Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 23 | TE AMO.
59%

CAPÍTULO 23 | TE AMO.

Ayazen no perdió ni un solo segundo. En el instante en que sus ojos encontraron la rendición silenciosa en la mirada de Koral, no pudo resistir más.

Se lanzó sobre el omega con una voracidad salvaje que Koral nunca había presenciado antes, pero que, extrañamente, venía matizada por una ternura suave a la hora de tocarlo de forma casi desesperada.

No era solo el deseo de tocar a su omega, al contrario, el hecho de tenerlo de frente y tan cerca y unidos como nunca antes lo hubiera creído posible.

Sus labios, suaves y a la vez firmes, no buscaron la boca de Koral de inmediato, sino que iniciaron un recorrido devoto y minucioso en su piel que, al contrario de Ayazen, no se encontraba en celo, pero ardía de igual forma.

Cada centímetro de la piel expuesta de Koral se convirtió en un mapa que Ayazen debía memorizar con sus labios como si de un historiador se tratara.

Comenzó en la línea afilada de su mandíbula, besando y mordisqueando suavemente la zona, saboreando el pulso acelerado bajo la piel de su omega.

Luego, descendió con lentitud agónica por la garganta sensible cerca de la glándula de feromonas, el mismo lugar donde se suponía debía estar su marca.

Koral no pudo evitar soltar un gemido ahogado que se silenció en cuanto las manos de Ayazen tocaron su cintura de forma más caótica, adentrando sus dedos en su piel, haciéndolo sentir mucho más calor del que creía poder soportar.

Ayazen se detuvo un momento, respirando las feromonas de Koral, un aroma que se intensificaba con la excitación en su piel y la sumisión que lo dejaba caer en sus instintos más bajos y al mismo tiempo los únicos que podía tener hacia el ser que su mente, cuerpo y manos quería.

Sus manos se posaron en las mejillas del omega antes de deslizarse hacia la curva de sus hombros, acariciando la zona como si de una deidad se tratara.

Los labios del alfa siguieron el camino en su piel trazándolo con sus dedos, depositando besos húmedos y cálidos que dejaban un rastro de humedad y calor ardiente sobre la piel nívea de Koral.

La sensación era una mezcla electrizante que recorría mucho más que solo su cuerpo, uniéndose a su mente y a la vez a quien más amaba.

Preparando el cuerpo del omega para la intensidad que sabían que estaba por venir, un preludio que no podía detener.

—Te amo tanto, Koral... no tienes idea de cuánto —gruñó Ayazen contra su cuello, su voz vibrando con la ronquera propia del Rut—. Me encanta todo de ti, cómo me miras… cómo te sientes bajo mis dedos y mis labios… Todo de ti llena lo que sea que esté vacío en mí.

Sus besos bajaron por el pecho de Koral, recorriendo cada centímetro, llegando a sus pezones que ya se encontraban erectos por la fricción; rozados y muy sensibles ante el toque constante de los dedos de Ayazen en la areola.

—¡Ah! —Koral no pudo detener el gemido que salió de sus labios.

Los dedos de Ayazen formaron círculos sobre los pezones mientras sus labios recorrían mucho más la zona. Ambos desnudos piel con piel, y sus cuerpos ardiendo sin poder detenerse ante sus propias voluntades.

—Ayazen… —dijo Koral con voz temblorosa al sentir cómo el alfa no paraba de besar aquella zona.

El alfa escuchó su nombre, sin embargo, ignoró su llamado, haciendo el ademán de sonreír antes de tomar con sus labios el pezón sonrojado de Koral entre estos.

—¡No!... —Koral quiso detenerlo, pero su cuerpo se arqueó ante la sensación que lo volvía casi loco—. ¡Ayazen! ¡Ah!

Los labios de Ayazen se apartaron de la zona solo cuando estuvo seguro de que debía seguir con el otro, sin dejar de lado el pezón húmedo del lado contrario, porque sus dedos continuaron su labor.

Desde que su cuerpo se había unido por primera vez al de Koral, supo que su punto más lascivo y sensible era esa zona.

Sintió cómo las manos del omega tomaban su rostro, arrastrándolo hasta verlo cara a cara, las mejillas sonrojadas de Koral eran hermosas…

Tanto que, si fuera posible, Ayazen detendría el tiempo en ese instante para nunca dejar de verlo.

—Ya… —dijo Koral al tenerlo de frente—. Me duelen…

Ayazen quiso besarlo al ver lo tierno que se veía, pero un dolor punzante en su vientre lo detuvo. Frunció su entrecejo por la molestia, casi encorvándose por completo sobre Koral, pero contuvo su peso lo suficiente para estabilizarse nuevamente.

—Ahg…

Koral notó el cambio repentino al sentir la tensión en el cuerpo de Ayazen.

Sabía que el rut de un alfa era difícil para este y más si no estaba en constante contacto con las hormonas de su omega.

Y Ayazen, que era un alfa dominante, su necesidad debía de ser superior, pero Koral era consciente de que, al ser un omega recesivo, la cantidad de feromonas que tenía eran tan nimias que ni siquiera se percibían.

Se sintió culpable al no poder ayudarlo, al ver el rostro de Ayazen que parecía sufrir ante su cuerpo.

Sería mejor si estuviera con un omega normal.

—Ayazen… —lo llamó con la voz temblorosa.

—No… —La voz de Ayazen se volvió pastosa, y se apartó del cuerpo de Koral como si de fuego se tratase—. No podemos seguir…

Koral no comprendió por qué Ayazen se comportaba de esa manera… Sí, él no podía darle las feromonas que Ayazen necesitaba para calmar su rut, pero Ayazen no debía apartarse de esa forma; al menos debía disimular que no le gustaba.

—Vete —la voz de Ayazen se hizo más dura y sus ojos, que se habían vuelto dorados, lo vieron de igual forma.

Koral se sintió ofendido. ¿Cómo se atrevía?

¿Después de todo lo que hizo? Ya están casados y espera a su hijo; no es que no puedan o no deban hacer esto.

De todas formas, ayer no hicieron nada. Claro, Koral no estaba ofendido por eso, porque si es que Ayazen no quería tocarlo, pues que no lo haga, pero entonces, ¿por qué lo hace si no van a seguir, o es que no quiso desde el inicio?

—Vete, Koral —repitió Ayazen, poniéndose de pie, apartando la vista y escondiendo la mirada para no ver el cuerpo de Koral.

—¿Por qué debería hacerlo? —Koral se atrevió a decir, sintiendo el temblor en sus labios que le decía que ya pronto comenzaría a llorar—. Estás en rut…

—Koral… Hazme caso. Vete ahora mismo.

Ayazen seguía apartando la mirada y lo irónico de alejar a su esposo de su habitación en una situación como esta era que su hombría seguía firme como siempre cada que tocaba a Koral.

—No me iré —dijo Koral sin moverse ni un solo centímetro—. Estás en tu rut, me necesitas ahora.

—Koral…

—No me iré, ya te lo dije.

—Koral…

El omega se puso de rodillas sobre la cama, quitando los restos de sus prendas a medio sacar.

—No me iré. Me necesitas.

—¡Maldita sea, Koral! ¡Te dije que te fueras! —Ayazen explotó, volviendo a verlo—. No puedes estar aquí, puedo hacerte daño en tu estado.

—¿¡Y por qué debería irme!? —Koral no soportó más la actitud del alfa que pasaba de besarlo en todo el cuerpo hasta querer apartarlo como si fuera una peste—. ¡¿No es por esto que nos casamos?! ¡Soy tu esposo!

—Koral, no lo entiendes… Puedo lastimar a nuestro hijo.

—No lo harás.

—¿Qué sabes tú del rut de un alfa?

—¡Lo que todo el mundo sabe del rut de un alfa!

Ayazen frotó su sien, soltando una risa que se cortó cuando otra punzada dolorosa pasó por su vientre bajo.

—Tú no sabes nada del rut de un alfa, Koral.

Mucho menos del rut de un alfa dominante.

Puedo lastimarte y no solo a ti, también a nuestro hijo, y eso es lo último que quiero, Koral.

Así que vete ahora mismo —masculló Ayazen, conteniéndose para no volver encima del omega que lo miraba como si quisiera asesinarlo.

—¿Y qué harás si me voy? ¿Traerás a otro omega que sí pueda con tu maldito rut? —dijo Koral, poniéndose de pie y acercándose lo suficiente a Ayazen para que no pudiera desviar la mirada de él—. Dime. ¿Qué harás? —insistió al no tener respuesta del alfa.

«No podía ser posible el descaro de Ayazen al querer contratar putas en su propia luna de miel».

—Koral… Lo único que quiero es que tú y nuestro hijo estén a salvo y conmigo aquí no lo estarán. Así que vete o no podré contenerme más.

—Pero… —Koral rompió la pequeña distancia que los separaba y levantó sus manos para tocar el rostro de Ayazen, que mantenía la mirada baja para no verlo—. No quiero que te contengas y —acarició la mejilla del alfa lo suficiente para que este lo vea—, tú jamás le harías daño a nuestro hijo.

Ayazen no pudo contenerse más, no cuando su omega estaba frente a él mirándolo de esa forma y hablándole así, como nunca lo había hecho antes.

Tal vez era por las feromonas de su rut que Koral se comportaba de aquella forma, pero si es que no era así…

si es que había una mínima posibilidad de que Koral lo deseara de tal forma que no se alejara de él de forma voluntaria.

—Vamos a ser una familia —continuó Koral, con la mirada oscurecida por el deseo—. Seremos solo nosotros. Tú, nuestro hijo y yo. Nadie va a entrar en este mundo que estamos construyendo.

Ayazen lo tomó en brazos nuevamente, acomodándolo con calma sobre la cama para atrapar su cuerpo de la misma forma en la que lo tenía, y no pudo contener aquello que jamás había contenido antes.

—Mi omega —susurró antes de envolver los labios de Koral con los suyos.

Sus lenguas se unieron nuevamente, el calor los inundó en sus bocas y el calor de sus cuerpos se fusionó en uno solo. Ayazen se adentró mucho más profundo entre las piernas abiertas de Koral, alineando rápido su pene con la entrada húmeda del omega, que no había parado de lubricar todo este tiempo.

Koral, que jamás había visto a Ayazen en un estado de rut tan puro y dominante, no sabía exactamente cómo actuar ahora que lo tenía encima suyo con tal destreza que lo llegaba a asustar. Su cuerpo se sentía pequeño bajo el peso y la intensidad del alfa, y eso le gustaba.

—¡Ah! ¡Ayazen! —gimió cuando sintió cómo el pene del alfa se adentraba dentro suyo, perforando aquella zona que lo volvía loco, llegando profundo, de una forma casi bestial que lo hacía temblar y arquear el cuerpo.

—Eres mi vida —dijo Ayazen moviendo su cintura—. Mi ser… todo es tuyo, todo eres tú…

Los labios de Ayazen sobre su oído, con su aliento cálido y embriagador, mientras sostenía su cintura que se movía al son de la suya, la cual debía controlar para no intensificar el ritmo.

—¡Ahg! —jadeó Ayazen cuando sintió cómo Koral lo apretaba mucho más fuerte al tocar aquella zona que volvía loco al omega.

—Ayazen... —susurró Koral entre los gemidos que no paraban de salir de sus labios de forma involuntaria, entrelazando sus dedos en el cabello del alfa, con el corazón martilleando contra sus costillas al ver esa faceta tan vulnerable y a la vez tan vigorosa de su pareja.

Su alfa.

—Te amo —susurró Koral.