Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 33 | NO DEBERÍA ESTAR AQUÍ.
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CAPÍTULO 33 | NO DEBERÍA ESTAR AQUÍ.

Ayazen no se había movido de esa silla en horas que se convirtieron en días. El mundo exterior se había desvanecido por completo, ya nada ni nadie importaba. Solo importaba el pulso débil que sentía bajo la piel de la mano de Koral.

—No puedes dejarme —susurraba contra sus nudillos, con la voz rota por el cansancio—. No puedes irte, Koral. Despierta. Si tú desapareces... no queda nada. Se acaba todo.

Habían pasado tres días. Tres días en los que Ayazen apenas probó agua, rechazando cualquier intento de los guardaespaldas por llevarlo a descansar. Cuando el doctor entró para darle el reporte matutino, Ayazen ni siquiera lo miró.

—Los exámenes van bien, señor Verlkanur. Sus niveles de oxígeno son estables y la hemoglobina está subiendo. Todo va a estar bien —dijo el médico con cautela.

Ayazen se puso de pie lentamente, haciendo que el doctor retrocediera.

—Si hubiera hecho caso a mi orden —siseó Ayazen, con los ojos inyectados en sangre—, si hubiera salvado a mi omega primero sin dudar, él ya estaría despierto. Nada de esto estaría pasando si hubieran seguido mis instrucciones.

El doctor guardó un silencio tenso, sabiendo que no había lógica que valiera contra la desesperación de un alfa que sentía que su mundo se desmoronaba por su pareja. Sin decir más, Ayazen volvió a hundirse en su silla al lado de Koral.

Poco después, la puerta se abrió suavemente. Una enfermera entró empujando un carrito incubadora. El pequeño ser en su interior dormía profundamente, ajeno al caos que se encontraba alrededor por su llegada al mundo.

—Sáquenlo —ordenó Ayazen sin girar la cabeza—. He dicho que no quiero ver nada ahora mismo.

—Señor, es necesario —respondió la enfermera con suavidad—. El bebé necesita estar cerca de las feromonas de su madre para estabilizarse por completo, y el vínculo ayudará también al joven Koral. Es por el bien de ambos.

Ayazen apretó la mandíbula, pero no volvió a protestar.

Por primera vez, permitió que su mirada se desviara hacia el cristal de la incubadora.

Ahí estaba. Un bebé pequeño, envuelto en mantas blancas, con una mata de cabello negro azabache...

exactamente igual al suyo. El parecido era tan brutal que Ayazen sintió un golpe en el pecho.

Estiró una mano, sus dedos rozaron el frío cristal de la incubadora, pero antes de que pudiera procesar la conexión con su hijo, un sonido lo obligó a congelarse.

Fue un jadeo pequeño, apenas un roce de aire escapando de unos labios secos.

—¿Koral? —Ayazen se lanzó a su lado de inmediato, olvidándose del bebé y del mundo.

Los párpados de Koral temblaron, luchando contra la sensación de sedación, mientras Ayazen le tomaba el rostro con una desesperación que le hacía temblar las manos.

—Koral, mírame. Estoy aquí. Vuelve conmigo.

Los párpados de Koral volvieron a temblar, esta vez con más fuerza.

Se abrieron lentamente. Sus ojos, vidriosos y sin foco, vagaron por el techo blanco antes de posarse, vacíos, en el rostro de Ayazen.

No había reconocimiento en ellos, solo una confusión profunda, como si estuviera viendo un fantasma.

Su boca se movió, seca y agrietada. No salió ningún sonido al principio, solo un jadeo ahogado. Intentó de nuevo, y esta vez, un hilo de voz, tan débil que casi era un pensamiento, escapó de sus labios.

—...Mi... hijo...

La frase cortó a Ayazen en seco. Su primer pensamiento, al despertar de la tormenta, no era por él, ni por el dolor, sino por el bebé… por su hijo.

Ayazen apretó su mano, con lágrimas rodando libremente por sus mejillas, sin intentar siquiera ocultarlas.

—Sí, cariño, sí —dijo con voz quebrada—. Sí, está aquí. Está a salvo. Descansa, Koral, por favor, descansa.

Los ojos de Koral parpadearon lentamente, como si intentaran enfocar.

Parecía querer moverse, querer sentarse, querer buscar a su bebé con sus propias manos, pero su cuerpo no le obedecía.

Era un prisionero en su propia carne, pesado e inerte.

Un murmullo de frustración y pánico se escapó de su garganta.

—No... no puedo... moverme...

—No intentes —dijo Ayazen, pasándose una mano por el pelo desordenado—. Estás bien. Estás a salvo. El doctor dijo que tenías que descansar. Todo está bien.

Pero no estaba bien. El pánico comenzaba a asomar en los ojos de Koral, la lucha por recuperar el control de un cuerpo que se negaba a responder. Ayazen vio esa lucha y sintió una punzada de culpa tan aguda que le robó el aliento. Él era el responsable de ese terror.

—Enfermera —llamó Ayazen, su voz sonando más fuerte de lo que esperaba—. ¡Enfermera!

La puerta se abrió de inmediato y su expresión cambió de profesional a sorprendida al ver los ojos de Koral abiertos.

—Señor Verlkanur... se despertó. Voy a llamar al doctor de inmediato.

En segundos, un médico mayor, con el cabello canoso y una expresión amable pero seria, entró en la habitación. Se acercó a la cama, revisando los monitores de soporte vital.

—Buenos días, Koral —dijo con una voz suave—. Soy el Dr. Evans. Me alegra ver que está con nosotros. ¿Cómo se siente?

Koral intentó responder, pero solo pudo emitir un sonido ronco.

—No se preocupe por hablar —continuó el doctor, brillándole una pequeña luz en los ojos—.

El efecto de la anestesia todavía es fuerte.

Es normal que se sienta débil y desconectado.

Sus signos vitales son excelentes. La hemorragia se ha controlado por completo.

Le falta muy poco para que se estabilice del todo.

Solo necesita tiempo y descanso. Es un luchador, usted.

Ayazen escuchaba las palabras del médico, y por primera vez en horas, sintió que podía respirar. El pánico helado que lo había paralizado comenzaba a retirarse, dejando en su lugar un agotamiento abrumador. Se recostó en la silla, aflojando la tensión en sus hombros, y fue entonces cuando lo notó.

Sentía algo extraño en el pecho, justo encima de su corazón.

Una humedad cálida que se extendía a través de la fina tela de la camisa de hospital que le habían dado.

Bajó la vista, confundido. Había una mancha grande y oscura mojando su pecho.

Tocó la mancha con los dedos. Estaba pegajosa y caliente.

Levantó la mano a su nariz. No olía a sangre. Olía a... dulce. ¿A leche?

La enfermera, que estaba ajustando la vía de Koral, notó su expresión de confusión y siguió su mirada hacia la mancha en su pecho. Su propio rostro se suavizó en una comprensión instantánea y amable.

—Ah —dijo, con una pequeña sonrisa—. No se alarme, señor Verlkanur. Es completamente normal… Bueno, no del todo, pero no es algo malo.

Ayazen la miró, perplejo. ¿Normal? ¿Qué tenía de normal que estuviera produciendo leche...?

—Es leche, señor —explicó la enfermera en voz baja, para no incomodar a Koral, que estaba volviendo a cerrar los ojos, vencido por el esfuerzo—.

Leche. A veces, con el estrés del parto y la conexión tan fuerte con su omega, los alfas pueden experimentar una...

una simpatía hormonal. Un leve desarrollo de las glándulas mamarias.

No es nada preocupante, y se le quitará en unos días.

Es solo... una prueba del vínculo que tienen. Es bastante hermoso, en realidad.

Ayazen se quedó mirando su pecho, luego a Koral, y luego de nuevo a su pecho. Leche.

Se quedó allí, inmóvil, con la humedad de su propia leche secándose en su camisa, sintiéndose más extraño y más perdido que nunca.

Había salvado a Koral, pero en el proceso, se había perdido a sí mismo.

Y ahora, su propio cuerpo se burlaba de él, recordándole la vida que había creado y la familia que casi destruye.

Fue entonces que miró a su hijo que, a pesar del ruido de hace unos segundos, no se inmutaba en absoluto.

El bebé, pequeño y envuelto en una manta azul, dormía profundamente. Su pecho subía y bajaba con un ritmo tranquilo y regular, un pequeño milagro de paz en medio del caos.

Ayazen se encontró inclinándose sobre la incubadora, su rostro a solo centímetros del plástico transparente.

No era el bebé de sus pesadillas, no era el símbolo de su culpa ni el precio de su traición.

Era solo un bebé, era su hijo. Tenía los pómulos altos de un Verlkanur, eso era innegable, pero la delicadeza de sus facciones, la curva suave de su barbilla...

eso era todo Koral. Era su hijo, pero también era el hijo de Koral.

Una mezcla perfecta y dolorosa de su amor y su fracaso.

—Es un niño muy tranquilo —dijo la enfermera a su lado, con voz suave—. La mayoría de los bebés que pasan por lo que él pasó están mucho más inquietos. Parece que ya se siente seguro al estar con sus padres.

Ayazen no pudo apartar la vista de él. Quería tocarlo, sentir su suave piel, pero sentía las manos sucias. Temía que su tacto contaminara ese pequeño trozo de perfección.

—¿Podemos... dejarlo aquí un poco más? —preguntó Ayazen, su voz apenas un murmullo—. Quiero que esté aquí cuando Koral despierte de verdad. Para que lo vea.

La enfermera le sonrió.

—Claro que sí, señor Verlkanur. A veces, el contacto y la presencia familiar son el mejor medicamento. Lo dejaremos aquí. Avisaremos si algo cambia.

Asintió, sin dejar de mirar a su hijo. Ahora, viendo a ese pequeño rostro sereno, una nueva realidad lo golpeó con la fuerza de una ola.

No lo había nombrado. Koral había pensado en varios nombres desde que se enteraron de que era un niño, llenando noches de insomnio con listas y significados, buscando el nombre perfecto para su hijo.

Koral le había hablado de «Liam» y «Noah», de «Ethan» y «Lucas».

Pero ahora... ahora no. No podía ser él.

No tenía derecho. Tenía que ser Koral quien lo decidiera.

Tenía que ser Koral quien le diera un nombre a esta nueva vida, porque él casi se la quita.

Sonrió, una sonrisa triste a su hijo que seguía con los ojos cerrados. Tendría que esperar a Koral. Tendría que esperar a que su omega le diera a su hijo el regalo de un nombre.

Fue entonces que se sintió. El olor a sudor seco en su camisa, la pegajosidad de la leche en su pecho y la tensión de los últimos días.

Miró su reflejo distorsionado en el cristal de la incubadora y vio a un hombre demacrado, con los ojos huecos y la barba incipiente oscureciendo su rostro.

No podía dejar que Koral lo viera así. No podía dejar que su hijo conociera a su padre por primera vez desde este estado de ruina.

—Tengo que... —empezó a decirle a la enfermera, pero ella ya se había ido.

Se irguió, tomando una decisión. Necesitaba un baño, necesitaba ropa limpia y necesitaba borrar, aunque fuera por un momento, la evidencia de los últimos días de infierno.

Salió de la habitación, sus pasos resonando en el silencio del pasillo. Sacó su teléfono, con la mano temblando ligeramente, y marcó el número de su conductor.

—Ven a buscarme. Ahora —dijo con voz ronca—. No, no en la entrada principal. En la salida de servicios de la planta baja. Rápido.

Mientras esperaba, se dirigió a los baños del personal.

Se miró en el espejo y apenas se reconoció.

El hombre que le devolvía la mirada era un fantasma, un extraño con los ojos rojos y la cara marcada por la agotación y la culpa.

Se quitó la camisa manchada y la arrojó a la basura con una violencia que le costó esfuerzo.

Se lavó la cara y el pecho con agua fría, frotándose con fuerza como si intentara limpiar no solo la suciedad, sino también los recuerdos.

El conductor lo esperaba en un SUV negro y discreto. El viaje de vuelta a la cabaña fue un silencio tenso. Ayazen no dijo una palabra, simplemente miró por la ventana, viendo los árboles y el cielo pasar sin registrarlos. Su mente estaba en el hospital y en dos personas que lo necesitaban.

La cabaña estaba exactamente como la habían dejado.

Había una mancha de sangre seca y oscura en la alfombra blanca, como una flor macabra.

El olor a miedo aún impregnaba el aire. Ignorándolo todo, subió las escaleras y se dirigió a su armario.

Se duchó, el agua caliente quemando su piel, un castigo que sentía que merecía.

Se vistió con ropa limpia, unos pantalones oscuros y una camisa de algodón gris, intentando recuperar una pizca de la persona que solía ser.

El viaje de vuelta al hospital pareció durar una eternidad sin antes ordenar la limpieza de la cabaña. Cada minuto que pasaba fuera de allí era un minuto demasiado largo. Su corazón latía con ansiedad. ¿Y si Koral se despertaba y él no estaba? ¿Y si el bebé lloraba y él no estaba?

Dos horas después de haberse ido, volvió a entrar en el hospital. Esta vez, su paso era más firme, su rostro estaba limpio, aunque la sombra en sus ojos seguía ahí. Caminó por el pasillo familiar, con un nudo de miedo apretándose en el estómago.

Llegó a la puerta de la habitación. Estaba entreabierta. Empujó suavemente y entró.

Y se paralizó.

Koral estaba sentado en la cama, con las almohadas apoyadas en la espalda. Ya no tenía la máscara de oxígeno. Su piel todavía estaba pálida, y había ojeras oscuras bajo sus ojos, pero estaba despierto. Estaba vivo.

Y en sus brazos, sostenía a su hijo con delicadeza.

El bebé estaba despierto ahora, con los ojos abiertos, mirando el mundo con curiosidad.

Koral lo miraba, no con el miedo y la confusión de la última vez que lo había visto, sino con un amor tan puro y tan abrumador que le quitó el aliento a Ayazen.

Koral sintió su presencia y levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Ayazen a través de la habitación. No hubo reproche. Solo una profunda y silenciosa tristeza, y un amor que, milagrosamente, no había cambiado.

Ayazen se quedó allí, paralizado en el umbral, mirando la escena.

Su omega y su hijo. Su familia. La familia que él casi había destruido y que, de alguna manera, seguía existiendo.

La culpa, el alivio, el amor y el arrepentimiento lo inundaron todo a la vez, dejándolo sin aliento, sin palabras, sin nada más que la imagen de los dos seres más importantes de su vida, reunidos por fin, y el terrible conocimiento de que él no merecía estar en la misma habitación que ellos.