Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 28 | PLAGA. #2
74%

CAPÍTULO 28 | PLAGA. #2

Ayazen cerró los ojos un segundo. La culpa le apretó el pecho, pero no podía contarle la verdad.

No todavía. No sobre el tratado, no sobre Maksim, no sobre el hijo que acababa de “entregar” en papel para proteger al que realmente llevaba Koral.

Era mucho… lo suficiente como para mantenerlo despierto sin dormir por el campo de minas en él vivían y del que su familia era la culpable.

No quería que se sintiera como él se sentía.

En lugar de responder con palabras, dio el último paso que los separaba y rodeó la cintura de Koral con un brazo, atrayéndolo contra su pecho con cuidado de no apretar demasiado el vientre. Apoyó la barbilla sobre el hombro del omega y habló cerca de su oído, casi en un susurro:

—Eres mucho más que eso. —Su mano libre bajó despacio hasta posarse sobre la curva visible del vientre. Los dedos se extendieron, palpando la firmeza nueva que antes no se notaba tanto—. Mira… ya se nota. Nuestro hijo está creciendo.

Koral se tensó entre sus brazos, pero no se apartó. Su respiración se volvió un poco más irregular.

—No cambies de tema —susurró, aunque su voz ya no sonaba tan firme—. No creas que tocarme el vientre va a hacer que olvide que me dejaste solo justo después de marcarme.

Ayazen sonrió apenas contra su piel, un gesto cansado pero real.

—No lo olvidaré —admitió—. Pero ahora estoy aquí. Y no pienso irme otra vez tan pronto.

Koral guardó silencio unos segundos. Luego, muy despacio, colocó su propia mano encima de la de Ayazen, sobre su vientre.

—…Se mueve a veces —murmuró, casi como si le costara admitirlo—. Muy suave todavía. Como burbujas.

Ayazen cerró los ojos con fuerza, abrazándolo un poco más.

—Bien —susurró contra su cabello—. Que siga así. Que crezca fuerte.

El viento movió las lavandas a su alrededor. Por un momento, el peso de la mañana en la ciudad pareció alejarse.

Pero Ayazen sabía que era solo un momento.

Porque tarde o temprano tendría que contarle la verdad… o encontrar la forma de que esa verdad nunca llegara a tocar a Koral ni a su hijo.

♦ ◊ ♦

La luz del sol entraba por las grandes ventanas de la cocina rústica de la cabaña, bañando la isla de madera clara con un tono cálido. El aroma a café recién hecho y pan tostado flotaba en el aire, mezclado con el leve olor a huevos y tocino que Ayazen estaba preparando.

Koral estaba sentado en uno de los taburetes altos, con los codos apoyados en la isla y la barbilla descansando sobre sus manos.

Llevaba solo una de las camisas de seda negra de Ayazen, que le quedaba grande y le llegaba a mitad del muslo.

El cuello abierto dejaba ver parte de la marca rojiza que aún estaba sanando.

Ayazen, de pie frente a la estufa, volteó un par de huevos con destreza. Sin previo aviso, se inclinó hacia Koral, tomó su rostro con una mano y lo besó.

No fue un beso suave. Fue profundo, lento y posesivo, como si quisiera compensar la distancia del día anterior.

Su lengua rozó la de Koral con calma, saboreándolo, mientras su pulgar acariciaba la mejilla del omega.

Koral soltó un pequeño sonido de sorpresa contra su boca, pero no se apartó.

Al contrario, sus dedos se aferraron a la camisa de Ayazen, tirando de él un poco más cerca.

Cuando Ayazen se separó apenas unos centímetros, sus labios aún rozaban los de Koral.

—Buenos días —murmuró con voz ronca, todavía sosteniéndole la cara.

—Estás quemando el tocino… —susurró Koral, con las mejillas ligeramente sonrojadas y una sonrisa traicionera asomando en sus labios.

Ayazen soltó una risa baja y volvió a besarlo, más corto esta vez, solo un roce firme antes de regresar su atención a la sartén.

En ese momento, Blair entró a la cocina con su habitual energía, cargando su bolso oversized y unas gafas de sol en la cabeza. Se detuvo en seco al verlos y soltó un silbido largo y exagerado.

—Ay, por Dios… ¡Qué dulces se ven! —exclamó con una sonrisa enorme, apoyándose en el marco de la puerta—. De verdad, parecen sacados de una publicidad de revista. El alfa guapo cocinando y el omega embarazado siendo besado como en las películas. Me dan diabetes solo de verlos.

Koral se sonrojó violentamente y trató de esconder el rostro girándose hacia el otro lado, pero Ayazen no lo dejó. Pasó un brazo alrededor de su cintura desde atrás y lo mantuvo pegado contra su pecho, besando brevemente su sien.

Blair soltó una carcajada divertida.

—Tranquilos, tortolitos. Les voy a dar tiempo libre como esposos.

Me voy a la ciudad un rato —anunció mientras revisaba su teléfono—.

Si no compro algo de la nueva colección de Gucci esta semana, literalmente voy a morir.

Necesito mi dosis de Fashion Week o me deprimiré aquí en medio del bosque.

Además, quiero traer algunas cosas lindas para el bebé… y para mí, obvio.

Ayazen levantó una ceja, pero no soltó a Koral.

—Ten cuidado en la carretera —dijo con tono seco.

Blair se acercó a la isla, robó un trozo de tocino ya listo y le apuntó a Ayazen con él como si fuera un arma.

—Y tú, Ayazen Verlkanur —dijo con voz seria pero claramente en broma—, cuida muy bien a Koral. Si me entero de que lo haces enojar o lo dejas solo otra vez, te juro que regreso y te pateo ese perfecto trasero de alfa. ¿Entendido?

Ayazen la miró fijamente un segundo, luego asintió con una media sonrisa.

—Entendido.

Blair guiñó un ojo y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se giró una última vez.

—Ah, y Koral… —añadió con picardía—. Esa camisa te queda preciosa. Sigue así, recuerda lo que hablamos.

Koral soltó un quejido avergonzado y escondió la cara contra el pecho de Ayazen, quien soltó una risa baja y profunda mientras lo abrazaba con más fuerza. Blair salió riendo, cerrando la puerta principal tras de sí.

Una vez solos, Ayazen bajó la cabeza y besó la coronilla de Koral.

—Se fue —murmuró contra su cabello.

—Gracias a Dios… —susurró Koral, todavía con las mejillas ardiendo—. Es imposible con ella.

Ayazen apagó la estufa, giró a Koral en el taburete hasta tenerlo de frente y se colocó entre sus piernas. Sus manos bajaron hasta posarse con cuidado sobre el vientre ligeramente redondeado del omega, acariciándolo con los pulgares.

—Estás más sonrojado que el tocino —bromeó suavemente, mirándolo a los ojos.