10 Silas
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DIEZ
SILAS
Un velo rojo desciende sobre mi visión, con la sangre hirviendo más rápido que una rana en un arroyo seco.
Doy un solo paso hacia el interior de la habitación, dejando que la mirada se deslice sobre ellos.
Planto los pies y cruzo los brazos sobre el pecho.
Sé lo intimidante que puedo resultar y, aunque la mayor parte del tiempo hago todo lo posible por no serlo, ahora me dejo llevar, llenando el hueco de la puerta a mi espalda.
—Fuera. Mi voz es baja, pero atraviesa el espacio vacío sin esfuerzo.
Las dos conejitas se estremecen y giran la cabeza hacia mí de un tirón. Me miran con los ojos muy abiertos y el miedo grabado en la cara. Bien.
—Papá —dice Hunter, saltando del sofá de un brinco—. Su cara aún conserva su sonrisa juguetona de siempre, pero tiene una arruga profunda entre las cejas. Y esa confusión, esa ansiedad que siente es suficiente para avivar mi ira de nuevo.
Sé que esta noche, a la hora de dormir, me preguntará por su mamá. A mi chico le gusta guardar sus preguntas difíciles para esos momentos tranquilos justo antes de quedarse dormido.
—Ven aquí, campeón —le digo, dando otro paso calculado hacia el interior de la habitación.
Avanza por la sala como si estuviera en una carrera de obstáculos, rodeando sofás, esquivando sillas y saltando por encima de la mierda que alguien ha dejado en el suelo.
Le agarro del hombro y le doy un apretón suave mientras lo atraigo hacia mí en un medio abrazo. —Vamos a ver si encontramos a la abuela.
—Está en la cocina haciendo galletas.
—¿Galletas de chocolate? —alzo una ceja con falsa sorpresa, las comisuras de la boca temblándome mientras intento contener una sonrisa.
Sus grandes ojos castaños oscuros brillan cuando asiente con entusiasmo. Son del mismo tono que los de su mamá, que es prácticamente lo único que ha sacado de ella. El resto es todo mío, hasta el hoyuelo en la mejilla.
Es como mirarme en versión en miniatura. A veces pone ciertas expresiones y es que es igual que yo. Ser padre es la experiencia más maravillosa y aterradora de mi vida. Y he estado en una puta guerra entre MC demasiado tiempo como para llevar la cuenta.
—Sí. Bobby dice que están mejor recién salidas del horno —me cuenta. Frunce las cejas de emoción—. Y las de casa vienen en un paquete del súper.
Si no le hubiera pillado viendo ese programa de cocina en bucle, no tendría ni puta idea de quién coño es Bobby. Es uno de los chefs del programa, y mi crío de cinco años cita sus consejos como si fueran colegas.
Es una monada.
Le pasa los dedos por el pelo y lo atraigo hacia mí, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Es una de esas pequeñas cosas de las que creo que nunca me cansaré. Ni en diez años ni en cien.
—No se puede discutir con esa lógica. Tendremos que probarlas recién salidas del horno. Vamos a por unas cuantas —mi voz es suave, manteniendo esta conversación en privado.
No me he olvidado de las dos chicas que hay en la sala. Me encargaré de ellas, pero Hunter va primero.
—¿Antes de cenar? —susurra, sonriéndome. Cualquier rastro de su inquietud anterior ha desaparecido, al menos de momento.
—Sí, campeón, una antes de cenar.
Alza el puño en el aire triunfante y me agarra de la mano.
No vuelvo a mirar a las conejitas que dejamos atrás.
Por muchas ganas que tenga de ponerlas en su sitio, no quiero hacerlo delante de Hunter.
Y estoy harto del constante bombardeo de mujeres que intentan usar a Hunter como especie de trampolín hacia mi cama.
Como si fuera a tocar a una de ellas ni de coña.
Las mujeres del pueblo no son mejores, siempre peleándose entre ellas por hacerse las cucas con mi chico como si fuera un bebé. Como si ese rollo cursi de hablar como a un niño me pareciera atractivo.
No es así.
El olor de las galletas recién horneadas me golpea en la cara de la mejor manera posible cuando entramos en la cocina.
Unas paredes blancas cremosas se elevan hasta un techo blanco brillante a dos aguas con vigas de acero vistas.
Una encimera de granito negro recorre toda una pared y una gran isla domina el centro de la estancia.
Hay dos fregaderos, una cesta frutera de varios pisos a rebosar y decenas de galletas con pepitas de chocolate sobre rejillas de enfriado en la isla.
Como uno de los perros de Pavlov, se me hace la boca agua nada más olerlas.
Son como un canto de sirena, y apuesto mi moto a que todo el que esté en el club va a inundar la cocina pidiendo una galleta.
Conociendo a mi madre, tendrá dos bandejas más en el horno, suficientes para que a todos les toque una.
Detrás de la isla, una reluciente cocina negra y de acero inoxidable de sesenta pulgadas, con seis fuegos de gas y dos hornos de convección, es la pieza central de la pared del fondo.
A un lado, un gran frigorífico de acero inoxidable con puertas francesas y uno de esos paneles táctiles en una de las puertas.
Y al otro lado, un fregadero profundo de un solo seno, con el grifo cromado brillando bajo la luz del techo.
Hace años, Gunnar se aprovechó del acceso que tenía entonces su novia al stock de exposición de su tienda de electrodomésticos. Consiguió todo esto por cuatro duros.
La isla de la cocina tiene ocho taburetes de madera, descascarillados y gastados por los años de uso.
Más allá hay dos grandes mesas de comedor de roble macizo con un surtido ecléctico de sillas desparejadas.
Se rompieron demasiadas y me cansé de andar buscando alguna que hiciera juego con las demás, así que hace unos años tiré la toalla y dejé que los chicos escogieran cualquier silla al azar que quisieran añadir.
Hay sitio suficiente para los hermanos que viven en el club, más los que estamos aquí la mayoría de los días.
Cuando llega todo el club —sus mujeres, novias, hijos y conejitas—, tenemos que traer mesas y sillas extra.
Pero para el día a día, este montaje funciona bien.
Menos mal que remodelamos este sitio, si no, ni de coña dejaría que Hunter jugara aquí.
Antes, en el mejor de los días, era un puto cuchitril hecho un asco.
Mi madre se gira al oír nuestros pasos, y la cara se le ilumina cuando nos ve.
—Pero si es mi nieto favorito. Se inclina sobre la encimera, con un paño amarillo estampado en la mano, y nos hace señas para que nos acerquemos.
Hunter suéltame la mano y cruza el suelo de baldosas a la carrera, prácticamente lanzándose sobre el taburete del centro. —¡Abu! Papá ha dicho que podemos comer galletas antes de cenar —suelta las palabras a toda velocidad, como si temiera que vaya a retirarle el permiso.
—Solo una —le recuerdo. Desplazo la mirada hacia la mujer que está de pie junto a mi madre, Helen—. ¿Podemos hablar un momento?
Se seca los dedos en el borde del paño de cocina y luego lo deja sobre la encimera, al lado de mi madre. —Por supuesto, Prez.
Me alejo unos pasos de ella, hacia el otro extremo de una de las mesas del comedor. No saco una silla; esta conversación no va a durar mucho. Cruzo los brazos sobre el pecho y miro por la ventana.
Las vistas son una mierda, solo el aparcamiento del taller. Pero al menos entra la luz del sol por el cristal, un cambio bienvenido después de tanta luz fluorescente.
—¿Todo bien? —pregunta al cabo de un momento.
Aparto la mirada de las líneas descoloridas de las plazas de aparcamiento y la dirijo hacia ella.
Está erguida, con los hombros echados hacia atrás y una expresión expectante, pero no a la defensiva.
Helen me cae bien, siempre me ha caído bien.
Pero si no hago cumplir las normas, esta paz precaria que tenemos se irá a la mierda.
Basta con dejar pasar una cosa para que, cuando te quieres dar cuenta, todo esté jodido.
Suelto el aire y la miro. —¿Quieres contarme por qué acabo de entrar y encontrarme a dos chicas del club que no había visto en mi vida diciéndole a mi hijo que van a ser su nueva mamá?
Un destello de rabia le cruza la cara mientras murmura: —Mierda. La expresión se le contrae, la preocupación marcada en el profundo surco de sus cejas—. Me encargaré de ellas, las pondré en su sitio.
Niego un par de veces con la cabeza, el movimiento lento y preciso. —Sabes que no vigilo a las chicas que pasan por aquí. Esa mierda te la dejo a ti. Pero han jodido con mi chico, Helen, y eso no puedo permitirlo.
—¿Quieres que se vayan? —ni siquiera se sorprende, su expresión y su tono son neutros. Comprensivos.
Sigo con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, pero alzo un hombro en un encogimiento casual. —¿Qué clase de líder sería si no hiciera cumplir las normas? ¿Y qué clase de padre sería si no protegiera a mi hijo?
Ella asiente y alarga la mano para rozarme el bíceps con la punta de los dedos. —Lo entiendo, Prez. Habrán desaparecido antes de que te vayas.
—Bien —le digo, alzando la barbilla y dando un paso atrás, fuera de su alcance.
Me dedica un leve asentimiento, casi imperceptible, con la expresión inescrutable, antes de darse la vuelta y salir de la cocina. Exhalo, descruzo los brazos y vuelvo junto a Hunter y mi madre.
La mirada de mi madre se desvía hacia el pasillo por el que acaba de desaparecer Helen, con las cejas muy levantadas. —¿Se puede saber a qué ha venido eso?
—Cosas de conejitas, sin más. Apoyo la mano en la parte de atrás de la cabeza de Hunter, con los mechones alborotados por ese remolino suyo—. ¿Qué tal la galleta, campeón?
—Es la mejor del mundo —dice con la boca llena de chocolate fundido y una sonrisa de oreja a oreja.
Mi madre entrecierra los ojos. —¿Qué tipo de cosas?
Alargo la mano por encima de la cabeza de Hunter y cojo una galleta grande del borde de la rejilla. —Unas chicas nuevas le han dicho algo inapropiado a alguien. Desvío la mirada hacia la parte de atrás de la cabeza de Hunter.
—Ajá —dice ella.
Me como media galleta de un bocado y miro a mi madre. Ella se afana en limpiar la encimera, evitando mirarme a los ojos.
—Mierda —mascullo, dejando la galleta sobre la encimera—. ¿Qué has hecho?
—El bote, papá —dice Hunter.
—Recuérdamelo cuando lleguemos a casa, ¿vale?
Puse un bote para los tacos hace un par de años, sobre todo para que mi hermano dejara de soltar palabrotas delante de Hunter.
Nova estuvo con él todo el día mientras yo trabajaba y, cuando volví a casa por la noche, me lo encontré corriendo por la casa con una capa puesta y cantando «motherfucker» a pleno pulmón.
Nova estaba en el sofá, doblado y agarrándose el estómago con esa risa que hasta duele.
Pero a veces también yo aporto fondos para las vacaciones. Aunque intento controlarme. Hunter ya es lo bastante mayor para saber cuándo algo no está bien, pero preferiría que no entrara en infantil el año que viene llamando a sus compañeros con insultos creativos.
—Vale —responde con un pequeño canturreo.
—Mamá, dímelo.
—Bueno —empieza, retorciendo el paño por un momento.
Lo deja sobre la encimera y lo alisa. Echa los hombros hacia atrás y recupera parte de su compostura.
Me mira, con cualquier atisbo de culpa borrado de la cara—.
Les he dicho que estás buscando una niñera.
Y, a lo mejor, se han venido un poco arriba. No lo sé.
Aprieto los dientes y estrecho la mirada hacia mi madre. —¿Pero qué coño, mamá?
—¿Qué coño de qué, Silas? —salta—. Has estado viviendo como un avestruz estos últimos meses, y mi operación es dentro de solo un par de semanas. Ni siquiera has entrevistado a la gente que he encontrado para ti.
Noto calor en la nuca y cambio un poco el peso de un pie al otro. —Tenemos tiempo. Y ya te lo he dicho, estaré bien. Puede quedarse conmigo en el taller.
Ella me sostiene la mirada, el gesto endurecido en una mueca. —Lo que no tenemos es tiempo, hijo. Me van a arreglar el manguito de los rotadores y estaré fuera de juego un mes si tengo suerte. Dos si se complica. Más si hay problemas. Y un taller no es lugar para un niño de cinco años.
La garganta me arde solo de pensar en posibles complicaciones de su operación. Así que lo ignoro y me centro en lo otro que ha dicho. —Yo estaba todo el rato en el taller a su edad y he salido perfectamente bien.
Alza ambas cejas, con una sonrisilla tirándole de la comisura de la boca. —Tú estabas allí de vez en cuando, pero Asher era demasiado pequeño, así que tú y Lincoln no ibais tanto como tu padre os hizo creer. De hecho, lo que más os gustaba era estar conmigo en la cocina. Érais mis pequeñas sombras.
Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar que se me escape una breve carcajada. —Si tú lo dices.
—Silas —dice, suavizando la voz mientras estira la mano para posar la suya sobre la mía—. Solo quiero lo mejor para Hunter… y para ti. Y los dos necesitáis a alguien que cuide de él mientras yo me recupero.
Suelto un suspiro, pesado. —Vale, tráeme opciones de verdad y elegiré a una. Pero nada de conejitas. Lo digo en serio, mamá.
Ella asiente y se recuesta, satisfecha con mi respuesta. —Puedes contar conmigo, hijo.
—Lo sé —reconozco en voz baja—. Gracias, mamá.
Caemos en un silencio cómodo. Hunter termina su galleta y charla de cosas sin importancia, llenando el aire tranquilo con una sensación de sosiego. Solo espero no estar metiéndome en una situación de mierda por acceder a hacer las cosas a su manera.