4 Nova
CUATRO
NOVA
El corazón me late más deprisa con cada paso hacia atrás, los ojos pegados a la diosa de pelo oscuro. Está de espaldas a mí, el pelo deslizándosele por la cara cada pocos segundos por la brisa templada. Su falso desdén es evidente. Es una pena que no me frene como seguro que pensaba.
No, el hecho de que una cara tan espectacular suelte pullas con el encanto y la soltura de una antigua debutante sureña solo aviva más mi interés. Con su fingida indiferencia, prácticamente ha tocado la campana de la cena.
Solo hay tres cosas que se me dan bien en esta vida: ser un puto tío de la hostia, dibujar mierdas en motos y darme cuenta cuando una mujer está interesada.
Y esa tentación que está para comérsela con esos shorts vaqueros, que le sientan de putísima madre, está definitivamente interesada.
Pero no quiere dejarlo ver tan pronto. O ha pillado la pequeña apuesta que me ha mandado hacia aquí para empezar. Y, por suerte para los dos, puedo trabajar con cualquiera de esos dos escenarios.
Me paso la mano por la mandíbula, la barba de uno o dos días raspando contra los callos de mis dedos.
Me acuerdo de cuando, en mi ingenuidad, pensaba que elegir el arte me mantendría fuera de un taller como el de mi viejo.
No es que no me gustara trabajar con motos y coches, pero puedo admitir que estuve bien hundido en la trinchera de la angustia adolescente una temporada.
Y si mi viejo quería que hiciera algo, yo salía corriendo en dirección contraria de cabeza, solo por pura rabia.
Me apunté a mi primera clase de pintura porque estaba cabreado con mi padre por algo que ni siquiera recuerdo ya.
Me fui a la playa a perder el tiempo y hacer el gilipollas, y acabé viendo a la señora Carter enseñar a un grupo de señoras mayores a pintar paisajes.
El impresionismo nunca ha sido mi estilo favorito, pero puedo apreciarlo.
Gracias a la señora Carter.
Todavía recuerdo cuando me dijo que un talento como el mío no debería desperdiciarse en un chaval empeñado en destrozarse el futuro.
Se me escapa una pequeña carcajada mientras el cariño se me asienta sobre los hombros como una manta conocida.
—Joder, Nova. Te la ha liado bien, tío. —Gunnar me da una palmada en el hombro entre risas—. ¿Te toca invitar, eh?
Levanto el hombro para quitarme su mano de encima. —Sí, sí, tú ríete, capullo.
Gunnar se lleva su culo feliz al The Wild Boar, pero yo no puedo despegar la vista de ella. Desde este ángulo, tengo la vista perfecta de cómo se sienta en una mesa de pícnic en el lado derecho del local de mi tío Harry.
—Eh, Terry —alzo la voz hacia la izquierda, donde sé que el cabrón cotilla está merodeando.
—¿Qué pasa, Nova? —Recorre andando los tres metros que nos separan, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros.
Señalo con la barbilla a mi chica. —¿La has visto alguna vez?
Terry entorna los ojos como si no hubiera estado viendo cómo se desarrollaba todo, como un puto culebrón de sobremesa.
Frunzo el ceño hacia el centro y niego con la cabeza mientras lo miro. Un pelín por debajo del metro ochenta, pelo castaño oscuro despeinado con canas en las sienes y un clarísimo aire de comadreja. —Tío, eres un puto actor de mierda, ¿lo sabes?
Se ríe y se le profundizan las arrugas de las comisuras de los ojos de pura diversión. —No, no puedo decir que la conozca. Aunque sí que me suena de algo. ¿Igual es una de las chicas de Helen?
—Sí, puede. —Aunque sé que no lo es. Las chicas de Helen apestan a desesperación la mayoría de las veces.
O igual estoy hecho un cínico de mierda y el polvo gratis ha perdido el brillo después de tantos años.
Helen es como la madre osa de las conejitas del club.
En general son buenas chicas, pero demasiadas se creen que un polvo rápido en la sede es la puerta de entrada para ganarse un sitio en el asiento de atrás de la moto de alguien.
Y en mi chica no hay nada que huela a desesperación.
—Eh, Bane. Nuestro chico hoy se nos va. Se ha quedado empanado mirando a una tía que lo ha mandado bien lejos. Como siga así, va a pensar que es un puto acosador o algo.
La voz tronante de Ace me arranca de mi viaje por el camino de los recuerdos.
Tengo que parpadear un par de veces para despejar la vista.
Le lanzo una mirada asesina a mi colega, pero sin mala leche, y de todos modos ni me está haciendo caso.
Está demasiado ocupado saludando a mi primo, Bane, y a un par de tíos que han venido con él.
Levanto la barbilla a modo de saludo cuando Bane se acerca a mí con las manos metidas con toda la calma en los bolsillos de los vaqueros. Siempre va de puto paseo, como si nunca tuviera una preocupación en el mundo.
—¿Te has estrellado, Nova? —pregunta Bane, con una ceja alzada y una media sonrisa.
—Anda ya, si ni siquiera estaba intentando nada.
Bane arquea una ceja oscura, la jodida mirada marca de la casa St. James que dice «estás lleno de mierda». Por suerte para mí, soy completamente inmune.
—Que no te engañe, tío. Hoy invita a la primera ronda a todo el mundo —grita Gunnar desde la puerta del bar.
Bane se pasa el palillo de un lado a otro de la boca con una sonrisa. —Pensaba que te había enseñado a apostar solo en cosas que puedas ganar.
—¿Qué quieres que te diga? Me encanta ir con el perdedor. —Echo los hombros hacia atrás, con una réplica en la punta de la lengua, cuando veo que alguien saluda a mi tentación con los brazos abiertos.
La puta Coraline Carter.
—Joder. —La maldición se me escapa en un murmullo caliente, con las cejas hundiéndoseme sobre los ojos.
Bane silba, de alguna forma metiendo juicio e incredulidad en ese sonido agudo. —¿Sabe Jagger que le estás echando los tejos a Coraline?
Resuello. —Ni de coña, me gustan mis pelotas donde están, gracias.
Coraline es una jodida mantis religiosa, que se zampa a los tíos cuando ya se ha saciado. Al menos así lo cuenta Jagger. Por lo que se oye, es un milagro que saliera de lo suyo con ella relativamente entero. Lleva despotricando contra los Reaper desde que lo suyo saltó por los aires.
Lo cual puede ser un problema para mí, teniendo en cuenta que soy un Reaper de cuna. Atado de por vida.
Bane me da una palmada en el hombro, clavando las puntas de los dedos en el hueco blando junto a la clavícula. —Suerte con lo de pasar por encima de Coraline para llegar a su amiga, tío.
Gruño en respuesta. Entonces se me enciende la bombilla en la cabeza, de un blanco intenso, con una claridad que asusta.
Tienen el mismo color de pelo. Exactamente el mismo tono. Parece negro desde lejos, pero de cerca es un castaño profundo y rico, con reflejos cobrizos.
Mi madre siempre decía que se podía distinguir a una chica Carter entre la multitud solo por su pelo. Un regalo genético transmitido durante generaciones por la rama materna.
Mi pequeña tentación es una Carter.