CAPÍTULO 25 | DISTANCIA. #2
—Entiendo, no me digas más. De todas formas, supongo que leíste los artículos que decían pestes de ti cuando robaste mi celular —lo cortó Ayazen.
Las mejillas de Koral se enrojecieron de inmediato. El recuerdo de haber revisado el teléfono a escondidas y encontrar todos esos insultos de la prensa le golpeó de lleno.
—No dijiste nada. Si me hubieras dicho que estabas molesto con eso, yo...
—No importa, ahora debes tomar un baño —dijo Ayazen, dándose la vuelta para entrar al baño de la habitación y comenzar a preparar el agua para su omega.
Koral lo siguió con la mirada, escuchando el sonido del agua cayendo contra la tina. El ambiente se sentía denso, como si cada palabra fuera un muro más entre los dos, a pesar de la marca que ahora los unía.
Koral se sentó en el borde de la cama, hundiendo los dedos en las sábanas mientras escuchaba el eco del agua llenando la tina.
Su mente era un caos. La imagen de los titulares que había visto en el celular de Ayazen, donde lo tachaban de oportunista, se repetía en su cabeza como un castigo.
La marca en su cuello latía con una intensidad que le recordaba que, sin importar lo que dijera la prensa, su cuerpo ya no le pertenecía solo a él.
Ayazen salió del baño poco después. No dijo una palabra, pero su presencia llenó el espacio de inmediato. Se acercó a Koral y, antes de que el omega pudiera reaccionar, lo tomó entre sus brazos con firmeza.
Koral soltó un pequeño jadeo, aferrándose a los hombros del alfa por instinto mientras era llevado hacia el vapor que empezaba a escapar del cuarto de baño. Ayazen lo dejó de pie sobre el suelo de baldosa.
Ayazen comenzó a desvestirlo. Sus dedos rozaron la piel marcada de Koral, quitando la ropa ligera con un desapego que hacía que Koral se sintiera pequeño. Una vez desnudo, el alfa lo guio hacia la bañera, ayudándolo a entrar en el agua caliente que cubrió sus piernas y su vientre.
Koral se hundió en el agua caliente, sintiendo el alivio inmediato en sus músculos.
Ayazen se arrodilló a un costado de la bañera.
Tomó una esponja y comenzó a pasarla por los hombros de Koral, aplicando un jabón que olía a sándalo.
Sus movimientos eran constantes, sin mucha delicadeza pero sin brusquedad, centrados en quitar cualquier rastro del sudor y el aroma del rut que aún se pegaba a la piel.
Koral mantenía la vista en el vapor que subía, sintiendo el peso de la mano de Ayazen en su espalda.
El alfa no decía nada. Se concentraba en tallar sus brazos y luego bajó hacia sus piernas, frotando la piel con suavidad suficiente en esa zona que ya se encontraba delicada, evitando que se pusiera roja.
Una vez que terminó de enjuagarlo, Ayazen extendió una toalla grande y esperó a que Koral saliera. Lo envolvió con rapidez y lo guio de vuelta a la habitación, sentándolo en un taburete frente al espejo.
Ayazen tomó un frasco de loción hidratante.
Vertió el líquido en sus palmas y empezó a esparcirlo por el torso de Koral como si fuera un niño.
Sus dedos se detuvieron un segundo extra sobre el vientre ligeramente abultado de su omega, antes de subir hacia el cuello.
Al llegar a la marca, Ayazen dejó el frasco de loción a un lado y tomó uno más pequeño, de cristal oscuro.
Vertió una gota de aceite calmante en sus yemas y la extendió sobre la marca roja en el cuello de Koral.
Sus movimientos se volvieron lentos, apenas rozando la piel inflamada para no lastimarlo.
Koral soltó un suspiro, cerrando los ojos ante el alivio que el frío del aceite le brindaba a la herida. Sintió el calor de los dedos de Ayazen subiendo por su nuca, apartando los mechones de cabello que estorbaban.
—No te muevas, esto te ayudará con el ardor —dijo Ayazen. Su voz había perdido el filo de antes, sonando baja y ronca, vibrando cerca del oído de Koral.
Continuó con el masaje circular hasta que la piel absorbió el líquido. Koral se relajó contra el cuerpo del alfa. Ayazen no se alejó de inmediato. Dejó que sus manos descansaran sobre los hombros de su omega, observando el brillo del aceite sobre la marca en el espejo.
—Comprendo lo que sientes —dijo Ayazen, sus dedos deteniéndose en la base del cuello de Koral—. No es fácil nada de esto, mucho menos con los cambios de ahora.
—Ayazen… —Koral intentó girarse, pero las manos del alfa lo mantuvieron en su sitio, firmes pero sin lastimarlo.
—Creo que sería mejor si retomo el trabajo por un tiempo. Había anunciado que me tomaría dos meses libres de trabajo mientras viviera aquí, pero creo que es mejor pensar las cosas con más claridad.
Koral volteó a verlo de golpe, sin comprender lo que escuchaba. Sus ojos recorrieron el rostro de Ayazen, buscando alguna señal de broma que no existía.
—¿Qué estás diciendo? —lo miró con el entrecejo fruncido—. ¿Por qué tan de repente? No es como si no estuviéramos peleando todo el tiempo… y tú dijiste…
—Sé que había dicho que estaríamos juntos, pero ahora que Blair llegó, tienes compañía perfecta. Nuestro hijo está bien y yo debo despejar mi mente, y tú también, mi amor —dijo Ayazen.
Se acercó lo suficiente para que Koral sintiera su aliento. Inclinó la cabeza y presionó sus labios contra la frente del omega en un beso prolongado.