Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 29 | MAKSIM.
77%

CAPÍTULO 29 | MAKSIM.

La habitación privada del ala este de la mansión Thorne estaba en completo silencio, roto solo por el sonido suave de la tela al moverse.

Ray se encontraba frente al espejo de cuerpo entero, ajustando por enésima vez el delicado velo blanco que caía sobre su rostro.

Sus dedos temblaban ligeramente mientras intentaba colocarlo en su lugar correcto.

El traje de novio, impecable y hecho a medida, le quedaba perfecto, pero su expresión era de puro fastidio.

A su lado, Maksim estaba sentado en el borde de un sillón, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el suelo.

Su traje negro parecía absorber toda la luz de la habitación.

Tenía la mandíbula tensa y los puños cerrados sobre sus muslos.

La rabia aún le hervía por dentro después de la reunión con Ayazen y su padre.

—No era necesario que te arreglaras en la misma habitación que yo —dijo Maksim con voz baja y áspera, sin levantar la vista—. Podrías haberte preparado en otra ala. Esto solo hace todo más… incómodo.

Ray soltó un suspiro largo y cansado. Terminó de ajustar el velo y se giró hacia él con una expresión neutra, casi fría.

—No importa —respondió con tono seco—. Mientras más rápido terminemos con esto, mejor. No quiero alargar esta farsa ni un segundo más de lo necesario.

Maksim levantó la mirada hacia el omega.

Por un momento pareció que iba a contradecirlo, pero solo suspiró profundamente y se puso de pie.

No dijo nada más. Sabía que Ray tenía razón.

Esta boda no era un sueño romántico para ninguno de los dos, pero eso no significaba que no fuera deseada, al menos así era para Maksim.

—Vamos —murmuró Maksim, ofreciéndole el brazo con rigidez.

Ray lo tomó sin mirarlo a los ojos. Salieron juntos de la habitación y caminaron por el largo pasillo en silencio. El sonido de sus pasos sobre el suelo resonaba como un eco vacío a la misma nada que Ray sentía en su pecho con fastidio.

Al llegar al salón privado donde se celebraría la ceremonia, el contraste fue casi doloroso.

El lugar estaba decorado con elegancia estúpida, flores blancas, velas encendidas y un arco sencillo frente al ministro.

No había invitados reales. Solo el padre omega de Ray, sentado en la primera fila con los ojos rojos y lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas, unos cuantos periodistas autorizados por Maksim y un pequeño grupo de empleados y gente de seguridad que el propio Maksim había contratado para que pareciera una boda “normal”.

No se sentía como una boda.

El ministro los esperaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Cuando ambos se detuvieron frente a él, el hombre carraspeó y comenzó la ceremonia con voz monótona.

—Estamos reunidos aquí para unir en matrimonio a Ray Thorne y Maksim Verlkanur…

Ray no escuchaba las palabras. Su mirada estaba fija en un punto indefinido del suelo.

El velo le cubría parcialmente el rostro, ocultando la expresión de resignación que llevaba desde hacía semanas.

Maksim, a su lado, mantenía la espalda recta, pero sus manos seguían cerradas en puños.

Cada palabra del ministro le sonaba como una sentencia absurda a la que se estaba enfrentando como si no fuera a ser publicado en las revistas por las que ya había pagado la plana.

El padre de Ray sollozó en voz baja desde su asiento. Uno de los periodistas tomó una foto. El flash iluminó por un segundo el rostro pálido de Ray.

Maksim apretó la mandíbula con más fuerza. Esto no era lo que él había imaginado cuando pensó en formar una familia. No era lo que quería para su hijo. Y definitivamente no era lo que Ray merecía.

—…si alguien tiene alguna razón para que esta unión no se lleve a cabo, que hable ahora o calle para siempre —dijo el ministro sin mucho entusiasmo.

El silencio se expandió por completo.

Ray ni siquiera levantó la vista.

Maksim miró de reojo al omega a su lado. Por un instante sintió el impulso de decir algo, pero se calló a sí mismo, ¿qué podría decirle?

El ministro continuó:

—Ray Allen Thorne, ¿aceptas a Maksim Verlkanur como tu esposo?

Ray tardó dos segundos de más en responder. Su voz salió baja, casi inaudible.

—Sí, acepto.

El ministro se giró hacia Maksim.

—Maksim Verlkanur, ¿aceptas a Ray Thorne como tu esposo?

Maksim miró al frente, la rabia aún latiendo en su pecho.

—Sí… acepto —respondió con voz firme.

El ministro sonrió con alivio.

—Entonces, por el poder que me ha sido conferido, yo los declaro esposos. Puede besar al novio.

Maksim se giró hacia Ray. Levantó el velo con cuidado, revelando el rostro pálido y hermoso del omega. Sus ojos se encontraron por un breve instante.

Maksim se inclinó y depositó un beso corto y suave en los labios de Ray. Los pocos flashes de los periodistas iluminaron la escena.

Ray bajó la mirada en cuanto Maksim se apartó. El padre de Ray se levantó y se acercó para abrazarlo, llorando abiertamente.

—Mi niño… —susurró entre sollozos.

♦ ◊ ♦

La recepción de la boda en el salón principal de la mansión Thorne.

La luz del atardecer se filtraba por los ventanales, tiñendo de naranja y rosa el ambiente.

La música sonaba suave flotando por el aire, interpretada por un trío de cuerdas en una esquina.

Y los camareros con librea blanca circulaban en silencio, ofreciendo copas de champán y canapés a los invitados.

Maksim estaba de pie junto a una de las columnas de los laterales con una copa de whisky sin tocar en la mano.

El traje negro le sentía bien, pero se sentía como un disfraz que cada segundo se hacía más pequeño.

Miraba a través de la multitud a las caras sonrientes de los hipócritas en el lugar.

Los periodistas que los habían seguido al salón, socios de negocios de la familia Thorne, y algunos pocos amigos de Ray que no parecían saber muy bien cómo actuar.

Todos ellos eran personas. Personas con vidas, con preocupaciones, con familias y con una vida.

Una vida que podían usar tanto como quisieran.

Veía a un anciano socio de su suegro contando un chiste a su esposa, que se reía con genuina alegría.

Veía a una prima de Ray, embarazada de varios meses, acariciándose el vientre mientras hablaba con su marido.

Eran reales. Y él estaba atrapado en algo tan parecido a una mentira que quería largarse en ese mismo momento.

Fue entonces cuando lo vio.

Su padre, Preston Verlkanur, estaba al otro lado del salón, conversando con el CEO de una empresa tecnológica. Pero sus ojos no estaban en su interlocutor. Estaban fijos en él. Una mirada evaluadora, como si Maksim fuera un extraño.

Maksim apretó la mandíbula. Se giró y le hizo un gesto a un camarero, que se acercó de inmediato. Le pidió otro whisky, doble, tomando de golpe el que tenía en la mano. Necesitaba el fuego en la garganta, el adormecimiento momentáneo que sentía cuando lo hizo por primera vez.

Como si el pensamiento lo hubiera convocado, Preston se despidió del inversor y empezó a caminar hacia él. Maksim suspiró, un sonido largo y pesado que se perdió en el murmullo de la fiesta. No tenía energía para esto.

—Maksim —dijo Preston al llegar. Se colocó junto a él, mirando hacia la misma dirección, como si compartieran un momento de reflexión—. Lamento haberme perdido la ceremonia. El traspaso de la subsidiaria asiática tomó más tiempo de lo esperado.

Maksim no respondió. No se giró. Se limitó a levantar la copa vacía en un gesto silencioso hacia un camarero que pasaba cerca, pidiendo otra.

—No te preocupes —murmuró Maksim finalmente, sin mirarlo—. No te perdiste nada importante.

Preston sonrió ligeramente, una curva casi imperceptible en sus labios.

—Siempre tan directo. Hablaremos más tarde, en privado. Hay asuntos, algo que quiero darte.

Maksim asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible, su mente ya en otro lugar.

En Ray, que estaba de pie cerca de la ventana, recibiendo las felicitaciones de una anciana dama con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Se excusó mentalmente de la presencia de su padre y se dirigió hacia su nuevo esposo, dejando a Preston solo junto a la columna.

♦ ◊ ♦

Más tarde, cuando los últimos invitados se habían ido y el salón estaba siendo desmontado por el personal silencioso, Preston encontró a Maksim en la biblioteca de la mansión.

Era una sala íntima, forrada de libros hasta el techo, con un escritorio oscuro y dos sillones de cuero frente a una chimenea apagada.

Preston estaba sentado en uno de ellos, con una copa de coñac en la mano, esperando.

Maksim entró y se detuvo en el umbral, sin saber si debía sentarse o mantenerse de pie. Se sentía como un niño llamado a la oficina del director.

—Siéntate —ordenó su padre.

Maksim obedeció, eligiendo el sillón más alejado. El silencio se prolongó, roto solo por el tic-tac de un reloj en la pared.

—Debo admitir que estoy sorprendido, Maksim —dijo el alfa mayor al fin, su voz cortando el aire denso—. Y, en cierto modo, complacido. Esta unión con los Thorne es... inesperada y esperada a su vez. Aunque, por supuesto, se suponía que debía casarse con Ayazen. La ironía de que terminara contigo...

Maksim sintió un nudo de rabia y amargura subiéndole por la garganta. No pudo dejarlo pasar. Se inclinó hacia adelante, con los codos en las rodillas, y lo interrumpió con una risa corta y sin alegría.

—¿Inesperada? —dijo con voz baja y peligrosa—.

¿De verdad lo llamas inesperado? Quizás solo saqué el gen infiel que claramente heredé de ti, padre.

Quizás solo seguí tu ejemplo. Me entrometí entre el prometido de tu querido hijo, fui su amante…

¿O acaso lo sabe de mi madre? Prefiero pensar que lo saqué de ti.

El rostro de Preston se endureció por una fracción de segundo.

—No digas estupideces —replicó con aspereza—. No tienes idea de lo que hablas.

Se levantó y fue a una pequeña mesa auxiliar donde descansaba un objeto grande cubierto por un paño de terciopelo verde y lo desveló, era un cuadro.

Un paisaje marino, con olas que rompían contra acantilados bajo un cielo tormentoso.

Los colores eran vibrantes y a su vez apagados, una combinación perfecta de lo que representaba, esa unión desastrosa de la naturaleza.

—Traje algo para ti —dijo Preston, su tono volviendo a ser neutral, como si la discusión anterior nunca hubiera ocurrido—. Un regalo de bodas. Es una pieza que guardé especialmente para ti. Pensé que te gustaría.

Maksim se levantó y se acercó al cuadro, movido más por la cortesía forzada que por el interés. Lo miró sin verlo realmente.

—Está bien —dijo con indiferencia—. Gracias.

Quería irse.

—Tú —dijo seco, su voz rota y resonante en la sala silenciosa—. No tienes derecho. Llévate esto —soltó con un suspiro que le pesaba en el pecho—. No tengo tiempo para tus estupideces.

—Maksim...

—Padre... —se corrigió, cortándolo de inmediato, la palabra saliendo amarga como veneno—. Señor Verlkanur, realmente no tengo ganas de oír lo que sea que quiera decirme. Gracias por el cuadro. Puede irse. Terminó todo.

Su padre no apartó los ojos de él.

—Era hermoso. Siempre sonreía y tenía tu mismo cabello... era rubio —dijo el alfa mayor, su voz perdiendo su filo habitual—. Tu madre siempre sonreía... —repitió, como para sí mismo—. Nunca guardaba silencio hasta que entré en su vida.

—No quiero saberlo.

—Maksim...

—¡Ya te dije que no quiero saber nada de ese omega! —gritó Maksim con su control rompiéndose por completo.

—Entonces sabes que era un omega... —dijo Preston, observándolo con una calma que solo sirvió para avivar más la furia de Maksim—. Supongo que es información que se filtró con los años.

—¡Tú me lo dijiste! Que me parecía a él...

cuando tenía diez años —confesó Maksim, la voz temblando—.

Pero estabas lo suficientemente ebrio como para recordarlo, ¿no es así?

¿Sabes, señor Verlkanur? Eras más amable cuando eras mi padre ebrio que venía dos veces por semana a verme a la casa de mi tía.

—Hizo una pausa, tragando el nudo de amargura que se le formaba en la garganta—.

Pero dejaste de serlo cuando mi «tía» no ocultó los mensajes de pago de su correo electrónico.

Y cuando el acceso a internet no se me restringió en el colegio, señor Verlkanur...

usted nunca sabrá lo que es ser el bastardo y el secreto de alguien.

La palabra «secreto» caló hondo en Preston, quien finalmente apartó la mirada, vencido.

—No tienes derecho. Nunca lo tuvo. Ya no me interesa quién sea mi madre, ni nada que nos una. Tengo una familia ahora, un esposo y un hijo que viene en camino, que ni siquiera ha nacido y ya usted lo vendió a los Bessonov. ¡Así que no tienes derecho! ¿Me escucha? ¡No tienes derecho!

Preston no pudo decir más. Se quedó en silencio, mientras Maksim daba media vuelta y salía de la biblioteca.

♦ ◊ ♦

Maksim caminó por el pasillo, con el corazón martilleándole en el pecho y la sangre zumbándole en los oídos. Necesitaba aire, necesitaba escapar, necesitaba... a Ray. Lo encontró de pie cerca de la ventana del pasillo principal, mirando la oscuridad del jardín, con el traje de novio aún impecable.

Sin decir una palabra, Maksim se acercó a él, lo tomó suavemente por las mejillas y lo besó.

Ray se quedó paralizado por un instante, sorprendido por la intensidad, pero luego sus ojos se suavizaron. Cuando Maksim se separó un poco, sin soltarlo, Ray sonrió.

—Todavía hay invitados —susurró.

Maksim sonrió a su vez, con una sonrisa que sí le llegaba a los ojos.

—Ya somos esposos —respondió, con la voz ronca—. Y eso ya no importa.

Ray frunció el ceño, como si quisiera replicar, pero una sonrisa pequeña y tierna se dibujó en sus labios, una sonrisa que Maksim notó perfectamente a pesar de que el omega quería parecer molesto.

♦ ◊ ♦

Maksim significa «El más grande».

«Maksim, eres el amor más grande que he sentido en mi vida, mi amor.»