CAPÍTULO 27 | HIJO. #2
—No creo que sea necesario... —susurró Koral, desviando la mirada hacia su taza de café—. De todas formas, no sería posible hacer un baby shower. Si la madre de Ayazen se entera, sería un martirio tener que soportarla. Prefiero que sea a la antigua.
—¿Qué dices? ¡No, Koral! No puedes hacerme esto —exclamó Blair, dramatizando con un gesto indignado—. ¡Necesito organizar ese baby shower! O sea, voy a ser la tía cool de tu hijo, tengo una reputación que mantener.
Koral soltó una carcajada al ver el rostro fingidamente molesto de Blair. Al menos ella lograba sacarlo de ese agujero mental por unos segundos.
—Lo sé, pero no creo que Ayazen quiera saber nada de eventos ahora y, además... nos quedaremos en la cabaña hasta que el bebé nazca. Prefiero que sea así, lejos de todo el ruido de la ciudad.
—¿Y los controles médicos? —Blair lo miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de decir una locura—. No me digas que eso también lo harás "a la antigua". O sea, ¿vas a estar ahí sin monitoreo ni nada? ¡Qué miedo!
—No, claro que no —lo interrumpió Koral con una sonrisa cansada—. Un doctor vendrá personalmente a la cabaña para controlar lo que haga falta. Ayazen ya se encargó de que tengamos el equipo necesario.
Blair suspiró, aunque no parecía muy convencida de la idea de estar encerrados en medio de la nada. Para ella, si un evento no salía en las historias de Instagram de su círculo social, prácticamente no existía.
—Bueno, si el obstetra es de los mejores de la clínica privada, te lo paso —concedió Blair, volviendo a su iPad—. Pero al menos déjame elegir la ropa que usará el bebé para salir del hospital. ¡O sea, no puede debutar en la sociedad con cualquier cosa!
Koral asintió.
♦ ◊ ♦
Ayazen estaba solo en su despacho, rodeado de un silencio denso que parecía asfixiarlo más que calmarlo.
Estaba furioso. La mandíbula le dolía de tanto apretarla cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
Su padre entró con una soltura insultante, saludándolo como si no acabara de vender el futuro de su propio nieto en una mesa de negociaciones como si fuera un objeto.
Ayazen se puso de pie de un salto, con las manos apoyadas con fuerza sobre el escritorio.
—Retírate —soltó molesto—. Sal de aquí ahora mismo.
—Cálmate, Ayazen. No es forma de recibir a quien te está asegurando un imperio —respondió su padre, acomodándose los gemelos de oro como si nada pasara.
—¿Asegurar tu basura? ¡Por Dios! —estalló Ayazen—. ¿Cómo es posible que entregues a tu propio nieto como una maldita ofrenda por toda la mierda que tienes con tu puta organización? Es un bebé, ¡mi hijo!
Su padre lo miró con esa frialdad que Ayazen había aprendido a odiar desde la infancia.
—Tú eres quien se hará cargo ahora. Ser padre será lo mejor para poner tu mente en plano, como debe ser. Necesitas madurar para lo que viene.
—Ni muerto me metería en la misma mierda que tú —sentenció Ayazen, mirándolo con desprecio—. Me das asco.
El hombre soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor al comprender el comportamiento de su hijo; era obvio porque ahora mostraba su molestia cuando lo último que hacía era dejar mostrar sus emociones ante él.
—¿Todavía estás resentido por lo que pasó cuando eras un niño? Supéralo de una vez, querido. Han pasado años.
—¿Resentimiento? No te equivoques, padre. Más que resentimiento, es burla —dijo Ayazen, caminando hacia él con pasos lentos—. Si tenías un hijo, debías protegerlo, no acostarte con cuanta puta se pusiera frente a ti mientras secuestraban a tu hijo. Ten un poco de decencia.
El rostro de su padre se tensó por un segundo, pero recuperó la compostura de inmediato.
—Se hizo lo que se pudo en ese momento. Sabes perfectamente cómo funcionan las cosas en nuestro mundo.
—No me importa. No me encargaré de tu puta organización —declaró Ayazen ya harto de su padre—. En cuanto nazca mi hijo, terminaremos este tratado y quiero que la mafia Moretti-Bessonov se largue de mis instalaciones. No quiero volver a ver sus caras cerca de mi familia.
—Eso no será posible —intervino su padre, arqueando una ceja—. Si tú no te harás cargo de la gestión, entonces lo hará Maksim. La alianza no se romperá por un capricho tuyo.
Ayazen cerró los ojos y soltó un suspiro.
—Retírate de mi oficina. Ahora —ordenó, dándole la espalda para mirar por el gran ventanal que daba a la ciudad.
Su padre caminó hacia la salida, pero se detuvo antes de cruzar el umbral.
—Es un error catastrófico no meterte de lleno en lo que heredarás por derecho, Ayazen. Te vas a arrepentir.
—Para eso tienes a tu bastardo —escupió Ayazen sin girarse, refiriéndose a Maksim con todo el veneno posible—. Que él se hunda en tu basura. Yo tengo una propia familia que proteger.
♦ ◊ ♦
Ayazen terminó de firmar los últimos documentos de la torre que tenía delante suyo a las 6 a.m. y no había dormido absolutamente nada.
Solo quería cerrar todo lo referente a la empresa y largarse a su cabaña con Koral; necesitaba tenerlo en sus manos lo más antes posible antes de caer en la locura por el estrés que su padre había impuesto en él por sus estúpidos asuntos.
Antes de cerrar su laptop, un titular en un portal de noticias exclusivas detuvo su mano: ¿Traición familiar tras la traición?
Ray Thorne, el ex prometido de Ayazen Verlkanur, visto en una actitud comprometedora con Maksim Verlkanur.
Se quedó gélido. Lo había olvidado, de hecho ni siquiera era de su importancia lo que el bastardo de su padre hacía, pero…
recordó las palabras de Koral en el pasado sobre que supuestamente Ray estaba embarazado de él.
Cosa que claramente era una mentira absurda y carente de realidad, a menos que solo la parte de estar embarazado de él fuese la mentira, y el hecho del embarazo fuera la verdad.
Si Ray estaba encinta y se le había visto constantemente con Maksim desde hace muchos meses antes, la conclusión era obvia. El bebé era de Maksim.
—Perfecto —dijo sonriendo ante la obvia noticia, sacando su teléfono para marcar al asesor principal de su padre—.
Confírmame ahora mismo si Ray está embarazado y si el padre es Maksim.
Si eso es cierto, quiero que los contactes de inmediato y programes una reunión con Maksim y mi padre lo antes posible.
—Señor Verlkanur, no es necesario confirmar nada... —respondió el asesor con una voz monótona que irritó a Ayazen—. Justo ahora iba a entrar a entregárselo.
El hombre entró al despacho, colgando la llamada y guardando su teléfono. Dejó sobre el escritorio un sobre de papel crema de alto gramaje, con un sello de cera negra. Ayazen lo abrió algo molesto. Era una invitación de boda: Maksim Verlkanur y Ray Thorne.
Una sonrisa amarga y peligrosa se dibujó en el rostro de Ayazen. Esto cambiaba el tablero por completo.
—Muy bien —dijo Ayazen, dejando la invitación sobre la mesa—. Programa una reunión con Maksim y mi padre a las ocho de la mañana.
—Es muy temprano, señor, el horario de llegada de su padre es a partir de las diez de la mañana —dijo el asesor, sorprendido por la urgencia.
—A las ocho —sentenció Ayazen, recostándose en su silla de cuero—. Tengo un trato que cerrar antes de irme con mi esposo.