Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 34 | JUNTOS.
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CAPÍTULO 34 | JUNTOS.

El silencio en la habitación era pesado, denso, lleno de palabras que no se atrevían a decir.

Ayazen se movió con lentitud, como si temiera que un paso en falso pudiera romper el frágil equilibrio de la escena del amor de su vida y la creación que tenía la mitad de él.

Se acercó a la cama con su corazón martilleando contra sus costillas.

Se detuvo junto a la cama, sintiéndose un gigante torpe y destructivo que debía ser alejado de aquel lugar, como si fuera a destruirlo todo.

—Koral... —empezó, su voz ronca y casi inaudible.

Los ojos de Koral estaban fijos en el rostro del bebé en sus brazos, como si fuera lo único real en la habitación. Asintió ligeramente, un gesto mínimo que era tanto un saludo como una barrera invisible que se alzaba entre ellos.

—Estás... estás bien —dijo Ayazen, una afirmación torpe que sonaba como una pregunta, patética en su inutilidad.

Koral volvió a asentir, esta vez con un poco más de firmeza, pero sin apartar la vista de su hijo.

Sus dedos acariciaban la mejilla suave del bebé, un movimiento instintivo y protector.

Evitaba alzar la mirada para ver a Ayazen; no quería hacerlo ni se creía capaz de ver esos ojos que miraban con amor siendo tan crueles.

Ayazen tragó saliva, el nudo de la culpa apretándose en su garganta hasta ahogarlo.

Alargó una mano temblorosa, no hacia Koral, sino hacia el bebé.

Con la punta de los dedos, rozó la cabecita cubierta de pelo fino, una textura tan suave que casi le hizo llorar.

Luego, deslizó su mano hasta la mejilla de Koral, obligándolo suavemente a girar la cara hacia él.

Sus ojos se encontraron. La tristeza en la mirada de Koral era un abismo, un pozo oscuro de dolor que lo ahogaba más. Él había provocado esto…

—No puedo mentirte, Koral —dijo Ayazen con voz quebrada—. No puedo... no voy a hacerlo. Mereces la verdad. Toda la verdad. Te contaré todo. Cómo es y cómo fue. Todo lo que ha pasado.

Koral no dijo nada, pero sus ojos se clavaron en los de Ayazen, brillantes y oscuros a la vez.

—Los Bessonov perdieron la mercancía en la instalación de la constructora de mi familia.

Ya sabes eso, sabes que la empresa es nuestra, que el terreno es nuestro —comenzó Ayazen, mientras sus labios temblaban—.

Pero no sabes lo que eso significó realmente.

No sabes lo que se mueve en las sombras cuando algo así sucede.

En ese momento, se abrió una guerra. Una guerra silenciosa, pero una guerra al fin.

Porque esa mercancía... no era de ellos. Era de la mafia turca.

Hizo una pausa, dejando que la palabra resonara en el aire de la habitación.

«Mafia turca».

—Los Bessonov tienen una tregua con los turcos, un acuerdo frágil que se basa en el respeto y el negocio, y en el miedo mutuo.

Pero en cuanto perdieron esa mercancía, fue tratado como una traición.

No era cualquier cosa. El valor era astronómico, y la pérdida implicaba no solo dinero, sino el riesgo de que la mercancía fuera revelada, de que nombres y operaciones salieran a la luz, porque lo que sea que manejen no es una simple jeringa que hace alucinar a adictos.

Los Bessonov están en peligro de morir, Koral.

Todos ellos. La mafia turca no perdona un error de esa magnitud.

Era responsabilidad de los Bessonov, pero...

los Verlkanur también tenemos culpa. Éramos nosotros los encargados del transporte, nuestro nombre estaba en los camiones y en la ruta.

Nuestros hombres eran los que debían vigilar.

Su mirada divagó un poco entre las sombras, buscando más palabras para explicar lo que salía de sus labios.

—Pero mi familia… nuestra familia tiene lazos de sangre con la mafia turca...

no sufriría nada. No a los de la línea directa.

Ellos siempre encuentran un chivo expiatorio.

Siempre hay alguien más abajo en la cadena para pagar el precio.

Pero los omegas... Koral, tú. O Ray, que ahora es esposo de Maksim...

podrían morir. No nuestros hijos, ellos son valiosos, son sangre Verlkanur, son el futuro, incluso para la mafia turca.

Pero tú... serías el mensaje. El precio a pagar.

Un ejemplo para que todos supieran lo que pasa cuando se falla a los turcos.

Las lágrimas comenzaban a formarse en los ojos de Ayazen, pero las contuvo. Necesitaba decirlo todo, necesitaba que Koral viera la magnitud del infierno en el que vivían.

—Los Bessonov querían calmar las aguas. Necesitaban un gesto que demostrara que el pacto entre las familias era más fuerte que la traición.

Querían unir en compromiso a un Verlkanur con uno de los Bessonov.

Un pacto de sangre. Al casar a nuestras familias, la guerra sería mucho más difícil, porque todo el mundo sabe el cariño que la mafia y la familia turca le tienen a los Verlkanur.

Sería una alianza a prueba de balas, un nudo tan complejo que deshacerlo costaría más vidas que la propia guerra.

Todos estaríamos a salvo. Por esa razón...

por esa razón se hizo la unión de compromiso de los niños. Con nuestro hijo o el de Maksim.

Se miró las manos que temblaban y se sintió avergonzado.

—No quería que mi hijo viviera eso. No quería que naciera siendo una pieza en su tablero de ajedrez, un peón en su juego.

El hijo de Maksim... Maksim debería haberse hecho responsable por la falta que cometió con su existencia a mi familia.

Sé que está mal, sé que es monstruoso, y lo siento...

Koral, lo siento tanto. Te pido perdón. Haré lo posible por arreglarlo, te lo juro. No sé cómo, pero lo haré.

Koral lo escuchaba en silencio, su rostro inexpresivo pero sus ojos revelando la tormenta en su interior. Asintió lentamente con los ojos temblorosos por la humedad que los llenaba; finalmente encajaba las piezas del rompecabezas que había estado temiendo construir.

—Yo... yo ya había escuchado algo —dijo Koral, su voz era un susurro áspero, como papel de lija—.

Antes, cuando éramos adolescentes, en las conversaciones que escuchaba...

Pero jamás pude confirmar la relación entre las mafias o lo que sea que decían tu padre y el mío...

—mientras hablaba, su mirada se desvió hacia su hijo, y una nueva ola de dolor cruzó su rostro—.

Mi hijo... mi bebé... no debería vivir por eso.

Con lentitud, Koral alargó su mano libre, la que no sostenía al bebé, y la colocó sobre la mano de Ayazen, que todavía estaba en su mejilla, y sonrió ante la mirada confundida y casi asustada del alfa.

—Y tú tampoco —continuó—. Tú tampoco deberías tener que vivir por eso, Ayazen.

Las palabras flotaron en el aire entre ellos, más reales y sólidas que las paredes de la habitación.

Koral, con su hijo en brazos, se había convertido en la fuerza de la que Ayazen había carecido toda su vida.

Las lágrimas que Koral había retenido durante el dolor, el miedo y la traición, finalmente brotaron.

—Ahora somos una familia. Nosotros somos lo único que tenemos, y si para protegernos debemos hacerlo, lo haremos.

—Koral… —susurró Ayazen.

—Pero no puedes ocultarme nada —lo interrumpió, su mirada fijándose en la de Ayazen con intensidad—. No de nuevo. Si lo llegas a hacer, me iré, no te diré ni una sola palabra. Lo haré, Ayazen. Te lo juro.

Ayazen vio la verdad en sus ojos y supo que Koral no estaba negociando. Estaba estableciendo la única condición bajo la cual su mundo podría seguir existiendo.

Asintió, sin palabras, porque no las había. Solo había esa verdad. Ayazen rodeó a su omega entre sus brazos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su abrazo. Cerró sus ojos, dejando salir por fin las lágrimas que se habían secado en sus ojos durante los últimos días.

♦ ◊ ♦

Dos meses habían pasado y la cabaña ya no olía a sangre y miedo.

Olía a leña crepitando en la chimenea, a leche tibia y a la suave fragancia del polvo de talco para bebés.

El sol de la tarde se filtraba por las grandes ventanas, pintando de dorado el suelo de madera.

Koral estaba sentado en el sillón de cuero que Ayazen tanto solía ocupar, pero ahora era su trono.

En sus brazos, dormitaba su hijo, un pequeño bulto ajeno al mundo que lo había traído aquí.

Koral se mecía suavemente, su cuerpo moviéndose con un ritmo lento, sus ojos bajos, fijos en el rostro sereno de su hijo.

Había recuperado algo del color en sus mejillas, pero se podía ver rastros de lo que lo había anclado en el hospital días, pero aún así parecía brillar.

Ayazen lo observaba desde el otro lado de la habitación, con el teléfono en la mano.

Se había pasado los últimos días en una burbuja, cuidando de Koral y de su hijo, cambiando pañales, preparando comidas, haciendo todo lo posible por tejer un nuevo mundo a partir de los hilos rotos del antiguo.

Pero la burbuja tenía que estallar. La realidad llamaba.

Con un nudo en el estómago, marcó el número. La llamada fue respondida al segundo.

—Verlkanur —dijo la voz al otro lado. Zuryn Morretti-Bessonov.

—Zuryn. Soy Ayazen —respondió, manteniendo la voz baja, sus ojos fijos en Koral, que no había levantado la vista, pero sabía que estaba haciendo la llamada.

—Espero que todo esté bien —dijo Zuryn, y por un momento, Ayazen escuchó una genuina preocupación en su voz.

La noticia del parto prematuro y la cesárea de emergencia se había extendido como la pólvora por sus círculos después de que se filtrara la información a la prensa por un enfermero que parecía no apreciar su vida.

—Koral y el bebé están bien —dijo Ayazen, cortante—. Te llamo por la ceremonia. La programaremos para dentro de un mes.

Hubo un silencio al otro lado. Un mes era rápido, casi una urgencia. Era lo que Zuryn quería, pero no esperaba que Ayazen lo propusiera tan pronto.

—Está bien —dijo finalmente Zuryn, y Ayazen pudo escuchar la ligera sonrisa en su voz—. Será mejor hacerlo en tierras rusas. En territorio Moretti-Bessonov. Es más seguro. Un mensaje claro para todos.

Ayazen miró a Koral. La idea de llevar a su omega y a su hijo recién nacido al nido de la otra familia le revolvió el estómago, pero sabía que Zuryn tenía razón. Era una jugada de poder, y en su mundo, el poder lo era todo.

—Confirmado. Será en tierras rusas. Enviaremos los detalles en cuanto los tenga.

Zuryn suspiró al otro lado, un sonido de alivio palpable.

—Agradezco tu rapidez, Ayazen.

—Está en juego nuestras familias, Zuryn. Recuérdalo —dijo Ayazen, y antes de que Zuryn pudiera responder, colgó.

Guardó el teléfono y se quedó en silencio. Se había comprometido. Había vendido el futuro de su hijo para comprar su presente.

Fue entonces cuando Koral levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Ayazen.

—Está bien —dijo Koral, su voz suave—. Haremos lo que tengamos que hacer. Juntos.

Ayazen asintió, cruzando la habitación hasta arrodillarse junto al sillón. Tomó la mano de Koral y acarició la cabellera de su hijo con el dorso de los dedos. El bebé se estiró en sueños, un pequeño bostezo que lo hizo sonreír.

—Juntos —repitió Ayazen, y por primera vez en mucho tiempo, creyó que la palabra podría ser verdad.

FIN