CAPÍTULO 28 | PLAGA.
—¡Qué mierda te pasa! —gritó Maksim al oír las palabras de Ayazen—. No metas a mi hijo en tus mierdas, no lo permitiré.
Ayazen ni siquiera se dignó a mirar a su medio hermano, quien parecía a punto de volcar la mesa de un solo golpe.
—Como lo escuchas, padre. Esa es la única solución que propongo para el tratado con los Bessonov —declaró Ayazen con una frialdad cortante—.
Te doy a mi hijo en el papel, pero en la realidad ni se les ocurra tocarlo.
De todas formas, lo que ellos quieren es un apellido Verlkanur para la alianza, ¿no? Entonces tomen al hijo de tu bastardo.
—¡Hijo de puta! —gritó Maksim, perdiendo los estribos ante la audacia de Ayazen.
El alfa mayor observó a sus hijos sin inmutarse. Ignoró la rabia que consumía a Maksim de la misma forma bestial en que siempre lo había hecho, tratando al segundo hijo como el error de la familia que todos sabían que era.
—Ayazen… pides demasiado —intervino su padre con voz pausada—. Si los Bessonov se enteran… o si los turcos llegan a saberlo, no será bueno para la familia.
—No tienen por qué enterarse. Es lo que pido: un trato interno entre nosotros. De todas formas, el bastardito de tu bastardo funciona para...
Antes de que Ayazen pudiera terminar la frase, un golpe duro y seco lo tomó por sorpresa. Maksim le había encajado un puñetazo directo al rostro. Ayazen, casi inmóvil ante el impacto, apenas ladeó la cabeza. Se pasó la lengua por el labio y miró con una burla cínica a su medio hermano.
—No te atrevas a hablar así de mi hijo —siseó Maksim con puro veneno.
Al instante, unas manos rudas lo inmovilizaron.
Eran los guardaespaldas de su padre, que lo sujetaron de los brazos con una fuerza excesiva, como si fuera un animal salvaje.
Al no ser un Verlkanur de «sangre pura», la delicadeza no existía para él; nunca lo habían tratado como a un integrante real de esa casta.
«¡Hijo de perra! ¡No te metas con mi hijo! »
Ayazen soltó una carcajada mientras se ponía de pie, tocándose el mentón con un cinismo que ponía los pelos de punta.
—Claro, defiende al bastardito aun sin saber si realmente es tuyo. Deberías agradecer que le permitan la entrada a ese espécimen a nuestro círculo.
—¡Cállate! —gritó Maksim, volteando a ver a su padre.
Pero el hombre había desviado el rostro, ignorando la pelea como si fuera una pérdida de tiempo innecesaria.
Maksim sintió el golpe de la realidad: para ellos no era más que una cucaracha, una basura que se habían olvidado de tirar.
Desde que llegó a esa casa a los quince años, lo supo.
Sabía que para la prensa eran solo una historia inventada para justificar la existencia de un hijo de Preston Verlkanur que nadie conocía.
Pero no permitiría que su hijo pasara por lo mismo.
Su hijo no era un error, era una extensión de sí mismo.
—Padre... —susurró Maksim, esperando que al menos lo viera, que viera cómo lo trataban como a una plaga en esa habitación.
Pero nada. Su padre no lo miró. Si algo había heredado de él, era la cobardía. Al menos Maksim era lo suficientemente honesto para aceptar que era un cobarde.
—Con mi hijo no —repitió, intentando que su voz fuera escuchada, aunque sabía que era inútil.
—Hecho —concluyó Ayazen, ignorándolo por completo.
Hizo una señal al secretario personal, quien colocó frente a su padre la carpeta con el tratado interno de la familia sobre el intercambio del compromiso con los Bessonov.
—Solo debe firmarlo, padre —dijo Ayazen, ajustándose el saco y poniéndose de pie como si el resto de los presentes en la habitación fueran simples sombras.
Su padre tomó la pluma estilográfica con calma como si nada pasara y esa hoja marcará el futuro de su propia descendencia. Sin mirar a Maksim ni una sola vez, deslizó la punta sobre el papel, estampando su firma con frialdad. En cuanto terminó, se puso de pie, ajustándose el saco.
—Terminen con esto —ordenó sin más, saliendo del despacho con la misma indiferencia con la que entró, seguido por sus asistentes.
A una señal de Ayazen, los guardaespaldas soltaron a Maksim con un empujón brusco. Maksim trastabilló, recuperando el equilibrio mientras su respiración agitada era el único sonido que rompía la mentirosa calma de la sala.
Ayazen se acercó al escritorio. Tomó el bolígrafo y firmó su espacio, sellando el pacto interno que protegía a su propio heredero a costa del hijo de su propia sangre aunque incompleta, pero aún parte de ella en él.
Al terminar, dejó caer el bolígrafo justo encima del contrato, produciendo un chasquido seco que resonó en el silencio.
—Tu turno —soltó Ayazen, clavándole a Maksim una mirada llena de asco.
Maksim se quedó estático, viendo el documento que básicamente borraba la existencia oficial de su hijo para convertirlo en un peón de la mafia.
—No voy a hacerlo —susurró Maksim con los puños cerrados.
Ayazen dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal con una presencia asfixiante.
—Más te vale no contradecir nada —le advirtió Ayazen, bajando el tono de voz a un susurro—.
La decisión ya está tomada, Maksim. Tienes dos opciones: firmas y te aseguras de que tu hijo crezca con el apellido y el dinero de esta familia, o te opones y te encargas de explicarle a Ray por qué los turcos o los Bessonov están tocando a su puerta.
Se produjo un silencio pesado entre ellos, ni siquiera parecía que respiraban mucho menos cuando sus ojos parecían hablar más que ellos. Ayazen no le estaba pidiendo permiso ni le estaba dando opciones… solo podía decidir en que forma caer con menos dolor.
—Firma —insistió Ayazen, señalando el papel con cinismo—. Haz algo útil por la familia por una puta vez en tu vida.
♦ ◊ ♦
El sol del mediodía caía suave sobre la cabaña, tiñendo de dorado las hojas de los árboles que rodeaban el lago.
El aire olía a pino húmedo y a tierra recién removida.
Ayazen bajó del todoterreno negro sin decir una palabra al chofer.
Llevaba la misma camisa del día anterior, ahora arrugada en los puños, y una leve marca rojiza aún visible en el pómulo izquierdo donde Maksim le había acertado el puñetazo.
No se había cambiado, no había dormido, solo quería llegar.
Caminó por el sendero de piedra que bordeaba la casa hasta el jardín trasero. Allí estaba Koral.
El omega se encontraba de pie entre las macetas de lavanda y romero que el cuidador de la cabaña había insistido en plantar desde que era un niño para decorar el lugar que muy pocas veces por no decir ninguna la familia había usado.
Koral llevaba una camisa de lino blanca, suelta, que caía sobre su cuerpo sin ajustarse demasiado.
Tenía las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida en las pequeñas flores moradas que se mecían con la brisa.
Su cabello rubio estaba ligeramente revuelto por el viento.
Ayazen se detuvo a unos metros.
Fue entonces cuando lo vio con claridad.
El vientre de Koral ya no era solo una leve curva que podía pasar desapercibida bajo la ropa holgada.
Ahora era evidente. Pequeño aún, pero redondeado, firme, inconfundible.
El hijo de ambos se estaba haciendo notar.
Ese pequeño bulto que antes solo se sentía al tocarlo, ahora se veía a simple vista.
Ayazen sintió un nudo extraño en la garganta.
No dijo nada. Solo empezó a caminar hacia él con una sonrisa en su rostro.
Koral debió sentir su presencia, o quizá fue el lazo recién formado, porque levantó la cabeza de golpe. Sus ojos claros se iluminaron por un segundo, un brillo espontáneo de alivio y algo parecido a la alegría al reconocer a su alfa. Sus labios se entreabrieron como si fuera a decir su nombre.
Pero luego, como si recordara algo, el brillo se apagó. Koral frunció el ceño, apretó la mandíbula y se dio la vuelta con brusquedad, dándole la espalda a Ayazen. Sus hombros se tensaron bajo la camisa de lino.
Ayazen se detuvo a solo dos pasos de él.
El silencio entre ambos se volvió denso, roto solo por el canto lejano de los pájaros y el suave rumor del lago.
—Koral —dijo Ayazen por fin, con voz baja y ronca por el cansancio.
Koral no se giró. Siguió mirando las plantas como si fueran lo más interesante del lugar.
—¿Ya terminaste de “pensar” en la ciudad? —preguntó con tono ácido, sin ocultar el resentimiento—. Porque te fuiste diciendo que necesitabas espacio y ahora apareces sin avisar. Qué considerado.
Ayazen suspiró. Dio un paso más y se colocó justo detrás de él. No lo tocó todavía, pero su presencia era imposible de ignorar. El calor de su cuerpo se filtraba en el espacio que los separaba.
—Tenía asuntos que no podía posponer —respondió con calma, aunque su mirada seguía clavada en esa curva visible del vientre de Koral—. Asuntos de la empresa.
Koral soltó una risa corta y amarga.
—Claro. La empresa. Como la empresa se llama “pensar”. —Se giró por fin, pero solo a medias, lo suficiente para mirarlo de reojo con el ceño todavía fruncido—. ¿Y esa marca en tu cara? ¿También te la dio la empresa?
Ayazen no contestó de inmediato. Levantó una mano lentamente y, con el dorso de los dedos, rozó apenas la mejilla de Koral, apartando un mechón de cabello que el viento había colocado sobre su frente.
—Koral… —murmuró, y esta vez su voz sonó más suave, casi cansada—. Mírame.
Koral dudó. Sus ojos seguían brillando con esa mezcla de enojo y algo más que no podía mencionar, la necesidad de su alfa después de la marca y después de haber pasado la noche solo. Pero el orgullo era más fuerte.
—No quiero mirarte —respondió, aunque su cuerpo se inclinó ligeramente hacia el contacto de los dedos de Ayazen—.
Te fuiste justo después de marcarme. Me dejaste aquí con Blair como si yo fuera…
un mueble que necesita supervisión constante.
¿Eso es lo que soy ahora? ¿Tu omega embarazado al que hay que mantener lejos de todo y al que tienen que vigilar todo el día?