12 Evangeline
DOCE
EVANGELINE
Tras otro mojito para mí y una cerveza para él, nos pusimos en camino en busca de comida. No estaba del todo preparada para volver a la soledad del motel. Y, si soy sincera conmigo misma, me lo estoy pasando demasiado bien con él.
En el bar mantuvimos una actitud distendida, y cuando un par de tíos que llevaban el parche de los Reaper se acercaron a hablar con él, se me encogió el estómago.
Pensé que me daría de lado. O algo peor, que se transformaría en una versión distinta de sí mismo delante de sus amigos.
Ruidoso, grosero, pasando de esa mezcla de seguridad y encanto a la prepotencia.
He pasado suficiente tiempo rodeada de hombres capullos y prepotentes para que me dure toda la vida.
Pero me sorprendió. Saludó y me presentó, pero fue, como mucho, un desaire educado.
Unas pocas palabras, un par de asentimientos y volvió a centrarse en mí.
Charlamos de cosas sin importancia y seguimos el juego de preguntas y respuestas de la televisión que había tras la barra hasta que me rugieron las tripas.
—¿Qué te parece una pizza? —Me sujeta la puerta abierta, indicándome con un gesto que salga yo primero.
La humedad nos recibe, envolviendo mis hombros con sus pesados brazos mientras salgo a Main Street. Los últimos rayos de sol se aferran con uñas y dientes al pavimento entre los edificios a nuestras espaldas.
Él me dedica una sonrisa, rodeándome para situarse a mi izquierda, en el lado más cercano a la calzada.
Tuerzo los labios en una especie de sonrisa pesarosa. —Mantenemos una larga historia de amor. Algunos incluso dirían que fue el primer amor de mi vida.
Él inclina la cabeza hacia un lado y su espeso pelo rubio oscuro le cae sobre la frente. —¿Pensaba que el primer amor de toda chica era su padre?
Se me encoge el corazón al mencionar a mi padre. Inevitablemente, me hace pensar en mi madre. Y en el hecho de que, aparte de un escueto mensaje de voz exigiendo que responda al teléfono cuando llame, no he vuelto a saber nada de ellos desde que los vi ante el despacho del abogado.
Eso en sí no es tan raro. Paso meses habitualmente sin hablar con ninguno de los dos. Pero tras verlos, a pesar de su gélida acogida, inconscientemente había plantado una semilla de esperanza.
La esperanza de que lo que fuera que la Nana Jo le hubiera dejado a mamá fuera suficiente para ablandarla un poco, para dulcificarla en algo más maternal, más cariñoso.
Pero la esperanza es algo peligroso. Y ya sé que no debo dejar que brote cuando lleva su nombre.
Parpadeo un par de veces, ahuyentando los sombríos pensamientos sobre mis padres.
—Siguiendo esa lógica, tu madre fue tu primer amor. —Le pongo tanto descaro que mis palabras chorrean como la miel.
—¿Primer amor? —Se toca el labio inferior con el índice, con la cara arrugada como si estuviera concentrándose. Sin embargo, no es más que una farsa; se le nota la sonrisilla burlona tras la mano. —Qué va, no la conozco.
Le lanzo una mirada, con las cejas muy levantadas. —Espera. ¿Me estás diciendo que nunca has estado enamorado?
Baja la barbilla y se mete las manos en los bolsillos delanteros mientras paseamos por la acera. Me mira bajo sus largas pestañas negras. —Claro que sí. Pero no del tipo en el que estás pensando.
Lo observo con la boca entreabierta y una pregunta en la punta de la lengua. Y entonces lo comprendo. —Un perro.
Él ríe, con un sonido lleno de alegría. —No, no éramos una familia de tener mascotas.
Una sensación de camaradería me recorre la piel, la impresión de una infancia compartida. —Nosotros tampoco. Aunque pedí uno cada año por mi cumpleaños. —Suelto una risita, pero está cargada de demasiado autodesprecio para ser alegre.
Él me lanza una mirada, aguda y penetrante.
—En fin —empiezo, agitando la mano en el aire frente a mí— Volvamos a tu primer amor. Ni un perro. Ni una persona. —Miro las tiendas al otro lado de la calle como si fueran a darme una pista.
—Todavía no, al menos. —Se encoge de hombros, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios mientras me recorre lentamente con la mirada. —Quizá he estado esperando a la persona adecuada.
Se me corta la respiración por la forma en que siento su mirada sobre mi piel, calentando un rastro que se me hunde en las venas.
Se inclina hacia mí, rozando su hombro con el mío, y me lanza un salvavidas verbal. Como si viera que me estoy ahogando tras su último comentario. —El arte.
Abro mucho los ojos mientras lo miro bajo una nueva luz. Mi mirada recorre la manga completa de tatuajes de un brazo. La curiosidad me produce un hormigueo por la espalda. —¿El arte?
Su boca se curva en una suave media sonrisa. —Sí. Pasé dos años en el este, en la escuela de arte; volví a casa cuando hizo falta y terminé aquí. Lo convertí en mi profesión.
—Oh, es increíble. ¿Cuál es tu especialidad?
Su mirada pasa de sus tatuajes a mi cara. —No, no soy ese tipo de artista.
Me sonrojo por un momento, pero me sacudo la vergüenza. Yo no soy nada artística, pese al inmenso talento de la Nana Jo. No parece que ninguno de esos genes haya ido a parar a mí.
Me aclaro la garganta. —¿Qué haces entonces?
—Diseños personalizados. Motos y coches sobre todo, algún que otro barco.
Le echo un vistazo a las manos, preguntándome qué destreza deben de tener sus dedos para pintar así en el vehículo de alguien.
—¿No es lo que esperabas?
Levanto la mirada hacia su cara. La piel alrededor de sus ojos está tensa, en contradicción con la sonrisa de su rostro.
Observo su expresión y se me encoge el corazón ante la vulnerabilidad que se oculta bajo la superficie.
El pelo me hace cosquillas en los hombros mientras niego con la cabeza un par de veces. Entorno los ojos, mirándolo a través de las pestañas. —No tenía ninguna expectativa.
—Venga ya, encanto. La moto. El chaleco de cuero. Esta cara tan guapa. —Hace una pausa para dedicarme un guiño y una sonrisa pícara. —¿Me estás diciendo que no tenías ninguna expectativa sobre mí?
Me río. —Tengo expectativas sobre esta pizza supuestamente famosa, pero no, no sobre ti... ¿o sobre esta... amistad? —De alguna manera, la última palabra suena más a pregunta de lo que pretendía.
Chasquea la lengua. —¡Ay! ¿Ya me has mandado a la friend-zone?
Pongo los ojos en blanco, pero es más juguetón que sarcástico.
—Sí, es verdad. Tenemos una de las mejores pizzerías del país y ya casi hemos llegado. Estilo napolitano auténtico y todo eso.
Asiento; mi estómago ya está totalmente de acuerdo con el plan. —Creo que la única pregunta que queda es: ¿qué te gusta ponerle a la pizza?
Se detiene de repente, echando la cabeza hacia atrás para ofrecer su rostro al cielo. Respira hondo, con una exhalación ruidosa que resulta a la vez divertida y dramática. —Evangeline, por favor, no me rompas el corazón tan pronto.
Me detengo ante él, levantando la vista para observar la divertida curva de su labio.
—Si me dices que comes fruta en la pizza, voy a tener que reconsiderar mi propuesta anterior.
Se me da un vuelco el corazón con la palabra «propuesta» mientras mi mente se inunda con visiones de encajes, anillos y vestidos blancos.
Lo cual es ridículo.
Parpadeo y fuerzo mi boca a curvarse en una sonrisilla. —Sabes que los pimientos son, técnicamente, una fruta.
Baja la cabeza hacia una posición neutral, soltando un suspiro burlón. Empieza a caminar de nuevo, como si mi respuesta le hubiera permitido volver a moverse. —Pimientos morrones. Recibo eso como animal de compañía —dice con un asentimiento.
—Pero —digo yo, alargando la palabra mientras cruzamos la calle—, me encanta la piña.
Se lleva la mano al pecho, justo sobre el corazón, en un gesto dramático. —Me hieres, encanto. Dos veces en una noche. Primero, muerte por friend-zone y luego la piña. Vaya forma de palmarla. —Suena como si se estuviera lamentando, con un matiz musical en su voz burlona.
Una carcajada brota de mi pecho y el sonido rebota en las paredes de ladrillo de los edificios que nos rodean. No puedo evitar sentirme a gusto con él, como si nos conociéramos desde hace años en vez de unas pocas horas.
—Entonces, ¿estás lista ya para entrar en temas personales, encanto? —Su tono es informal, siguiendo nuestro ritmo mientras paseamos por Main Street.
Me gustaría sentirme molesta con el apelativo cariñoso, de veras. Pero hay algo en la forma en que baja el tono cuando su lengua se curva alrededor de esa palabra... Me provoca un escalofrío por la espalda y el corazón se me acelera.
—No lo sé, ¿debería tener miedo? —Bromeo, mirando alternativamente de él a la acera frente a nosotros.
Un grupo de adolescentes está ante una de las cafeterías, formando un círculo informal, hablando y riendo.
Nova ríe, con un sonido grave y profundo que hace que algo en la boca de mi estómago se apriete de la mejor manera posible. —Qué va, conmigo nunca tienes que tener miedo. Pero es que tengo curiosidad por la persona con la que voy a pasar todo mi tiempo.
Lo miro de reojo y me da un vuelco el corazón ante la idea de pasar todo mi tiempo libre con él. Algo de lo que parezco tener de sobra últimamente.
Pero no dejo que la imaginación vuele demasiado. Esto no es el argumento de una comedia romántica, aunque este pueblo parezca sacado de una, incluyendo al protagonista.
—Bueno, ¿qué quieres saber? —Mantengo el tono ligero, contenta por ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
Tararea, fingiendo que sopesa una pregunta como si no la tuviera preparada desde hace media hora. —Empecemos con algo fácil. ¿Qué te trajo a Rosewood?
Bajo la mirada hacia la acera de cemento perfectamente cuadrada. —Mi abuela me dejó su... ¡ay!
Algo duro choca contra mi hombro, robándome las palabras y haciéndome caer sobre Nova, que está a mi derecha. Tropiezo hacia un lado, pero no llego a caerme.
—Oh, joder —murmura alguien por la izquierda.
Apenas puedo oírlo por encima del tronar de mi corazón; la adrenalina me ha subido de golpe, aunque fuera brevemente. No suelo ser una persona patosa, pero no quería besar el suelo ante Nova y todos los demás que paseaban por el centro.
—¿Estás bien, Evangeline? —Su voz es un murmullo grave junto a mi oreja, mientras sus manos me sujetan por las costillas.
Asiento, tragándome el temblor de mi voz mientras me estabilizo. —Sí, solo he perdido el equilibrio un segundo. Estoy bien.
Las manos de Nova permanecen un instante cuando me enderezo y luego se retiran lentamente. Da un paso, pero no para quedarse detrás de mí. No, hace el gesto protector por excelencia y se pone delante de mí.
—Joder, lo siento —dice un chico, con las manos extendidas hacia mí. Es un adolescente tardío, con el pelo castaño despeinado y el rostro contraído en una mueca de disgusto.
—No pasa nada. —Le quito importancia con un gesto.
Pero el chico no retrocede. No aparta la mirada de Nova, que está frente a mí. Baja un poco la barbilla. —No era mi intención faltar al respeto, Casanova.
Veo un leve movimiento en la mandíbula de Nova, pero eso es casi todo lo que alcanzo a ver desde este ángulo. Tras un largo y tenso momento, él asiente. El chico exhala visiblemente, alejándose de él con varios pasos rápidos.
Hay algo raro en todo este encuentro, pero no tengo tiempo de cuestionarlo. El aroma a pan recién horneado y ajo fresco impregna el aire, distrayéndome de mi curiosidad.