5 Evangeline
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CINCO
EVANGELINE
El retumbar grave de unas motos se aproxima desde la distancia, cobrando fuerza hasta que parece llenar el aire.
Cora y yo nos separamos justo cuando tres motocicletas aparecen a la vista.
El cromo reluciente brilla bajo la luz del sol poniente, proyectando largas sombras sobre la calle y la acera.
No se detienen en The Wild Boar como yo preveía; en lugar de eso, siguen por Main Street.
Siento su mirada grabada en el lateral de mi cara, pero la mantengo en mi visión periférica un momento más.
—Uf, no, tía —dice, negando con la cabeza—. Te quiero, pero no.
Mi mirada pasa del parche de la Parca en la espalda de sus chalecos a ella. Dejo que mi rostro adopte un gesto neutral, relajando la expresión. —¿Qué?
—Uf, ni te molestes —responde, poniendo los ojos en blanco—. No valen la pena el disgusto. Son unos capullos mentirosos, infieles y con la polla grande que van follando por ahí solo porque pueden.
Arqueo las cejas hasta casi tocar el nacimiento del pelo. No sé ni por qué me sorprendo. Cora nunca se muerde la lengua y es auténtica sin pedir disculpas por ello.
Pero no suele soltarlo todo así a metro y medio de unos niños que se están comiendo unos cucuruchos de helado casi derretidos con sus padres.
Tuerzo los labios hacia un lado para reprimir la sonrisa que noto asomar. —¿Por qué no me dices lo que piensas de verdad?
Ella suelta un bufido y me lanza una mirada significativa. —Da igual. Lo que he dicho sigue en pie. Tú tienes madera de esposa, tía, y ellos son lo que sea que haya por debajo de algo informal.
—Pensaba que tú querías algo superinformal con aquel chico. —Me paso la lengua por la parte posterior de los dientes un segundo y le tomo el pelo arqueando una sola ceja—. De hecho, creo recordar que fuiste tú quien insistió en que fuera informal porque también te gustaba su hermano.
Levanta la barbilla, entornando los ojos mientras me mira por encima de su orgullosa nariz.
—En primer lugar, apenas era su amigo. Más bien un conocido.
Y en segundo lugar, que yo quisiera que me compartieran no significaba que yo quisiera compartir.
Y por último, ahora recuerdo lo fácil que te resulta echarme las cosas en cara.
Así que voy a tener que volver a acostumbrarme a eso.
—Tía —digo con tono seco.
—Sí, sí. Sé que es un doble rasero ridículo, pero es lo que siento —dice, encogiéndose de hombros.
Ladeo la cabeza, sintiendo que el ceño se me frunce. —¿Sientes? ¿En plan tiempo presente?
Cora se echa hacia atrás como si le hubiera dado un toque en la nariz. —¿Qué? No. No, en absoluto. Quería decir que sentía. Sentía. En pasado. No ahora. —Casi tropieza con sus propias palabras.
Asiento despacio un par de veces. —Vale.
—Uf. No vamos a hablar de mí y de mi lapsus momentáneo. Estamos hablando de que tú no deberías mirar a esos tíos con ojos de cordero degollado.
Meto los dedos en el bolsillo delantero de mis pantalones cortos vaqueros y me balanceo sobre los talones. La diversión me recorre la piel como una fina bruma. —No sé, Cora, me has medio convencido con eso de la polla grande.
Sus mejillas se sonrosan por un segundo mientras imita a la perfección a un pez fuera del agua, abriendo y cerrando la boca un par de veces.
Me río de su expresión y la saco del aprieto. —Es broma.
Más o menos.
A ver, un poco de interés sí que tenía, pero no se lo voy a decir. Al menos no ahora mismo.
Cierra la boca de golpe y se me queda mirando un instante. —Olvidas que te conozco de toda la vida. Además, se te nota todo en la cara, tía. Se ve tu interés escrito por todas partes.
Me muerdo los labios hacia dentro, ocultando mi diversión. —Solo tengo... curiosidad.
—Ya, ya. —Su mirada recorre mi rostro—. Te comerán entera y te escupirán, Eve. Los Reapers no juegan con nuestras mismas reglas.
Ladeo la cabeza y me siento en la mesa de pícnic que he reservado para nosotras. —Pensé que me habías dicho que eran menos en plan Sons of Anarchy y más... no sé. Cualquiera de esas series más sanas pero con tíos buenos que van en moto.
Arquea una ceja. —¿Tíos buenos?
Me arden las mejillas por su burla. —Tú eres la que me ha estado hablando del famoso lavado de coches sin camiseta. —No menciono las fotos que solía enviarme cuando salía con ellos.
Ni el hecho de que me faltó una frase para ligar bien dicha para irme a tomar algo con uno de los tíos más atractivos que he visto en mi vida.
Cora se centra en su helado y niega con la cabeza. —Basta de hablar de ellos. Hablemos de ti. Dime a quién tengo que buscar para darle una paliza por haberte despedido.
Suelto una risita suave. —No hace falta buscar a nadie. Me gustaba mi trabajo, pero no me encantaba, ¿sabes?
Cora aprieta los labios en una línea fina, con los ojos brillando con una lealtad feroz. —Uf, no te merecían ni a ti ni a tu talento, esos capullos sin imaginación.
Se me escapa una risa de sorpresa. Un calor agradable me invade el cuerpo ante su instinto protector. —Pero al final todo ha salido bien, porque ahora puedo pasar el verano aquí, en Rosewood.
—¡Oh, Dios mío, sí! —grita, lanzando un puñetazo al aire—.
¡Como cuando éramos crías! Nos lo vamos a pasar genial.
Espera a que se lo cuente a todo el mundo.
Abby viene a casa un par de veces al mes, y la casa de Beau y Graham también está cerca.
No es que vayamos a pasar mucho tiempo allí porque...
uf. —Sufre un escalofrío por todo el cuerpo y me río de nuevo.
A veces envidio la relación que tiene Cora con sus hermanos y su hermana. Cuando pasaba aquí los veranos de pequeña, solía fingir que ellos también eran mis hermanos.
Claro, se siguen peleando entre ellos incluso de adultos, pero al final del día, siempre se apoyan.
Sin condiciones.
¿Cómo será ir por la vida sabiendo que tienes un vínculo tan especial con alguien, sabiendo que vendría corriendo si pidieras ayuda?
Yo no tengo eso. Nunca lo he tenido, ni siquiera con mi propia hermana.
Pero tengo a Cora. Y ella es la mejor amiga, prima y hermana definitiva que podría pedir.
Mi diversión muta en algo más profundo. Un agradecimiento sincero por nuestra amistad. —Me alegra mucho verte, Cora. —Mi voz suena baja, la emoción me apaga el volumen.
—Estoy muy feliz de que estés aquí. —Cora alarga el brazo por encima de la mesa de pícnic y me aprieta la mano libre. Como si no me hubiera estrujado ya las costillas en un abrazo de cinco minutos.
La culpa se me asienta con fuerza en el cuello, haciéndome caer los hombros. Debería haber vuelto antes.
—Lo siento. El trabajo ha sido una locura durante un tiempo. —Y Rosewood me recordaba demasiado a la tía Nana Jo. Es una excusa, y además muy floja.
A Cora se le suaviza la mirada y asiente apenas un milímetro, como si pudiera leerme la mente. Conociéndola, probablemente pueda.
Coraline Carter ha sido mi mejor amiga toda la vida. Literalmente. Ella es dos años mayor, pero si le preguntaras, diría que yo soy la más madura.
—No lo decía por eso. Solo que me alegro de verte. Las videollamadas están muy bien, pero compartir un helado es mejor —dice.
—Yo también me alegro de estar aquí —murmuro, disfrutando de cómo el toque salado de las nueces contrasta con el sirope de caramelo superdulce.
—Y además, la de veces que tu madre y tu hermana han estado en Rosewood este último año es de locos. No te culpo por haberte mantenido alejada. Han estado pululando como un par de buitres. Te juro que Lizzy ha pasado más tiempo en Roberts Law que la tía Ginny.
Abro la boca y ella me señala con una cucharada de helado de fresa. —Ni se te ocurra, Evangeline Bailey.
Arqueo una ceja y me esfuerzo por no sonreír. —Vaya, ¿ahora me llamas por mi segundo nombre?
Enfatiza sus palabras con la cuchara. —Pues claro que sí. Se te ven las excusas escritas en la cara. Eres demasiado indulgente y generosa, y ya te lo he dicho: hemos terminado de poner excusas por Lizzy y su comportamiento de mierda.
Subo un hombro y lo dejo caer con la misma lentitud. El sencillo gesto es la mejor representación de mis confusos pensamientos y mi opinión sobre mi hermana. —Mis sentimientos hacia ella son complicados. Ha tenido una vida difícil.
Cora resopla, y el ruido suena fuerte incluso en medio de un patio lleno de gente.
—Por favor. Esa chica nació con una actitud de mierda.
Siempre se ha creído con derecho a todo, pero no ha hecho más que empeorar desde que se fue de gira con ese tío, como se llame.
Es una puta sabelotodo, Eve, y te hace sentir pequeña cada vez que abre la boca.
No sé por qué aguantas sus tonterías, tía.
De verdad que no lo entiendo. —Niega con la cabeza y baja la vista hacia su helado derretido.
Mi corazón late con un ritmo constante y pausado de aceptación silenciosa. —Es mi hermana. —Es mi única respuesta y, en cierto modo, no significa nada y lo significa todo.
Cora me mira a través de su espesa franja de pestañas negras. —Nosotros creamos nuestra propia familia, Eve.
El lema de la familia Carter flota entre nosotras, inflándose hasta llenar el espacio alrededor de nuestra mesa de pícnic. Se me curva la comisura de los labios mientras tomo otro bocado.
Un silencio cómodo se extiende entre nosotras.
—¿Crees que alguna vez será más fácil? ¿Echarla de menos?
La pregunta parece salir de la nada y, sin embargo, sé exactamente qué me está preguntando en realidad. Por quién pregunta.
Asiento despacio, dejando que mi mirada se pierda por encima de su hombro, sin enfocar nada.
—Creo que siempre la echaré de menos. Pero últimamente, no sé, parece como si ella todavía estuviera aquí.
En la brisa con olor a enebro y caléndula.
En el sol cuando se pone y crea esas vibrantes franjas rosas y naranjas por el cielo.
En sus murales y cuadros por todo el pueblo.
El dolor me quita el aliento por un momento, un pinchazo tan repentino como intenso.
—El duelo no cambia, Cora. Siempre va a estar ahí, ese dolor detrás de las costillas. Pero con el tiempo, creo que simplemente aprendemos a vivir con él. Hasta que un día nos damos cuenta de que ya no duele.
—Maldita sea, Eve. —Cora solloza, limpiándose bajo las pestañas inferiores con las servilletas rectangulares blancas del servilletero negro que hay en medio de la mesa.
—Sabes, pensé que podría ser difícil estar aquí.
Ella sorbe por la nariz, arrugando la servilleta en el puño. —¿Y lo es?
—No —le digo con voz suave—. Es agradable. Acogedor.
Es lo mejor que puedo decirle. Me duele el corazón, todavía asimilando el hecho de que el único lugar que he sentido como mi hogar ya no existe.