20 Evangeline
VEINTE
EVANGELINE
—¿Qué tal la primera noche?
Cora está demasiado animada para ser las ocho de la mañana. Su voz suena brillante y fuerte en mi oído. Pongo el manos libres y dejo el teléfono sobre la isla a mis espaldas.
Un bostezo me roba la respuesta, abriéndome la boca de par en par mientras abro un lado del frigorífico.
Es un toque moderno en una cocina que, por lo demás, es de estilo rústico elegante.
De acero inoxidable, tipo puerta francesa con una puerta flexible en el medio y el congelador en la parte inferior; hay mucho espacio en las tres secciones.
Sorprendentemente, no estaba tan asqueroso como esperaba.
Mi apartamento en la ciudad llevaba tres meses vacío antes de que me mudara, y necesité un traje de protección contra materiales peligrosos para limpiar aquella cocina.
Pero supongo que el señor Robert no bromeaba cuando dijo que se habían encargado de todo.
La nevera, la isla y el fregadero fueron las únicas cosas que limpié en la cocina anoche. Del resto pienso ocuparme hoy. De eso y de conseguir algo de comida. Porque la nevera puede que esté limpia, pero está dolorosamente vacía. Creo que tengo una barrita de proteínas en el bolso.
Anoche no tuve fuerzas para ir a comprar, no después de todo el trajín de clasificar cosas y del incómodo encuentro con Bane.
Dios, sigo sin poder creer que no fuera él. Los recuerdos pueden cambiar con los años, distorsionarse y volverse borrosos. La nostalgia puede embellecerlos y los detalles pueden desvanecerse. Pero aun así, habría jurado que...
¿Quizá tiene un hermano? Joder, incluso podría ser un hermano gemelo.
—Madre mía —me dice con una risita—. ¿Es que no has dormido nada? He podido oír perfectamente lo grande que ha sido ese bostezo. ¿Se pegan los bostezos por teléfono? Porque...
El resto de su frase queda amortiguado tras un bostezo. Me río, aunque sea con una risa soñolienta y débil.
—Supongo que eso responde a tu pregunta. Además, es normal estar cansada después del viaje emocional de ayer.
—Te dije que me esperaras y lo haría contigo. No es justo pedirte que vacíes toda la casa de Nana Jo tú sola. De hecho, me sorprende que no dejara nada estipulado en su testamento. Parecía ser muy meticulosa con todo lo demás —dice.
Abro uno de los armarios junto a la nevera.
Está lleno de revistas, libros de cocina, correo y papeles sueltos.
—Ya, quién sabe. Aunque estoy segura de que tendría sus motivos.
Y tú tienes una vida allí: un trabajo y compromisos.
No espero que lo dejes todo porque de repente haya decidido mudarme aquí por el verano. Estoy perfectamente bien sola.
Ella suspira. —Lo sé, pero quería ayudar.
—Lo sé, y te quiero por ello. Pero no quería esperar.
Gastar dinero en un motel me parecía un desperdicio teniendo una casa estupenda en la que dormir.
—Pensaba que tenía una cuenta de ahorros cómoda, sin duda suficiente para quedarme en el pequeño motel más tiempo.
Pero eso fue antes de heredar una casa, con todos los gastos que conlleva ser propietaria.
Intento ser inteligente con mis finanzas, al menos hasta que encuentre otro trabajo.
—Ya. ¿Qué tal se duerme allí? —Se queda callada, y puedo oír a través de la línea el ajetreo de la pastelería en la que trabaja.
Saco un montón de papeles y trastos del armario, los dejo sobre la isla y empiezo a clasificarlos en montones de «guardar» y «tirar». —He dormido en el sofá grande. La casa no tiene tanto polvo como esperaba, pero aun así, quiero limpiarla primero. Poner sábanas limpias y todo eso.
—Pues con las compras sí que puedo ayudarte. Tenía pensado pasarme por Glendale a por un par de cosas que necesito. Podemos ir esta noche, cenar por ahí y dedicarle la velada entera. Llamaré a Abby, aunque dudo que diga que sí. Te lo juro, trabaja más que el resto de nosotras juntas.
Sonrío pensando en la hermana pequeña de Cora. Abby y yo deberíamos haber sido las más unidas, teniendo en cuenta que solo nos llevamos diez días. Pero a pesar de que todas estábamos relativamente cerca, nunca conectamos como lo hicimos Cora y yo.
Aunque probablemente eso tenga más que ver con mi madre y su incesante necesidad de convertir todo en una competición...
y luego ganarla de inmediato. La tía Hazel salía de cuentas de Abby unos días antes que mi madre, pero como Virginia Carter nunca hace nada a medias, convenció a un médico para que le provocara el parto antes de tiempo.
—Te recojo a las cuatro. Así tendremos tiempo de sobra para comprar. Abby debería poder reunirse con nosotras para cenar a las siete, si consigo convencerla de que venga —dice.
Mi mano se queda suspendida sobre un aviso de renovación del periódico, y un escalofrío de tensión me recorre la espalda. —Oh, vaya, yo, esto... ya tengo planes para esta noche.
—¿Qué? ¿Con quién? En realidad, ¿sabes qué?
Ni siquiera me sorprende. Solo tú podrías hacer amigos después de setenta y dos horas en un pueblo nuevo.
—Suelta las palabras casi resoplando, y me apuesto la barrita de proteínas de mi bolso a que está poniendo los ojos en blanco con una media sonrisa en la cara.
Igual que estoy casi segura de que va a perder toda esa diversión en unos dos segundos.
—Sí, sobre eso. Es algo parecido a una cita. —Hago una mueca; el tono de mis palabras sube al final como si estuviera haciendo una pregunta.
La línea se queda en silencio, tanto rato que miro la pantalla para asegurarme de que no se ha cortado.
Ella suspira, esa exhalación ruidosa que suena a la vez exasperada y molesta. —Por favor, dime que has seguido mi consejo y que, en efecto, no vas a salir con un Reaper. Con Casanova.
Mi propio fastidio surge para enfrentarse al suyo.
—Vale, no lo haré. Igual que no te diré que ayer tuve a un Reaper en mi casa.
A uno distinto. —Lo digo con tanta intensidad que probablemente pueda notar mi sarcasmo como una capa espesa de protector solar—.
Que, sinceramente, estaba tan bueno que empiezo a preguntarme si hay algo en el agua de este pueblo, porque este hombre era...
—Detalles, Eve. Necesito detalles. Ahora.
Jugueteo con la esquina de una revista de jardinería en el montón de la basura. —Bueno, en realidad es una historia bastante divertida.
Ella se mofa. —Yo seré la que juzgue eso. Deja de dar largas.
—Vale —digo con un suspiro—. Le di en la cara con la vela de vainilla de Tahití de Nana Jo.
—¿Qué hiciste qué? —balbucea, con la incredulidad tiñendo sus palabras.
Me pongo un poco a la defensiva y se me calienta la nuca. Miro alrededor de la cocina, evitando deliberadamente el teléfono. Aunque ella no pueda verme, sigo sintiéndome mal por todo el asunto de la nariz ensangrentada.
—Bueno, es que me sorprendió. Entró directamente en la casa y todo. Casualmente yo tenía esa vela en la mano y, Cora, te lo digo yo. Ese hombre cayó como un saco de piedras. —No puedo evitarlo, se me escapa una risita al recordar la cara de absoluto asombro que puso mientras me miraba.
—Madre mía —dice ella entre ataques de risa—. Sinceramente, eso no es para nada lo que esperaba que dijeras. ¿Qué pasó después?
—Bueno, ahora tiene gracia, pero en aquel momento estaba flipando de verdad. Empezó a sangrar, y luego yo casi me caigo de boca mientras corría a por papel de cocina para él.
Ella ya se está riendo a carcajadas. Ese tipo de diversión que crece más y más, y apuesto a que va a empezar a hacer ese ruidito como de asma que hace cuando se ríe tanto que no le llega el aire.
—Entonces me salvó de romper los jarrones con forma de polla de Nana Jo.
Y ahí está. El silbido agudo llenando la cocina. Es tan contagioso que siento que mi propia risa se une a la suya.
—Dios, tendrías que haberle visto la cara.
Incluso con la nariz hecha polvo, ese hombre estaba para comérselo.
Todo huraño y masculino. Tiene pinta de ser el tipo de tío que cortaría leña solo por diversión, ¿sabes?
Uf, y luego me pareció que me resultaba familiar, así que no podía quitarme de la cabeza que lo conocía.
Seguro que hice que una situación de por sí rara fuera aún más incómoda, pero él se portó bien.
No es que saliera corriendo de aquí, pero tampoco se entretuvo.
—Dios mío, Eve. Estoy llorando, literalmente. Es la mejor historia que he oído en siglos. ¿Sabes a quién le habría encantado algo así?
—A Nana Jo —respondemos las dos al mismo tiempo.
—Sí, le habría encantado todo —murmura ella con la voz bañada en risas.
—Especialmente lo del Reaper. —Muevo las cejas.
—Uf, ¿de verdad quiero saber quién era? Más vale que no sea ese estúpido de Jagger. —Baja el volumen, con una amenaza entretejida en sus palabras.
Suena el timbre, un suave carillón de tres tonos que resuena por toda la casa. Me aparto de la isla y camino hacia la puerta principal.
—No, no era él. Oye, no estarás aquí, ¿verdad?
—¿Qué? No, estoy en la pastelería.
—Acaban de llamar al timbre —murmuro.
—Bueno, ahí tienes tu primera pista. Sabes que yo entraría directamente. ¿Quién es?
Mis labios se tuercen en una sonrisa de suficiencia. —Es verdad. Espera, voy a ver quién es.
La silueta de un hombre es visible a través de los cristales esmerilados de la puerta principal. Puedo distinguir pelo oscuro y ropa oscura, pero incluso estando justo delante de la puerta, los detalles no se ven claros. Tomo nota mental de investigar opciones para la puerta principal.
Abro la puerta y se me corta la respiración.
De pie sobre el felpudo desgastado está Bane, con una bolsa blanca de papel de pastelería en una mano y una bandeja de cartón con dos cafés con hielo.
Lleva su chaleco negro de Reaper sobre una camiseta negra lisa, y sus vaqueros de lavado medio se amoldan a sus muslos de una forma que prácticamente garantiza que le ajustan el culo a la perfección.
Tiene el pelo ligeramente desordenado, como si se hubiera pasado las manos por él demasiadas veces hoy.
—He pensado que te vendría bien algo de ayuda. He traído el desayuno —dice, levantando un poco ambas manos.
Entreabro los labios y mantengo la mirada fija en él mientras ladeo la cara hacia mi teléfono. —¿Cora? Voy a tener que llamarte luego.