Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 30 | REFUGIO.
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CAPÍTULO 30 | REFUGIO.

La tarde en la cabaña era tranquila, tanto que parecía un sueño y mentira.

El sol entraba por los grandes ventanales, iluminando la sala principal con una luz suave.

Koral estaba recostado en el amplio sofá de cuero, con una manta ligera sobre las piernas y la cabeza apoyada en el regazo de Ayazen.

El alfa pasaba los dedos lentamente por su cabello, enredándolos con cariño mientras ambos miraban hacia el lago a través del cristal.

Habían pasado los últimos días así. Solo ellos dos, el sonido del agua y la creciente curva del vientre de Koral, que a los cinco meses ya era imposible de ignorar.

Koral levantó la mano y entrelazó sus dedos con los de Ayazen, que descansaban sobre su abdomen.

—Se mueve más cuando estás cerca —murmuró Koral con una sonrisa pequeña—. Como si supiera que eres tú.

Ayazen sonrió y bajó la cabeza para besar su frente.

—Bien. Que sepa que su padre está aquí.

En ese momento, el timbre suave de la puerta principal sonó. Era el doctor privado que Ayazen había contratado para las revisiones mensuales. El hombre entró con su maletín y una suave sonrisa para la pareja, acompañado de una asistente que cargaba el equipo portátil de ultrasonido.

—Buenas tardes, señores Verlkanur —saludó el doctor con calidez—. ¿Listos para ver cómo está creciendo ese pequeño o pequeña?

Koral se incorporó con ayuda de Ayazen, quien lo sostuvo con cuidado hasta que quedó sentado cómodamente. Levantándose la camisa de lino, dejando al descubierto su vientre redondeado y firme. Ayazen se sentó a su lado, sin soltar su mano.

—Muy bien, vamos a empezar —dijo el doctor mientras se acercaba al equipo—. Primero voy a aplicar un gel sobre tu vientre. Vas a sentirlo un poco frío al contacto con la piel, es totalmente normal.

Koral asintió, soltando un pequeño suspiro cuando sintió la sustancia viscosa y helada.

El doctor comenzó a pasar el transductor con movimientos suaves, presionando lo justo para obtener una imagen clara.

La pantalla del equipo se iluminó con sombras en blanco y negro que poco a poco fueron cobrando sentido.

Ayazen y Koral observaban en silencio, conteniendo la respiración. De pronto, un latido fuerte y rápido llenó la habitación.

—Ahí está el corazón —dijo el doctor con una sonrisa—. Fuerte y estable. Todo va muy bien.

Koral apretó la mano de Ayazen, emocionado. El alfa besó sus nudillos sin apartar la vista de la pantalla.

El doctor movió el transductor un poco más, ajustando la imagen.

—Bien… veamos. El bebé está en una posición excelente. Mide exactamente lo que corresponde a las 20 semanas. —Hizo una pausa, observando con atención—. Y… sí, es un niño.

Koral soltó un suspiro tembloroso. Había olvidado aclararle al doctor que no quería saber el género. Ayazen sonrió ampliamente, inclinándose para besar la sien de su omega, pero notó su mirada extraña.

—Un niño… —repitió Koral.

El doctor siguió revisando la imagen con cuidado.

—Respecto al segundo género, por el momento no podemos confirmarlo con total certeza.

No se observa un útero desarrollado todavía, lo que haría pensar en un posible alfa.

Sin embargo, en embarazos como este, especialmente cuando uno de los padres es omega recesivo, es bastante común que el útero se desarrolle más tarde, durante la infancia o incluso en la adolescencia.

Así que, aunque ahora parece inclinarse hacia alfa, no podemos descartar que termine manifestándose como omega en el futuro.

Ayazen asintió, sin perder la sonrisa.

—Entendido. Lo importante es que esté sano.

El doctor limpió el gel del vientre de Koral con una toalla desechable y comenzó a guardar el equipo, pero antes de terminar, se detuvo y miró a la pareja con una expresión seria al notar que no comprendieron a lo que se refería.

—Ah, una cosa más —añadió el doctor—. Sé que están en la etapa donde todo parece ir de maravilla, pero por ahora... nada de intensa gimnasia nocturna. Si van a tener algo de acción en la habitación, que sea con calma, como caracoles.

Koral sintió cómo el calor le subía de golpe a las mejillas.

—¡Doctor! —logró decir Koral, avergonzado.

—Hablo en serio —soltó el doctor con una carcajada—. Queremos al bebé tranquilo ahí dentro, no que sienta que está en medio de un terremoto grado ocho. Mantengan las cosas relajadas, ¿entendido?

Ayazen soltó una risa seca, apretando la mano de su esposo.

—Entendido, doctor. Tendré cuidado de no provocar ningún sismo —respondió con cinismo, lanzándole a Koral una mirada que solo lo hizo sonrojarse más.

—Felicidades de nuevo. Es un niño fuerte y saludable.

Cuando el doctor y su asistente se marcharon, la cabaña volvió a quedar en silencio. Ayazen ayudó a Koral a sentarse y luego lo atrajo suavemente contra su pecho, abrazándolo por detrás. Sus grandes manos se posaron con ternura sobre el vientre redondeado.

—Un niño… —susurró Ayazen contra su cabello—. Nuestro niño. ¿Preferirías no haberte enterado?

Koral sonrió y colocó sus manos encima de las de Ayazen, entrelazando los dedos.

—Me da igual si es alfa u omega —dijo en voz baja—. Solo quiero que sea feliz. Que no tenga que pasar por todo lo que nosotros pasamos…

Ayazen besó su nuca con suavidad.

—No lo permitiré. Lo vamos a proteger. Los dos.

Se quedaron así un largo rato, abrazados frente al ventanal, mirando cómo el sol comenzaba a bajar sobre el lago. Koral giró un poco la cabeza y buscó los labios de Ayazen. El beso fue lento, con una paz que solo habían encontrado en esa cabaña.

Cuando se separaron, Koral apoyó la frente contra la de su alfa.

—Gracias por traerme aquí —susurró—. Por darnos este tiempo… solo nosotros.

Ayazen sonrió y lo abrazó un poco más fuerte, con cuidado de no presionar el vientre.

—Aquí nos quedaremos todo el tiempo que necesites. Hasta que nazca, y después también si quieres. Lo demás puede esperar.

Koral soltó una risa suave y se acomodó mejor contra su pecho.

—Entonces… ¿papá de un niño? Suena bien.

—Suena perfecto —respondió Ayazen, besando su cabello una vez más.

♦ ◊ ♦

El sol de la mañana se filtraba por las amplias ventanas de la cocina de la cabaña, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de madera.

El aire olía a café recién hecho y a pan tostado, un aroma hogareño que Ayazen estaba empezando a asociar con una paz que nunca antes había conocido y empezaba a idealizar.

Estaba de pie frente a la estufa, revolviendo huevos, cuando sintió la presencia de Koral a su espalda.

No se giró. Solo sonrió, sintiendo el calor familiar en su pecho cada vez que su omega se acercaba. Unos brazos delgados se enredaron alrededor de su cintura y una mejilla se apoyó en su espalda, entre los omóplatos; y bajo, en su cintura, sintió el regordete vientre que resguardaba a su hijo.

—Buenos días —murmuró Koral, la voz pastosa por el sueño.

—Buenos días —respondió Ayazen, dejando la espátula a un lado para cubrir las manos de Koral con las suyas, que descansaban sobre su abdomen—. Dormiste bien.

—Hmm —dijo Koral, apretando su abrazo—. Mejor sin tus ronquidos.

Ayazen soltó una risa baja, un sonido que vibraba en su pecho y se transmitía a Koral no solo a través de su piel sino también por su lazo.

Se giró lentamente en sus brazos, quedando frente a él.

El omega llevaba una de sus camisas, que se sobresaltaba por su vientre y ya no le llegaba a la mitad de sus muslos.

Lo tomó por la cintura y lo acercó, bajando la cabeza para darle un beso suave, lleno de la calma que los rodeaba.

Sus manos se deslizaron por la espalda de Koral, acariciando la piel tibia a través de la tela fina.

Koral respondió al beso con la misma languidez, sus dedos enredándose en el pelo oscuro de Ayazen.

El alfa lo levantó sin esfuerzo y lo sentó sobre la isla de madera como ya era costumbre, colocándose entre sus piernas.

El beso se profundizó cuando los labios de Koral se abrieron por la presión de la lengua de Ayazen en su comisura.

Las manos de Ayazen subieron por los muslos de Koral, deslizándose bajo la camisa hasta encontrar la piel suave y sensible de sus caderas.

—Ayazen... —susurró Koral contra su boca, cuando las manos del alfa empezaron a bajar de nuevo, con una intención clara que había aprendido a detectar muy bien—. El desayuno...

—Que espere —gruñó Ayazen, besando su cuello, su clavícula, mordisqueando la piel con delicadeza. Sus dedos encontraron el borde de la ropa interior de Koral y empezaron a tirar de ella hacia abajo.

Pero entonces se detuvo.

Sus manos se quedaron inmóviles, a punto de descubrirlo por completo.

Levantó la cabeza, y sus ojos, oscuros y llenos de un deseo que se estaba convirtiendo en tormento, se encontraron con los de Koral.

Había una sombra en su mirada, una preocupación que Koral había aprendido a reconocer en los últimos meses.

Ocurría cada vez que las cosas se intensificaban, cada vez que estaban a punto de cruzar esa línea final.

Ayazen se contenía; sabía que no podían hacerlo.

Ya no más como solía hacerlo cada tanto o, bueno, todos los días.

Pero no era su culpa, la de ambos. Estaban en su luna de miel.

Bueno, tal vez se adelantaron con el bebé.

—Ayazen... —repitió Koral, esta vez con más suavidad. Le pasó las manos por las mejillas, obligándolo a mantener el contacto visual—. Oye, mírame. Estoy bien. Estamos bien.

El alfa cerró los ojos un instante, asintiendo con una lentitud dolorosa.

—Sé que lo estás. Pero... no puedo evitarlo.

—Déjame preocuparme yo por eso —dijo Koral, con una sonrisa traviesa que no se atrevía a mostrar antes—. Déjame ayudarte… Ya te dije que puedo hacerlo cada vez que quieras…

Antes de que Ayazen pudiera responder con el «no» de los últimos días, Koral se deslizó de la isla con una agilidad sorprendente para su estado. Se arrodilló ante él, con la camisa de Ayazen cayendo alrededor de sus rodillas. Sus ojos claros se mantuvieron fijos en los del alfa.