Tentación Prohibida (Omegaverse BL) EPÍLOGO.
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EPÍLOGO.

Dieciséis años después.

La luz dorada del atardecer se derramaba sobre el jardín de la casa que habían construido al borde del lago, lejos de las ciudades y de los ecos de las palabras que a veces en recuerdos nocturnos les hacían temblar.

El aire olía a tierra húmeda, a las rosas que Koral cultivaba con esmero y a la dulzura inconfundible del hogar.

De ese hogar que ellos no habían tenido de niños, pero que ahora podían dar a sus hijos.

Koral estaba sentado en el porche, en una mecedora de madera blanca.

En sus brazos, dormitando plácidamente, estaba su reciente milagro.

Génesis, de solo seis meses, se aferraba a la camisa de su madre mientras succionaba con suavidad, satisfecho.

Koral sonrió, una sonrisa tranquila y radiante, mientras acariciaba la suave cabellera negra de su bebé.

En el césped, bajo la sombra de un gran sauce, un torbellino de risas perseguía a un grupo de mariposas.

Haldun, su hijo mayor, seguía siendo muy enérgico, corriendo y gritando por todas partes mientras intentaba atrapar una mariposa o seguía a un ave.

Haldun encontró una muñeca de trapo que él mismo había dejado en el suelo del porche y la hacía volar por todas partes mientras gritaba:

—¡Mami, mami, mira! ¡Mira cómo vuela!

Koral sonrió, acunando a Génesis en brazos mientras lo observaba.

—Sí, mi vida…

Fue entonces cuando sintió una presencia familiar a su espalda.

No necesitaba girarse para saber quién era.

El calor y las feromonas eran inconfundibles.

Ayazen llegó a casa y el mundo de Koral se sintió completo.

Los brazos de su alfa lo rodearon por detrás, fuertes y protectores.

Ayazen inclinó la cabeza y besó la frente de Koral.

—Te amo —susurró Ayazen sobre su pelo.

Koral se recostó en su abrazo, sintiendo el latido de su corazón contra su espalda.

—También te amo —respondió con voz suave—. Mira a Haldun… cada vez está más grande.

Ayazen siguió su mirada hacia Haldun, que ahora estaba mostrándole la muñeca a una ardilla curiosa.

—Sí —dijo Ayazen—. Deberíamos aceptar las reuniones con tus padres…

—Quedamos en que no —respondió Koral, esta vez con voz fría.

—Pero… sabes que no podemos evitar que suceda, y los reclamos siguen…

—No quiero hablar de eso.

—Ahí estará el otro niño, seguro igual de tímido que Haldun… aunque Haldun no es muy tímido, pero ya sabes… quizá puedan ser amigos.

Habían aceptado el trato. La ceremonia de compromiso se llevó a cabo en tierras rusas, con todos los protocolos que la mafia exigía.

Dimitri, el más joven de los Bessonov, había nacido con tres meses de diferencia.

Lograron unir a las familias y sellaron la paz con un pacto de sangre que mantuvo a raya la guerra.

Pero todo era un teatro. Una fachada cuidadosamente construida para proteger lo único que realmente importaba.

Cada acuerdo que cerraron, cada sacrificio que hicieron, fue una piedra más en el muro que levantaron alrededor de su familia.

Sabían que no podían destruir nada de lo que ya estaba construido desde antes de que ellos nacieran.

Ayazen se arrodilló junto a la mecedora, su mirada tierna al ver a su hijo dormido.

—Parece tú —dijo Ayazen, acariciando la mejilla de Génesis con el dorso de un dedo—. Tiene tus ojos.

—Y tu terquedad —sonrió Koral.

Ayazen rió, un sonido bajo y genuino que todavía lograba hacerle cosquillas al corazón de Koral. Tomó la mano de Koral y se la llevó a sus labios, besando la palma.

—Hicimos lo correcto, Koral —dijo, mirando a Haldun correr libremente bajo el cielo anaranjado. Su voz sonó más a pregunta.

—Les dimos un mundo donde pueden elegir. Solo debemos guiarlos a elegirlo.

♦ ◊ ♦

La noche de la cena llegó con una pesadez que parecía oprimir el aire mismo.

La mansión del padre de Ayazen era un lugar donde los susurros resonaban más fuerte que los gritos.

Haldun, de siete años, iba de la mano de Ayazen, sus pequeños dedos apretando los de su padre con una fuerza que traicionaba su nerviosismo.

A pesar de su energía habitual, en este lugar se volvía silencioso, casi tímido.

Ayazen había permitido estas visitas cortas y siempre supervisadas, por darle a su hijo una pizca de la "familia normal" que él nunca tuvo, sin dejar que el veneno de este mundo lo corrompiera.

Pero esta vez era diferente. No podían seguir negándose a la cena de fin de mes con los Bessonov. Las excusas se habían agotado. La diplomacia, por falsa que fuera, exigía su presencia.

Entraron en el comedor, una sala tan grande que las conversaciones se perdían en sus rincones.

La mesa larga brillaba bajo la luz de las arañas de cristal.

Ya estaban allí. Zuryn Morretti-Bessonov, con su sonrisa, y su esposo, Varek.

Y junto a ellos, sentado rígidamente en una silla demasiado grande para él, estaba Dimitri.

Tenía los mismos siete años que Haldun, pero parecía un niño mucho más grande, con los ojos analíticos y la espalda recta como un poste.

Haldun, al ver a otro niño, soltó la mano de su padre por un instante. Una sonrisa genuina y brillante iluminó su rostro, como un rayo de sol en la habitación sombría. Dio un pequeño paso hacia adelante, con la clara intención de presentarse, de encontrar un amigo en ese mar de rostros extraños.

Ayazen sintió un pinchazo de pánico. Vio la mirada de Zuryn siguiendo el movimiento de su hijo.

Vio el futuro que tanto había temido: su hijo siendo arrastrado a este juego antes de siquiera aprender las reglas.

Se agachó rápidamente, poniéndose a la altura de Haldun y colocando una mano en su hombro, deteniéndolo.

—Haldun —dijo Ayazen, su voz suave, un murmullo solo para su hijo—. No debes verte tan ansioso. No debes parecer tímido, pero tampoco demasiado... efusivo.

Haldun lo miró, su sonrisa vacilando, confundido.

—¿Papá?

—Habla con formalidad, ¿entiendes? —continuó Ayazen, sus ojos fijos en los de su hijo, transmitiendo un mensaje que las palabras no podían—. Es un evento familiar. Trátalo como tal. Saluda a los señores Morretti y luego... saluda al joven Dimitri. Con respeto.

La luz en los ojos de Haldun se atenuó y su sonrisa desapareció por completo. Asintió lentamente.

Se enderezó, se aclaró la garganta y caminó hacia la mesa, ya no como un niño curioso, sino como un pequeño príncipe cumpliendo con su deber a pedido de su padre. Se detuvo frente a los Morretti-Bessonov, hizo una pequeña reverencia y dijo, con una voz que intentaba ser más grave de lo que era:

—Buenas noches, señores Morretti.

Zuryn y Varek sonrieron, complacidos. Koral, que estaba detrás de Ayazen, cerró los ojos por un segundo.

Haldun se giró hacia Dimitri. El otro niño lo observaba con una expresión impenetrable. Haldun volvió a hacer la pequeña reverencia.

—Buenas noches, Dimitri. Es un placer conocerte.

Dimitri asintió, un gesto mínimo y sin palabras.

Ayazen observaba la escena con el corazón encogido. Había logrado su objetivo. Su hijo estaba a salvo, protegido por las reglas de este mundo infernal. Pero al hacerlo, acababa de apagar la luz más brillante de su vida. Había enseñado a su hijo a construir su propio juego.