11 Evangeline
ONCE
EVANGELINE
Tengo que parpadear unas cuantas veces antes de que mis ojos se acostumbren a la luz tenue del interior de The Wild Boar. El aroma a cerveza y whisky flota en el aire como si formara parte de los mismos cimientos.
Son las cuatro de la tarde de un lunes, pero, al parecer, este es el sitio de moda.
Más de la mitad de las mesas y los reservados están llenos. Hay bastante gente, pero no hay un ruido excesivo. Probablemente se deba a que los techos están recubiertos de ese material aislante que absorbe el sonido.
Bombillas de estilo Edison en apliques de hierro forjado iluminan los carteles antiguos de música y conciertos enmarcados por toda la sala.
El suelo es de madera auténtica, desgastado y rayado por décadas de pisadas y botas pesadas.
Probablemente tenga cien años, de una época en la que las casas y los edificios se construían para durar generaciones.
Ya no se hacen casas con este tipo de suelos de madera.
La barra en sí es la pieza central, tallada casi como una ola a lo largo de la mayor parte de la pared a mi izquierda. La parte superior es de madera pulida, tan aceitada que el reflejo de la televisión brilla en ella.
Mesas cuadradas rústicas para dos y cuatro personas llenan el espacio, con alguna que otra mesa alta de bar intercalada.
Los reservados de cuero negro bordean el espacio de la pared abierta; algunos son lo bastante grandes como para que quepan diez personas cómodamente, pero lo bastante acogedores para tomar una copa en la intimidad.
Frente a la barra hay un pequeño escenario. Está a dos escalones del suelo, con grandes altavoces a cada lado y otros equipos esparcidos por encima. Ahora es un rincón oscuro, pero me imagino cómo cobraría vida cuando tocaran músicos locales.
Me imagino el ambiente cambiando, dando un giro de ciento ochenta grados esas noches en las que está iluminado.
De ser encantador y relajado a eléctrico y cargado de energía.
Ahora mismo, sin embargo, el ambiente es bastante tranquilo con su decoración encantadora y su extensa pared de licores tras el mostrador.
Recorro el bar con la mirada. Unas cuantas parejas se balancean al ritmo de una canción lenta y melódica, mientras otros están cerca del escenario, charlando y riendo con copas en la mano.
Seguro que el ambiente se vuelve electrizante cuando hay alguien en el escenario y tocan una de las favoritas del público. Casi puedo sentir cómo la energía de la gente va aumentando, y mi propio corazón late con fuerza ante la expectativa. Creo que me gustaría ver eso.
Me deslizo en uno de los taburetes giratorios con respaldo de la barra; el cuero sintético negro cruje al cambiar el peso de mi cuerpo.
—¿Te has perdido, muchacha?
Miro al camarero, un hombre mayor que parece haber pasado por mucho en la vida.
No es de extrañar, teniendo en cuenta que este es el único bar del pueblo.
Me recuerda un poco a una de esas viejas estrellas de las películas de acción de los 80.
Es alto, con un pecho robusto que pone al límite su camiseta negra de manga larga.
Cabeza rapada, una barba más gris que negra y tatuajes en el dorso de las manos.
Pero sus ojos son amables. Su expresión es, de algún modo, incrédula y suave mientras observa cómo lo examino.
Me ajusto el bolso cruzado para que descanse en el asiento junto a mi cadera y no estorbe. —Este es el único bar en Rosewood. ¿Cómo ha pasado eso?
Se echa un trapo blanco al hombro y apoya las palmas en el borde de la barra pulida. Su expresión no revela nada y dice con seriedad: —Suerte.
Arqueo las cejas hacia el pelo y asiento varias veces. —Vale. Bueno, ¿puedes ponerme un mojito, por favor?
Es mi bebida habitual cuando salgo, algo que no hago muy a menudo. Pero hay algo en la menta y la lima que resulta refrescante. Y después de los últimos días que he pasado, me vendría bien un poco de frescor. Un pequeño respiro en esta calurosa noche de verano.
El camarero inclina la cabeza hacia un lado, arrugando un poco la piel entre las cejas. —¿Eres nueva en el pueblo o algo así?
—O algo así —respondo con un gesto de cabeza, mientras mi mirada vaga por el bar.
—Ajá. —Se separa de la barra y camina hacia el otro extremo, supuestamente para preparar el mojito antes de que alguien al otro lado de la barra le llame la atención.
Está bien, no me importa esperar. Me da tiempo para observar un poco a la gente. Reconozco algunas caras de mis paseos por el centro estos últimos días, pero la mayoría me resultan desconocidas.
Unos cuantos grupos de personas están agrupados en sus mesas, inclinados unos hacia otros en conversaciones profundas, con los vasos casi vacíos. En el extremo opuesto de la barra, junto a los baños, hay una pareja con las cabezas gachas, las frentes casi tocándose.
Examino la sala y mi mirada se detiene en un grupo de tíos con chalecos de cuero en un reservado de la esquina. El pulso se me acelera al pensar en volver a ver a Nova. Y el corazón me late deprisa mientras busco cada rostro en el reservado.
Pero él no está allí.
El corazón se me desinfla un poco y no puedo evitar sentirme decepcionada. Es un poco tonto, la verdad, teniendo en cuenta que solo lo he visto una vez.
—Invita la casa. Por la residente más nueva de Rosewood. O algo así. —Un vaso de tubo tintinea sobre la barra frente a mí, y unas gotas salpican por los lados. Unas ramas de menta y varios gajos de lima flotan en el interior.
Apoyo la espalda contra el asiento mientras alcanzo el mojito. —Gracias.
Él asiente, con la mirada puesta en mí un momento más de lo necesario. —¿Estás esperando a alguien?
—No —digo, recalcando un poco la negativa—. Solo... explorando.
Él asiente como si lo entendiera. —A veces hace falta perderse para encontrarse a uno mismo.
Lo miro fijamente un instante, sin saber qué decir. Su respuesta ha sido más profunda de lo que esperaba.
—Bueno, necesitaba algo que me animara después de la semana que he tenido, y la cafetería cierra a las tres, así que... —Extiendo una mano con la palma hacia arriba en un gesto de encogimiento de hombros a medias.
Tomo un sorbo, dejando que la menta repose en mi lengua un momento. Miro al camarero, que en este momento está apoyado contra la barra frente a mí.
Frunzo el ceño con confusión. —¿Por qué cierran tan temprano? ¿Es que la gente de Rosewood no toma café después de las tres?
La comisura de su boca se curva en una sonrisa burlona. —El café se encarga del primer turno, la cerveza del segundo y el tequila está en el tercer turno en Rosewood.
Me río, con un sonido cargado de humor y sorpresa a la vez. —Bueno, lo tendré en cuenta.
Da dos golpecitos en la barra y se separa de ella. —Grita si necesitas algo.
—Eso haré —murmuro.
Se dirige tranquilamente al otro lado del bar y dejo que mi atención se desvíe hacia la gran televisión de la pared. El sonido está quitado, pero los subtítulos están puestos, así que puedo leer todo lo que dicen. Es una especie de concurso del que nunca había oído hablar, pero parece entretenido.
Es el tipo de distracción perfecto que necesitaba esta noche. La televisión de la habitación del motel no funciona bien y solo pilla cuatro canales borrosos. Dijeron que estaría arreglada para el viernes, pero espero estar en Magnolia Lane para entonces.
Solo tengo que reunir el valor suficiente para quedarme allí.
Tomo otro sorbo de mi bebida, jugueteando con los bordes del posavasos.
Siento la mirada de alguien sobre mí y me giro para ver a un chico sentado unos asientos más allá a mi derecha.
Tiene el codo apoyado en la barra mientras me observa abiertamente con expresión seria.
Su pelo rubio ceniza le cae sobre la frente de forma desordenada, rozando los trazos gruesos de sus cejas oscuras.
Es guapo según los cánones convencionales, pero hay algo en él que me parece extraño.
Quizá sea porque lleva una chaqueta de cuero y vaqueros, cuando hace calor suficiente para freír un huevo en la acera.
Sonrío educadamente, no quiero ser grosera, sobre todo cuando tengo pensado echar raíces temporales aquí. Pero tampoco estoy interesada en empezar una conversación con él.
Vuelvo a echar un vistazo unos minutos después, sorprendida al encontrar su mirada fija. Me muevo en el asiento, esperando que un poco de movimiento disuada su escrutinio.
No lo hace.
Inclino el vaso y me termino la bebida. Siento que se me forma un nudo en el estómago al darme cuenta de que tengo que pasar por su lado al salir. Seguro que solo son paranoias mías. Demasiadas horas escuchando podcasts de crímenes reales, diría Cora.
Justo cuando dejo el vaso, oigo algo que me deja petrificada.
—¿Me estabas buscando, ricura?
Un hormigueo recorre mi espalda ante el tono grave junto a mi oreja derecha. Hago lo posible por reprimir el alivio y tragarme la sonrisa que pide a gritos salir. Desvío la mirada sobre el hombro, lo suficiente para verlo en mi visión periférica sin darme la vuelta por completo.
—Qué va, solo me estoy tomando algo.
Él suelta una risita, con ese sonido suave como nubes de gominola derretidas en un s'more recién hecho. —Parece que has empezado sin mí.
Levanto un hombro y cedo; el impulso de devorarlo con la mirada es demasiado fuerte. Está cerca, lo suficiente como para que pueda ver exactamente cómo se sentiría su barba de un par de días contra mi piel. Huele a bergamota y al océano, y tengo que contenerme para no pasar la nariz por su cuello.
Está incluso mejor de lo que recordaba. Me saca más de una cabeza, a pesar de la altura del taburete del bar. Sus hombros anchos y su pelo revuelto por el viento. Incluso la luz de la tele detrás de nosotros lo baña en un favorecedor resplandor azulado.
Un rápido vistazo por encima de su hombro revela un taburete vacío donde estaba aquel tipo.
—Ah, ¿sí? Quizá es que llegas tarde. —Arqueo una ceja, dejando que el desafío flote en el aire entre nosotros.
—¿A una cita contigo? Jamás. —Sonríe con superioridad, y su hoyuelo me guiña un ojo. Y te juro que esa maldita expresión suya me cortocircuita algo fundamental en el cerebro. No tiene derecho a ser tan atractivo.
—Si crees que estamos en una cita ahora mism—
—No, lo has entendido mal, ricura. Esto es para conocernos, para darte tiempo y que te sientas segura de tu decisión de dejar que te saque mañana. —Su voz baja de tono, cargada con una promesa latente.
Me quedo boquiabierta y siento que me suben los colores a las mejillas. Se queda ahí parado con una confianza casi intimidante, con una mano en el respaldo de mi taburete y la mirada intensa. No sé si sentirme excitada o divertida. Probablemente ambas cosas.
—Ni siquiera me has pedido salir todavía —le digo, sacudiendo un poco la cabeza.
—Formalidades. —Se inclina cerca, su barba me roza la mandíbula y sus labios están en mi oreja—. Tú y yo estamos predestinados, Evangeline.
—¿Alguna vez te funciona esa frase con las mujeres?
Él inspira, con los labios rozando apenas el lóbulo de mi oreja. —Es la primera vez que la digo, tú dirás.
Contra toda lógica, una sonrisa florece en mi rostro. Presiono la lengua tras los dientes y un suave sonido escapa de mis labios. —Vas a tener que esforzarte más que eso, Casanova.
Se retira despacio, quedándose lo bastante cerca para que pueda leer su expresión seria. —Desafío aceptado, ricura.