Tentación Prohibida (Omegaverse BL) EXTRA I | HIJO ALFA.
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EXTRA I | HIJO ALFA.

El aire en la mansión de los Verlkanur siempre se sentía frío, independientemente de la temporada.

Esa noche, el frío era especialmente penetrante.

La cena había terminado, pero las palabras de la madre de Ayazen todavía flotaban en la sala de estar como un gas venenoso e incoloro.

Koral se sentaba en el sofá de terciopelo verde, una taza de té sin tocar en sus rodillas, mientras fingía escuchar la conversación de los demás.

Sus hijos, Haldun, Génesis y Theo, ya dormían en la habitación de invitados de arriba, agotados por la formalidad de la velada.

—Y los pequeños, ¿cómo están en la escuela? —preguntó Melany, su voz tan afilada y pulida como una hoja de afeitar. No le preguntaba a Koral, le preguntaba a Ayazen, como si Koral no estuviera allí.

—Están muy bien, madre. Haldun ya lee solo y los pequeños son... caóticos —respondió Ayazen con una sonrisa forzada, intentando inyectar calidez en la habitación.

—Qué bien. Es una lástima que no puedan participar en los deportes de contacto.

No es lo mismo, ¿verdad? Pero supongo que es lo que toca.

Son niños sanos, eso es lo importante —dijo Melany, y luego añadió con casualidad—.

Es curioso, sin embargo. En nuestra familia, los primeros resultados siempre eran tan claros.

Tu abuelo tuvo a tu padre de inmediato sin necesidad de más hijos, y lo mismo pasa contigo, Ayazen; naciste alfa dominante.

Es... estadísticamente inusual, ¿no crees? Que los tres sean omegas.

Koral sintió el golpe; sabía a qué se refería.

Apretó la mandíbula, clavando la vista en el líquido ámbar de su té.

Recesivo. La palabra no se dijo, pero resonó en su cabeza como un grito.

Defectuoso. Insuficiente. Podía sentir las miradas de los demás, aunque no se atreviera a levantarla.

Sabía que su propio padre, sentado en el otro extremo del sofá, asentiría sutilmente; su silencio era una forma de acuerdo con su anfitriona.

—La salud es lo que importa, madre —repitió Ayazen, su voz ahora con filo.

—Por supuesto. Pero el linaje también importa, hijo. Un linaje fuerte necesita alfas para liderar. No quiero decir nada malo, por supuesto. Los omegas son... valiosos. Son el corazón de la familia. Pero el músculo... bueno, el músculo es otra cosa.

Koral no pudo más. Se levantó lentamente.

—Discúlpenme, creo que voy a revisar a los niños —dijo, su voz sorprendentemente estable.

—Claro, mi amor —dijo Ayazen, y Koral sintió su mirada de preocupación en la espalda mientras se retiraba de la sala.

Subió las escaleras. No fue a ver a los niños.

Se dirigió al baño principal, cerró la puerta con un clic silencioso y se apoyó en ella, respirando hondo para no romper a llorar allí mismo.

Con manos temblorosas, abrió el pequeño bolso que llevaba colgado del hombro.

Sus dedos, torpes por los nervios, buscaron dentro hasta encontrar la pequeña caja de cartón de la prueba de embarazo.

No estaba planeado. No era el momento. Pero su ciclo de celo, que debía haber sido la semana pasada con el rut de Ayazen, se había retrasado, y una parte de él, una parte aterrada y esperanzadora a la vez, necesitaba saber.

Deslizó el palito del envoltorio, su corazón martilleando contra sus costillas con fuerza.

¿Qué pasaría si estaba embarazado? ¿La expectación de que su hijo fuera alfa volvería?

Probaría que estaba bien, para fallar si es que lo hacía como los últimos dos embarazos —no es que sus hijos fueran errores, claro que no, eran su vida—.

Pero probaría que él no era el problema de la familia como siempre lo habían hecho sentir.

Pero inmediatamente, otra oleada de miedo lo golpeó.

¿Y si no lo es? ¿Y si es otro omega? ¿Y si su suegra tiene razón y él... era el problema?

Escuchó la puerta del baño abrirse abajo y las voces de sus padres despidiéndose.

El pánico lo invadió. Rápidamente, colocó el palito sobre el borde del fregadero, lo cubrió con un pañuelo de papel y salió del baño, con el corazón en la garganta.

Bajó las escaleras justo cuando Ayazen cerraba la puerta principal tras sus padres.

Ayazen se giró y su rostro se suavizó al verlo. Le sonrió, esa sonrisa genuina y cálida que siempre lograba calmar el caos en la mente de Koral.

—Se han ido, por fin. Creo que he necesitado un trago solo por sobrevivir a esa cena —dijo, acercándose y rodeándolo con sus brazos. Inclinó la cabeza y le dio un beso largo y tierno en la frente—. ¿Estás bien? Te noté... ausente.

Koral se forzó a sonreír, aunque sintió que su cara se rompería en pedazos. Se apoyó en el pecho de Ayazen, inhalando su reconfortante aroma.

—Solo cansado. Es agotador ser... cuidadoso —dijo, su voz un poco ahogada.

—Te entiendo —dijo Ayazen, acariciándole la espalda—. Vamos a casa. En cuanto los niños se despierten mañana, nos olvidaremos de todo esto y nos iremos a la cabaña, ¿mhm?

♦ ◊ ♦

El viaje de vuelta a casa fue silencioso.

Koral se quedó mirando por la ventana, las luces de la ciudad convirtiéndose en manchas borrosas de color.

Cada pocos segundos, las palabras de Melany volvían a atacarlo: «Estadísticamente inusual», «Recesivo», «El músculo es otra cosa».

Se sentía como un experimento fallido, un defecto en la línea de montaje de la familia Verlkanur, tal y como lo había sido para su familia de origen.

No podía hacerle esto a Ayazen; aunque sabía que a él no le importaba, la presión de sus padres era diferente y él quería que la familia para sus hijos fuera lo más unida posible, aunque no parecía resultar.

—¿Todo bien? —preguntó Ayazen, rompiendo el silencio.

—Sí, solo... pensando —dijo Koral.

—¿En algo malo?

Koral vaciló. Necesitaba escuchar las palabras de su alfa.

—Ayazen... —empezó, su voz apenas un susurro—. ¿Qué pasaría si... si nunca tenemos un hijo alfa?

Ayazen lo miró por un instante, su atención desviada de la carretera por un segundo. Su expresión era de genuina confusión.

—¿Qué quieres decir con eso? Tendríamos a nuestros hijos. Tendríamos nuestra familia. ¿Por qué importaría?

—No sé... —dijo Koral, jugueteando con el dobladillo de su camisa—. ¿No te molestaría? ¿No te... molestaría a tu familia? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Ayazen frunció el ceño, pero su voz seguía siendo calmada, paciente. Sabía por dónde iba la conversación con Koral.

—Koral. La única persona cuya opinión importa aquí es la tuya. Y como me lo preguntas, te lo digo: no me importaría. Amo a Haldun, Génesis y Theo. Son perfectos. Son nuestros. Jamás los cambiaría por nada, y jamás te vería a ti menos por eso. Jamás.

Koral asintió, pero las palabras no calmaron la tormenta que se arremolinaba en su interior.

Sabía que Ayazen lo amaba, sabía que amaba a sus hijos.

Pero el miedo en su pecho que había sentido desde que tenía cinco años volvía cada vez más intenso, y temía que ese temor se traspasara a sus hijos; no quería que ellos sintieran lo que él sentía.

—¿Y si... si todos nuestros hijos siguen siendo omegas? —insistió, su voz temblando ligeramente.

—Entonces seré el padre alfa de la familia omega más feliz y protegida del mundo —respondió Ayazen, sonriendo, calmándolo—. No hay nada más que decir, Koral. Te amo. Te amo a ti y a nuestros hijos.