Tentación Prohibida (Omegaverse BL) EXTRA IV | LENCERÍA.
97%

EXTRA IV | LENCERÍA.

El tic-tac del reloj del baño resonaba al compás de su corazón.

Koral se miraba en el espejo, su reflejo devuelto por la luz suave y cálida de las bombillas integradas.

Afuera, la casa estaba en silencio. Demasiado en silencio.

Ayazen no había llegado aún, y cada minuto que pasaba aumentaba el nudo de ansiedad en el estómago de Koral.

Llevaba una hora preparándose y no como normalmente lo hacía.

Se había duchado, se había afeitado, se había hidratado la piel con lociones que olían a vainilla y jazmín.

Pero el paso final, el que lo tenía paralizado frente al espejo, era el que lo hacía sentir más vulnerable que nunca.

Sobre el mostrador, junto a sus cepillos de dientes y su colonia, yacía un conjunto de lencería de encaje negro.

Era atrevido y absolutamente era algo que no se había atrevido a usar en años.

La idea había surgido esa mañana. Había sentido el primer indicio sutil, el cambio casi imperceptible en su propio cuerpo.

Un calor bajo la piel, una sensibilidad agudizada, un hambre que no tenía nada que ver con la comida.

Su ciclo era como un reloj, y sabía, con una certeza que era a la vez emocionante y aterradora, que su celo llegaría esa noche.

Llevaba semanas sintiéndose distante de Ayazen.

El trabajo de su alfa lo consumía, llegaba tarde, cansado, y las noches que antes eran de sexo interminables ahora se habían convertido en rutinas interrumpidas por el llanto de uno de los niños.

Koral lo entendía, lo amaba por su dedicación, pero una parte de él, la parte omega que ansiaba la atención de su alfa, se sentía abandonado.

Necesitaba recordarle a Ayazen no solo que era el padre de sus hijos, sino también su alfa.

Así que había hecho un plan. Había llamado a Blair, su ángel guardián y mejor amiga, y le había pedido un favor imposible.

—Necesito que te lleves a mis monstruitos por unas horas. Solo esta noche.

Blair, sin hacer preguntas, había aceptado de inmediato.

—¿Problemas de pareja o un ataque de romanticismo? Si es el problema, vienes tú también si es el otro, dame detalles.

—Un poco de ambos —confesó Koral—. Y no te diré nada.

—¡Bhu! Aguafiestas. Bueno, de todas formas ya me contaras.

Ahora, con los niños felices y seguros en casa de Blair, la mansión se sentía demasiado silenciosa. Vacía. Esperando.

Respiró hondo antes de ponerse la lencería.

El encaje frío contra su piel caliente le provocó un pequeño escalofrío.

Los tirantes del sostén apenas descansaban sobre sus hombros y la tela ajustada de los calzones resaltaba suavemente sus curvas.

Se quedó observándose unos segundos frente al espejo, todavía incapaz de entender cómo había llegado hasta ese punto.

Esperando a Ayazen.

Deseándolo.

La idea por sí sola hacía que algo incómodo se removiera dentro de él.

¿En qué momento había desaparecido todo el odio que sentía hacia él?

No… no quería pensar en eso ahora. Cada vez que se detenía demasiado en el pasado terminaba sintiéndose miserable, y esa noche no quería arruinarla recordando todo lo que habían sido antes.

Estaba terminando de acomodar la última liga cuando sintió su lubricante natural escapar lentamente entre sus piernas. El calor le subió de inmediato al rostro. Maldiciendo en voz baja, se limpió rápidamente antes de ajustar los últimos tirantes con dedos nerviosos.

Entonces escuchó el sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta principal.

Su corazón dio un vuelco tan fuerte que sintió el pulso en la garganta. Se apoyó rápidamente contra el lavamanos mientras intentaba controlar el temblor de sus manos.

—¡Koral! ¡Estoy en casa! —la voz de Ayazen resonó en el silencio de la casa, sonando cansada pero con un tono de energía—. ¿Dónde está todo el mundo? ¡No oigo a mi ejército de pequeños monstruitos!

Koral se mordió el labio, una sonrisa nerviosa dibujándose en su rostro. Se aclaró la garganta, intentando que su voz no sonara tan temblorosa.

—¡Arriba! —gritó, su voz un poco más aguda de lo normal.

Oyó los pasos de Ayazen subiendo las escaleras, el sonido familiar y reconfortante que siempre lo hacía sentirse seguro.

—¿Dónde están los niños? —preguntó Ayazen, ya en el pasillo, su voz más cerca—. No están en sus habitaciones. ¿Están contigo?

Koral tomó una última y profunda inspiración. Era el momento. Abrió la puerta del baño lentamente, quedándose en el umbral, con la luz a sus espaldas, envolviéndolo en un aura dorada.

Ayazen estaba de pie en el pasillo, con la chaqueta del trabajo todavía en la mano, a punto de dejarla en la silla.

Se detuvo en seco al verlo. Su expresión de cansancio se borró instantáneamente, reemplazada por una de pura y absoluta sorpresa.

Sus ojos se abrieron, recorriéndolo de pies a cabeza, una mirada tan intensa que Koral sintió como si le estuviera quitando la ropa, aunque prácticamente ya estaba desnudo.

Koral sintió el calor subirle a las mejillas, un rubor profundo que sabía que Ayazen podía ver incluso a la luz tenue del pasillo. Se pasó una mano nerviosa por el pelo y sonrió, un tímido y coqueto gesto.

—Hola —dijo, su voz apenas un susurro.

Ayazen no dijo nada. Se quedó mirándolo, su garganta moviéndose al tragar. Entonces, Koral decidió ser valiente. Dio un paso adelante, fuera del baño, acercándose a él.

—Los niños están con Blair —dijo, su voz un poco más firme—. Pensé que... pensé que podríamos estar solos esta noche.

Hizo una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire entre ellos.

—Mi celo... llegará esta noche.

El impacto de sus palabras fue visible. Ayazen se quedó completamente inmóvil por un segundo, y Koral pudo ver el cambio en sus ojos.

El hombre cansado que había llegado del trabajo desapareció, y en su lugar estaba el alfa…

su alfa. Koral sintió una oleada de calor recorrer su cuerpo al sentir las feromonas de Ayazen rodearlo.

Ayazen dejó caer la chaqueta al suelo, sin importarle.

Había estado a punto de tomarse sus inhibidores, una pastilla azul que mantenía su instinto alfa bajo control, especialmente después de un día estresante en el trabajo.

Pero ahora, esa pastilla era la última cosa en su mente.

Dio un paso hacia Koral, y luego otro, cerrando la distancia entre ellos en un instante.

—No digas más —dijo Ayazen, su voz un rugido bajo y grave.

Sus manos, fuertes y firmes, tomaron a Koral por la cintura.

No fue un gesto delicado. Fue posesivo. Lo jaló hacia sí con una fuerza que le quitó el aliento, chocando sus cuerpos uno contra el otro.

Koral podía sentir el calor de Ayazen a través de la fina tela de la lencería.

Podía sentir su aroma, una mezcla de su colonia habitual y algo más primitivo, algo que era puramente alfa y que gritaba "mío".

Ayazen lo abrazó por la cintura, levantándolo apenas del suelo hasta dejar sus rostros a la misma altura.

Sus labios se encontraron de inmediato en un beso mucho más profundo y desesperado que el anterior.

Ayazen no tardó en profundizarlo, atrapando lentamente el labio inferior de Koral entre los suyos antes de deslizar su lengua contra la de él, saboreándolo con una necesidad apenas contenida.

Sus manos lo atrajeron todavía más hacia su cuerpo mientras el beso se volvía cada vez más intenso y difícil de detener.

Koral se rindió completamente. Sus brazos se enredaron alrededor del cuello de Ayazen, sus dedos enterrándose en su pelo.

Respondió al beso con la misma urgencia, su propio instinto omega respondiendo a la llamada de su alfa.

Al sabor de Ayazen, a la fuerza de sus brazos, a la creciente erección que podía sentir presionando contra su vientre.

Ayazen comenzó a caminar, llevándolo en brazos sin romper el beso, dirigiéndose hacia su dormitorio.

Llegó a la habitación y, con un movimiento fluido, tiró a Koral sobre la cama, cayendo sobre él un segundo después.

Se apartó lo suficiente para mirarlo, sus ojos oscuros ardiendo con una fiebre que Koral conocía bien.

—Mi amor… —susurró Ayazen contra sus labios, apenas separándose lo suficiente para hablar.

El calor de su respiración hizo que Koral estremeciera suavemente.

Terminó sentándose sobre la cama mientras intentaba recuperar el aire entre jadeos cortos, todavía aturdido por el beso.

Ayazen no tardó en quitarse la camisa a medias, desabrochándola con evidente desesperación antes de llevar las manos a su cinturón.

Koral levantó la vista hacia él y, lentamente, tomó sus manos para apartarlas.

—Puedo ayudarte… —murmuró con la voz temblorosa.

Ayazen soltó una pequeña risa ronca mientras lo observaba.

—Tú provocaste esto…

Koral sintió el calor subirle al rostro ante el tono de su voz.

Bajó lentamente de la cama hasta quedar arrodillado frente a él, todavía con los labios enrojecidos e hinchados por los besos anteriores.

Sus dedos se deslizaron con nerviosismo por la hebilla del cinturón antes de desabrocharlo por completo y bajar lentamente la bragueta sin apartar la mirada de sus ojos oscuros.

—Koral… —jadeó Ayazen apenas sintió sus manos sobre él.

—Mi amor… —respondió Koral en voz baja.

Ayazen dejó escapar un suspiro pesado cuando Koral inclinó más la cabeza y sus manos terminaron apoyándose en sus caderas, sujetándolo con firmeza. Incluso a través de la ropa podía sentir la tensión del cuerpo del alfa bajo sus dedos.

—Hazlo… —murmuró Ayazen con la respiración entrecortada.

Koral tragó saliva antes de bajar finalmente la ropa lo suficiente para liberarlo. El calor le golpeó de inmediato el rostro. Lo observó apenas unos segundos, nervioso y sonrojado, antes de inclinarse lentamente para dejar un beso suave sobre la punta.

Ayazen soltó un jadeo ahogado.