CAPÍTULO 24 | MI MARCA.
Los ojos de Ayazen se iluminaron al escuchar esas dos palabras, como si los ángeles cantaran en sus oídos y el paraíso se hubiera abierto para él.
Tenía frente a sí al único ser que sabía que no podría dejar de amar jamás, más de lo que ya lo hacía; el ser por el cual dejó que todas sus barreras se rompieran sin miedo ni cuidado.
El único por quien daría su vida y mataría a todo el mundo si fuera necesario; el único por quien, incluso si no fuera correspondido, lo entregaría todo sin pena alguna.
Por Koral. Por su Koral. Por su omega.
Besó los labios entreabiertos del omega, dejando que su lengua recorriera con gusto cada rincón, saboreando lo que era suyo.
Los gemidos de Koral se colaban contra su mejilla y llegaban a su oído, haciéndolo sonreír en medio del beso.
Ayazen veía cómo Koral mantenía los ojos cerrados y buscaba su lengua con desesperación, como si de beber agua se tratara.
Se estaba alimentando de él, de su alfa, del único capaz de darle lo que necesitaba.
Vida, cuerpo y alma; todo en Ayazen le pertenecía a Koral.
—Mi amor... —susurró Ayazen, consciente de cómo el cuerpo de Koral temblaba mientras se movía de arriba abajo sobre él, trazando círculos que lo apretaban con fuerza.
Enterró el rostro en la curva del cuello del omega y lo sintió mucho más vívido que nunca.
Ese aroma sutil y a la vez intenso se filtraba entre sus poros como la fragancia más pura y única que pudiera existir.
Ahí estaba, solo para él: un omega que jamás había emitido hormonas de la forma en que lo hacía ahora.
Ayazen lo tenía y podía sentirlo, olerlo y desearlo con una ferocidad que superaba cualquier límite previo.
Su Koral, su omega, lo deseaba tanto como él lo hacía.
Las manos de Ayazen bajaron a los glúteos de Koral, apretándolos para guiar el ritmo de sus embestidas mientras el calor del rut nublaba su juicio, dejando que solo el instinto de reclamar y proteger guiara sus movimientos.
—Mi amor, mi vida… mi omega —gemía Ayazen entre jadeos rotos, dejando que Koral se fundiera con él, permitiendo que el omega tomara todo lo que le pertenecía por derecho.
—Mi alma… —añadió, viendo cómo los ojos húmedos de Koral se abrían para buscarlo, con los labios entreabiertos y esa sonrisa que tenía el poder de derretir el corazón del alfa, incluso en medio del fuego.
—Mi omega —repitió Ayazen, alzándose un poco sobre el cuerpo de Koral para mirarlo desde arriba, manteniendo el movimiento rítmico de sus caderas que los unía.
—Ya no es necesario un nudo si ya tienes a mi hijo dentro tuyo —susurró con una posesividad, bajando una de sus manos para acariciar con devoción el vientre de Koral, donde la vida crecía.
—No… Ah —respondió Koral, negando con la cabeza mientras la movía de un lado a otro sobre la almohada. Sus dedos se hundían con fuerza en las sábanas debajo de él, apretándolas en un intento de anclarse a la realidad ante la intensidad del placer—. Ah…
—Mi amor —susurró Ayazen, suavizando por un momento su toque para apartar con delicadeza los cabellos sudados de la frente de Koral—. Eres mi vida y mi ser…
Se inclinó con cuidado, alineando su boca con la curva del cuello de Koral.
Allí, la glándula de feromonas palpitaba, liberando ese aroma sutil que ahora lo envolvía por completo, reclamándolo como su alfa, marcando el territorio que siempre debió ser suyo.
Ayazen aspiró profundamente, embriagándose de él antes de presionar sus dientes contra la piel sensible.
—¡AH! —el grito de Koral desgarró el aire de la habitación.
Koral soltó un sollozo que se mezcló con el eco del grito, sintiendo cómo el dolor agudo de la mordida se transformaba rápidamente en una corriente eléctrica que le recorría toda la espina dorsal.
En su pecho, un sentimiento intenso y desconocido comenzó a florecer: era la conexión, ese lazo inquebrantable que empezaba a sellarse, permitiéndole sentir el alma de Ayazen fundiéndose con la suya.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas, no solo por el dolor físico, sino por la magnitud de lo que estaba ocurriendo dentro de su cuerpo que no sabía cómo describir o si lo que sentía ahora era correcto.
Ayazen, al sentir la respuesta emocional de Koral a través del vínculo que acababa de abrir, soltó su cuello con lentitud.
Su mirada, aunque nublada por el rut, se suavizó con una ternura.
Acunó el rostro de Koral entre sus manos, secando las lágrimas con sus pulgares mientras repartía besos dulces y húmedos por toda su cara.
—Shh, ya está, mi cielo… —susurró Ayazen, su voz era un bálsamo que calmaba el instinto agitado del omega—. Siente esto... siénteme a mí. Solo somos tú y yo.
Koral asintió débilmente, aferrándose a los antebrazos del alfa, sintiendo cómo el calor en su interior llegaba al punto de no retorno. Los movimientos de Ayazen se volvieron más profundos y urgentes, buscando ese último rastro de entrega.
—Ayazen… ah... —Koral no pudo terminar la frase.
Ambos llegaron al clímax al mismo tiempo.
Koral arqueó la espalda con fuerza, con los ojos en blanco y los dedos clavados en los hombros de Ayazen, mientras el alfa soltaba un gruñido gutural, hundiéndose por última vez para descargar todo su ser dentro del omega.
En ese instante donde el vacío lento de sus emociones saliendo de ellos, que al mismo tiempo los unía, la conexión terminó de sellarse, dejando a ambos jadeantes, unidos por un hilo invisible que ya nada ni nadie en el mundo podría romper.
♦ ◊ ♦
El sol apenas salía cuando Ayazen arrastró a Koral hacia el ventanal.
Lo puso en cuatro, presionando sus manos contra el cristal frío que contrastaba con el fuego de sus cuerpos.
Ayazen no se contuvo; abrió las piernas de Koral y, de un solo empujón, hundió su pene erecto y febril hasta el fondo, haciendo que el omega soltara un gemido que empañó el vidrio.
—Ah... ¡Ah! Ayazen... —jadeaba Koral, sintiendo cómo el alfa lo embestía, cada embestida haciendo que su vientre chocara contra sus propios muslos.
Ayazen lo tomaba por las caderas, dejando sus dedos marcados en la piel blanca mientras el sonido de la carne chocando y los jadeos erráticos llenaban el espacio. El alfa gruñía, enterrándose en él una y otra vez, disfrutando de cómo el interior de Koral lo apretaba en cada estocada.
—¡Ah, Ah, Ah!
♦ ◊ ♦
Frente a la chimenea, el calor era insoportable.
Ayazen tenía a Koral con las piernas completamente abiertas, cargándolas sobre sus hombros mientras lo penetraba con todo su cuerpo encima, mientras dejaba que su glande jugara con la entrada húmeda y lubricada de su esposo.
Creando un roce húmedo y sonoro que volvía loco al alfa.
—Ah, ah, ah... ¡más! —suplicaba Koral, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco, mientras sentía el nudo de Ayazen rozar su entrada, amenazando con expandirse.
Ayazen no se detenía; sus manos bajaban a los testículos y luego subían a los pezones de Koral, retorciéndolos mientras aceleraba el ritmo. Sus caderas no daban tregua, martilleando contra Koral hasta que el omega no pudo más que balbucear incoherencias entre gemidos sordos.
♦ ◊ ♦
El agua salpicaba fuera de la tina con cada movimiento.
Koral estaba sentado sobre el regazo de Ayazen, montándolo con desesperación, subiendo y bajando mientras el miembro del alfa lo llenaba por completo.
El agua caliente servía como lubricante natural, permitiendo que la unión fuera aún más profunda.
—Ah... Ayazen... ah, ah... —Koral se aferraba al cuello del alfa, sintiendo cómo cada embestida hacia arriba alcanzaba su punto más sensible.
Ayazen lo sostenía por la cintura, ayudándolo a subir y bajar con fuerza, enterrando sus labios en el hombro de Koral para contener sus propios jadeos.
El ritmo era errático, salvaje; el alfa buscaba el fondo de su omega con una urgencia que solo el final del rut podía provocar, haciendo que Koral se retorciera y apretara sus piernas alrededor de su espalda, fundiéndose en un solo ser bajo el vapor del baño.
♦ ◊ ♦
Koral abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso reconfortante y cálido de Ayazen debajo de él.
Estaba recostado directamente sobre el pecho del alfa, escuchando el latido pausado y profundo de su corazón, que ahora latía con una tranquilidad que contrastaba con la tormenta de los días anteriores.
Ayazen dormía profundamente, con las facciones relajadas y un brazo rodeando posesivamente la cintura de Koral, incluso en sueños.
Cuando Koral logró despegar la vista del rostro de su alfa y miró alrededor de la habitación, soltó un jadeo de pura sorpresa.
La habitación parecía el epicentro de un huracán.
Las sábanas estaban hechas un nudo en el suelo, empapadas y arrugadas.
Una de las lámparas de noche estaba volcada y la alfombra frente a la chimenea estaba desplazada, llena de marcas de haber sido arrastrada.
Había trozos de tela; su camiseta y los pantalones de Ayazen estaban esparcidos desde la puerta hasta la cama, algunos visiblemente desgarrados por la urgencia del momento.
En el ventanal, el cristal todavía conservaba algunas marcas empañadas, mudos testigos de lo que había ocurrido allí.
Koral sintió un calor súbito subirle a las mejillas. Su cuerpo se sentía extraño: una mezcla de agotamiento extremo, una sensibilidad eléctrica en cada centímetro de su piel y un hambre voraz que le hacía rugir el estómago.
Frunció el ceño, intentando recordar. Sabía que habían estado allí, pero las imágenes le llegaban en ráfagas desordenadas y borrosas: el sabor de la piel de Ayazen, el sonido de sus propios gemidos que no parecían suyos, la sensación de ser reclamado una y otra vez con una ferocidad que le hacía temblar las piernas solo de pensarlo.
Intentó moverse con cuidado para no despertar a Ayazen, pero al hacerlo, sintió un pinchazo punzante en el cuello. Se llevó la mano al cuello y sus dedos rozaron la herida ya cerrada, pero sensible. La marca.
Lentamente, los recuerdos del rut empezaron a encajar como piezas de un rompecabezas: el calor asfixiante, el olor a bosque quemado de Ayazen y esa conexión profunda, ese hilo invisible que ahora vibraba en su pecho cada vez que el alfa exhalaba.
Koral se quedó petrificado. Un escalofrío le recorrió la columna cuando sus dedos rozaron la piel abultada y sensible de su cuello.
El recuerdo del mordisco regresó como un relámpago: el dolor agudo, el grito y, sobre todo, esa sensación de que algo dentro suyo cambiaba de aquella forma inexplicable.
—No... no puede ser —susurró con la voz rota por los días de gritos y gemidos.
Con un esfuerzo sobrehumano y las piernas temblándole como si fueran de gelatina, se deslizó fuera de los brazos de Ayazen.
El alfa soltó un gruñido bajo en sueños, buscando el calor de Koral, pero no se despertó.
Koral, casi tropezando con las sábanas hechas jirones en el suelo, avanzó como pudo hacia el espejo de cuerpo entero que estaba junto al clóset.
Al llegar frente al cristal, se quedó sin aliento.
Miró y lo que vio lo dejó en shock. Su piel estaba cubierta de marcas: chupones oscuros en las clavículas, sombras de dedos en sus caderas y muslos, y una palidez que resaltaba el cansancio de tres días de entrega. Pero lo que hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas fue su cuello.
Se hizo el cabello a un lado con manos temblorosas. Allí, justo sobre su glándula, estaba la marca.
La marca de Ayazen era profunda, clara y de un rojo intenso que aún palpitaba. Los dientes del alfa habían dejado una huella perfecta, un sello de propiedad que gritaba al mundo que Koral ya no era el omega que era, sino que ahora pertenecía a Ayazen, y Ayazen le pertenecía a él.
Koral retrocedió un paso, tapándose la boca con la mano para no soltar un sollozo por la impresión.
—Me marcó... —jadeó, sintiendo cómo el vínculo en su pecho vibraba con una calidez abrumadora—. Realmente... me marcó.
Se sentía extraño. No era solo el dolor físico; era la conciencia de que ahora podía «sentir» la presencia de Ayazen incluso sin mirarlo. Podía sentir el sueño profundo del alfa, su calma post-celo y un hilo de amor posesivo que viajaba a través de la unión.
—Cariño... no deberías estar de pie todavía —la voz de Ayazen sonó fuerte detrás suyo.
Ayazen se incorporó en la cama, con el torso desnudo y el cabello revuelto, observando a su omega con unos ojos que, aunque ya no brillaban con la locura del rut, mantenían un brillo de posesión al ver su marca en ese cuello blanco.
Sin esperar respuesta, el alfa se puso de pie con una agilidad sorprendente para alguien que acababa de despertar de tres días de frenesí.
Caminó hacia Koral y, antes de que este pudiera protestar, lo tomó en brazos, levantándolo con una facilidad pasmosa.
Koral soltó un pequeño jadeo, rodeando el cuello de Ayazen con sus brazos por instinto.
—Ayazen… yo… —susurró Koral, escondiendo el rostro en el hombro del alfa mientras sus ojos recorrían de nuevo el desastre: las sábanas desgarradas, los muebles movidos y el rastro de todo lo que habían hecho.
—Lo sé, mi vida. Lo sé —respondió Ayazen con una sonrisa en los labios, como si supiera lo que Koral quería decir.
El alfa salió de la habitación principal, llevando a Koral en brazos como si fuera el tesoro más valioso del mundo; y lo era.
Cruzó el pasillo y entró en la habitación de invitados, la que Ayazen había usado antes de que todo esto estallara.
Estaba impecable, con las sábanas limpias y un aroma a lavanda que ayudó a relajar los sentidos de Koral.
Con extrema delicadeza, Ayazen lo depositó sobre la cama suave.
Se inclinó sobre él y le dio un beso tierno en la frente, quedándose ahí unos segundos para aspirar el aroma de su omega marcado.
Luego, bajó su rostro y dejó un beso prolongado y cálido sobre el vientre de Koral, donde su hijo descansaba tras la tormenta.
—Descansa un poco más, mi amor —dijo Ayazen, acariciándole la mejilla—. Voy a llamar a los empleados para que vengan a limpiar ese desastre y nos traigan algo de comer. Necesitas recuperar fuerzas.
—Ayazen…