22 Nova
VEINTIDÓS
NOVA
Las campanas suenan cuando empujo la pesada puerta de la pastelería Sugar algo que me ha dicho en numerosas ocasiones. Pero Rosewood es tan rematadamente tranquilo ahora. A veces nos llaman por gilipolleces que debería gestionar la oficina del sheriff.
Silas suspira. —Necesito que visites a unos amigos nuestros al oeste. Esta noche.
Todo en mi interior se congela. —¿Cuánto de al oeste?
—No muy lejos. Quizás a unas tres horas —responde con calma.
Exhalo. Entonces no son esos amigos. Menos mal, porque los Black Serpents pueden ser aliados, pero es una alianza forzada como poco.
Pero espera. Tres horas al oeste es territorio principal de los Savage Souls. O lo era hasta que echamos a la mayoría. El corazón me da un vuelco en el pecho y la rabia se despliega en mis entrañas como una planta venenosa.
—Pensaba que estábamos fuera del juego. ¿Estás intentando volver a ponernos sobre el tablero?
Hay un momento de silencio. —Voy a fingir que no acabas de insultarme de esa puta manera.
Me paso la mano por la cara y suelto el aire. —Sí, mierda. Lo siento. —No hace falta que le diga que me ha entrado un poco de pánico. Es imposible que haya olvidado todas las canalladas que hicieron los Savage Souls por no aliarse con nosotros hace tantos años.
—Mira, te daré todos los detalles luego. Pero os necesito a ti y a Bane para esto.
A lo que se refiere es a que no confía en nadie más para gestionarlo. Una pizca de orgullo se abre paso en mi corazón herido, llenando una de las muchas, muchísimas grietas con calidez.
—Sí, de acuerdo. Me pasaré un poco más tarde. Aunque pensaba que mamá había dicho que hoy se llevaba a Hunter a la playa, así que hice otros planes.
—Vale —dice con un suspiro—. Lo ha hecho, pero pensaba que podría ser demasiado para ella.
Suelto un bufido. —Me encantaría estar presente cuando le digas que llevar a su nieto a la playa es demasiado para ella.
—Me refería a lo de su hombro, imbécil —gruñe.
Por fin llaman a mi número y levanto la vista para ver a una de las chicas Carter muy cabreada. Si no la hubiese visto con Jagger el año pasado, o con mi chica la semana pasada, habría asumido que esa es su expresión por defecto. Supongo que simplemente soy especial.
—Sí, lo sé. Mira, me tengo que ir. Nos vemos luego, ¿vale?
—Claro. Y si encuentras a Bane, dile que me devuelva la llamada. Ese capullo lleva esquivando mis llamadas desde ayer.
—Eso haré. Luego nos vemos. —Termino la llamada y me guardo el móvil en el bolsillo mientras me acerco al mostrador.
—Buenos días, Carter. —La saludo con mi sonrisa más encantadora, exagerándola al máximo.
—No —dice Cora, señalándome con el dedo índice.
Mantengo la sonrisa mientras la miro, arqueando una ceja. —¿No puede un hombre comprar unos dónuts?
—Claro. En Cookie Jar —dice tajante.
—Venga ya, Carter, sabes que en Sugar & Spice tenéis los mejores cruasanes glaseados en un radio de ochenta kilómetros.
Ella imita mi expresión, con la ceja levantada y la boca curvada en una sonrisita burlona. —Le voy a decir a Melanie Cleary que has dicho eso.
Melanie Cleary es la dueña de Cookie Jar. Tiene más o menos la edad de mamá y hace algunas de las mejores galletas que he tenido el placer de comer. Pero no hace dónuts, así que no me importa que Carter se vaya de la lengua con eso.
Me limito a sonreírle. —Me llevaré media docena hoy.
Me sostiene la mirada un instante, antes de estirar la mano a ciegas a su espalda para coger una caja blanca. Le da forma y me mira fijamente, por lo visto ha terminado de hablar.
Miro las filas y filas de dónuts. —Me llevaré un cruasán glaseado para empezar. Y uno de vuestros éxitos de ventas, sea el que sea.
Se agacha, coge una palmera y la mete en la caja. Ni de coña es su éxito de ventas, pero vale. Está buenísima y me la comeré si Evangeline no la quiere.
Carter arquea la ceja, desafiándome a que la cuestione. Yo mantengo mi sonrisa y sigo pidiendo.
—Vale, un dónut de chocolate relleno de crema, otro de crema de Boston y uno de tus favoritos.
Su mirada se clava en la mía, y la rabia anula su decisión de ignorarme. —Si crees que preguntarme por mi dónut favorito va a hacer que me caigas bien, te equivocas.
Me meto las manos en los bolsillos y me encojo de hombros. —Qué va. Pero voy a ver a tu prima y, como sé que no me dirías cuál es su favorito si te lo preguntara, he pensado en comprar una variedad. Y quizás tenga suerte y su favorito sea el tuyo.
—Creía haberte dicho que te mantuvieras alejado de mi prima, St. James —prácticamente escupe mi nombre al decir esto, golpeando la caja contra la parte superior del expositor.
Saco la mano del bolsillo y me paso la yema del dedo índice por la ceja. —Ah, lo hiciste. Pero verás, Carter —le dedico una sonrisa burlona—, se me da fatal recibir órdenes. Pregúntale a mi madre.
Los ojos de Carter se entrecierran y, por un momento, pienso que me va a entregar la caja de bollos sin decir nada.
—Eres un auténtico cretino, ¿lo sabes? —me espeta, sellando la caja blanca con una gran pegatina de Sugar & Spice.
Me encojo de hombros con una sonrisita de indiferencia en el rostro. —Eso es lo que me dicen todos.
Maldita sea si alguna vez dejo que alguien vea cómo me afecta su opinión de mierda e injustificada sobre mí. Especialmente Coraline Carter, la mayor odiadora de los Reapers que existe.
Cojo la caja del mostrador y la llevo a la caja registradora que está al lado de la puerta. Le doy algo de efectivo a la chica del mostrador y, justo cuando estoy a punto de darme la vuelta e irme, oigo que Carter me llama por mi nombre.
—St. James. —Su voz resuena por la pastelería, y varios clientes se giran para observar el intercambio.
—Si le haces daño, me aseguraré de que te arrepientas el resto de tu vida —dice, con los ojos echando chispas de advertencia.
—No te preocupes, Carter. No tengo intención de hacerle daño. De hecho, planeo hacer todo lo contrario. Planes largos, detallados y que nos ocupen mucho tiempo. —Arqueo una ceja y la miro con deseo, solo un poco. Lo suficiente para sacarla de sus casillas.
—Lárgate de aquí de una puta vez antes de que me arrepienta de mi decisión de renunciar hoy a la violencia.
Abro la puerta de un empujón, y el sonido de la campana sobre mi cabeza se mezcla con mi risa.