Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 26 | Bessonov & Verlkanur.
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CAPÍTULO 26 | Bessonov & Verlkanur.

Koral sintió que algo se desmoronaba dentro suyo al recibir ese beso en la frente.

Ayazen actuaba como si nada, como si a Koral no le doliera el cuerpo de una forma irreal.

Se sentía extraño, pero no pudo moverse para reclamar otra muestra de afecto del hombre que, se suponía, era su alfa.

¿No merecía acaso más atención? ¡Por Dios!

La marca había sido repentina y lo hacía sentir mucho más ajeno de lo que hubiera querido. No podía hacer nada por ello. Hacía poco tiempo era un beta y no tenía un bebé creciendo en su interior.

Tocó su vientre cuando Ayazen se alejó de su cuerpo con una sonrisa ligera. Ese desgraciado quería hacer como si nada hubiera pasado cuando Koral se estaba muriendo por dentro. Si eso era lo que buscaba, adelante; Koral no lo iba a detener. No sería él quien le suplicara.

De todas formas, Ayazen no parecía lo suficientemente maduro como para dar una explicación simple. Era su esposo y debería dárselas. Koral sabía que tenía razón en estar harto. «¡O sea, ya no podía más con esa actitud!»

—Bueno, si es lo que decidiste —soltó Koral, volteando el rostro con una molestia evidente que Ayazen no pudo evitar notar.

—Claro. Ahora péinate, prepararé tu ropa del día —respondió Ayazen con una calma que solo servía para irritar más a Koral.

—¿Y no lo puedes hacer tú? —replicó Koral, sin poder detenerse—. No es como si no hubieras hecho todo lo demás. Terminar de arreglarme no te va a matar.

—Hazlo tú, cariño —sentenció Ayazen, dándose la vuelta para caminar hacia el vestidor a buscar las prendas que Koral usaría.

Koral vio cómo el alfa lo ignoraba triunfalmente, dejándolo con la palabra en la boca mientras desaparecía tras el umbral de la puerta.

—Si esa palabra no tuviera «cariño» en la oración, creería que me estás maltratando —gritó Koral, lo suficientemente fuerte para que lo escuchara—. Con que estamos así... ¡O sea, increíble!

Se quedó sentado, apretando la toalla que lo cubría, con rabia. No podía creer que Ayazen tuviera el descaro de marcarlo, bañarlo y luego mandarlo a peinarse solo como si fuera un estorbo, mientras él se tomaba la libertad de elegirle la ropa para luego largarse.

A los pocos minutos, Ayazen regresó con un conjunto de ropa perfectamente doblado y lo dejó sobre la cama, frente a Koral.

—Aquí tienes. Póntelo —dijo Ayazen, revisando su reloj de pulsera—. Tengo que salir en diez minutos. La sirvienta subirá en un momento para ver si necesitas algo más.

—¿Te irás ahora mismo? —preguntó Koral, totalmente indignado. «¡Por Dios, no podía ser cierto! Ayazen es tan dramático».

—Sí, me alistaré y prepararé todo para ir ahora mismo al trabajo —respondió Ayazen, acercándose al umbral de la puerta—. No llegaré a dormir, es lo más probable.

Koral sintió que la mandíbula se le tensaba.

No solo lo dejaba marcado y confundido, sino que ahora le soltaba en la cara que ni siquiera pasaría la noche con él.

El lazo en su pecho dio un vuelco doloroso ante la mención de la ausencia de su alfa, pero el orgullo de Koral era mucho más fuerte que cualquier instinto biológico estúpido que pudiera necesitar en ese momento.

—¿No vas a dormir aquí? —repitió Koral con la voz temblorosa de rabia—.

Acabas de marcarme, Ayazen. Se supone que...

¡maldita sea! ¿Acaso no tengo derecho a estar molesto?

Es decir… apenas nos casamos y de pronto llegó tu rut y pues…

Ahora estamos enlazados, no es que con el tiempo no hubiera pasado, pero me hubiera gustado que me preguntaras o me advirtieras que podía suceder.

Ayazen se detuvo en la puerta, pero no se giró. Su espalda se veía rígida, como si estuviera conteniéndose de decir algo más.

—Supongo que no sabías que la marca es lo más natural y común en una pareja de esposos, pero comprendo tu confusión, por eso necesitamos tiempo para pensar.

Tienes a Blair abajo y la servidumbre estará pendiente de ti —dijo con un tono seco—.

Necesito espacio para pensar y el trabajo es el mejor lugar para eso. No me esperes despierto.

Koral se quedó en silencio, con la mirada clavada en la puerta por la que Ayazen acababa de salir.

El aire se sentía pesado, como si todo a su alrededor intentara asfixiarlo.

Sintió las lágrimas agolparse en sus ojos, calientes y traicioneras, queriendo escapar ante la humillación de la soledad que se avecinaba en su cuerpo.

«No, no les daré el gusto. ¡No lloraré por él! »

Con un movimiento brusco, se puso de pie, sin importarle que la toalla que lo cubría cayera al suelo, dejándolo expuesto. Ignoró el frío de las baldosas y caminó hacia la puerta. La tomó por el pomo y la cerró de un portazo, un estruendo que resonó por toda la habitación.

—¡Vete al diablo! —siseó hacia la madera inerte, con la voz entrecortada por la emoción que comenzaba a desbordarse en todo su ser.

Se dio la vuelta y se dirigió a la cama, donde Ayazen había dejado la ropa perfectamente doblada.

El gesto, que en otro momento podría haber parecido un detalle, ahora se sentía como una última bofetada.

Agarró la camisa con fuerza, clavando sus uñas en la tela, y comenzó a vestirse con movimientos torpes y apresurados, como si la rapidez pudiera borrar la humillación que sentía, mientras sus lágrimas salían sin permiso.

El roce de la tela contra la marca roja en su cuello le recordó dolorosamente lo que acababa de suceder, lo que Ayazen había hecho antes de abandonarlo.

Se miró en el espejo, con la respiración entrecortada y los ojos todavía empañados.

El rostro que le devolvía la mirada parecía el de un extraño, con esa marca roja y la expresión de derrota que intentaba ocultar con rabia.

Se pasó una mano por el cabello, intentando peinárselo como Ayazen le había dicho, pero solo logró desordenarlo más.

♦ ◊ ♦

Ayazen no se molestó en quitarse el abrigo; sus músculos todavía estaban tensos por la molestia de la mañana y su mente ya estaba enfocada en el inconveniente que lo había sacado de la cama de Koral.

Se sentía un poco culpable por hacerle creer que él era el causante de su repentino trabajo ahora, pero no era así, ya que, al parecer, su padre había cometido un error en la empresa lo suficientemente grande como para requerir su presencia con urgencia.

La reunión imprevista significaba un problema de alto nivel, lo suficiente como para que su padre, siempre impasible como cualquier Verlkanur, ahora estuviera desesperado.

Apenas cruzó el umbral de la zona ejecutiva, la secretaria principal de su padre, una beta alta y eficiente de nombre Elian, apareció con un portapapeles y el rostro más pálido de lo habitual.

—Señor Ayazen, lo estaban esperando con urgencia. Los representantes de Bessonov han llegado hace media hora —dijo Elian, con la voz apenas audible por el nerviosismo. La mujer se interpuso en su camino, señalando una de las salas de juntas blindadas.

—¿Bessonov? ¿Qué diablos quieren los mestizos ahora? —preguntó Ayazen con un tono de fastidio. La familia Bessonov era sinónimo de «mierda bruta», pero su relación con los Verlkanur era históricamente turbia, apenas sostenida por los hilos de dinero que ambos grupos movían en la sombra.

—Están aquí por los recientes problemas con la Constructora Velakan —explicó Elian, bajando aún más la voz—. Han presentado nuevas denuncias relacionadas con los Bessonov Pharmaceutics. Parece ser que el último cargamento tuvo un... inconveniente. Las mafias están involucradas.

El rostro de Ayazen se endureció. El incidente había sido grave: el arraigo del último accidente con los fármacos de los Bessonov que se habían traficado ilegalmente en bodegas de los Verlkanur.

—Que hablen rápido —ordenó Ayazen, con la voz profunda.

—No es solo eso, señor. Los Moretti —Elian hizo una pausa tensa, usando el nombre del grupo criminal que todos sabían que eran los mismos Bessonov actuando en la oscuridad—, están pidiendo explicaciones.

Más de la mitad de la mercancía millonaria desapareció de las bodegas como si nada, lo que ha provocado que los conflictos con las mafias escalen a un punto crítico.

Ayazen maldijo por lo bajo. Eso no era un problema de negocios; era una declaración de guerra encubierta que afectaba a los intereses más sucios de la empresa.

—¿Quién está en la sala?

—El señor Zuryn Bessonov y su esposo, el señor Varek Bessonov, están en la cabecera, con su esposo a su lado y su abogado de confianza —respondió la secretaria—.

Sus demandas son claras: la mercancía perdida de los Moretti en las bodegas y explicaciones sobre el dinero que la Constructora Velakan usó para realizar el nuevo hospital de los Bessonov.

Dicen que la constructora la usó sin permiso.

Ayazen sintió la rabia hirviéndole. El «dinero» al que se referían no era capital legítimo de ninguna de las dos partes, sino el botín de un negocio sucio que la constructora había lavado a través del proyecto hospitalario.

No debería haber una acusación legal, o ambos se hundirían, y ninguno quería eso.

Si esto salía a la luz, hundiría a su padre y, de rebote, a toda la alianza Verlkanur con los Bessonov y Moretti.

Ayazen se dirigió a la puerta. Los guardias se enderezaron al verlo, listos para custodiar el encuentro al abrirse la puerta.

La mesa de caoba, diseñada para veinte personas, solo tenía a cuatro ocupantes.

En el centro, Zuryn Bessonov era una presencia que siempre lograba molestar a Ayazen.

Su mirada de omega pretencioso y altiva irritaba a cualquiera, aún más el estúpido de su esposo, Varek Bessonov, un alfa dominante con toda la presencia que cualquiera pueda tener cuando tiene poder.

Y al lado de la pareja estaba su abogado, que en lo legal, en su totalidad, no tendría sentido que estuviera ahí.

—Ayazen Verlkanur. Qué gusto que te unas a la fiesta —dijo Zuryn, sin molestarse en ponerse de pie.

Ayazen tomó asiento en la cabecera opuesta a Zuryn, sin saludar a nadie.