Tentación (Rosewood 1) 16 Evangeline
33%

16 Evangeline

DIECISÉIS

EVANGELINE

Empujo la puerta que conecta el garaje con el pasillo trasero de la casa de Nana Jo... mi casa.

Dios, me va a costar un tiempo acostumbrarme a eso.

El amor y la nostalgia me invaden al dar el primer paso. Todo se ve exactamente igual. No sé por qué, pero había pensado que podría verse diferente. Vacío, tal vez.

Pero es igual. Nana Jo sigue estando firmemente estampada en cada rincón de esta habitación, hasta en los ganchos desparejados de la pared a mi izquierda. Su chaqueta acolchada favorita todavía cuelga del primer gancho; el color magenta resalta contra las paredes de color crema.

El duelo surge en mi interior como un maremoto de emociones. No es la tristeza infinita que pensé que podría ser. Hilos de amor y gratitud se trenzan alrededor del dolor. Todo ello cubierto por una sensación de hogar. El único lugar en el que siempre me sentí aceptada.

Magnolia Lane fue una vez un refugio seguro para mí. Y tengo el presentimiento de que podría volver a serlo.

La determinación inunda mi sistema mientras avanzo por el pasillo trasero hacia la zona de la cocina.

Esta recorre casi toda la longitud de la casa por la parte trasera, desembocando directamente en un comedor informal.

El comedor formal comparte pared con el pasillo de atrás, separado de la cocina por un par de puertas francesas de cristal de seis paneles.

En todos los veranos que pasé aquí, nunca comimos ni una sola vez en el comedor formal. Ella prefería pasar el tiempo en la cocina, desayunando en la mesa redonda de roble claro, merendando en la isla o tomando su café en el patio trasero.

Siempre decía que una casa debía ser algo más que madera y pintura. Debía ser un hogar, un reflejo de las personas que viven en ella. Y ella vivió la mayor parte de su vida en esta casa, se casó y crio a sus hijos aquí.

Pero al mirar a mi alrededor, no es solo la vida de Nana Jo la que se refleja en cada estante y dentro de cada armario.

El abuelo Dalton está aquí. Su viejo banjo en la estantería empotrada del salón. Casi puedo oír el tintineo de las cuerdas y el retumbar profundo de su voz mientras cantaba alguna canción inventada. Su tocadiscos y su colección de vinilos que seguimos ampliando incluso después de que él se fuera.

Un ramo de peonías secas del jardín de la tía Hazel.

Y yo.

Tantos pedazos de mí.

Fotos enmarcadas mías con Nana Jo y mis primos.

Una vieja caja de madera naranja llena de nuestros hallazgos en mercadillos.

Un juego de té para dos pintado a mano, una caja de música antigua que nunca llegó a funcionar bien, saleros y pimenteros de estilo kitsch, una serie de cuadros de punto de cruz muy peculiares.

Pasamos incontables horas recorriendo mercadillos y ventas de garaje, siempre a la caza del objeto perfecto para traer a casa. A veces lo convertíamos en un juego. Quién encontraba la cosa más aleatoria o quién conseguía la mejor por menos de diez dólares.

Respiro hondo, girando en un círculo lento por el salón. Los recuerdos alivian el dolor de mi pecho. Sé que siempre la echaré de menos, pero esta casa sigue llena de su amor, incluso ahora. Y sé que incluso después de que yo le dé mis propios toques, eso nunca cambiará.

Llevo tres horas limpiando el salón, el sudor me humedece la nuca y la espalda me empieza a doler de tanto subir y bajar. Pero lo primero que he hecho ha sido revisar la colección de vinilos del abuelo Dalton y asegurarme de que el tocadiscos funciona.

Hace un calor de mil demonios aquí dentro. Pensé en encender el aire acondicionado, pero de verdad hace falta que entre aire fresco.

La sospecha me hace fruncir el ceño cada vez que pienso en lo relativamente limpio que sigue estando el interior.

No es que esperara que la naturaleza lo hubiera reclamado o algo así, pero no pensé que estaría tan...

normal. Claro, hay un poco de polvo y el aire es extraño y rancio, pero en general, parece que ha estado vacía un mes, no un año.

Sigo esperando encontrarme algún correo o papeleo que me dé una pista sobre quién ha estado cuidando el interior de la casa.

Pero, hasta ahora, han sido sobre todo viejas tarjetas de cumpleaños y un puñado de revistas.

He separado todo en montones. Las cosas que me voy a quedar están junto al diván de terciopelo; todo lo que creo que alguien de la familia podría querer, junto a la estantería; y todo lo demás en una zona grande en medio de la habitación.

Cualquiera puede llevarse esas cosas, de lo contrario, las donaré.

O tal vez haga mi propio mercadillo en el jardín.

Podría ser una especie de tributo a Nana Jo, teniendo en cuenta que debemos de haber ido a cientos de ellos a lo largo de los años.

Una pequeña sonrisa asoma en la comisura de mi boca ante la idea.

Me gusta la idea de que una niña y su abuela pasen por mi mercadillo y encuentren su propio tesoro.

Mi teléfono vibra en la mesa de centro a mi lado, sacándome de mis fantasías de mercadillo.

Número desconocido: ¿Qué tal se te da el marisco?

Culpo a las intensas emociones del día por la tardanza en atar cabos. Pero cuando finalmente lo hago, no puedo resistir el impulso de tomarle el pelo, solo un poco.

Me muerdo el labio inferior y me seco distraídamente el sudor de la nuca. Cojo mi café con leche helado de la mesa y me acomodo en el sofá. Bebo los últimos posos de mi café para armarme de valor flirteador.

Yo: ¿Quién es?

Su respuesta es instantánea, como si hubiera estado pendiente del móvil.

Número desconocido: tu hombre

Yo: ¿Charlie?

Número desconocido: quién coño es Charlie

Yo: ¿mi hombre?

Número desconocido: no eres tan graciosa como crees, cielo

Se me escapa una risita sin permiso. Es ese maldito apodo. Casi puedo oír la forma en que lo dice, tan grave y seductora.

Uf.

Admito que no me siento muy cómica ahora mismo. Llevo horas limpiando y organizando, y eso ya sería suficiente aunque no me hubiera quedado despierta hasta la una de la madrugada viendo Sons of Anarchy en el móvil. Supongo que se podría decir que tenía curiosidad.

Yo: No sé. Siento que Charlie podría ser mi hombre después de todo el tiempo que pasé con él anoche.

No responde de inmediato e intento no darle demasiadas vueltas. Miro el ornamentado reloj de metal de la pared y me doy cuenta con asombro de que ya es mediodía. Probablemente esté trabajando y tal vez solo tenga unos minutos para charlar.

¿O quizá no se ha dado cuenta de que estaba bromeando?

Descarto ese pensamiento casi tan rápido como me viene. Me gusta lo que conozco de Nova, que admito que no es mucho, pero no parece el tipo de hombre que huye ante un pequeño malentendido. Aunque haya sido deliberado por mi parte.

Tamborileo los bordes del móvil durante un minuto antes de entrar en nuestro chat y guardar su información de contacto como Nova. Salgo de todo y suelto el teléfono en el sitio a mi lado en el sofá. Justo cuando hago fuerza para levantarme, el móvil vuelve a vibrar.

Una anticipación vertiginosa me recorre las yemas de los dedos y le doy la vuelta para ver una notificación con su nombre. Me siento como una adolescente otra vez, con esa misma sensación ligera y esponjosa revoloteando en el estómago.

Nova: Ahora mismo solo hay tres posibles Charlies en Rosewood. Uno tiene 75 años, uno está casado y el otro está ocupado.

Abro la boca, la sorpresa me deja sin palabras.

Yo: Tengo tantas preguntas. ¿Cómo puedes saber eso siquiera?

Nova: Es un pueblo pequeño.

Yo: ¡No es tan pequeño!

Nova: Lo es cuando has vivido aquí casi toda la vida.

Yo: No lo has comprobado de verdad, ¿verdad?

Nova: ¿Y si lo he hecho?

Yo: Eso es... no sé, un poco de locos.

Nova: Solo por ti, cielo.

Siento que las mejillas se me ponen coloradas por sus palabras y miro rápidamente alrededor de la habitación para asegurarme de que no hay nadie. Sigo sola, con Simon y Garfunkel cantando sobre el silencio de fondo.

Yo: Ni siquiera me conoces.

Nova: Sé lo suficiente.

Me muerdo la parte interna de la mejilla y me levanto para caminar un poco. ¿Tenía razón Cora sobre él? ¿Es una mala influencia? ¿O simplemente flirtea de una forma peculiar?

Me sorprendo asintiendo, animada por la idea de que tal vez me estuviera siguiendo el juego. Quizá a los dos se nos da mal el flirteo burlón por mensaje.

Me detengo y me permito imaginar que le digo que no, que no pasamos más tiempo juntos. La decepción se hunde como un lastre en mis entrañas.

Vale. Ahí tengo mi respuesta entonces. Mando a paseo la precaución de Cora y le respondo.

Yo: ¿Hay buen marisco en Rosewood?

Nova: Técnicamente, Tide & Table está en Glendale, justo a las afueras de Rosewood.

Nova: Tienen las mejores vieiras a la plancha los martes por la noche.

Yo: Esta noche estoy terminando de limpiar la casa de mi abuela.

Yo: Pero mañana estoy libre.

Nova: Te recojo a las 7.

Yo: Nos vemos allí directamente.

Nova: ¿No te fías de mí, cielo?

Contengo las ganas de reír, apretando los labios hacia dentro un momento. El pelo me cae por el hombro, rozando la pantalla del móvil. Retengo el aire en los pulmones mientras escribo una respuesta.

Yo: Primero te lo tienes que ganar.

Nova: Oh, me ganaré mucho más que eso.

Exhalo, con la diversión recorriendo mis sentidos. Más le vale estar a la altura de las expectativas que está creando, o me voy a llevar una decepción enorme.

Mis dedos rozan mis labios al recordar cómo sentí su boca sobre la mía. Dios, ¿cómo es posible que eso fuera solo anoche?

Yo: Promesas, promesas...

Nova: Siempre cumplo mi palabra.

El disco se detiene y el carraspeo estático resuena por la habitación. Lanzo el móvil al sofá con una sonrisa y cruzo la estancia para rebuscar entre los vinilos.

Encuentro el disco perfecto para poner y vuelvo al trabajo con una notable agilidad en mis pasos.