9 Silas
NUEVE
SILAS
Me giro la gorra de béisbol negra de atrás hacia adelante, haciendo una mueca de asco al sentir el material empapado.
Mierda. Ahora necesitaba un aire acondicionado nuevo y una gorra nueva. Probablemente.
—Tune, pide lo que sea necesario y arregla ese puto aire acondicionado, ¿vale? —El aire acondicionado dejó de funcionar hace seis horas y hace un calor de mil demonios aquí dentro, incluso con todas las puertas de los muelles abiertas.
—En ello estoy, jefe. —Tune asiente y entra en la oficina del fondo del taller, supuestamente para buscar piezas o una unidad entera. Es un buen chico, aunque canta fatal. Los tíos le apodaron Tune porque no era capaz de dar ni una nota incluso antes de unirse oficialmente al club.
—Os veo el lunes, capullos. —Golpeo la parte superior del marco de la puerta dos veces antes de cruzarla y dirigirme hacia la sede del club.
Intento no retener a los chicos hasta demasiado tarde un sábado si puedo evitarlo.
Por suerte, todos los talleres han funcionado sin problemas.
Lo que suele significar que la mierda va a estallar pronto.
Pero hoy no, así que por ahora, me largo.
Un pequeño coro me sirve de despedida, una mezcla de gruñidos y un par de «luego nos vemos». Si mi viejo todavía estuviera aquí, no dejaría pasar sus quejas. Nunca fue capaz de recordar que esto era una hermandad, no un puto ejército personal a sus órdenes.
Confundiría sus palabras con una falta de respeto y no con lo que son: un taller lleno de hombres que han estado sudando la gota gorda en el horno de ladrillos que llamamos taller.
El respeto mutuo no es algo que mi viejo llegara a dominar antes de pasar a mejor vida. Ese cabrón buscaba pelea solo porque era martes por la tarde.
Desataba su rabia acumulada contra cualquiera que respirara mal. Y Raymond St. James tenía suficiente rabia como para llenar seis vidas.
Creció en la generación de «los chicos son así». Y si no fuera por mi madre, mi hermano y yo probablemente nos habríamos convertido en réplicas suyas.
Coléricos, amargados y rápidos para la violencia.
Para el club, era el Presidente de los Rosewood Reapers. Un título que se tomaba al pie de la letra, deleitándose al cobrar el precio definitivo a aquellos que perjudicaban al club.
Pero para nosotros, era Papá. Alguna versión mutada de lo que él pensaba que debía ser un padre en casa, y el «Prez» en el club.
Aquel hombre cometió más errores de los que le correspondían, pero hay un momento que destaca en nuestra relación. Una sola decisión que tomó y que fue totalmente desinteresada. Algunos de los veteranos incluso la llamaron autosabotaje, cuestionando su derecho a liderar a los Reapers.
Hace cinco años, le pedí que pusiera fin a la guerra en la que llevábamos años tras una llamada telefónica de treinta segundos. No por el club, ni por mi madre, ni siquiera por mí.
Sino por mi hijo.
Y ese psicópata cabrón lo hizo. Terminó la guerra entre los clubes con el sacrificio definitivo.
Mi irritación general aumenta con cada paso hacia la sede. Pensar en la complicada relación que tuve con un hombre complejo suele provocarme eso.
El sol me golpea la espalda mientras atravieso el patio de la RGRC, Rosewood Garage and Repair Company. Es como llamamos al conjunto de negocios relacionados con la mecánica en la propiedad de los Reapers.
The Vault es un taller a la izquierda, dedicado a la restauración de clásicos.
Y Southern Steel es el edificio del estudio en el extremo derecho.
Todo el arte personalizado pasa por manos de mi hermano dentro de Southern Steel.
Ese capullo tiene más talento en su dedo meñique que todos nosotros juntos.
Y en el medio está el taller original de la RGRC que lleva en pie generaciones, y que necesita desesperadamente un aire acondicionado nuevo.
Gotas de sudor me corren por la espalda y me encuentro anhelando una ducha fría para quitarme el día de encima.
Normalmente, subiría a mi casa en la parte trasera del recinto y haría exactamente eso.
Pero hoy es el Día de la Abuela para mi hijo.
Y por cómo se lo toma él, cualquiera pensaría que es una fiesta nacional y no algo que ocurre cada semana.
Mi hermano Nova, nuestro primo Bane y yo nos criamos uña y carne, y han sido un regalo del cielo a la hora de echar una mano con mi independiente hijo de cinco años. ¿Pero en los días en que los tres somos necesarios en alguno de los talleres? Entonces mi madre se queda con él.
Ha enviado un mensaje hace una hora diciendo que está en la sede. Algo sobre la cocina y Helen.
Helen es algo así como una madre para las «conejitas» del club, las chicas que andan por aquí. La mayoría aún mantiene la esperanza de vivir alguna historia de amor de cuento con un hermano del club.
Muchas cosas han cambiado desde que asumí la presidencia, incluyendo la forma en que se trata a las conejitas. Y mientras no causen problemas, me trae sin cuidado quién esté en la cama de qué hermano.
Helen Whittiker y mi madre son amigas desde el instituto. Ha rechazado seis ofertas para ocupar un asiento permanente en la parte trasera de la moto de un hermano, supuestamente contenta de vivir sin ataduras, saltando de una cama a otra.
Y que yo sepa, nunca se tiró a mi viejo. Y no porque él fuera un hombre pío. Ese cabrón metía la polla en lo que le apeteciera cuando le apeteciera. Pero no habría forma de que ella siguiera respirando si le hubiera hecho eso a mi madre.
Dixie St. James es una puta amenaza para la sociedad si te cruzas con ella. Y lo único que la enciende más rápido que una falta de respeto evidente es que amenaces a uno de sus chicos.
Mi hermano, mi primo, mi hijo y yo.
Me envuelvo en el aprecio que siento por ella y por todo lo que hace por nosotros como si fuera una armadura, preparándome para el aluvión de gente y preguntas en cuanto ponga un pie dentro de la sede.
Cualquiera pensaría que esta gente no tiene acceso a mí todos los días por la forma en que algunos me atrapan en conversaciones de cuarenta y cinco minutos a veces.
Como si tuvieran que meter cada detalle sobre algún reality show que nunca he visto en una sola frase interminable. Es jodidamente agotador.
Amo a mi club y a mis hombres. Pero mi hermano es el portavoz de los Reapers por una razón, y no es porque sea más guapo, diga lo que diga ese niñato.
Suspiro y abro la puerta trasera, sintiendo cómo el aire fresco me envuelve en una corriente bendita. Camino por el pasillo hacia la parte delantera, donde está la cocina.
Con suerte, mi madre habrá solucionado el problema. Odiaría añadir otra cosa a mi lista de cosas que necesitan reemplazo.
El parche de presidente en mi pectoral derecho se siente como si me perforara la carne con sus esquinas afiladas y pesadas.
Afortunadamente, es un peso compartido. Mi hermano y mi primo han dado un paso al frente para compartir el protagonismo conmigo. Y, por supuesto, los otros miembros del club y el consejo.
Los Reapers no son una dictadura. Ahora es incluso más una democracia que cuando mi viejo llevaba este parche.
Cada decisión importante se somete a votación.
Desde cosas triviales como si deberíamos comprar la nueva videoconsola para la sala común hasta cosas serias como si deberíamos seguir brindando protección a los negocios al otro lado de los límites de la ciudad de Rosewood.
Suelto un suspiro, empujando mis pensamientos amontonados al fondo de mi mente. El inconfundible olor a galletas de chocolate me golpea el pecho y mi estómago ruge justo en ese momento.
Debería haber imaginado que la convencería con palabras dulces para que se pusiera a hornear hoy. Ha estado obsesionado con las galletas de chocolate desde que vio un programa de cocina con ella hace dos semanas.
Escaneo las puertas abiertas al pasar por delante, buscando la familiar mata de pelo castaño oscuro alborotado.
Mi hijo corre por este lugar con la frecuencia suficiente como para conocer los mejores sitios para esconderse, y espero de todo corazón que no esté en medio de uno de esos juegos.
Hay demasiados rincones oscuros y lugares pequeños para que se escabulla en un sitio de este tamaño, y mi paciencia se está agotando hoy.
Aunque no hay nada que una ducha fría y una comida caliente no arreglen. Es un mantra que me descubro repitiendo a menudo.
—Eh, Prez. ¿Tenemos reunión esta noche? —pregunta Gunnar desde algún lugar dentro de la habitación a mi derecha.
—No, hoy no —respondo por encima del hombro y sigo caminando.
—Oye, Prez. ¿Quieres compañía esta noche? —pregunta Lydia.
Es una conejita habitual, lleva aquí casi una década. Lo suficiente para tener su propia habitación. Y en todo ese tiempo, nunca ha desistido en su empeño de meterse en mi cama. No estoy seguro de por qué piensa que usar ese tono de voz tan agudo es atractivo, pero se equivoca.
No es que ya vaya con conejitas. No desde ella.
—Estoy bien, Lydia. —Le dedico mi mejor mirada de labios apretados.
Quincy trota detrás de mí, quedándose justo a mi espalda. —Oye, Prez, cuando tengas un segundo, yo...
—Mañana, Quince. Solo estoy aquí para recoger a mi hijo, los asuntos del club tendrán que esperar, ¿vale? Si es una emergencia, llama a Bane. —Mantengo el paso largo y reprimo mi creciente irritación. No estoy de humor para alternar, resolver problemas o atender peticiones.
Bane es mi vicepresidente y, posiblemente, el hermano más importante que tienen los Reapers. Sin él, nuestros asuntos no funcionarían ni de lejos tan bien, si es que funcionaran.
—Entendido, Prez —dice Quincy.
Sigo el sonido de las voces, reconociendo la risita familiar de Hunter. Bajo el ritmo, caminando con cuidado sobre el suelo de baldosas para que mis pasos no suenen. La paranoia hace que me detenga, ladee la cabeza y escuche la conversación que tiene lugar justo dentro del gran salón.
Son casi doscientos metros cuadrados de lo que antes era una sala de exposición.
Una barra a lo largo de la pared opuesta, varios juegos de sofás, mesas y sillas, un rincón de juegos con una mesa de billar, un futbolín y una pantalla gigante con todas las videoconsolas frente a un mullido sofá rinconera en forma de U.
Cuando hay más de diez personas aquí dentro, no se oye una mierda. Pero cuando son dos conejitas y un niño pequeño... es como si estuviera justo a su lado, justo a tiempo para oírlas firmar su desahucio.
—Voy a ser tu nueva mami, Hunter. Tu papi y yo vamos a ir muy en serio, pero no te preocupes, te trataré mejor de lo que tu madre te trató jamás.