Tentación (Rosewood 1) 8 Evangeline
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8 Evangeline

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OCHO

EVANGELINE

—La señorita Evangeline Carter —anuncia la recepcionista al abrir la puerta y hacerme pasar a un despacho. Como si fuera una especie de miembro de la realeza que necesita ser anunciado.

Tras una larga mesa ovalada, un hombre se pone en pie. Le echaría unos sesenta y pocos años, con el pelo castaño espeso y muy corto. Su traje es oscuro y de corte recto, pero su sonrisa es brillante y sincera. Las canas de sus sienes a juego con las mechas de su perilla pulcramente recortada.

Junta las manos frente a él, inclinando un poco la cabeza. —Señorita Carter, gracias por venir hoy.

—Faltaría más.

—Tome asiento, por favor. —Extiende el brazo frente a él, señalando las tres sillas con un movimiento digno de la mismísima Vanna White.

Me siento en la de en medio y cruzo las piernas a la altura de los tobillos, intentando mantener una apariencia calmada a pesar de los nervios que siento en el estómago. Siento como si tuviera un manojo de púas de puercoespín rodando por ahí dentro.

No sé explicar por qué estoy tan nerviosa, solo sé que lo estoy. Tengo la sensación de que el resultado de esta reunión podría cambiarme la vida. O quizá estoy proyectando un poco, teniendo en cuenta que actualmente estoy desempleada.

Y alojada en un motel. Pero esa es mi elección. Cora ya me ha ofrecido su casa varias veces.

—Soy el Sr. Lee —dice, tendiéndome la mano para que se la estreche.

La acepto y noto que su apretón es firme sin llegar a ser aplastante—.

He llevado los asuntos de su difunta abuela durante muchos años.

—Hace una pausa y mira hacia la mesa con una ligera sonrisa—.

Habíamos desarrollado una especie de amistad poco convencional a lo largo de los años.

Tomábamos café en la cafetería y hablábamos de esos programas de citas falsas.

Mi mujer está obsesionada con ellos y supongo que, en algún momento, a mí también me empezaron a gustar.

Asiento con la cabeza mientras mi propia sonrisa tira de las comisuras de mis labios. —Eso suena mucho a ella. Era la mejor. Y tenía muchísimas opiniones sobre esos programas.

Aún recuerdo los fines de semana que pasábamos juntas; me daba la charla hasta que yo cedía y veíamos un episodio. Y antes de que me diera cuenta, se nos habían pasado cuatro horas y nos habíamos comido un cargamento de aperitivos.

—Mi más sentido pésame, señorita Carter. Jo era un rayo de luz en nuestra comunidad aquí en Rosewood, y se la echa mucho de menos —dice el Sr. Lee en voz baja.

—Así es —asiento, manteniendo la voz queda.

Él exhala rápidamente. —Bueno, vayamos al grano, ¿le parece? Seguro que está impaciente por conocer las noticias.

Se inclina hacia delante y el crujido de su silla casi resuena por toda la silenciosa habitación.

Sus manos están firmes mientras desliza una carpeta marrón por la mesa y la abre.

—Como sabe, su abuela llevó una vida extraordinaria y dejó un legado importante, no solo en su comunidad, sino también en su testamento.

El Sr. Lee se aclara la garganta y saca un montón de papeles de la carpeta. —Su patrimonio se divide entre sus hijos y nietos.

Asiento, pues ya había deducido esa parte. Mi madre ha dejado claro que esperaba una parte generosa —si no todos— de los bienes de Nana Jo. A pesar de que mi madre no ha vuelto por voluntad propia a Rosewood en al menos quince años.

Aunque ahora que lo pienso, no estoy segura de si todos los nietos están siquiera aquí hoy. Es difícil saberlo con estas lecturas privadas, pero me da que Cora lo habría mencionado.

El Sr. Lee coge un par de gafas del bolsillo de su chaqueta y se las posa en el puente de la nariz.

—Sin embargo, como sabe, dejó directrices personales para todos.

—Se aclara la garganta antes de leer el papel que tiene delante—.

«Y a mi nieta, Evangeline Bailey Carter, le dejo mi casa y mi propiedad en Magnolia Lane, así como todo el contenido de su interior.

También le dejo una cuarta parte de mi colección de joyas antiguas.

Es mi deseo que Evangeline siempre tenga un lugar al que llamar hogar en Rosewood, pero si decidiera vender, ella conservará los beneficios».

Se me abren los ojos de par en par y separo los labios en un silencio atónito, incapaz de procesar del todo lo que acabo de oír. ¿De verdad Nana Jo me ha dejado su casa?

Una oleada de emoción me invade y los recuerdos cruzan mi mente en un instante. Casi todos los momentos felices de mi infancia pueden situarse en Magnolia Lane.

El corazón me late con fuerza en el pecho. —Oh, Dios mío. Eso es... eso... ¿ha dicho su casa? —susurro, sin palabras, secuestrada por la conmoción.

Él se ajusta las gafas y deposita los papeles sobre la carpeta. Cierra la carpeta con un golpe de muñeca y la desliza por la mesa hacia mí. —Sí, señorita Carter. Su abuela la apreciaba mucho. A todos sus nietos.

Mi mente va a mil por hora, demasiado rápido para fijar un solo pensamiento. Pero una emoción domina a todas las demás: el amor.

Incluso desde más allá de este plano de existencia, Nana Jo sigue amándome, envolviéndome en calidez y un afecto genuino.

—Gracias —consigo decir, con la voz todavía temblorosa por la incredulidad—. Muchas gracias, Sr. Lee.

—No hay de qué, señorita Carter. Esta carpeta es suya.

Encontrará todos los detalles aquí dentro.

La escritura de la casa ya ha sido transferida a su nombre y presentada en el banco.

No hay hipoteca, ya que su abuela la terminó de pagar hace unos veinte años.

Y creó un fondo con lo suficiente para cubrir los impuestos sobre la propiedad de los tres acres durante al menos los próximos veinte años.

—Yo... no sé qué decir. Estoy conmocionada, por decir lo menos.

—Lo comprendo, señorita Carter. Es mucho que asimilar.

Pero tengo la sensación de que su abuela estaría muy orgullosa de usted y de lo que sea que haga con la propiedad y la casa.

Y ahora, si me disculpa, tengo otra cita que atender.

No dude en ponerse en contacto si tiene alguna pregunta o inquietud.

Me levanto, todavía aturdida, y alargo el brazo por encima de la mesa para estrechar la mano que me tiende el Sr. Lee. —Gracias de nuevo.

Él inclina la cabeza hacia mí y señala la puerta paralela a la mesa. —Si no le importa, Janet la acompañará a la salida.

—Ah, por supuesto.

Janet, la recepcionista, abre la puerta como si la hubieran convocado por arte de magia.

Me detengo en el umbral. —Tengo una pregunta, si no le importa.

Él me mira expectante, con la sonrisa todavía firme. —¿Dígame?

—¿Sabe por qué hizo que todo el mundo esperara un año para conocer su testamento?

Se quita las gafas, pliega las patillas tras los cristales y las coloca sobre la mesa frente a él. —Tengo entendido que quería dar un periodo de gracia... para que ciertas personas cumplieran con sus estipulaciones. Y quería asegurarse de que sus deseos se llevaran a cabo sin ninguna interferencia.

Asiento lentamente, procesando todas las cosas que no está diciendo.

—Gracias, Sr. Lee.

Salgo de la habitación, sintiendo todavía que camino sobre nubes.

Sin nada permanente bajo mis pies y luchando por mantenerme anclada al suelo.

El peso de la incertidumbre se ha esfumado con apenas un puñado de palabras en un trozo de papel, y de pronto el futuro parece brillante, lleno de infinitas posibilidades.

Una casa.

Tengo una casa.

Y no cualquier casa, sino la casa de Nana Jo. La que guarda muchísimos, muchísimos recuerdos. Me imagino sentada en el columpio del porche delantero, bebiendo limonada en viejos tarros de cristal y leyendo un libro realmente bueno.

O bailando en su cocina mientras horneo mis magdalenas de calabaza favoritas.

Mi cocina ahora, supongo.

Estoy tan absorta en mis pensamientos que paso de largo frente a la pequeña sala de espera que hay junto al pasillo.

—¿Eve?

Me doy la vuelta y veo a Cora trotando hacia mí. Tiene ese brillo alocado en los ojos que siempre me advierte de su entusiasmo.

—Cora. —La estrecho en un rápido abrazo por impulso—. ¿Qué tal ha ido?

Se separa, manteniendo las manos sobre mis bíceps. Me mira entonces, con la vista escudriñando todo mi rostro. Solo es un par de pulgadas más alta que yo, pero nos parecemos tanto que a veces es como mirarme en una realidad alternativa.

—Joder, Eve, la hostia —susurra-grita, apretando los dedos sobre mis bíceps.

—¿Qué? ¿Qué ha pasado?

—Nana Jo me ha dejado un fideicomiso con cincuenta mil pavos. Cincuenta. Mil. Dólares —exclama estas últimas palabras, subiendo el tono de voz por la emoción y el asombro.

—¡Dios mío! —suelto un grito mientras me estruja contra ella en otro abrazo.

—Y tengo que usarlo para mi pastelería. ¿Te lo puedes creer? —Su voz suena amortiguada mientras me zarandea de un lado a otro en su asombro y alegría.

—Eso es... eso es alucinante —suspiro la última palabra y me uno al extraño abrazo de saltitos y balanceos en el que estamos metidas—. ¿Cómo es que no me dijiste que querías montar tu propia pastelería?

Se separa y me mira. Tiene las mejillas sonrosadas, pero hay un brillo en su expresión que no veía desde hacía años. —No lo sé. Era solo un sueño imposible desde que tengo uso de razón. Algo con lo que fantaseaba a veces. Supongo que ella escuchaba, ¿eh?

—Siempre escuchaba. Aún lo hace —murmuro.

Tiene los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar. La visión activa mi propio lagrimal y, como acto reflejo, los ojos se me empiezan a llenar de lágrimas.

Se pasa los dedos índices bajo los ojos y parpadea un par de veces mientras mira hacia el techo. —Mierda, lo siento. Basta de hablar de mí. Dime qué tal te ha ido a ti.

Hago un gesto con la mano en el aire, como si pudiera espantar físicamente sus preocupaciones. Caminamos juntas por el pasillo hacia la salida trasera. —De eso nada, no te vas a librar tan fácilmente. Quiero que me lo cuentes todo sobre tu nueva pastelería pronto.

Me da un empujoncito con el hombro. —Claro, pero deja de desviar el tema.

Exhalo y me arriesgo a mirarla. —Su casa.

Su mano sale disparada frente a mí y se detiene al instante. —¿Qué?

—Sí. —Arrugo un poco la nariz para contener la sonrisa que intenta asomar. Se siente raro estar así de feliz por el testamento de Nana Jo. Preferiría tenerla a ella aquí.

—No jodas —susurra, con los ojos como platos.

—Me ha dejado Magnolia Lane y todo lo que hay dentro. Ya está a mi nombre, por lo visto.

Me pasa el brazo por los hombros y abre la puerta de par en par con un gesto teatral.

Inhalo el aire fresco, dejando que el sol me empape la piel. Se siente bien, como el comienzo de algo excepcional.

—Bienvenida a casa, prima.