CAPÍTULO 31 | VÁMONOS.
Koral se soltó del agarre del guardaespaldas con una fuerza que no sabía que tenía.
Ignoró el dolor punzante en su costado y caminó con pasos temblorosos hacia donde arrastraban a Maksim.
Los hombres de seguridad se interpusieron en su camino, formando una barrera humana frente a la entrada de la cabaña.
—Apártense —ordenó Koral con voz temblorosa—. Soy el esposo de Ayazen Verlkanur. Soy un Verlkanur. Tienen que obedecerme. Ahora mismo quiero pasar.
Los guardaespaldas se miraron entre sí, intimidados por la mirada vidriosa del omega, y finalmente cedieron, abriéndole paso.
Koral caminó justo cuando Ayazen irrumpía como un animal salvaje detrás de él, incapaz de siquiera sostenerlo, con las venas del cuello marcadas y los ojos inyectados en sangre.
—¡Koral, vete a la habitación! —gritó Ayazen, acercándose a él para intentar sacarlo—. ¡Esto no es bueno para el niño! ¡No deberías estar escuchando esta mierda!
—¡Cállate, Ayazen! —le gritó Koral, plantándole cara con una molestia que lo dejó mudo—. No soy un objeto que puedas guardar y ocultar a tu conveniencia.
Koral se giró hacia Maksim, que estaba tirado en el suelo, respirando con dificultad.
—Habla —le exigió Koral con el corazón en la boca—. Dime qué diablos está pasando. Por qué estás aquí y de qué intercambio hablas.
Maksim soltó una carcajada ronca, escupiendo un poco de sangre sobre la alfombra.
—Los Bessonov ya lo saben, Koral... Saben del cambio que hizo tu flamante esposo. Enviaron regalos al hospital para «su» futuro integrante de familia.
Koral sintió que el mundo se detenía; eso significaba que Ray había dado a luz.
Sabía que los Bessonov eran dueños de farmacéuticas y hospitales de prestigio, pero la mirada de Maksim le decía que había algo mucho más oscuro detrás de esos nombres.
No. No. No podía ser… Koral había escuchado cosas durante todos estos años…
lo sabía bien, pero es más feliz un ignorante que alguien que sabe algo.
—Son parte de la mafia rusa, Koral —soltó Maksim, viendo cómo el rostro del omega se desencajaba—.
Hubo problemas internos, y ahora la mafia turca está sobre el cuello de los Verlkanur.
¿Y sabes cuál fue la brillante solución de Ayazen?
Entregar a su hijo en compromiso para calmar las aguas del infierno de la familia que tenemos.
Pero como él ama tanto lo que tienes ahí dentro, entregó al mío, como si no valiera nada.
Firmó un papel donde mi hijo le pertenece a ellos a cambio del tuyo.
Koral retrocedió un paso, sintiendo un frío recorrerle la columna.
—Solo es un bebé... —susurró Koral, mirando a Ayazen con horror—. ¿Hiciste eso? Tú…
—Deberías agradecerlo —escupió Ayazen, volviéndose hacia Maksim con desprecio—.
Deberías hacer al menos algo por la empresa.
Cuando no haces nada más que ser un estorbo desde que llegaste a mi familia.
Lo mínimo que puedes hacer es aceptar el trato y servir para algo por una puta vez. En lugar de dañar mi familia de nuevo.
—No…
Koral se llevó las manos al vientre, cubriéndolo de forma protectora, mientras las lágrimas empezaban a caer sin control. El pánico lo inundó al comprender la magnitud de la crueldad de los hombres que lo rodeaban.
—Quieren a su hijo, al mío... —sollozó Koral, sintiendo que el aire le faltaba—. No... Ayazen, no puedes hablar así. Solo son niños... ¡Son bebés! ¡¿Cómo pueden usarlos como si fueran mercancía?!
El silencio que siguió fue aterrador. Koral miró a Ayazen, dándose cuenta de que el hombre al que amaba era capaz de sacrificar cualquier sangre que no fuera la suya con tal de que nada afectara su realidad.
El hombre que lo amaba y que le había prometido un refugio, era el mismo que había firmado la sentencia de un niño, sin importarle nada.
—¿Es verdad, Ayazen? —preguntó Koral, su voz hecha apenas un susurro tembloroso—. ¿Lo firmaste? ¿Firmaste el papel que entrega al hijo de Maksim?
Ayazen se quedó inmóvil. La furia en sus ojos se desvaneció, reemplazada por un pánico que intentó ocultar con dureza. Abrió la boca para mentir, para minimizarlo, para decirle que era más complicado, pero se encontró con la mirada de Koral. Una mirada que sabía muy bien que no podía engañar.
—Koral... —empezó a decir con voz ronca.
—¡Dímelo! —gritó Koral, con una fuerza que le salió de las entrañas—. ¡Mírame a los ojos y dímelo!
Ayazen cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la verdad estaba allí, desnuda y monstruosa. Había llegado de frente, cruda y ruda.
—Sí —admitió—. Lo firmé.
Koral soltó un sonido ahogado, como si le hubieran golpeado el estómago. Dio otro paso atrás, tropezando con la pata de una mesa. Se apoyó en ella, con la respiración entrecortada. El mundo se tambaleaba. La cabaña se sentía ahora como una jaula que cada vez se hacía más pequeña.
—¿Por qué? —sollozó—. No entiendo… no, no puedo… ¡Son solo niños! ¿Acaso nuestro hijo…
—¡Nunca! —gritó Ayazen, dando un paso hacia él—.
¡Nunca te tocaría a ti ni a nuestro hijo!
¡Por eso lo hice! ¡Para protegerlos! ¿No lo entiendes?
¡Era la única manera de mantenerlos a salvo!
¡Los Bessonov son lobos, Koral, y los turcos son hienas!
¡Querían a mi heredero, a ti, a nuestro bebé!
¡Les di el único otro Verlkanur que tenía a mano para que se fueran de nuestro camino!
La justificación era aún peor que el acto.
Koral lo miró, y por primera vez, no vio al hombre que amaba.
Vio a un Verlkanur. Vio a un monstruo de sangre fría a quien no le importaba nada.
Vio la misma indiferencia que había visto en el padre de Ayazen, en su propio padre… en todos los que los rodearon una vez.
—Así que para salvar a tu familia... destruiste la de él —dijo Koral, mirando a Maksim derrotado—. No hay diferencia, Ayazen. Ninguna. Eres igual que ellos.
—No —negó Ayazen, sacudiendo la cabeza—. No soy como mi padre. No lo soy. Soy tu esposo y todo lo que hago es para proteger a nuestra familia.
—Sí lo eres —susurró Koral, con las lágrimas cayendo sin cesar—. Y tengo miedo. Tengo miedo de ti. Tengo miedo del bebé que llevo dentro, creciendo en medio de esta... plaga.
Se giró; quería irse. Incluso si todo a su alrededor se movía como un torbellino, quería escapar.
Quería que su hijo nunca viviera en un mundo así, un mundo donde la sangre de tu propia familia podía ser negociada como si fuera un juego de ajedrez.
No podía dejar que Ayazen... no. Realmente no sabía qué hacer, eso era lo peor de todo.
¿Haría él lo mismo por su hijo? La respuesta lo aterrorizaba, porque sabía con certeza que haría cualquier cosa.
Y Maksim... no podía juzgarlo ni a él. Maksim estaba luchando por su hijo de la única forma que le quedaba. ¿Quién era él para condenarlo?
Pero… su hijo. Su hijo estaba indefenso, y esto… no podía dejar que viviera todo esto. Tenía que protegerlo. Tenía que sacarlo de aquí.
Dio un paso atrás, con la intención de correr hacia la puerta, de salir al aire libre, lejos de esos ojos, de todo.
Pero una punzada aguda y violenta en su abdomen lo detuvo en seco.
No fue como las otras contracciones, las prácticas, las que había leído en los libros.
Esta fue una garra afilada que se clavó en sus entrañas, desgarrándolo por dentro.
Un grito de dolor se le escapó de los labios. Sus manos se apretaron contra su vientre, y el mundo se oscureció por un instante. Sintió cómo las piernas se le doblaban y cómo el suelo se precipitaba hacia él.
—Koral —gritó Ayazen, corriendo a su lado y atrapándolo justo antes de que cayera al suelo.
Pero cuando lo levantó entre sus brazos, el pánico en los ojos de Ayazen se convirtió en horror puro.
Koral jadeaba, con la cara contorsionada por el dolor, y sus ojos, vidriosos por el shock, se fijaron en algo que lo heló hasta los huesos.
Un charco de líquido oscuro y rojizo se formaba rápidamente donde él había estado de pie.
—No... no, no, no —murmuró Ayazen.
La sangre. La sangre de su omega.
La sangre de su hijo.
—¡TRAIGAN EL COCHE AHORA! ¡AL HOSPITAL MÁS CERCANO! ¡MUÉVANSE! —gritó Ayazen, volviéndose hacia los guardaespaldas.
Antes de salir, se giró una última vez. Sus ojos, llenos de una furia, se clavaron en Maksim, que todavía estaba arrodillado en el suelo, con el rostro pálido y la mirada perdida.
—Deberías hacer algo por esta familia por una vez en tu vida, Maksim —dijo Ayazen, su voz baja—. Acepta tu responsabilidad. Deja de ser un estorbo inútil y arruinar a mi familia.
Maksim se irguió a la defensiva, a punto de replicar, pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta al ver a Koral en los brazos de Ayazen, con la cabeza echada hacia atrás, jadeando del dolor.
Vio la sangre. Vio el terror en los ojos de su medio hermano, un terror que él mismo sentía ahora en su propio pecho.
Se quedó allí, inmóvil, mientras Ayazen se perdía por la puerta con lo más preciado de su vida entre sus brazos, y el eco del dolor de Koral era lo único que podía escuchar.
—Tienes razón… —susurró.
♦ ◊ ♦
Ray estaba sentado en una cómoda silla junto a la ventana de la habitación privada, con su bebé en brazos.
El pequeño se alimentaba con calma, succionando con suavidad del pecho.
El omega lo miraba con ternura, acariciando su cabecita clara con la yema de los dedos; había heredado el cabello rubio de su padre.
La habitación olía a leche y a las feromonas dulces de Ray; había rastros de las feromonas de Maksim aún sobre ellos, lo que calmaba al bebé.
Era como la paz, a pesar de que nunca había sentido ese sentimiento.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, rompiendo el silencio, pero sin alterar el ambiente.
Maksim entró. El traje caro que llevaba puesto esa misma mañana estaba arrugado y manchado.
Un corte profundo partía su labio inferior, y un hematoma morado y violento empezaba a formarse en su mandíbula.
Tenía la mirada desquiciada, los ojos vidriosos y moviéndose sin enfocar, como si huyera de algo que estaba justo detrás de él.
Pero al ver a Ray y a su hijo, algo en su expresión se suavizó.
Ray levantó la vista, sorprendido. Notó de inmediato los ojos enrojecidos de Maksim, las lágrimas que no había podido contener durante el camino, que habían dejado marcas limpias en sus mejillas.
—Maksim... ¿qué pasó? —preguntó en voz baja, sin dejar de acunar al bebé, cuyo ritmo de succión se volvió un poco más rápido, como si las feromonas de su padre, ahora más intensas, lo animaran.
Maksim cerró la puerta tras de sí con un suave clic que sonó final. Se acercó, arrodillándose frente a Ray. Apoyó las manos en los muslos del omega, y el temblor de sus dedos se transmitió a través de la tela del pantalón del pijama de Ray. Su voz salió ronca y quebrada.
—No quiero que sufras. No quiero que nuestro hijo sufra lo mismo que yo sufrí... ni lo que tú estás sufriendo ahora.
Ray lo miró desconcertado, frunciendo el ceño. Sus dedos se detuvieron en el cabello del bebé. El miedo era una presencia constante en su vida desde que Maksim entró en ella, pero esto era diferente.
—¿De qué estás hablando?
Maksim tragó saliva, el sonido audible en el silencio. Tomó aire, mirando al suelo, tomando valor para hablar.
—Tenemos que irnos. Hoy. Ahora.
Ray parpadeó, confundido. El bebé soltó un pequeño sonido de satisfacción al pecho y siguió amamantando tranquilo, ajeno a la tormenta que se desataba a su alrededor.
—¿Irnos? ¿Adónde?
—A Alemania, a Bachendorf. Nadie nos encontrará allá. Es un pueblo pequeño y tranquilo. Lejos de todo esto... lejos de los Verlkanur, de los Bessonov, de la mafia turca, lejos de todo.
Ray se quedó en silencio, procesando las palabras. Era claro que era un sueño imposible. No con lo que eran… y los apellidos que cargaban y el mundo que los rodeaba…
Maksim se levantó. Caminó hasta la pequeña maleta de viaje que había dejado junto a la puerta y la abrió frente a Ray, como si revelara un secreto.
Dentro no había ropa ni accesorios o cosas para el bebé.
Solo había fajos y fajos de billetes perfectamente ordenados, atados con bandas de plástico.
Billetes de cien, de cincuenta, una montaña de papel verde que brillaba bajo la luz tenue de la habitación.
—Tengo cinco maletas más como esta —dijo Maksim—.
Suficiente para empezar de cero. Suficiente para que nunca nos falte nada.
Podemos comprar una casa, cambiarnos de nombre si es necesario...
pero tenemos que irnos antes de que sea demasiado tarde.
Antes de que se den cuenta de que estoy rompiendo las reglas.
Ray miró el dinero, luego a su hijo en sus brazos, y finalmente a Maksim. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Estás hablando en serio?
—Nunca he hablado más en serio en mi vida —respondió Maksim.
Se acercó de nuevo y se arrodilló una vez más frente a él, tomando el rostro de Ray con ambas manos, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos—.
No quiero que nuestro hijo crezca como una moneda de cambio.
No quiero que tú sigas viviendo con miedo.
Quiero darte una vida de verdad... aunque sea lejos de todo lo que conoces. Aunque sea lejos de todo.
Ray cerró los ojos un segundo. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y cayó sobre el pelo suave de su hijo.
—...Está bien —susurró, abriendo los ojos—. Vámonos.