CAPÍTULO 25 | DISTANCIA.
—Ayazen... —la voz de Koral salió rota por la opresión que sentía en el pecho mientras sus dedos volvían a buscar, casi con miedo, la piel de su cuello—.
¿Por qué me marcaste? Debiste haber esperado más tiempo...
apenas estamos asimilando todo. Además, ni siquiera soy un omega por completo, todavía soy recesivo... y yo...
Koral bajó la mirada hacia sus manos temblorosas. El silencio que siguió fue tan denso y pesado que hizo que el vello de su nuca se erizara.
—Tú lo pediste —lo interrumpió Ayazen con una voz fría que contrastaba por completo con su actitud de los últimos días.
Koral levantó la vista de golpe al sentir un pinchazo en el lazo y el cambio de actitud, encontrándose con los ojos del alfa.
Ya no había rastro de la ternura de hace unos segundos; en su lugar, había una mirada oscura, una chispa de ese instinto dominante que no se había apagado del todo con el fin del celo.
Ayazen se mantuvo rígido, poniéndose de pie desde el borde de la cama, proyectando su sombra sobre el cuerpo exhausto de su omega.
—No intentes engañar a tu propia memoria ahora que el calor ha bajado, Koral —continuó Ayazen, dando un paso lento hacia él, haciendo que el piso crujiera—. Pero supongo que sigue sin ser suficiente para ti, ¿no es así? —soltó una risa baja—. Supongo que es así… y seguirá siendo así.
Koral no quería mirarlo al rostro, bajando la mirada sin saber qué hacer al sentir la cercanía de un furioso Ayazen que salió de la habitación, pasando por su lado sin decir más.
No supo cuánto tiempo se quedó mirando sus pies hasta que una ráfaga fría de viento recorrió su piel.
Se miró nuevamente en el espejo y notó su alrededor vacío y limpio en la nueva habitación.
Caminó con pasos torpes hacia la cama, dejándose caer sobre el colchón. El hambre le retorcía el estómago con una fuerza que nunca había sentido, un vacío que parecía reclamar por él y por lo que crecía en su vientre.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Blair entró a la habitación con una bandeja de comida humeante entre las manos; el aroma a pan recién horneado y carne asada llenó el aire de inmediato.
—¡Feliz nueva vida de matrimonio! —exclamó con una sonrisa enorme y radiante de felicidad.
Caminó con entusiasmo, pero su paso se detuvo en seco al acercarse lo suficiente.
La alegría en su rostro se desvaneció al notar la expresión decaída de Koral, sus hombros hundidos y la mirada perdida en algún punto del suelo.
Blair dejó la bandeja sobre la mesa de noche con un golpe seco y se inclinó hacia él, preocupada al ver a su amigo en ese estado.
—¿Te pasó algo? —preguntó la beta.
Koral levantó la cabeza con lentitud. Sus ojos estaban empañados por la tristeza profunda que sentía.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó Koral, cuya voz sonaba pequeña y rasposa, ignorando por completo la pregunta de ella.
—Hace diez minutos. Me recibió la sirvienta y dijo que estaba bien que pasara —respondió Blair—. Dime qué te pasó… ¿Ayazen se está portando mal contigo?
—No es así… —murmuró Koral, hundiendo los dedos en el edredón.
Blair, al ser beta, no notaba las feromonas densas que rodeaban la habitación y toda la casa. Podía moverse con tranquilidad a pesar de la brusquedad del aroma que envolvía a Koral, pero lo que sí pudo percibir con la mirada fue la marca en su cuello.
—¡No me digas que… oh, por Dios! —gritó de repente, poniéndose de pie por la impresión y cubriendo su boca con las manos—. ¿Te marcó?
Koral asintió en silencio.
—No puedo creerlo… Aún no me acostumbro a que seas un omega. Pero ya estás casado, embarazado y marcado. No puedo creerlo, Koral, te lo tenías muy guardado —dijo Blair, rodeando a su amigo con un abrazo apretado—. Supongo que tu actitud fría hacia Ayazen solo era una barrera.
—La verdad es que… —Koral quiso corregirla, pero se detuvo.
¿Qué iba a decir? No tenía palabras para explicar la confusión que sentía, y menos hacia la única amiga que siempre estaba ahí, a pesar de que no conocía todos sus secretos.
Al menos podía fingir que las cosas eran más simples de lo que parecían—.
Ayazen está solo un poco molesto —alcanzó a decir, desviando la mirada hacia la bandeja de comida.
—Oh… pelea de pareja —hizo una mueca divertida, tratando de restarle importancia—. En todo caso, dile que tú eres el que tiene razón y ya está. No dejes que se le suba el mando a la cabeza solo por ser el alfa.
Blair comenzó a destapar los platos de la bandeja, dejando que el vapor del guiso le diera de lleno en el rostro a Koral. El olor le revolvió las entrañas por la hambre.
—Come algo. Tienes una cara de muerto que no puedo con ella —sentenció Blair, extendiéndole un cubierto—. ¿Quieres que te cuente lo que escuché en la universidad y en tu boda?
Koral apretó el cubierto entre sus dedos, sintiendo el metal frío contra su palma.
El primer bocado del guiso le supo a gloria, pero las palabras de Blair hicieron que el nudo en su garganta regresara de golpe.
Siguió comiendo, manteniendo la mirada fija en el plato, intentando ignorar la punzada de molestia que el lazo le enviaba desde algún lugar de la casa.
—Ya sabes lo típico de que sedujiste a Ayazen y se lo robaste a tu mejor amigo, es decir, a Ray —comenzó a contar Blair, cruzándose de brazos y apoyándose en el borde de la cama—.
Dicen que usaste tus mañas fingiendo ser un beta para atraparlo justo cuando notaste que la relación entre Ayazen y Ray se ponía seria.
Koral tragó con dificultad; el sabor del guiso se volvió amargo por un segundo.
—La gente habla demasiadas estupideces —susurró Koral, dejando la cuchara a un lado—. Ni siquiera sabían que yo era un omega hasta hace poco. ¿Cómo se supone que planeé algo así?
Blair soltó un suspiro y se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto de la mano.
—A la gente no le importa la lógica, Koral.
Solo quieren el chisme. Dicen que la prensa está moviendo hilos para limpiar la imagen de Ayazen.
No importa si es cierto o no, no sé por qué este tema los tiene tan entretenidos.
De todas formas, ayer Ray y Maksim salieron en la portada de Exia besándose, así que las cosas deben ser muy diferentes a las que se pintaron, ¿no es así?
—preguntó mirando a Koral, que masticaba lento.
—Supongo…
—Koral —dijo Blair con una cara que aparentaba ser tierna—. Por favor… cuéntamelo todo. ¿Desde hace cuánto estás con Ayazen? ¿Acaso Ray ya lo sabía desde siempre? No es sorpresa saber que comprometieron a Ayazen y Ray por asuntos de familia y eso, pero tú… querido amigo, no me has contado nada.
—Sí… —dijo Koral terminando de tragar—. Lo sé, umm…
—No sabía qué decir ahora; no podía decir la verdad, no podría meter a Blair en su mundo—.
Ayazen y yo… siempre hemos estado enamorados.
Desde que éramos pequeños —comenzó a decir—.
Pero como Ayazen era alfa y Ray omega, esa es la razón por la que los comprometieron.
Y como yo era beta… supongo que no entraba en la categoría —su mentira parecía tener coherencia—.
Y es obvio que Ayazen y yo nunca nos dejamos de querer… lo sabes.
—¿Y Ray también estaba de acuerdo? —preguntó Blair, quien escuchaba todo como si viera una película.
Koral se quedó en silencio unos segundos y suspiró.
—Sí, claro que lo sabía. Los tres crecimos juntos, solo era nuestro trato hasta que pudiéramos anunciarlo públicamente, pero pasó que era omega… y bueno, una cosa llevó a otra.
—¡Oh, Dios mío! Deberían escribir una novela de su historia de amor —exclamó Blair, con los ojos brillando de emoción por el relato de Koral—. ¡El alfa que desafió su compromiso por su amor verdadero!
—Supongo que sí —una voz profunda y seca resonó desde el umbral de la puerta.
Koral levantó la mirada de golpe, sintiendo un vuelco en el estómago. Ayazen estaba apoyado contra el marco, observándolos con una expresión indescifrable. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí ni qué tanto había escuchado de su mentira.
Blair se puso de pie de inmediato para saludarlo. Ayazen le devolvió el gesto con una cortesía y una sonrisa.
—Siéntete como en casa, Blair —dijo Ayazen con suavidad—. La sirvienta te llevará a tu habitación si quieres descansar del viaje.
Blair asintió con entusiasmo, captando la indirecta de que el alfa quería estar a solas con su omega. Le guiñó un ojo a Koral, con una sonrisa cómplice.
—Oh, sí… claro. Tomaré una siesta —dijo saliendo de la habitación, siguiendo las indicaciones de la sirvienta.
El silencio volvió a caer sobre ellos, denso y frío.
Ayazen caminó hacia la cama con pasos lentos.
Ya no llevaba el rastro del desorden del rut; vestía ropa ligera de casa, limpia y perfectamente acomodada sobre su cuerpo que, hasta hace poco, solo creía que podía usar trajes.
Se detuvo frente a Koral, quien terminó de masticar el último bocado con una incomodidad que le recorría la espina dorsal.
Sin decir una palabra, Ayazen sacó un pañuelo de tela blanca de su bolsillo.
Se inclinó sobre Koral y, con un movimiento suave, limpió la comisura de sus labios.
El contacto del pañuelo fue breve, pero la cercanía del alfa hizo que el lazo en el pecho de Koral vibrara con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—¿Sigues molesto? —preguntó Koral en un susurro, sin saber qué hacer.
—No —respondió Ayazen, acomodando la bandeja en el tocador con un movimiento seco.
Koral notó la molestia en su voz y supo que era mentira. El lazo en su pecho vibraba con una pesadez que no coincidía con esa respuesta corta.
—Mientes —dijo Koral, poniéndose de pie con las piernas todavía algo débiles.
—Bueno, estamos a mano. Tú mentiste mucho hace un momento —soltó Ayazen, dándole la espalda.
—¿Y qué debía decirle a Blair si preguntaba cómo es que nos casamos y todo lo que pasó en este tiempo? Y yo...