Tentación Prohibida (Omegaverse BL) EXTRA III | PRIMER BESO. #2
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EXTRA III | PRIMER BESO. #2

Las luces neón atravesaban el rostro de Ayazen cada pocos segundos, tiñéndolo de azul, violeta y rojo. Y cuanto más lo miraba, más insoportable le parecía que incluso ahí se viera perfectamente tranquilo.

—De verdad eres aburrido —murmuró Koral, apoyando un brazo sobre la barra para acercarse más a él—. Ni siquiera parece que estés divirtiéndote.

—Tal vez porque sí sé beber sin hacer un espectáculo.

—O tal vez finges que eres demasiado maduro para todo.

Ayazen soltó una pequeña risa nasal.

—Y ustedes son un pedazo de...

Koral abrió la boca para responderle, pero la voz de Ray interrumpió antes.

—Oh, no…

Ambos giraron hacia él.

Ray tenía una mano cubriéndole la boca y el rostro completamente pálido.

—Creo que voy a vomitar.

Y desapareció entre la multitud antes de que Koral pudiera detenerlo.

—Sabía que no aguantaría —murmuró Ayazen molesto.

—Era obvio.

—Oye, deberías ir a ayudarlo.

—¿Por qué haría eso?

—Porque podría morirse en un baño.

—Entonces será una muerte bastante vergonzosa.

Koral volvió a reír, pero al intentar levantarse del asiento el suelo se inclinó violentamente bajo sus pies.

—Whoa—

Perdió el equilibrio casi de inmediato.

No llegó a caer.

Un brazo firme rodeó su cintura antes de que pudiera golpearse contra el suelo, sujetándolo con facilidad.

—Cuidado —murmuró Ayazen cerca de su oído.

Koral levantó la vista apenas unos centímetros por debajo de él.

Demasiado cerca.

Podía sentir el calor de su mano incluso a través de la ropa. El ruido del club seguía alrededor, las luces seguían moviéndose, la música seguía golpeando las paredes, pero por un instante todo pareció irse al fondo.

Ayazen todavía lo sostenía.

Y lo estaba mirando de una manera extraña. Mucho más seria que antes.

—¿Ya terminaste de intentar matarte bebiendo estas cosas? —preguntó Ayazen en voz baja.

Koral debería haberle respondido algo hiriente.

Debería haberlo empujado.

Debería haber dejado de mirarle la boca.

Pero el alcohol le había borrado la mitad del sentido común.

Antes de pensar realmente lo que hacía, sujetó la chaqueta de Ayazen con una mano y tiró de él hacia abajo.

El beso fue torpe y demasiado rápido. Koral apenas alcanzó a registrar el leve sabor amargo del whisky antes de darse cuenta de lo que acababa de hacer.

Esperó que Ayazen lo apartara de inmediato.

Pero no pasó.

Ayazen permaneció quieto apenas un segundo, como si también hubiera dejado de entender qué estaba ocurriendo, y luego respondió lentamente al beso.

Solo consiguió que el corazón de Koral comenzara a golpearle todavía más fuerte.

La mano que lo sostenía en la cintura se tensó apenas un poco, manteniéndolo firme mientras el beso duraba unos segundos más antes de que Koral finalmente se apartara de golpe.

Respiró agitado.

La cabeza le daba vueltas.

Miró a Ayazen esperando enojo, burla o asco. Pero Ayazen solo lo observaba en silencio. Demasiado tranquilo.

Y eso era muchísimo peor.

El pánico golpeó a Koral de lleno. Entonces empezó a reírse. Una risa nerviosa, torpe, demasiado alta.

—Okay… eso no pasó —dijo, haciendo un gesto extraño con las manos mientras retrocedía un paso—. Literalmente no pasó.

Las palabras comenzaron a salir de la boca de Koral demasiado rápido, torpes y desesperadas, como si pudiera enterrar lo que acababa de pasar simplemente hablando encima del momento.

—Eso ni siquiera contó, ¿okay? Estábamos borrachos y… y claramente fue culpa de los cócteles horribles de este lugar.

Ayazen seguía mirándolo en silencio, y eso solo empeoraba todo. Koral podía sentir la cara ardiéndole mientras apartaba la vista, incapaz de sostenerle la mirada por más de unos segundos. Sentía todavía la mano de Ayazen en su cintura y eso lo ponía todavía más nervioso.

Por suerte, antes de que tuviera que seguir diciendo estupideces, Ray apareció nuevamente desde el pasillo de los baños. Se veía horrible. Tenía el cabello desordenado, el rostro completamente pálido y una expresión de sufrimiento absoluto.

—Koral… creo que acabo de ver la luz ahí dentro —murmuró apenas llegó junto a ellos—. Vámonos antes de que muera de verdad.

Koral se aferró a esa excusa inmediatamente.

—Sí. Sí, vámonos.

Tomó a Ray del brazo tan rápido que casi lo arrastró fuera del club.

Ni siquiera esperó una respuesta de Ayazen.

Atravesaron la multitud mientras la música seguía retumbando alrededor de ellos y las luces neón cortaban la oscuridad del lugar.

Personas seguían bailando sobre la pista, riéndose demasiado fuerte o besándose contra las paredes como si el resto del mundo no existiera, pero Koral apenas podía pensar en nada de eso.

Solo podía sentir la mirada de Ayazen clavada en su espalda.

El aire frío de la noche le golpeó el rostro apenas salieron del club, aunque no sirvió de mucho.

Seguía sintiendo el sabor amargo del whisky mezclado con el alcohol dulce de sus cócteles, y peor todavía, seguía recordando el beso.

O al menos fragmentos de este. Eso era suficiente para hacerle querer lanzarse frente al primer auto que pasara.

La mañana siguiente fue un infierno mucho peor que el tormento que sentía en su cabeza y estómago.

Koral despertó sintiendo que alguien le había golpeado la cabeza con un ladrillo durante toda la noche.

Apenas abrió los ojos, la luz que atravesaba las cortinas le hizo soltar un quejido antes de cubrirse nuevamente con las mantas.

Nunca había tenido resaca y ahora entendía perfectamente por qué los adultos parecían miserables después de beber. Todo le dolía.

Cuando finalmente llegó a clases, llevaba el uniforme impecable como siempre, pero parecía un muerto caminando.

Ray no estaba mejor; tenía la cabeza apoyada contra el escritorio y los ojos cerrados como si estuviera rezando por una muerte rápida.

Además de la resaca, ambos estaban castigados.

El chofer que debía recogerlos había visto perfectamente el estado en el que salieron del club y la llamada de sus padres esa mañana había sido suficiente para arruinarles la existencia durante las próximas semanas.

Koral intentaba concentrarse en la voz del profesor de historia, pero su mente seguía atrapada en recuerdos borrosos de la noche anterior.

Las luces, la música, Ray casi vomitando…

y Ayazen. Especialmente Ayazen. El recuerdo del beso aparecía una y otra vez en su cabeza, demasiado claro comparado con todo lo demás.

La sensación de sus labios, la mano firme sosteniéndolo por la cintura y esa forma tranquila en la que le había devuelto el beso.

Se removió incómodo en el asiento, sintiendo una mezcla horrible de vergüenza y pánico.

Fue entonces cuando una sombra cayó sobre su escritorio.

Koral levantó lentamente la cabeza y allí estaba Ayazen, perfectamente arreglado, perfectamente despierto y completamente normal, como si la noche anterior no hubiera pasado. Koral sintió unas ganas insoportables de odiarlo.

—Ustedes se ven horribles —comentó Ayazen con calma.

Ray levantó apenas una mano desde el escritorio.

—Gracias. Qué amable.

Koral frunció el ceño.

—¿Qué quieres?

Ayazen observó unos segundos su evidente estado miserable antes de apoyarse ligeramente contra el borde del escritorio.

—Solo quería comprobar si seguían vivos.

—Desafortunadamente sí.

Ayazen soltó una pequeña risa.

—Supongo que esa es la consecuencia de ser corrientes por una noche.

—Tú tampoco estabas tan sobrio.

—Claro que sí.

Y lo peor era que probablemente decía la verdad.

Ayazen bajó ligeramente la voz después.

—Aunque debo admitir que te pusiste bastante interesante al final de la noche.

Koral sintió el estómago hundírsele.

—¿Qué significa eso?

Ayazen lo observó durante unos segundos demasiado largos antes de preguntar:

—¿No te acuerdas?

El pánico apareció casi de inmediato. Porque la verdad era que no recordaba todo claramente. Había partes completas de la noche borrosas en su cabeza y la expresión de Ayazen no ayudaba en absoluto.

—No sé de qué hablas.

Ayazen inclinó apenas la cabeza, estudiándolo cuidadosamente. Luego sonrió. Y esa sonrisa fue muchísimo peor que cualquier burla, porque parecía darse cuenta de algo importante.

—Ah… entonces de verdad no lo recuerdas.

Koral sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Recordar qué?

Ayazen no respondió enseguida. Solo siguió mirándolo como si estuviera decidiendo qué hacer con esa información. Luego simplemente se enderezó.

—Nada importante.

—Ayazen.

—Relájate, Blum.

Y volvió a sonreír, esta vez de una forma mucho más peligrosa.

—Supongo que eso le pasa a los don nadie de los betas como tú, son como escoria corrediza que solo sirven para nada —dijo con desprecio.