Tentación (Rosewood 1) 15 Bane
31%

15 Bane

QUINCE

BANE

—¿Vida sexual? —dice Nova entre un bufido y una carcajada—. Ahora sé que has estado hablando demasiado con mamá. Dilo conmigo, hermano: follar.

Rápido como el ataque de una serpiente, Silas se inclina sobre el borde de la mesa e intenta empujarle el hombro. Nova lo bloquea y las sillas chirrían contra el suelo de madera mientras intentan luchar por el dominio.

Normalmente, me apuntaría de cabeza a su estúpida demostración de afecto, pero ha sido una semana larga y es el puto lunes.

—¿Habéis terminado ya? —Suelto la pregunta con un ladrido, lo suficientemente alto como para romper sus burlas.

—Sí, sí —dice Nova, quitándose una pelusa invisible del hombro—. Solo digo que Silas necesita echar un polvo, así no estaría tan preocupado por mi vida sexual. —Se burla de las últimas dos palabras, lanzándole a Silas una mirada punzante.

—Así que lo admites. Estás viendo a alguien. Espero que no sea una de las chicas de Helen. Tuve que echar a dos del club la semana pasada.

Nova echa la cabeza hacia atrás, con la boca abierta y los ojos muy abiertos. —Jesús, tío, no. Dame un poco de crédito, ¿vale? —Dirige su mirada hacia mí—. ¿No tenemos cosas más importantes de las que hablar?

Inclino la cabeza en señal de asentimiento. Normalmente es Silas quien mantiene a Nova centrado, así que este cambio de papeles es nuevo. —Sí, cuando estuviste allí, ¿te pareció que algo no cuadraba?

Nova apoya los hombros en el respaldo de la silla, estirando las piernas frente a él. —Es un lunes por la noche, el público habitual. Nadie destacó.

—¿Qué piensas tú? —Le lanzo una mirada a Silas. Es el presidente de los Reapers por una razón, aunque no crea que se merezca el título—. ¿Deberíamos convocar una reunión?

Se pasa la mano por la mandíbula, rascándosela de forma casi distraída.

—No, todavía no. Pero cuéntaselo a algunos de los chicos y empezad a patrullar.

Nada oficial, pero quiero que vigiléis el pueblo al menos cuatro veces al día.

Especialmente el perímetro. Buscad cualquier cosa sospechosa, lugares donde puedan estar escondiéndose.

Asiento conforme, tamborileando los dedos sobre mi pierna debajo de la mesa. Hago una pausa y miro a mis primos. —¿Quién se lo va a decir a tía Dixie?

—¡Paso! —dice Nova al instante.

—¿Qué tienes, cinco años? —bufa Silas.

—Puede, pero aun así serás tú quien le dé la noticia a mamá de que los Hell Hounds han vuelto y andan husmeando. Ya sabes que ella no cree en eso de no matar al mensajero —dice Nova.

—Ni siquiera sabemos si han vuelto. Todo lo que tenemos son conjeturas —intervengo.

Observo la forma en que se miran, como si pudieran comunicarse telepáticamente o alguna mierda así.

No importa lo unidos que estemos los tres, siempre habrá algo que los una más estrechamente a ellos dos.

De vez en cuando, una pizca de envidia se abre paso en mis venas, dejando un rastro de ira y anhelo a su paso.

A veces desearía tener ese tipo de conexión con alguien.

Un hermano. Pero luego recuerdo quiénes son mis padres y esos sentimientos horribles se secan más rápido que el barril de cerveza en el festival de verano.

Podría haberme facilitado la vida, pero no puedo imaginarme sometiendo a otra persona a ese tipo de infancia.

Salí adelante gracias a estos dos capullos.

Primos que se sienten más como hermanos. Hombres que me ayudaron a levantarme cuando lo necesitaba y que se mantuvieron a mi lado incluso cuando dije que no los necesitaba.

Ellos y mi tía.

Y con eso basta.

Dejo que mis dedos estabilicen el ritmo sobre mi pierna. —Yo se lo diré. No puede ponerse en su plan protector habitual, no cuando la operan en un par de semanas y tiene a Hunter al que cuidar.

—Precisamente porque tiene a Hunter, lo hará. Si crees que se ponía mal cuando estábamos creciendo, no es nada comparado con cómo se pone con un nieto —dice Silas—. Esa mujer es una osa cuando se siente amenazada.

—No, una osa no. Una elefanta. —Una de esas feroces madres elefante africanas. Hacen lo imposible por proteger a sus crías.

Cuando estaba en octavo curso, la mononucleosis arrasó nuestra escuela. Me dejó postrado durante dos semanas. Mi viejo estaba mucho tiempo fuera, encargándose de asuntos para el tío Ray. Tía Dixie vino a verme a los pocos días, echó un vistazo alrededor y, al no ver a mi madre, me llevó con ella.

Desde aquel momento, siempre tuve una habitación en casa de tía Dixie.

Se convirtió en mi refugio. Su forma de dar cariño nunca fue la típica de película que veías en la tele, pero lo demostraba de otras maneras.

Acciones más acordes con nuestro estilo de vida con los Reapers, especialmente cuando estábamos creciendo.

Aún recuerdo la expresión de su cara cuando irrumpió en el bar favorito de los Hell Hounds. La hija de uno de sus miembros con parche le tendió una trampa a Nova, flirteó con él lo suficiente como para que cayera. Aquella noche le dieron nueve puntos.

Tenía diecisiete años.

Tía Dixie parecía un demonio sobre ruedas aquella noche. Se lanzó hacia sus motos fuera del bar y les rajó los neumáticos con un cuchillo. Sacó una llave de cruceta y le remodeló la moto al padre de la chica.

No fue tanto una represalia como una advertencia. Un primer y último aviso.

Tenía a todo el club respaldándola, pero bien podría haber ido sola por la nube de rabia en la que flotaba. Escribió su mensaje con cada golpe y cada tajo. Expresando sus emociones mediante la destrucción.

Aunque zanjamos nuestras diferencias con los Hell Hounds hace años, y ellos parecían haberse beneficiado de nuestra retirada, tía Dixie nunca olvidó. Sigue dispuesta a apretar el gatillo con cualquier cosa que tenga que ver con los Hell Hounds, especialmente si hay violencia de por medio.

Asiento varias veces. —Bueno, quizá deberíamos informarla solo cuando sea necesario. No hay necesidad de remover el avispero antes de tiempo.

—Esa mujer está loca —refunfuña Silas—. Si se le cruza un cable, hace algo y se jode el hombro todavía más, su médico va a montar en cólera.

La idea de alguien hablándole así a tía Dixie me dibuja una sonrisa en la cara. —Pagaría por ver eso —murmuro—. Ella le escucharía y luego le entregaría su propio culo en bandeja, y él le daría las gracias para cuando ella hubiera terminado.

Unas risas bajas llenan la habitación.

—Ya, bueno, es el mejor cirujano de cinco condados, así que a menos que vosotros dos queráis empezar este proceso de nuevo, más nos vale esperar que no se escape para sembrar el caos con los Hell Hounds —dice Silas.

—Por cierto, me he enterado de tu trato con mamá —dice Nova con una sonrisa.

Silas gime, dejando caer la cabeza hacia atrás para mirar al techo.

—¿Qué trato? —pregunto, mirando de uno a otro.

Nova sonríe con suficiencia, cruzándose de brazos sobre el pecho. —Aquel en el que consiguió que este gruñón aceptara contratar a una niñera.

—Ya era hora, joder —refunfuño.

Silas endereza la cabeza y me lanza una mirada fulminante. Acepto su mierda con mi propia expresión imperturbable. He tenido práctica de sobra sobre cómo lidiar con sus humores. Y todos son distintas tonalidades de fastidio.

—¿Qué? Sabes que es verdad. Adoro a Hunter, pero ese niño es un St. James de pura cepa. Tu madre no puede seguirle el ritmo y llevar la oficina de los talleres.

—Además, físicamente no puede levantar nada durante unas seis semanas mientras se recupera —dice Nova.

—¿Por qué creéis que acepté? —Se pasa las manos por la cabeza, dejando que la palma enganche la nuca. El estrés tira de las comisuras de su boca en un gesto de desagrado.

—¿Ah, sí? ¿Y a cuántas has dicho ya que no? —pregunta Nova, pero lo dice como si ya supiera la respuesta.

—¿Bajo nuestro nuevo acuerdo? A ninguna. —Silas parece demasiado engreído por ello.

Entorno los ojos hacia él. —¿Y cuándo se cerró ese acuerdo?

—Hace dos días —responde Nova con seriedad.

—No es importante —dice Silas al mismo tiempo que agita la mano restándole importancia—. Lo importante es que vigilemos esto, discretamente por ahora, ¿de acuerdo?

—Sí. Nada de movimientos hasta que lo entendamos mejor —asiento.

Silas golpea la mesa con los nudillos y echa su silla hacia atrás. Coge el vigilabebés con una mano y mete la silla con la otra. Me mira, con la comisura de la boca temblando ligeramente. —Buena suerte con tu llamada de mañana.

—Capullo —refunfuño a su espalda mientras sale por donde entró, dejando una risita a su paso.

Nova me pone la mano en el hombro, dándome un par de palmaditas mientras camina hacia la puerta. —¿Trabajas mañana?

—Siempre estoy trabajando.

—Ya, lo supongo. Nos vemos en el taller —grita por encima del hombro.

La puerta trasera se cierra con un clic suave, puntuando su partida. Me quedo sentado a la mesa unos minutos más, escuchando el silencio de la casa resonar a mi alrededor.

Dejo que mi mente imagine todos los escenarios posibles en los que los Hell Hounds provocan una pelea. Ninguno acaba bien, pero así es la naturaleza de nuestro mundo. La violencia siempre está acechando a la vuelta de la esquina, esperando para abalanzarse cuando menos lo esperamos.

Sacudo la cabeza, despejando los pensamientos. No sirve de nada alterarse por algo que ni siquiera ha sucedido todavía.

Día a día, eso es todo lo que puedo hacer.