Tentación Prohibida (Omegaverse BL) EXTRA II | HIJO.
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EXTRA II | HIJO.

A la mañana siguiente, la luz del sol se derramaba sobre la cocina, pero no pudo penetrar la nube de melancolía que rodeaba a Koral.

Habían vuelto a la mansión de los Verlkanur por otro almuerzo familiar, ante los nuevos prospectos de la familia idílica que tanto había insistido en formar.

Había encontrado el palito de prueba que había dejado sobre el frío fregadero, justo donde lo había olvidado.

Dos líneas rojas, nítidas e innegables. Estaba embarazado.

La noticia, que debería haber sido una alegría, se sintió como una sentencia. Se guardó el palito en el bolsillo, un pequeño trozo de plástico que pesaba una tonelada, y regresó a casa, a su caos y a su vida.

Ahora, estaba sentado en el suelo de la sala de estar, con un montón de bloques de colores frente a él. Haldun, Génesis y Theo estaban construyendo una torre, una estructura inestable y caótica que se tambaleaba con cada nuevo bloque añadido.

—¡Mami, mira! ¡Es el castillo más alto del mundo! —gritó Haldun, con los ojos brillantes.

—¡Más alto! —corearon Génesis y Theo al unísono, añadiendo dos bloques más a la cima, haciendo que toda la estructura se estremeciera peligrosamente.

Koral sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Es increíble, campeones. Muy fuerte.

Pero por dentro, su mente lo estaba matando.

Un cuarto omega. Estadísticamente imposible, diría su suegra.

Defectuoso. Yo soy el defecto. Miró las caritas felices de sus hijos, su inocencia pura, y sintió una ola de pánico tan abrumadora que le faltó el aire.

¿Qué clase de mundo les estaba dando? ¿Un mundo donde su propia existencia era vista como una insuficiencia?

La torre se derrumbó con un estruendo satisfecho de bloques de madera cayendo sobre la alfombra.

Los tres niños estallaron en carcajadas, rodando por el suelo en un enredo de piernas y brazos pequeños.

Koral los observó, su corazón encogiéndose.

Eran perfectos. Eran todo lo que él siempre había querido.

Entonces, ¿por qué se sentía como si estuviera fallándoles?

Más tarde, mientras ayudaba a Theo a atarse los cordones de sus zapatos, las palabras de Melany volvieron a atacar. «El músculo es otra cosa». Theo levantó la vista y le sonrió; un diente de leche faltante le daba un encanto hermoso.

—¿Mami, podemos ir al parque a volar cometas? —preguntó Theo.

—Claro que sí, mi pequeño sol —dijo Koral, pero su voz se quebró ligeramente.

Pequeño sol. Pequeño omega. Nunca un líder.

Nunca el músculo. Apretó los ojos, luchando contra las lágrimas que amenazaban con caer.

Se sentía un fraude. Sonreía y los cuidaba y los amaba, mientras una parte de él se convencía de que les estaba robando un futuro de respeto y poder solo por dejarse llevar por palabras absurdas, pero que aún así lo calaban.

Durante el almuerzo, Ayazen notó su distancia.

—Koral, cariño, ¿estás seguro de que estás bien? Pareces... en otro planeta —dijo, pasándole una jarra de agua.

—Estoy bien, Ayazen. Te lo dije, solo un poco cansado —respondió Koral, evitando su mirada.

Pero la mentira se estaba deshaciendo. Más tarde, cuando volvieron a la cabaña que ya era su hogar, mientras los niños dormían la siesta, Koral fue al jardín.

Se sentó en un banco bajo el cerezo que habían plantado cuando Haldun nació.

El aire era tranquilo, los pájaros cantaban.

Pero hoy, ni siquiera la paz de su jardín podía calmarlo.

Sacó del bolsillo el pequeño palito de plástico y lo miró. Dos líneas.

Y entonces, se rompió.

Las lágrimas que había estado conteniendo durante días comenzaron a caer, primero lentamente, luego en torrentes silenciosos que le quemaban las mejillas.

Se echó a llorar, con el cuerpo encogido, abrazándose el estómago como si le doliera.

Lloró por el miedo, por la culpa, por la sensación de no ser suficiente.

Lloró por sus hijos, por el mundo que los juzgaría.

Lloró por sí mismo, por el omega asustado que solo quería ser amado por lo que era, no por lo que podía dar.

No supo cuánto tiempo estuvo allí, perdido en su propia desolación. Fue la sombra de Ayazen lo que lo hizo levantar la cabeza. Su alfa estaba de pie frente a él, con una expresión de profunda preocupación y dolor en sus ojos. Se sentó a su lado en silencio, sin decir nada, simplemente esperando.

—Koral... —susurró Ayazen, su voz llena de una ternura que rompió la última barrera de Koral.

—No... no puedo, Ayazen —sollozó Koral, cubriéndose la cara con las manos—. Lo siento tanto.

Ayazen no dijo nada. Simplemente lo rodeó con sus brazos, lo atrajo hacia su pecho y lo dejó llorar. Acarició su pelo, susurrando palabras sin sentido de consuelo, mientras el cuerpo de Koral se estremecía con la fuerza de sus sollozos.

Cuando finalmente los llantos se calmaron, convirtiéndose en hipidos ahogados, Koral se apartó un poco, con la cara hinchada y los ojos rojos.

—Tengo miedo —confesó, su voz tan frágil que apenas se oía—.

Tengo miedo de decepcionar a tu familia.

Y a la mía. Tu madre... lo que dijo... es verdad.

Yo soy el problema. Soy recesivo. Y ahora...

—suspiró, con el temblor regresando a sus manos—.

Estoy embarazado otra vez, Ayazen. Y tengo tanto miedo de que este bebé tampoco sea alfa.

Tengo miedo de no ser suficiente para ellos, para nadie.

Miró a Ayazen, esperando el juicio, la decepción, la confirmación de sus peores miedos.

Pero Ayazen no lo juzgó. Su rostro se suavizó, y en sus ojos no había ni una pizca de decepción. Solo amor. Un amor tan profundo y poderoso que parecía poder borrar todo el dolor del mundo.

—Oh, Koral... mi Koral... —dijo Ayazen, tomando su rostro entre sus manos y obligándolo a mantener la mirada—. Escúchame bien. ¿Me estás escuchando?

Koral asintió, con los labios temblando.

—No me importa. No me importa si este bebé es alfa, omega o beta.

No me importa si tenemos veinte hijos omegas.

No cambiaría absolutamente nada. Jamás permitiría que nadie, ni mi propia madre, ni mi padre, ni el dios en el que crean, haga sentir menos a ti o a ninguno de nuestros hijos por ser como son. ¿Entiendes?

Su voz firme calmó levemente el temblor en el cuerpo de Koral.

—Tú no eres el problema, Koral. Tú eres la solución.

Eres el corazón de esta familia. Eres mi corazón.

Nuestros hijos son fuertes y amados y listos para el mundo porque tú los estás criando.

No porque yo les dé un apellido, sino porque tú les das tu amor.

La familia que tenemos es perfecta. Exactamente como es.

Y si alguien no puede verlo, ese es su problema, no el nuestro.

Nosotros somos nuestro propio reino, y en nuestro reino, ninguna de esas teorías estúpidas del hijo alfa importan.

Se inclinó y le besó la frente, luego los párpados húmedos, luego los labios. Lo alivió tan sutilmente como si untara bálsamo sobre una herida abierta.

—Te amo —dijo Ayazen, su voz ahora un susurro cálido contra su piel—. Te amo más de lo que las palabras pueden expresar. Y amo a cada hijo que traigas a este mundo, porque serán una parte de ti. Y eso es todo lo que siempre he querido.

Koral se dejó caer en sus brazos, y por primera vez en días, sintió el peso de sus hombros levantarse.

—Pues… tendremos otro hijo…

Ayazen guardó silencio, abrazándolo mucho más cerca suyo, sellando la promesa de que, sin importar lo que el mundo dictara, ellos ya tenían su propio destino.