6 Evangeline
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SEIS
EVANGELINE
Tomo aire profundamente y casi puedo saborear el aroma de la madreselva en el ambiente.
El sol me envuelve como un cálido abrazo, recordándome los días de verano que pasaba correteando por el pueblo, casi siempre con Cora.
Copas de helado, bolsas llenas de caramelos del Sweet Shoppe, días de pereza en la playa.
Locas por los chicos, risas infinitas y la sensación de que teníamos todo el tiempo del mundo.
Pero las cosas han cambiado desde entonces. Como es lógico. Han pasado ocho años desde la última vez que pasé el verano aquí; no he vuelto desde el verano previo a marcharme a la universidad.
Mis padres seguían siendo mis padres, pero cuando estaba aquí, era como si todo aquello se desvaneciera. Aquí se forjaron tantos recuerdos increíbles.
El tenue sonido de las olas rompiendo en la orilla al final de la calle hace que me duela el pecho de la mejor manera posible. Cierro los ojos y me dejo sumergir en la dulce nostalgia del verano en que cumplí los dieciocho en Rosewood.
El viento susurra entre mi pelo, tirando de los mechones con total delicadeza.
Me pica la nariz y alargo la mano a ciegas para apartarlos.
Un gemido bajo retumba bajo mi oreja y mi mano se detiene en el aire.
Abro los ojos de golpe, sorprendida, al darme cuenta de que ese sonido no era mi máquina de ruido blanco con el sonido del océano, y de que no estoy en mi cama.
Giro la cabeza despacio y se me corta la respiración ante lo que veo.
No, no estoy en una cama en absoluto.
Estoy en la playa. Durmiendo encima de un hombre.
Parpadeo varias veces, pero con cada aleteo de mis pestañas, su imagen se vuelve más nítida y pequeños fragmentos de la noche anterior se graban a fuego en el interior de mis párpados.
Pelo oscuro y alborotado del que tiré cuando lo besé.
Hombros anchos y tatuados a los que me aferré mientras él me tumbaba sobre la manta.
Una mandíbula fuerte y cincelada que recorrí con los dedos mientras hablábamos hasta altas horas de la madrugada.
Todo en él rebosaba atractivo sexual, desde la forma en que sus músculos se ondulaban bajo su piel hasta la manera en que sus labios se curvaban en una sonrisa perezosa cuando me pillaba mirándolo.
Incluso cuando duerme, sigue siendo tan jodidamente guapo que debería ser un delito. No sabía que los hombres pudieran tener tantos músculos. Estoy bastante segura de que anoche dije algo parecido mientras recorría sus abdominales con los dedos.
El sol coquetea con el horizonte y proyecta sobre él un resplandor de lo más etéreo. Es esa clase de belleza que me haría cometer alguna estupidez, como mandar mis planes a la porra y quedarme otras dos semanas en Rosewood.
Siento que me arden las mejillas al darme cuenta de lo que pasó anoche. No es propio de mí ser tan impulsiva, dejar de lado todas mis inhibiciones y ceder a mis deseos.
Pero no puedo negar lo bien que me sentí. No solo por todas las cosas increíbles y excitantes que hicimos juntos, sino por despojarme de las estrictas restricciones de las expectativas de mis padres y limitarme a vivir.
Además, es que está realmente bueno. Cora va a perder la cabeza cuando le diga que anoche me acosté con un desconocido. Se va a pillar un cabreo monumental por haberse saltado la hoguera. Me muerdo los labios hacia dentro para reprimir la diversión. Casi puedo imaginarme la cara que pondrá.
Él se remueve debajo de mí y me quedo paralizada, como un ciervo ante los faros de un coche. El corazón me late con fuerza contra las costillas y, por primera vez, me doy cuenta de que llevo puesta su camiseta de talla gigante.
Y nada más.
—¿Lista? —la voz de Cora rompe el hechizo.
Abro los ojos y siento un ligero cosquilleo en el estómago, como siempre que pienso en aquella noche que pasé con él.
—¿Estás bien, Eve? —me pregunta a mi lado, con voz suave, acorde con el ritmo de la madrugada en Rosewood.
—Sí, solo que estoy cansada. —Siento como si apenas hubiera dormido anoche, con la preocupación devorándome por dentro mientras daba vueltas en la cama. Ni siquiera mi lectura actual, un romance de fantasía épica con una chica y sus muchos hombres, lograba aliviarme la carga.
Pero permitirme recordar aquella noche con tanto detalle me ayuda a tranquilizarme un poco. La mayoría de las chicas recuerdan sus primeras veces con los ojos en blanco y exasperación. Pero yo no.
A riesgo de sonar como una película de sobremesa cliché, fue... mágico. Me fui a la universidad al día siguiente, pero me descubrí buscándolo discretamente cada vez que volvía de visita, aunque no viniera muy a menudo.
Los pájaros se cantan unos a otros cerca de aquí, el inconfundible gorjeo y arrullo de las tórtolas. Una suave melancolía envuelve mi ansiedad ante la inquietante melodía.
—¿Oyes eso? —murmuro, como si el volumen de mi voz fuera a asustarlos y hacer que se callaran.
—Sí —dice ella en voz baja, con una lenta sonrisa curvando las comisuras de sus labios hacia arriba.
La Nana Jo solía tener generaciones de tórtolas anidando por su jardín.
Era un orgullo para ella. Le encantaba oírlas cantar, se convenció a sí misma de que un macho solitario era el abuelo.
Pensó que, como las tórtolas se emparejan de por vida y él probablemente era demasiado impaciente para esperarla, habría vuelto como tórtola hasta que pudieran reunirse de nuevo.
Sigo sin tener claros sus saltos de lógica, pero le hacía sentir bien oírlas cantar de todas formas.
Inclina la cabeza hacia el edificio de ladrillo de forma cuadrada que tenemos delante—. ¿Has estado alguna vez dentro?
Cuatro plantas de altura, envuelto en ladrillo rojo desvaído con muchas ventanas alargadas y estrechas de seis paneles para dejar entrar la luz natural.
El bufete de abogados Robert ha estado aquí durante generación tras generación.
Si querías ser abogado y trabajar en Rosewood, te unías a su bufete.
Tres hombres, todos llamados Robert, compartieron habitación en la facultad de derecho, se hicieron mejores amigos y se mudaron a Rosewood para abrir un despacho. O eso cuenta la historia. Sinceramente, ni siquiera sé sus apellidos.
Niego con la cabeza lentamente, intentando respirar a pesar de la ansiedad que me atenaza la garganta—. No.
—Ya —dice Cora con un suspiro—. Yo tampoco. Una parte de mí se alegra de que estén siguiendo sus peticiones al pie de la letra, ¿sabes? No me extrañaría que algunas personas olvidaran convenientemente cumplir los últimos deseos de Nana Jo.
Me muerdo los labios y emito un sonido de asentimiento sin comprometerme. No necesito expresar mi opinión, ambas estamos pensando en las mismas personas.
Un latte helado bloquea la vista del bufete de abogados. —Toma, te he traído esto. He pensado que podrías necesitarlo esta mañana. Y antes de que intentes pagármelo, déjame recordarte que anoche no quisiste aceptar mi dinero por el helado.
Miro de reojo a mi prima, y una sonrisa ya empieza a desplazar mi ceño fruncido. Acepto el regalo con cafeína. —Gracias. Y tienes razón, definitivamente hoy necesito esto.
He hecho todo lo posible por no hacerme expectativas sobre esta reunión, y creo que lo he conseguido. En su mayor parte. Pero la ansiedad que me revuelve el estómago opina lo contrario. Lo cierto es que estoy nerviosa.
Esto se siente como el adiós a Nana Jo. Como un adiós definitivo. Y simplemente... no sé cómo procesarlo, supongo.
Dejo que mi mirada recorra los bordes del cartel, con el nombre del bufete escrito en una sencilla tipografía con serifa.
Capto un movimiento por el rabillo del ojo y mis músculos se tensan por instinto.
Un pájaro echa a volar desde el árbol de la esquina, bajando en picado antes de remontar el vuelo. Dejo caer los hombros con un suspiro.
—¿Por qué crees que quería que se leyera individualmente? ¿Por qué no hacer que se lo leyeran a todos a la vez?
Cora suspira. —Sabes, yo misma me lo he estado preguntando.
Mamá y papá tampoco lo saben, pero mamá dijo que me llamaría cuando terminaran.
—Saca el móvil del bolsillo de su vestido negro de verano y mira la pantalla—.
Lo cual será dentro de un par de horas. Ella va después de ti, creo. Así que quizá la esperemos.
Le doy un toquecito con el hombro mientras se guarda el móvil en el bolsillo. —No hace falta que me esperes, ¿sabes? Estaré bien. Podemos vernos para cenar o algo más tarde.
Suelta un bufido, pero es un sonido bromista. —¡Como si fuera a desperdiciar ni un momento de nuestro verano juntas! Te has quedado conmigo, nena. Excepto los días que tenga que trabajar. Pero siempre puedes hacerme compañía en la pastelería.
—No te preocupes. Puedo mantenerme ocupada fácilmente. Aunque he echado de menos tus scones de arándanos. —Sonrío con sorna mientras bebo un sorbo de mi latte. Nunca pierdo la oportunidad de chincharla con sus tan apreciados scones de arándanos. Sobre todo porque, en realidad, la receta es mía.
—¡Madre mía! —dice con una carcajada, girándose hacia mí y señalándome con el dedo—. ¡Sabía que te importaba!
Mi mueca burlona se convierte en una amplia sonrisa y se me escapan las risas. —No, no me importa. Solo te estaba tomando el pelo.
—Eso lo dices ahora, pero uno de estos días, cuando me convierta en una de esas reposteras famosas, estaremos aquí de nuevo. Porque me vas a demandar por haberte robado tu legendaria receta.
Escondo mi sonrisa tras el vaso y la miro por encima de la tapa. —Bueno, no sé si yo la llamaría legendaria. —Hago una pausa de un segundo, con la alegría bailándome en las venas—. Pero quizá sí digna de un premio. Condecorada con el lazo azul. La receta más codiciada de Rosewood.
—No olvides: inductora de propuestas de matrimonio. —Cora apenas logra terminar la frase antes de soltar la carcajada—. Dios mío. ¿Te acuerdas de cuando Billy Blackthorne te pidió matrimonio en cuanto se enteró de que tú habías hecho aquellos scones para el festival de Rosewood?
Sus palabras evocan inmediatamente su imagen. La cara sudorosa, el pelo oscuro engominado hacia un lado con demasiado gel, hincando la rodilla en medio del escenario.
Se me sacuden los hombros por la risa contenida. —¿Cómo podría olvidarlo? Asaltó el escenario, le quitó el micrófono a la banda, se puso de rodillas y todo. Pasé una vergüenza tremenda.
—Ay, Eve —dice entre una risa casi asmática, inclinándose un poco hacia delante—. Aún puedo ver la cara que puso.
—¿Hay algo gracioso en la muerte de mi madre, Evangeline?