Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 30 | REFUGIO. #2
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CAPÍTULO 30 | REFUGIO. #2

—Koral, no tienes que... —empezó a decir Ayazen, sintiendo un calor recorrerle todo el cuerpo.

Era esto lo que quería evitar.

—Quiero hacerlo —lo interrumpió Koral, susurrando con esa voz seductora que tanto enloquecía a Ayazen—. Quiero hacerte sentir bien... Yo sé que estás muy preocupado por nuestro hijo y por mí, pero mi amor… Yo sé cómo solucionarlo.

Y con esas palabras, se inclinó.

Ayazen soltó un gruñido bajo, un sonido que salió de lo más profundo de su pecho, cuando los labios calientes y húmedos de Koral lo rodearon.

El omega lo hizo con una delicadeza que lo desarmó por completo.

Sentía la lengua de Koral subir lentamente hasta volver a succionarlo con tal fuerza que lo hacía jadear.

Los ojos de Koral se mantuvieron en los de él durante un tiempo, viendo cómo el placer y la tensión se liberaban del rostro de su alfa, reemplazados por una expresión indescifrable.

Se sentía increíblemente poderoso al verlo así, vulnerable y completamente suyo.

Ayazen se dejó llevar, perdiéndose en la sensación, y en las suaves feromonas de Koral.

Cuando el orgasmo lo golpeó, fue intenso y liberador.

Se derramó en la boca de Koral con un gemido ahogado, temblando de pies a cabeza.

Koral se limpió delicadamente con la parte posterior de su mano y se levantó, sonriendo. Ayazen lo tomó en sus brazos, suspirando.

—Te amo —murmuró Ayazen—. No tienes que hacerlo…

—Yo también a ti —respondió Koral, abrazándolo con fuerza, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido de su corazón, que por fin volvía a un ritmo normal—. No me digas qué hacer.

♦ ◊ ♦

El verano dio paso a un otoño crujiente y dorado.

Los meses en la cabaña pasaron rápido y lento a la vez.

La tensión inicial de Ayazen se fue disolviendo, reemplazada por una calma que Koral no sabía que era capaz de sentir.

El alfa había reducido sus viajes a la ciudad al mínimo, manejando los negocios de Valakan desde su oficina improvisada en la cabaña, a menudo con Koral sentado a sus pies o leyendo en el sofá mientras él trabajaba.

Eran felices.

Eran una familia.

Un día de finales de octubre, mientras Ayazen estaba en una conferencia telefónica con Tokio, el teléfono de Koral sonó. Era Blair.

—¡Koral, cariño! ¡No me creerás! —exclamó la voz de su amiga al otro lado de la línea, llena de la energía que la caracterizaba—.

Estoy en el aeropuerto, me voy a Europa.

¡A Europa! Hay una subasta en Ginebra y una de las carteras Birkin que he estado persiguiendo durante años, la que tiene el hardware de diamantes de platino, va a estar allí.

¡Es una señal del universo! ¡Tengo que tenerla!

Koral soltó una risa, sentado en el porche trasero, con un suéter grueso por el fresco de la tarde.

—¿Te vas a volar a Ginebra por una cartera, Blair? Eres increíble. No has vuelto y no nos diste ninguna explicación, pero lo suponía. Eres la representación del fast fashion.

—¡No es «una» cartera, es la cartera! —replicó ella, ofendida—.

Además, no es solo por eso. Necesito un cambio de aires.

Y las tiendas en Milán y París están llamando mi nombre.

Escúchame, amor, lamento mucho que no pueda volver para tu baby shower, pero te enviaré el regalo más grande y caro de todos, lo juro.

Y tú sabes, no puedo alejarme de la ciudad, hay muchos eventos esta temporada. ¿Me perdonas?

—Claro que te perdono —dijo Koral—. Solo mantente a salvo y envíame fotos.

—¡Siempre! ¡Besos a la futura mamá celebridad y a mi pequeño ahijado! ¡Los amo!

La llamada terminó, y Koral sonrió, apoyando la espalda en la silla de mimbre.

El otoño los envolvía con su paleta de ocres y rojizos, y la vida en la cabaña se había convertido en una rutina muy cálida para el corazón de Koral; siempre había soñado con una vida así.

Ayazen, aunque todavía estaba obligado a mantenerse cerca de la empresa, estaba más presente con Koral y su hijo.

Sus manos ya no temblaban ligeramente cuando le servía el té, y sus ojos ya no tenían esa sombra de pánico constante, después de la amenaza que ya no se sentía cerca.

Se habían refugiado allí, y por primera vez en mucho tiempo, el refugio parecía real.

Los meses volaron. Koral estaba en su octavo mes, enorme y radiante, moviéndose con lentitud por la cabaña.

El lazo con Ayazen se había convertido en todo menos un tema para hablar, estaba integrado en su vida, la de ambos como una familia.

Hablaban del futuro que antes parecía imposible, planificando viajes y riendo sobre los nombres absurdos que se les ocurrían para su hijo.

Una madrugada de principios de abril, Koral se despertó antes que el sol.

El cielo todavía era un azul pálido y translúcido, justo en el umbral del amanecer.

Una punzada en su vejiga lo obligó a levantarse, y después de ir al baño, decidió que un poco de aire fresco le sentaría bien.

Se envolvió en una de las batas de Ayazen, una prenda de algodón grueso que olía a él, y salió descalzo al patio de madera trasero.

El aire estaba frío y limpio, oliendo a tierra húmeda y a los pinos que rodeaban la cabaña. El lago era un espejo de cristal bajo el cielo que empezaba a teñirse de naranja y rosa en el horizonte. Era una paz perfecta, la clase de silencio que solo existe justo antes de que el mundo despierte.

Fue entonces cuando lo escuchó.

No eran los gritos de un animal. Eran humanos.

Gritos de furia y frustración, ahogados por la distancia.

Koral frunció el ceño, acercándose al borde del patio para ver mejor, protegiéndose los ojos con una mano sobre la luz naciente.

En el sendero de grava que conducía a la carretera principal, había una escena que le heló la sangre.

Dos hombres enormes, vestidos de negro, estaban inmovilizando a una tercera figura. Koral reconoció de inmediato el cabello claro y la desesperada lucha de Maksim. Lo tenían sujetado por los brazos, con tal fuerza que lo mantenía casi suspendido en el aire mientras él pateaba y se retorcía.

Sin pensarlo, Koral bajó corriendo los pocos escalones del porche y avanzó por el césped húmedo hacia ellos. El corazón le latía con fuerza, sentía pánico.

—¡Suétenlo! —gritó, su voz sonando más aguda y débil de lo que esperaba—. ¿Qué están haciendo? ¡Suétenlo!

Uno de los guardaespaldas lo miró por encima del hombro, con una expresión vacía, pero no soltó a Maksim. Fue este último quien habló, jadeando, con el rostro contorsionado por la rabia y desesperación.

—¡Koral, vete adentro! —le gritó, luchando aún más—. ¡No te metas en esto!

Los hombres lograron someterlo y lo arrodillaron a la fuerza sobre el sendero de grava. Maksim jadeó, con la frente casi tocando el suelo. Cuando levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Koral, y toda la furia de su rostro se desmoronó, reemplazada por agonía.

—No... no lo haré —dijo Koral al ver a su cuñado.

—Soy un egoísta, lo sé. Lo he sido toda mi vida. Pero más egoísta sería dar a un niño que no ha nacido a personas como los Bessonov —dijo Maksim con su voz rota y ronca, dirigida más al cielo que a Koral.

Koral se detuvo a unos pasos de ellos, confundido y asustado.

—¿De qué hablas, Maksim? ¿Quiénes son los Bessonov? ¿A qué te refieres?

Maksim lo miró, con los ojos llenos de lágrimas que no caían.

—¿Es que no sabes? —dijo con amargura—. ¿Ayazen no te lo dijo? El trato... el trato que hizo para proteger a tu hijo. Por las amenazas de la mafia turca... y ahora los Bessonov. ¡Te han estado usando a ti y a tu bebé como una moneda de cambio, Koral!

El mundo de Koral se detuvo. Bessonov. Mafia turca.

Trato. Las palabras resonaban en su cabeza, sin sentido, aterradoras.

Dio un paso atrás, la mano subiendo instintivamente a proteger su vientre.

Miró a Maksim, buscando una negación, pero solo encontró dolor en sus ojos.

Sintió un escalofrío recorrerle toda la espina dorsal.

¿Un trato? ¿Su bebé...? No, no podía ser. Ayazen nunca...

Fue en ese momento cuando la puerta principal de la cabaña se abrió de golpe.

Ayazen salió corriendo, con el pelo desordenado y sin camisa, solo con unos pantalones de pijama. Sus ojos, llenos de un pánico helado, se clavaron en la escena.

—¡METAN A ESE BASTARDO DENTRO DE LA CABAÑA! —gritó Ayazen, su voz retumbando en la quietud del amanecer con una furia que Koral nunca había escuchado antes—. ¡AHORA MISMO!

Los guardaespaldas parecieron reaccionar, arrastrando a un Maksim que ya no luchaba, solo se dejaba llevar como un fardo. Pero Ayazen no estaba con ellos. Se acercó a Maksim, con el rostro desencajado por la rabia.

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?! —le gritó, agarrándolo por el cuello de la camisa—. ¡¿QUÉ TE DIERON A ENTENDER PARA VENIR A MI CASA Y HABLAR CON MI ESPOSO?!

—¡LA VERDAD! —escupió Maksim, con los ojos llenos de odio—. ¡ALGO QUE TÚ NUNCA LE DARÍAS!

Koral estaba paralizado, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Intentó acercarse, para separarlos, para entender, pero uno de los guardaespaldas que quedaban lo sujetó suavemente por el brazo.

—Señor Verlkanur, por favor...

—¡NO ME TOQUES! —gritó Koral, intentando soltarse, pero el hombre era demasiado fuerte—. ¡SUÉLTAME! ¡AYAZEN, QUE ME SUELTE! ¡ME ESTÁ LASTIMANDO!

La voz de Koral perforó la furia de Ayazen.

Se giró, y sus ojos se encontraron con los de su omega, asustado y pálido, con el vientre protegido y mirándolo como si fuera un monstruo.

La rabia se desvaneció, reemplazada por un miedo helado que le recorrió todo el cuerpo.

Había roto su refugio. Había permitido que el mundo exterior entrara y destrozara lo único que le importaba.