19 Evangeline
DIECINUEVE
EVANGELINE
Fue la primera persona que me bajó al pilón y, sinceramente, sigue siendo lo mejor que me han hecho nunca. No sé si eso dice mucho de sus habilidades, de mi inexperiencia a los dieciocho años o de la racha de novios verdaderamente mierdas que he tenido desde entonces.
También fue la primera persona con la que me acosté. Y en público además.
Supongo que se llevó muchas de mis primeras veces.
Pero, joder, no me puedo creer que sea él.
Es él, ¿verdad?
Perlas de sudor me recorren la nuca y resisto el impulso de pasarme la mano.
No. Es él, sin duda. Reconocería la forma de esos labios —y cómo se sienten sobre mi piel— en cualquier parte. Todos esos clichés son ciertos: una chica nunca olvida su primera vez.
Me hormiguean los dedos por las ganas de agarrarlo y besarlo; el recuerdo de nuestra noche juntos me golpea con fuerza. Pero eso sería una locura, algo incómodo y... Dios mío, ¿por qué me mira así?
Con los ojos entrecerrados, sombreados por una hilera de pestañas negras, los labios entreabiertos, la mandíbula tensa. Es el tipo de expresión que pone un hombre antes de que se rompan los últimos hilos de su autocontrol y te bese hasta dejarte sin aliento.
Es la mirada que él puso antes de arruinarme un poquito, tal y como prometió hace tantos años.
Hay una parte de mí —una parte importante— que está flipando en colores por dentro. Como si me estuvieran fallando los órganos internos.
El corazón me late tan fuerte que parece que se me va a salir del pecho, como si fuera un pájaro atrapado, desesperado por huir de su jaula.
Mi mirada salta de uno de sus ojos al otro, buscando algún tipo de entendimiento, una chispa de reconocimiento.
Pero sus ojos son pozos de intensidad sin fondo que no me ofrecen nada.
No, eso no es exacto. Me están permitiendo asomarme a las profundidades de su posesividad.
No sé cómo explicarlo de otra forma, pero es exactamente lo que siento.
Sigo esperando a que diga algo, pero el silencio se prolonga entre nosotros sin que ninguno se decida a romperlo.
Pero la Nana Jo no crió a una cobarde, así que echo los hombros hacia atrás —todo lo que puedo mientras él me sigue sujetando así— y me lanzo.
—¿Qué has dicho? —Vale, me sale más como una pregunta murmurada que como una acusación, la que cualquiera haría si un desconocido aparentemente aleatorio acabara de llamarla «pequeña».
Pero aunque mi cerebro diga que es un desconocido sin duda, mi cuerpo se empeña en no estar de acuerdo. Y mi corazón está demasiado ocupado recuperándose de la descarga de adrenalina como para opinar.
Se me queda mirando un instante antes de parpadear. Es un movimiento lento de sus pestañas y, cuando las abre, es como si de algún modo lo hubiera borrado. Deja que sus manos se deslicen por mis caderas. Dura un solo segundo antes de ponerse en pie.
Trago saliva; de repente tengo la garganta seca. Si me había parecido seductor tenerlo de rodillas, lo es diez veces más tenerlo alzándose sobre mí de esta manera.
Con los labios un poco apretados, el ceño fruncido sobre los ojos... unos ojos que están ocupados recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Juro que puedo sentir su mirada como una caricia suave. Sus hombros anchos llenan mi visión y casi tapan la luz del sol que entra en la habitación tras él.
Su pelo oscuro le cae hacia delante y, si se inclinara solo un poquito, nos estaríamos tocando. De alguna manera, el hecho de que no nos toquemos lo intensifica todo. El escaso espacio entre nosotros parece cargado de reclamos no pronunciados y un deseo creciente.
Se aclara la garganta y da un gran paso atrás. Se agacha para recoger el montón de papel de cocina olvidado y se limpia el lateral de la nariz.
Lo señalo con el dedo índice, dibujando un pequeño círculo en el aire para abarcar su cara. —Siento lo de antes, por cierto. —Hago una mueca, encogiéndome de hombros hacia las orejas por un momento—. Pero tampoco lo siento tanto, porque has entrado en mi casa y me has dado un susto de muerte.
Él se ríe, una risa baja que retumba en la habitación. —No pasa nada. El sangrado ha parado, no está rota. Sin daños.
Asiento, con un solo movimiento firme de barbilla. —Bueno, me alegro. Entonces, ¿qué has dicho? ¿Hace unos minutos?
Él aparta la mirada un momento y la risa desaparece de su apuesta cara. Vuelve a fijar sus ojos en los míos y ya sé que va a mentir. Lo lleva escrito en el rostro. Más concretamente, es la forma en que lo compone cuidadosamente para mostrar esa mirada inexpresiva, casi neutral.
—He dicho: «Te tengo».
Frunzo el ceño, con una sonrisa tirando de la comisura de mis labios. No estoy segura de qué me divierte más: el hecho de que sea él de verdad o que esté mintiendo. Eso no es, ni de lejos, lo que ha dicho.
Inclino la cabeza hacia él, cruzándome de brazos. La curiosidad me envuelve como una manta cálida y me conformo con ver cómo se desarrolla todo esto.
—Bueno, gracias. Me habría caído con toda seguridad y probablemente habría roto la colección de...
—Señalo con el pulgar por encima de mi hombro, hacia los objetos del suelo—...
jarrones especiales de la Nana Jo. —Mi voz se apaga y ambos miramos los seis jarrones a mi derecha.
Seis jarrones con una forma claramente fálica.
Él gruñe y los labios le tiemblan un poco. —La señora Carter tenía un gusto ecléctico.
—Nos gustaba ir juntas a mercadillos y ventas de garaje. A veces jugábamos a ver quién encontraba lo más, esto, ecléctico. —Inclino la cabeza hacia un lado, dejando caer los brazos—. Y a la Nana Jo le gustaba competir cuando le daba el punto.
Él asiente despacio, y sus labios vuelven a temblar. —Seguro que sí.
—Has dicho que era amiga del club. ¿Qué significa eso? ¿Cómo conocías a mi abuela?
Se mete la mano izquierda en el bolsillo de los vaqueros. —Es un pueblo pequeño y la señora Carter llevaba aquí mucho tiempo.
—Toda su vida —intervengo con un lento asentimiento.
—Bueno, no sé cuánto sabes de los Reapers, pero nosotros cuidamos de todo el mundo aquí en Rosewood —dice él.
Mi mente viaja a los episodios de aquella serie de motoristas que me zampé de un tirón. ¿Son una especie de grupo de justicieros? Lo miro con una nueva perspectiva.
Presiono el interior de mi mejilla con las muelas al darme cuenta de algo. —Entonces, ¿debo esperar que entren más Reapers en mi casa como si nada?
Se tensa, quedándose paralizado por un segundo. —Me aseguraré de que sepan que estás aquí.
No sé qué me esperaba, pero fuera lo que fuese, su respuesta no ha sido eso. Exhalo un suspiro y fuerzo una pequeña sonrisa.
—Bueno, eso está bien. Porque hay mucho trabajo que hacer aquí, así que me quedaré al menos durante el verano. Y no siempre tendré una vela a mano. La próxima vez puede que sea una sartén —digo con cara seria y una media sonrisa.
—Anotado —responde él, arqueando un lado de la boca hacia arriba.
—Soy Evangeline. —Le tiendo la mano. Y no puedo evitarlo si lo estoy presionando un poco bajo la apariencia de cortesía.
Pone su gran palma sobre la mía y es como si todas las historias de amor clichés que he leído se estuvieran reproduciendo en un solo apretón de manos. La palma me escuece como si me hubieran saltado chispas a la piel, el vello del brazo se me eriza como si hubiera una acumulación de electricidad.
Miro nuestras manos entrelazadas y sigo subiendo por esos deliciosos brazos tatuados hasta quedar atrapada en su mirada.
—Soy Bane.
Con dos palabras, cada idea romántica y fantasía que no sabía que estaba acumulando se desmorona.
Esas pequeñas semillas de esperanza que había plantado inconscientemente todos esos años atrás en aquella playa acaban de sufrir una combustión espontánea. Flotan a mi alrededor, cayendo lentamente convertidas en ceniza, invisible para todos menos para mí.
La decepción me llena los pies de plomo, clavándome al suelo.
Porque, ¿el tipo que tengo delante? Es increíblemente atractivo, con un auténtico aire de chico malo y un ramalazo posesivo que probablemente me haría suplicar por más.
Pero no es él... mi chico de la playa.
Su nombre era Lincoln.