Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 32 | ESPERANZA.
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CAPÍTULO 32 | ESPERANZA.

El viaje en el coche fue una tortura para todos.

Cada bache en el camino de grava, cada curva brusca que el conductor tomaba por los gritos de Ayazen, enviaba una nueva ola de dolor desgarrador a través del cuerpo de Koral.

Estaba recostado en el asiento trasero, con las piernas dobladas y las manos aferradas a su vientre, como si pudiera sostener a su hijo dentro por la fuerza de su voluntad.

La sangre había manchado el asiento de cuero y las manos de Koral.

Ayazen no quería verlo, no lo soportaba; tenía los ojos fijos en el camino, como si eso pudiera aliviar la desesperación que comenzaba a sentir cada vez más fuerte.

No podía estar sucediendo esto. Incluso si era lo que estaba pasando, él no había planeado que nada de esto ocurriera; jamás lo pensó así.

Todo estaba yendo bien, todo iba a ir bien.

Koral estaba tranquilo en la cabaña, estaban tranquilos, como la familia que eran…

pero, como siempre, Maksim tenía que aparecer para arruinarlo todo. Siempre fue así.

Debió haber cerrado la boca desde el momento en que se hizo el trato…

¿por qué fue? ¿Qué era lo que quería ganar haciendo un escándalo?

Creía… realmente creía que no lo volvería a joder, pero lo había vuelto a hacer, como siempre.

Ahora ese caos había atrapado a Koral… a su Koral, y no solo a él, sino también a su hijo, a su familia. Todo por… por él.

Ayazen sabía que era un idiota y el culpable, lo sabía. Y culpar a Maksim, a pesar de odiarlo con todo su corazón, no cambiaría ese hecho, por más que quisiera hacerlo. Maksim hizo lo que hizo por la misma razón por la que Ayazen recurrió a entregarlo a él…

Mierda.

Una gota cayó en su mano, y notó que era su propia lágrima… estaba llorando. No pudo evitar voltear.

Koral…

El zumbido en su oído se desvaneció, dando paso a los gritos de dolor de Koral.

La clínica más cercana no era un hospital público.

Era una instalación privada y discreta anidada en las colinas, un lugar donde las familias de dinero iban a evitar los ojos del público.

La entrada era un portón de hierro que se abrió silenciosamente para dar paso al coche.

Un equipo de médicos y enfermeras los esperaba, ya alertados por la llamada frenética de Ayazen desde el coche.

Lo sacaron con una camilla, y Koral se sintió como una masa mientras lo trasladaban a través de pasillos silenciosos y fríos que lo callaban sin decir nada.

En la sala de parto, las luces del techo eran cegadoras, haciendo que cerrara los ojos por cómo deslumbraban.

Koral fue transferido a la cama de metal, y una enfermera comenzó a cortarle la ropa con unas tijeras sin decir nada, y a pesar del pánico que comenzaba a aumentar, no pudo formular ni una sola palabra.

Otra le insertó una aguja en el dorso de la mano, y el líquido frío corrió por sus venas.

A través de todo, el dolor era lo único real.

Eran contracciones ahora, espantosas y sin piedad, una tras otra, sin darle tiempo a recuperarse.

Su cuerpo, que había sido un refugio para su hijo durante ocho meses, se había convertido en una prisión para él.

Ayazen estaba a su lado, con un barbijo quirúrgico azul cubriéndole la mitad del rostro, pero sus ojos estaban fijos en el monitor que registraba las señales vitales suyas y del bebé.

—Necesitamos inducir el parto —dijo un médico con voz tranquila, mirando el formulario de su ficha junto a los del monitor—.

La presión está bajando. El bebé está entrando en estrés.

Pero para un omega varón en estas condiciones, un parto natural es de alto riesgo.

La pelvis no está diseñada para... bueno.

Debemos prepararnos para una cesárea de emergencia.

La palabra «cesárea» resonó en la cabeza de Koral. Empezó a llorar, lágrimas silenciosas que se deslizaban por sus sienes hacia el cojín.

—No... no quiero —sollozó, hablando por fin, aunque sabía que no tenía elección—. Quiero que esté bien... mi bebé debe estar bien... tiene que estar bien.

—Lo estará, Koral —dijo Ayazen, con una voz dura, intentando con toda su fuerza no sonar temblorosa—. Los mejores médicos están aquí. Harán lo que sea necesario.

Pero Koral no lo escuchaba. El dolor dentro de él, desgarrándolo, lo hacía sentir que moría. Una enfermera se acercó con una jeringa grande y una aguja larga y gruesa, que lo hizo jadear mucho más fuerte con una gran ola de dolor al subir por su cuerpo.

—Es la epidural —dijo con una voz suave que no logró ser reconfortante—. Te aliviará el dolor. Necesito que te quedes muy quieto.

—Ayazen... —gimoteó—. Ayúdenme... por favor...

Ayazen dio un paso adelante, su mano extendida para tomar la de Koral. Pero justo cuando sus dedos estaban a punto de tocarse, Koral los retiró como si se hubiera quemado al sentir otra ola de dolor que lo hizo removerse, pero fue sujetado por un enfermero que lo mantuvo quieto.

—Vamos, un poco más... —murmuró la enfermera, mientras Koral sentía un frío intenso y agudo en su espalda baja, seguido de una punzada aguda mientras la aguja penetraba en su columna vertebral.

Koral gritó. Un grito desgarrador que perforó en lo profundo a Ayazen.

—Tiene que estar bien... mi bebé tiene que estar bien... por favor, que esté bien...

♦ ◊ ♦

La anestesia se extendió por el cuerpo de Koral como una marea helada, ahogando el dolor pero dejando a su paso una conciencia aterradora y flotante.

Podía sentir el tirón y la presión en la otra mitad de su cuerpo, una sensación remota y violenta, como si estuvieran desmembrando a otra persona en la misma habitación.

Sus lágrimas continuaban fluyendo, silenciosas ahora, mientras sus ojos, vidriosos por los fármacos, se fijaban en el panel del techo.

Una enfermera se acercó para secarle el sudor de la frente con una gasa.

El médico, con el rostro impasible detrás de una mascarilla, observaba los monitores.

Vio la línea del latido cardíaco del bebé, que se había vuelto errática y débil.

Vio los signos vitales de Koral, que luchaban por mantenerse estables.

Luego, su mirada se desvió hacia la puerta, donde Ayazen estaba parado, con los ojos fijos en el omega.

El médico le hizo una señal a la enfermera jefe. Ella asintió, acercándose a Ayazen.

—Señor Verlkanur —dijo, su voz baja pero clara—. Necesito que me escuche con atención.

Ayazen se giró lentamente, sus ojos despegándose de la figura de Koral en la cama.

—La situación es crítica —continuó—. El bebé está en estrés severo.

Su corazón no está resistiendo el procedimiento.

Por otro lado, el estado del omega es frágil.

La pérdida de sangre y el shock han comprometido su sistema.

Estamos haciendo todo lo posible, pero...

estamos llegando a un punto donde las decisiones se vuelven difíciles. Muy difíciles.

Hizo una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire.

—Señor, puede que tengamos que elegir. Podemos concentrar todos nuestros esfuerzos en estabilizar al bebé para que nazca, pero eso podría agotar los recursos...

y podríamos perder al omega. O podemos centrarnos por completo en el omega, en detener la hemorragia y mantener sus signos estables, pero...

el bebé podría no sobrevivir a la demora.

Puede que tenga que elegir. Entre su omega o su hijo.

El mundo de Ayazen se detuvo. Las palabras le golpearon en seco.

Una elección. Elegir entre la vida de Koral y la de su hijo.

La vida que amaba y la vida que había creado.

La vida que había prometido proteger a toda costa y la vida que había sido la excusa para su crueldad.

Miró a Koral, pálido e inmóvil, con los ojos cerrados.

Vio la máquina que lo mantenía con vida.

—A él —dijo Ayazen—. A mi omega.

La enfermera asintió.

Ayazen caminó hasta la salida de la habitación…

no podía ver si es que su elección se hacía realidad.

Se detuvo, giró y miró a Koral una última vez.

Su omega. El hombre que había traído a su vida y que estaba a punto de perder por su propia estupidez.

La culpa, el arrepentimiento y un amor tan profundo que dolía lo inundaron por completo.

Salió del pasillo con pasos torpes, como si estuviera herido, y una vez fuera, golpeó la pared con toda su fuerza.

El dolor en su nudillo no era nada comparado con el que sentía en su alma.

Se apoyó contra la pared fría, con la cabeza entre las manos, sin saber qué hacer, sin saber cómo arreglar el desastre que había creado.

Mientras pensaba en Koral, en su sonrisa, en su ternura, en su perdón, una pregunta lo atormentó.

¿Koral lo perdonaría si supiera que había elegido salvarlo a él en lugar de su hijo?

No. No podría. Nadie perdonaría algo así.

Era una carga que tendría que cargar solo, una deuda que nunca podría saldar.

Se había convertido en el monstruo que siempre temió ser.

Siempre lo fue…

Y fue entonces, en el silencio de su propia desesperación, cuando lo escuchó.

Un sonido débil al principio, casi imaginado. Luego más fuerte. Un llanto. El llanto agudo y claro de un recién nacido. Un llanto que llenó el pasillo, que atravesó el cristal y el metal y llegó hasta él, desgarrando su corazón en mil pedazos.

Su hijo.

♦ ◊ ♦

El zumbido constante de los motores del reactor era un sonido de libertad.

Ray estaba sentado junto a la ventana, con el bebé durmiendo profundamente en un porteo ajustado a su pecho.

El pequeño respiraba con un ritmo suave y regular, un contraste pacífico con el caos que los había impulsado a subirse a ese avión con rumbo a su libertad.

Afuera, el sol se ponía sobre el océano, tiñendo las nubes de naranja y violeta.

Era una escena hermosa, irreal, como si estuvieran volando hacia un mundo completamente nuevo.

Maksim estaba a su lado, rígido en su asiento de primera clase.

Había cambiado el traje arrugado por unos pantalones oscuros y un suéter de cachemir de cuello alto, pero la tensión no lo había abandonado.

Sus ojos se movían sin descanso, escaneando la cabina del avión, evaluando a cada pasajero, a cada sobrecargo.

Cada vez que alguien se levantaba para ir al baño, sus músculos se tensaban.

Un sobrecargo se acercó a ellos, con una sonrisa. Llevaba una bandeja con dos copas de champán.

—¿Les gustaría algo de beber, señores? —preguntó, su voz suave y discreta.

Ray negó con la cabeza, acunando instintivamente al bebé.

Maksim lo miró fijamente, sin responder.

El sobrecargo no se inmutó. Con un movimiento fluido, dejó la bandeja en la mesa de apoyo entre sus asientos.

Pero cuando retiró su mano, también dejó un sobre blanco y grueso sobre la mesa, junto a las copas.

No dijo nada más, simplemente asintió y continuó su camino por el pasillo, como si nada hubiera pasado.

El corazón de Maksim dejó de latir por un segundo. La sangre se heló en sus venas. Un sobre. La paranoia que lo había consumido durante el viaje hacia el aeropuerto se materializó de repente en ese simple rectángulo de papel. Los habían encontrado.

Sus dedos temblaban visiblemente cuando tomó el sobre. Ray lo miró, con el miedo reflejado en sus ojos.

—Maksim... —susurró.

—Guarda silencio —susurró Maksim.

Con un movimiento brusco, rompió el lacre y deslizó los dedos dentro. Sacó tres pequeños libretos de color azul oscuro. Pasaportes.

Los abrió con manos temblorosas. El primero lo mostraba a él, pero no era él. Debajo de la foto, en letras doradas, se leía: Dario Burg.

El segundo pasaporte lo mostraba a Ray. Su nombre era Azery Burg. El apellido los unía.

El tercero era el más pequeño. Una foto del bebé, tomada probablemente mientras dormía en el hospital, con los ojos cerrados y la boquita entreabierta. Debajo, un nombre que hizo a Maksim contener la respiración: Luca Burg.

Maksim se quedó mirando los tres pasaportes. ¿Quién? ¿Cómo? Buscó con la mirada, desesperado, a través de la cabina. El sobrecargo ya no estaba. Los demás pasajeros estaban absortos en sus películas o sus libros. Nadie les prestaba atención.

Fue entonces cuando vio la nota. Un pequeño trozo de papel doblado dentro del sobre, junto a los pasaportes. Lo desenvolvió con dedos torpes. La caligrafía era familiar. Solo había una frase:

«Nadie los encontrará, hijo.»

Maksim leyó la frase una y otra vez. La voz de su padre resonó en su cabeza, no con el desdén que recordaba, sino con una extraña nota de...

¿permiso? ¿Absolución? No era una trampa.

Era un empujón. Un corte final de los lazos que lo ataban a ese mundo.

Su padre, el hombre que lo había tratado como un secreto y un estorbo invisible toda su vida, le estaba dando la clave para desaparecer por completo.

Miró a Ray, cuyo miedo se estaba convirtiendo en confusión. Luego miró los pasaportes en sus manos. Dario, Azery y Luca Burg.

Una nueva familia.

Una nueva vida.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió una punzada de algo que no era miedo ni rabia.

Era esperanza.