EXTRA III | PRIMER BESO.
A los quince años, Koral Blum sentía que su vida avanzaba demasiado rápido para alguien que todavía no entendía qué quería hacer con ella.
Entre las clases privadas, reuniones familiares y expectativas que nunca parecían terminar, había aprendido a vivir siguiendo órdenes incluso antes de cuestionarlas.
Por suerte estaba Ray. Siempre estaba Ray. Su mejor amigo que tenía esa extraña capacidad de arrastrarlo fuera de su cabeza, aunque fuera solo por unas horas. Con él, las tardes dejaban de sentirse tan pesadas y el mundo parecía un lugar mucho más simple de lo que realmente era.
[—Te lo juro, Koral, será la mejor noche de nuestras vidas] —susurró Ray desde el otro lado del teléfono.
Su voz sonaba emocionada, casi impaciente—.
[Es un club underground en la zona norte.
Imagínalo: nadie sabe quiénes somos ahí, nadie conoce nuestros apellidos ni le importa de qué familia venimos. Solo música, luces y gente normal.]
Koral sintió una mariposa revolotear en su estómago, una sensación extraña que le apretó el pecho apenas escuchó la idea.
Escaparse. La palabra por sí sola ya se sentía prohibida.
Mentirles a sus padres, falsificar identidades y perderse por unas horas en un mundo que no había sido creado para personas como ellos.
Era peligroso, y quizá por eso mismo resultaba tan irresistible.
—¿Y cómo vamos a volver? —preguntó, aunque ya sabía que estaba convencido.
[—Mi primo nos dejará su coche. Nadie lo sabrá. Somos invisibles, Koral. Esta noche, somos invisibles.]
Esa noche, después de que las luces de la mansión se apagaran, Koral salió de su habitación usando ropa mucho más simple de la que normalmente le permitían vestir: una sudadera oscura, pantalones holgados y unas zapatillas viejas que casi nunca usaba.
Ray lo esperaba en la esquina, apoyado contra el viejo convertible de su primo, mientras el motor sonaba suavemente en medio de la calle vacía.
Habían gastado casi trescientos dólares en aquellas identificaciones falsas y, aun así, las tarjetas se veían ridículamente baratas.
Pero no importaba. Esa noche entrarían a un club por primera vez y nadie podía quitarles la emoción de encima.
El club estaba escondido entre edificios viejos y callejones llenos de grafitis, con una entrada tan discreta que parecía imposible que tanta música pudiera salir de ahí. Apenas llegaron a la puerta, un guardia enorme les bloqueó el paso con una mirada desconfiada.
—Identificaciones.
Ray intentó actuar relajado mientras le entregaba las tarjetas falsas. Koral, en cambio, sentía el corazón golpeándole las costillas con fuerza. El guardia observó ambas identificaciones durante varios segundos y luego levantó una ceja.
—No parecen reales.
Koral sintió que el estómago se le hundía, pero Ray reaccionó antes de que pudiera decir algo. Soltó una pequeña risa nerviosa y volvió a tomar su identificación, acomodando discretamente unos billetes doblados detrás del plástico antes de devolvérsela.
—Míralas bien otra vez —dijo Ray con una sonrisa.
El guardia bajó la vista, notando el dinero oculto. Su expresión cambió casi de inmediato. Guardó los billetes con rapidez y les devolvió las tarjetas.
—Disfruten la noche.
En cuanto cruzaron la puerta, la música los golpeó de lleno.
El bajo vibraba tan fuerte que Koral podía sentirlo en el pecho.
Las luces de neón atravesaban la oscuridad en destellos azules, rosados y violetas, iluminando cuerpos moviéndose sin ritmo fijo sobre la pista.
Había personas gritando sobre la música, otras riéndose demasiado fuerte, parejas besándose contra las paredes y grupos enteros bailando como si el resto del mundo no existiera.
Todo era desordenado, ruidoso y completamente distinto a cualquier lugar que Koral hubiera visto antes.
—¡Vamos! —gritó Ray por encima de la música, tomándolo de la mano para arrastrarlo hasta la barra.
Koral apenas podía escuchar sus propios pensamientos entre las luces, los gritos y el bajo retumbando en todo el lugar. Se sentaron frente a la barra iluminada con neones mientras el bartender los observaba con evidente aburrimiento.
—¿Y qué se supone que pedimos? —preguntó Koral, inclinándose hacia Ray para que pudiera escucharlo.
—Ni idea. Solo pide algo que se vea caro.
Koral soltó una pequeña risa nerviosa antes de mirar el menú sin entender absolutamente nada. Los nombres de las bebidas parecían otro idioma. Al final, Ray terminó señalando cualquier cóctel de colores brillantes que encontró primero.
Cuando las bebidas llegaron, Koral observó el líquido azul frente a él con cierta desconfianza.
—Esto parece veneno.
—Al menos no parece pipi —dijo Ray, levantando el vaso.
Koral imitó el gesto y tomó un sorbo… solo para arrugar la cara de inmediato.
—¡Eso sabe horrible!
Ray comenzó a reírse tan fuerte que casi derramó su bebida.
—No hagas esa cara o nos van a sacar.
Aun así, Koral volvió a beber. El sabor seguía siendo amargo, demasiado fuerte, pero después de unos cuantos tragos el calor del alcohol comenzó a extenderse lentamente por su cuerpo.
Poco a poco dejó de pensar demasiado. Empezó a reír más fuerte, a moverse al ritmo de la música y a sentirse extrañamente ligero.
Era probablemente la primera vez en años que se sentía así de libre.
Estaba terminando su segundo cóctel cuando una presencia familiar se detuvo a su lado.
Y el efecto del alcohol desapareció casi al instante.
—No creí que fueras el tipo de persona que vendría a un lugar así.
La voz baja y burlona hizo que Koral levantara la vista de inmediato.
Ayazen.
Por un segundo se quedó completamente quieto.
Incluso con las luces cambiando de color sobre su rostro, era imposible no reconocerlo.
Llevaba una chaqueta de cuero oscura sobre una camiseta negra sencilla, y tenía esa expresión relajada que Koral siempre había odiado porque hacía parecer que absolutamente nada podía afectarlo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Koral, frunciendo el ceño.
Ayazen alzó apenas una ceja.
—Lo mismo podría preguntarte a ti.
Ray se giró en el asiento al escuchar la voz y soltó un gemido dramático apenas lo vio.
—No puede ser… ¿de todos los clubes de la ciudad tenías que aparecer en este?
Ayazen ignoró el comentario y le hizo una señal al bartender para pedir una bebida.
—Relájense. No vine a arruinarles la noche.
—Entonces deja de hablar —murmuró Koral antes de darle otro trago a su cóctel.
Seguía sabiendo horrible.
Ayazen observó la mueca que hizo y soltó una risa apenas audible.
—Ni siquiera te gusta.
—Sí me gusta.
—Claro.
El bartender dejó frente a Ayazen un vaso con un líquido ámbar y hielo. Koral lo observó tomar un trago como si nada, sin hacer caras, sin toser, sin siquiera pestañear.
Eso solo consiguió irritarlo más.
—¿Qué? —preguntó Ayazen al notar que lo miraba.
—Nada.
—Estás viéndome como si quisieras golpearme.
Ray soltó una carcajada desde el otro lado.
—Créanme, quiere hacerlo desde hace años.
Koral le dio un codazo sin apartar la mirada de Ayazen.
La música seguía retumbando alrededor de ellos. Personas bailaban demasiado cerca unas de otras, algunos gritaban canciones que apenas podían escucharse y las luces neón atravesaban constantemente la oscuridad del lugar. Todo se sentía rápido, ruidoso y ligeramente irreal.
Y Ayazen seguía ahí.
Como si perteneciera perfectamente a ese sitio.
Eso molestaba muchísimo a Koral.
Porque él había imaginado esa noche completamente distinta. Quería sentirse libre, adulto… interesante. Pero Ayazen estaba arruinándolo simplemente existiendo frente a él con esa calma insoportable.
—Es gracioso verlos fingir que este lugar les gusta —comentó Ayazen después de otro trago.
—¿Y quién está fingiendo? —replicó Koral de inmediato.
Ayazen lo miró unos segundos antes de señalar discretamente el vaso azul que todavía tenía en la mano.
—Tú cada vez que bebes eso, haces cara de sufrimiento.
Ray empezó a reír tan fuerte que casi se cae del asiento.
—¡Te dije que dejaras de pedir esas cosas!
—Cállate.
Molesto, Koral levantó nuevamente el vaso y tomó un trago mucho más largo solo para demostrar que podía hacerlo.
Fue una pésima idea.
El ardor le bajó por la garganta tan fuerte que tuvo que contener la tos mientras Ray se burlaba de él entre risas.
Ayazen negó con la cabeza, claramente divertido.
Y eso hizo que Koral quisiera seguir bebiendo todavía más.
La noche continuó entre música demasiado alta, bebidas cada vez más fuertes y discusiones absurdas.
Ray terminó arrastrándolos varias veces hacia la pista, obligando incluso a Ayazen a quedarse cerca de ellos.
Koral ya no sabía cuántos tragos llevaba encima, pero el calor del alcohol le hacía sentir el cuerpo ligero y la cabeza extrañamente nublada.
Lo peor era que Ayazen seguía viéndose perfectamente normal.
Eso definitivamente no era justo.
—¿Sabes qué es tu problema, Ayazen? —murmuró Koral, inclinándose demasiado cerca de él mientras sostenía su vaso casi vacío—. Te crees demasiado interesante.
Ayazen ni siquiera apartó la vista de su bebida.
—Y tú has bebido demasiado.
—No he tomado tanto.
—Llevas diciendo eso desde hace media hora.
Koral soltó una risa corta y rodó los ojos antes de quitarle el vaso de whisky directamente de la mano. Le dio un trago solo para demostrar algo que ni él mismo entendía y se arrepintió al instante.
—¿Cómo puedes beber esto? —tosió—. Sabe horrible.
Ayazen recuperó el vaso con calma.
—Porque no tengo quince años mentales. Además los alfas dominantes no nos emborrachamos.
—Idiota.
La discusión siguió con comentarios burlones, empujones leves y miradas que los matarían si esa intensidad dañara. Ray aparecía y desaparecía constantemente entre la multitud, bailando con desconocidos y regresando solo para reírse de ellos antes de volver a perderse entre las luces del club.
Koral ya sentía la cabeza demasiado ligera.
Todo se movía más lento y más rápido al mismo tiempo.