Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 22 | CALOR. #2
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CAPÍTULO 22 | CALOR. #2

—Todo estará bien —le aseguró Ayazen en un susurro, suavizando su toque—. Estamos juntos ahora.

Koral, que mantenía los ojos cerrados, los abrió lentamente para encontrarse con el rostro de Ayazen tan cerca del suyo.

Sin pensarlo, se impulsó y le dio un beso.

Ayazen respondió de inmediato, siguiendo el beso con intensidad mientras sus manos bajaban desde el rostro hasta la cintura de Koral, apretándolo contra él.

Koral abrió la boca, permitiendo que la lengua húmeda y caliente de Ayazen entrara en su cavidad, dejando que ambas lenguas se unieran en un vaivén profundo mientras el contacto se volvía más errático.

Koral sintió por un segundo que Ayazen intentaba separarse, quizás buscando darle espacio, pero él no quiso que se alejara. Colocó sus manos sobre los hombros del alfa, rodeándolo con fuerza para profundizar el contacto y seguir el beso.

Ayazen cedió ante la insistencia de Koral y, sin romper el beso, hizo que ambos se recostaran sobre el pasto verde a la orilla del lago.

Koral enroscó sus piernas alrededor de la cintura de Ayazen, atrayéndolo más hacia él, mientras el alfa continuaba besándolo con una desesperación que los dejaba a ambos sin aliento.

Fue entonces cuando Koral bajó la mano y apretó la dureza del pene de Ayazen sobre la tela de su pantalón, incapaz de aguantar más el calor que había tenido que reprimir la noche anterior.

El contacto fue firme, permitiéndole sentir a través de la ropa el grosor y el latido del miembro del alfa bajo su palma.

Ayazen se detuvo en seco, soltando un jadeo ronco contra el cuello de Koral ante la audacia del movimiento.

—No lo hagas... —mascullo Ayazen con la voz rota—, porque si sigues, no podré parar.

Koral lo miró con los ojos empañados, pero en lugar de soltarlo, deslizó sus dedos por debajo de la ropa de Ayazen, rodeando el miembro caliente y palpitante con sus dedos.

—Qué pena... quiero que pares —dijo Koral, provocándolo mientras sus respiraciones se mezclaban—, pero no porque no quiera hacerlo... quiero continuar en nuestra habitación.

Ayazen no lo pensó dos veces. Se puso de pie de inmediato y tomó a Koral por los muslos, cargándolo mientras el omega se aferraba a su cintura.

Entró a la cabaña a zancadas, subiendo las escaleras sin romper el contacto hasta llegar a la habitación principal.

Dejó caer a Koral sobre las sábanas y, de inmediato, sus manos comenzaron a arrancar la ropa del cuerpo del omega.

Koral jadeaba con fuerza, sintiendo el aire frío de la habitación contrastar con el calor abrasador de la boca de Ayazen, que bajaba desde su cuello hasta su clavícula con desesperación, succionando su piel hasta dejar marcas violáceas.

Moviendo sus dedos con agilidad sobre los pezones de Koral, pellizcándolos y frotándolos rítmicamente hasta que el omega arqueó la espalda, soltando un gemido agudo que vibró en las paredes.

—¡Ah!

Ayazen, entregado al deseo, comenzó a recorrer con sus labios la piel tensa de Koral, bajando desde sus hombros hasta su ombligo, donde la curva del vientre de Koral ya empezaba a hacerse notar.

Era su hijo, el fruto de ellos dos, palpitando bajo la palma de Ayazen.

El alfa se detuvo un segundo al sentir esa zona, pero de inmediato bajó su rostro para besar el estómago del omega con amor.

Acarició la curva con suavidad antes de continuar descendiendo, dejando un rastro de besos húmedos y calientes por la piel de Koral, hasta llegar a su pene erecto.

—No…

Koral intentó detenerlo, abrumado por la intensidad, pero Ayazen no cedió.

El alfa tomó el miembro de Koral y comenzó a adentrarlo en su boca con lentitud, rodeándolo con la calidez de su lengua y succionando con cuidado.

Koral, que nunca había experimentado una sensación tan cruda y directa, sintió un calor intenso que le recorrió toda la columna.

Su cuerpo se sacudió en un espasmo de placer; sus manos se hundieron en el cabello de Ayazen, sosteniendo su cabeza mientras se retorcía sobre las sábanas.

Los jadeos se convirtieron en gemidos constantes y erráticos, mientras veía desde arriba cómo Ayazen no parecía querer soltarlo.

—¡Ah! ¡Ahg! ¡Ah!

Koral soltó un grito ahogado mientras su cuerpo se sacudía en espasmos, corriéndose directamente en los labios de Ayazen.

El alfa, sin dudarlo un segundo, tragó su esencia, limpiando con su lengua cada rastro de deseo que quedaba sobre la piel del omega.

Koral jadeaba, con el pecho subiendo y bajando con violencia, y lo miró con los ojos empañados.

—No... no debiste hacer eso —susurró Koral, abrumado por la entrega del otro.

—¿Por qué no? —respondió Ayazen—. Eres delicioso. Todo lo que es tuyo es mío, y todo lo que viene de ti es perfecto.

Ayazen volvió a lanzarse sobre él, besando su piel y su cuello con una intensidad mucho más feroz que antes.

Koral jadeaba, sonriendo por el calor que consumía su cuerpo, pero pronto notó que la urgencia de Ayazen no disminuía; al contrario, el pene erecto del alfa seguía presionando contra su muslo con una fuerza abrumadora.

A pesar de sentirse agotado y satisfecho, Koral quiso complacerlo también.

Se fue sentando poco a poco, recibiendo los besos hambrientos de Ayazen, quien soltaba jadeos roncos que vibraban en el aire.

Koral comenzó a recorrer el torso de Ayazen con sus manos, pero se detuvo al sentir que la piel del alfa estaba ardiendo, mucho más caliente de lo normal.

Al no poder sentir las feromonas, no podía decir si es que había un cambio real, pero el aura que rodeaba a Ayazen se volvió densa, embriagadora y salvajemente dominante, llenando cada rincón de la habitación.

Lo podía sentir.

Koral lo miró a los ojos, que ahora brillaban con un matiz oscuro y desenfocado, y se aferró a sus hombros sin querer soltarlo. Fue en ese instante, al sentir la vibración de su piel y el calor febril de su aliento, cuando Koral se dio cuenta de la realidad.

«Ayazen está entrando en su ciclo. Está en pleno Rut».