededor de la muñeca de Bane.

—No pasa nada —dice Bane en voz baja, pasando ahora su pulgar suavemente por mi labio.

Es un contraste tan marcado con la presión de hace un momento que hace que me flaqueen un poco las rodillas.

Sus ojos de color marrón oscuro escudriñan los míos, con el anillo de color ámbar brillante e intenso. Y al cabo de un momento, se aparta. —Tenías algo de chocolate —dice, alzando más la voz.

No miro la reacción de Nova; mi atención está clavada en Bane mientras se lleva el pulgar a la boca. Succiona lentamente el rastro de chocolate, y sus labios se demoran un instante más de lo necesario. El corazón me late con fuerza en el pecho y, de repente, me invade una sensación de familiaridad.

Su lengua sale disparada para limpiar el malvavisco pegajoso del borde de su pulgar. Sostengo su mirada mientras la hoguera proyecta sombras naranjas en su rostro.

Pero qué guapo es, Dios mío.

Ese pelo oscuro y rebelde, alborotado por la brisa cálida del lago. La mandíbula marcada y esos labios carnosos. Pero son sus ojos los que me atraen una y otra vez. Profundos y oscuros, como si pudiera pasar una eternidad a su lado y aun así nunca llegar al fondo.

Mi corazón se salta varios latidos y me doy cuenta de que estoy en problemas.

En graves problemas.

—A que no te atreves a decirme que no es el mejor puñetero s'more que te has comido en la vida —dice él, entregándome un bocadito de galleta graham perfectamente preparado.

Se lo quito de las manos, con el malvavisco rebosando por los lados. Le doy un mordisco y cierro los ojos con deleite. —Está riquísimo —murmuro.

—Te lo dije —dice él, con los ojos brillando de alegría.

—Te creía, pero también quería ver tus habilidades en acción. —Esbozo una sonrisa pícara y paso la lengua por la comisura de la boca, buscando los restos pegajosos.

—Venga, deja que te ayude —dice con una risita, situándose justo frente a mí.

Mi euforia por el postre se transforma en algo mucho más carnal cuando él me rodea el lateral del cuello con la palma de la mano, apoyando el pulgar bajo mi mandíbula. Me inclina la cabeza hacia atrás y se acerca.

Lo suficiente como para sentir su aliento rozar mis labios entreabiertos. Me ladea la cara un par de centímetros hacia la izquierda y presiona sus labios contra la misma comisura de mi boca.

Su lengua me roza la piel y siento que las rodillas me fallan ante la sensación.

—Te habías dejado un sitio. —Sus labios me rozan con cada sílaba, y creo que podría ser la mejor sensación que he experimentado jamás.

—Bane —vuelve a soltar Nova.

Su voz me expulsa del recuerdo que estaba reviviendo y me empuja de vuelta al presente.

En la cocina de Nana Jo con dos hombres muy altos, muy intensos y muy atractivos.

Bane se quita de encima la mano que Nova tiene en su hombro, sin apartar la mirada de la mía en ningún momento. Parpadeo unas cuantas veces y me trago todos esos inoportunos sentimientos de deseo que me provocan los recuerdos de aquella noche.

Debe de leer algo en mis ojos porque me dedica un ligero asentimiento y retrocede. —Estaré en el garaje.

—Vale. —No sé qué más decir. Porque, sinceramente, ¿qué demonios está pasando aquí?

No es que no esté eternamente agradecida por la ayuda, pero hay una tensión entre ellos que no me esperaba teniendo en cuenta que son primos. Y que trabajan juntos.

Pero me cuesta un poco darle sentido a todo esto. ¿Cómo es posible que ambos resulten tan familiares y, al mismo tiempo, sigan siendo unos desconocidos?

Respiro hondo e intento sacudirme la incomodidad de haber tenido, quizá, un momento con Bane mientras Nova estaba a un metro de distancia.

Este día ha sido una serie de giros extraños, y no ha llegado ni a la mitad.

Bane se da la vuelta y se dirige hacia la puerta del garaje sin decir nada más. Antes de que pueda salir, Nova lo llama por su nombre. Bane se detiene, pero no se vuelve; la tensión mantiene su espalda rígida como un palo.

—Mira el móvil, tío. El Pres ha estado intentando localizarte. Me ha enviado a buscarte para que no lo hiciera esperar demasiado. Ya sabes cómo se pone —dice Nova.

Bane asiente y veo cómo saca el móvil del bolsillo un segundo antes de desaparecer en el garaje. Centro mi atención en Nova e intento quitarme la sensación de que me falta algo.

Me está observando de cerca, escudriñando mi rostro en busca de algo. No estoy segura de qué busca, pero siento que las mejillas me arden bajo su escrutinio.

—¿Estás bien? —pregunta, con voz ronca y baja.

Asiento, sin confiar en mi voz cuando mi mente está en caída libre. No para de dar vueltas a todas las posibilidades de lo que esto podría significar.

Para mí, para ellos, para nosotros.

No conozco a Nova desde hace mucho, pero entiendo lo suficiente como para darme cuenta de que no es idiota. Sin duda ha captado el momento entre Bane y yo.

Pero no tengo ni idea de en qué situación nos deja eso. ¿Le importa? ¿Está celoso? ¿No quiere volver a verme? ¿Me estoy montando películas sin motivo?

Sin embargo, no hago ninguna de estas preguntas. Elijo el camino fácil y me centro en lo otro que ha dicho.

Me aclaro la garganta y desvío la mirada hacia la izquierda.

—Estoy bien. Así que, esto... ¿vuestro presidente?

—pregunto antes de arrancar un trozo de mi dónut y darle un pequeño bocado.

Admito que tengo curiosidad por el funcionamiento interno de su club de moteros.

Concretamente por cómo se compara con mi limitadísima idea, que sin duda se basa en la ficción.

—Sí, parte de por eso he venido. —Sigue serio, mirándome como si pudiera desaparecer si apartara la vista de mí aunque fuera un segundo.

—¿Quieres decir que no te apetecía pasarte el día ayudándome a tirar revistas de principios de los dos mil? —bromeo, sonriéndole y sacudiendo un poco la cabeza.

Se acerca a mí y mi cuerpo imita el suyo sin pensarlo. —Pasaría encantado todos mis días contigo, nena. Ayudándote a limpiar esta casa o haciendo cualquier otra cosa.

No estoy segura de si está desplegando todo su encanto o si habla en serio, pero principalmente me siento aliviada de que no me esté dejando plantada para salir corriendo por la puerta principal.

—Pero lamentablemente, tengo que posponer nuestra cita de esta noche.

Vale, supongo que he hablado demasiado pronto.

La decepción me amarga el dónut de chocolate en el estómago y los hombros se me tensan hacia las orejas. Me obligo a sonreír, aunque me resulte un poco forzado. Decido darle una salida.

—No te preocupes, lo entiendo. —Hago un gesto en el aire con la mano que aún sujeta el dónut y doy un pequeño paso atrás.

Él frunce el ceño y elimina el espacio que acabo de crear. —No, no creo que lo entiendas. Cuando el Pres dice salta, ni siquiera preguntamos a qué altura. Simplemente damos el puto salto.

Su mirada va de un ojo al otro, buscando algún tipo de comprensión. No sé qué encuentra porque realmente no entiendo cómo funciona todo. Todavía. Pero aprendo rápido.

Asiento, con la decisión ya tomada. —Vale.

—Te lo compensaré. —Su voz se vuelve baja y suave.

Arqueo una ceja ante su promesa. —¿Ah, sí?

—Claro que sí. —Me aparta un mechón rebelde detrás de la oreja. —Y nena, yo siempre cumplo mi palabra.

Unos escalofríos me recorren la espalda y la anticipación me tensa los músculos. Esa promesa ha sonado completamente distinta a la primera.

O tal vez sean solo ilusiones mías.

—Pero hasta entonces, me tienes a tu disposición. Ponme a trabajar. —Me dedica la que he empezado a llamar su sonrisa característica, y su hoyuelo hace acto de presencia.

Me cuesta un esfuerzo real no desmayarme cuando lo veo.

—En ese caso, ¿puedes ayudarme a limpiar los estantes de arriba de la despensa? Son demasiado altos y no encuentro la escalera de mano de Nana Jo.

Me paso las dos horas siguientes trabajando junto a Nova para dejar impecable la cocina de Nana Jo y así poder transformarla en algo mío. Dejo que mi mente vuele un poco, imaginando las cosas que podría hacer para reformarla.

Bane entra de vez en cuando, pero por lo general no interactúan mucho. En realidad, la cosa también es un poco distinta entre cada uno de ellos y yo. No es que sea malo exactamente. Pero es extraño. Y nada que ver con cómo se han comportado conmigo antes, cuando estábamos a solas.

Guardo toda esa información para analizarla más tarde, cuando no esté tan cansada que sienta que podría dormir durante tres días. Tal vez sea bueno que hayamos tenido que posponer nuestra cita después de todo.