Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 22 | CALOR.
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CAPÍTULO 22 | CALOR.

Koral se quedó inmóvil, sentado en el borde de la cama, con la mirada fija en la puerta de madera por la que Ayazen acababa de salir.

El silencio de la cabaña, que antes parecía pacífico, ahora se le notaba mucho más pesado y asfixiante.

Sintió una presión extraña en el pecho, algo que se apretaba contra sus costillas al procesar cómo el calor de Ayazen se había desvanecido de repente.

Después de haberlo colmado de tanto cariño, de haber besado cada rincón de su piel con esa devoción con la que siempre lo miraba, se había marchado como si nada, dejándolo con una sensación de abandono que no sabía cómo clasificar.

Volteó la cabeza para ver la pijama doblada sobre la almohada y soltó un suspiro entrecortado. Un calor diferente, punzante y molesto, recorrió su cuerpo, irritándolo aún más. A pesar de la desnudez que lo hacía sentir vulnerable en esa habitación desconocida, se puso de pie con movimientos lentos.

«¿Cuál era la necesidad de que Ayazen se fuera a otra habitación?

». La pregunta martilleaba su mente una y otra vez.

Ya eran esposos ante la ley y ante la sociedad; incluso antes de serlo, ya compartían la cama.

«¿Por qué ahora, cuando el compromiso ya se había formalizado en todo aspecto, Ayazen decidía establecer esa distancia?

». Se suponía que debían actuar como la pareja de casados que eran, especialmente ahora que Ayazen finalmente había logrado lo que quería: casarse con él y asegurar su apellido en la piel de Koral.

Caminó hacia la cama y tomó la prenda de seda, sintiéndose extrañamente despechado. Se puso la pijama con torpeza, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia la puerta cerrada. La ausencia de Ayazen pesaba más que su presencia, y esa era una realidad que Koral odiaba admitir.

Se resignó a dormir, aunque el sueño se sentía como una huida cobarde.

«No tiene sentido seguir torturándose con la imagen de Ayazen en su mente, como si ese desgraciado fuera realmente considerado con él después de todo este tiempo».

No era más que otro juego, otra cadena que lo ataba a lo que fuera que ese hombre decidiera.

Él no era más que un juguete diseñado para el placer mental y físico de ese idiota; siempre había sido lo mismo.

«¿Así sería su vida a partir de ahora?».

La idea le resultaba insoportable, un escenario que se negaba a aceptar como su realidad definitiva.

Además, estaba Ray… Ray con Maksim. ¿Cómo era eso posible?

¿Realmente las cosas habían sido tan fáciles de olvidar sin él?

No solo no había sido una opción nunca, sino que ni siquiera sentía que fuera alguien importante en la vida de Ray.

Se reprochó haber creído, bajo cualquier circunstancia, que sería posible que un omega se enamorara de él siendo un beta.

Pero ahora, siendo un omega también, la herida era más profunda: era imposible que Ray se fijara en él de esa manera.

«Pero, ¿acaso si ahora Ray lo volviera a ver, cambiaría algo?

». Él no se sentiría capaz de siquiera quererlo de la forma en la que nunca había aprendido que podría ser posible, que podría amar como lo es sentir de las formas en las que lo ha sentido todo este tiempo con Ayazen.

Las sensaciones en su cuerpo eran casi indescriptibles, cosas que lo hacían enloquecer de a poco y por cuyas manos sentía un vacío ahora que no lo abrazaban mientras estaba recostado sobre la cama.

Bajó sus manos a su vientre; ya no sabía qué era realmente lo que quería.

♦ ◊ ♦

Ayazen había despedido a la servidumbre temporalmente en la cabaña.

Pensaba que sería mucho mejor solo estar a solas con Koral y poder vivir una vida rozando lo normal y coloquial como cualquier otra pareja de esposos, pero esa ilusión se rompió cuando se percató de que debía ser el encargado de la cocina.

Por supuesto, en su vida había tocado un sartén, así que le era todo un reto cocinar el desayuno para Koral.

Siendo las diez de la mañana, y a pesar de que el omega no salía de la habitación principal, era obvio que estaba despierto y de seguro hambriento.

—Mierda —masculló, al darse cuenta de que definitivamente debía llamar a la cocinera al menos para que pudieran sobrevivir en la cabaña.

Tomó el teléfono de la casa que tenía línea directa con la servidumbre general y esperó apenas un segundo antes de que contestaran.

—Comunica que necesito un cocinero o cocinera de inmediato —ordenó Ayazen—. Que venga ahora mismo. Y mientras llega, que traigan el desayuno ya preparado; no quiero esperar más.

Colgó, con un gesto de frustración, soltando un suspiro al aceptar que su plan de "vida normal" se había desmoronado antes de comenzar.

Subió las escaleras hacia la habitación principal donde se encontraba Koral y, al entrar, encontró al omega frente al enorme ventanal, bañado por la luz dorada de la mañana.

El omega sostenía un libro entre sus manos, pero sus ojos estaban fijos en el vaivén de las olas del mar, perdido en el paisaje o en sus propios pensamientos.

Sin hacer ruido, Ayazen se acercó y lo rodeó por la espalda, atrapando su cintura con naturalidad y enterrando la cabeza entre su hombro y su cuello, aspirando su aroma casi imperceptible con derrota.

—Mi plan ha resultado en un desastre total —le dijo con la voz amortiguada contra su piel—, y ahora estoy dejando a mi esposo e hijo sin comida.

Koral soltó una pequeña risa al escuchar la voz genuinamente derrotada de Ayazen.

—Pero la servidumbre ya se encarga —le informó Ayazen, dejando un beso lento en el nacimiento de su hombro.

—Está bien —respondió Koral, volviendo a mirar hacia el océano con voz pausada—. No tengo mucho apetito de todas formas.

—¿No te sientes bien? —le preguntó Ayazen de inmediato—. Puedo llamar al doctor ahora mismo si es necesario.

Se puso frente a él, revisando su temperatura al ponerle la mano en la frente e inspeccionándolo con una mirada minuciosa, como si buscara cualquier síntoma oculto en su rostro. Koral soltó otra carcajada al verlo así de preocupado por una simple frase.

—No pasa nada —dijo Koral, deteniendo sus manos—. Sí tengo hambre, solo dije que no para que no te preocuparas más.

Ayazen exhaló un suspiro de alivio, pero no apartó la vista de él.

—No vuelvas a hacer eso —le pidió, suavizando la expresión—. Me asustaste. Si tienes hambre, comerás, aunque tenga que traer a todo el personal del hotel más cercano ahora mismo.

Ayazen se inclinó, acercando su rostro al de Koral hasta que sus respiraciones se mezclaron. Lo miró fijamente a los ojos mientras su mano subía por su cuello.

—Haría cualquier cosa por ti y por nuestro hijo, Koral. Lo que sea —susurró, acortando la distancia hasta que sus labios casi se rozaban.

Koral cerró los ojos, esperando el contacto, sintiendo el calor del alfa sobre su piel.

Sin embargo, el sonido de unos pasos acercándose por el pasillo rompió el silencio.

Ayazen se apartó de inmediato, dirigiendo su mirada hacia la puerta justo cuando la servidumbre entraba en la habitación cargando las bandejas del desayuno.

—Buenos días, señor. Traemos lo que solicitó —dijo uno de los empleados, inclinando la cabeza hacia Ayazen y luego hacia Koral.

Koral abrió los ojos lentamente, encontrándose con la figura de Ayazen lejos de él. Sintió un vacío punzante en el pecho, la misma sensación de abandono de la noche anterior ante ese beso que volvió a quedar suspendido en el aire.

Ayazen indicó a la servidumbre que pasara y estos acomodaron el desayuno en la pequeña mesa de la habitación. Ayazen se sentó frente a Koral y comenzó a servirlo él mismo. Koral se sentía desconcertado pero no dijo nada; sus ojos se iluminaron al ver la comida y procedió a comer.

Ayazen tomó los cubiertos y lo alimentó en la boca.

—¿Está bien la temperatura? —preguntó Ayazen mientras le acercaba un trozo de fruta—. Dime si quieres algo más, puedo pedir que lo preparen ahora mismo.

Koral masticó despacio y asintió, concentrado en el sabor de la comida después de tantas horas de ayuno.

—Está bien —respondió Koral en voz baja—. No hace falta nada más.

—Tienes que recuperar fuerzas —insistió Ayazen—. Ayer fue un día largo.

Después del desayuno, se vistieron con ropa del día a día. Ayazen le dijo que quería que viera el lago y lo llevó a caminar cerca de la cabaña. Koral caminaba a su lado escuchando a Ayazen hablar.

—Este lugar es perfecto —decía Ayazen mientras señalaba el agua—. Será hermoso venir en vacaciones con nuestros hijos para que pasen el tiempo en el lago, lejos de la ciudad y de todo el ruido.

Ayazen se detuvo de repente, se acercó a su lado y se agachó lo suficiente para acariciar el vientre de Koral.

—Vas a estar muy bien aquí —susurró Ayazen, hablándole directamente a su hijo mientras movía su mano sobre el vientre—.

Este lugar será solo para nosotros. Nadie te va a molestar y yo me encargaré de que no te falte nada.

Tendrás la familia que yo nunca tuve, una de verdad, donde nadie pueda decidir por ti.

Koral se quedó inmóvil mirando a Ayazen desde arriba. Sentía el calor de su mano a través de la ropa y escuchaba la promesa que el alfa le hacía a su hijo. De pronto, un calor punzante inundó sus ojos y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

Ayazen levantó la mirada y, al ver a Koral llorando, se puso de pie con rapidez. Acunó el rostro del omega entre sus manos, alarmándose de inmediato.

—¿Te duele algo? —le preguntó, buscándole la mirada con ansiedad—. ¿Es el bebé? ¿Qué tienes?

Koral negó con la cabeza, intentando cubrirse el rostro para ocultar sus lágrimas, pero Ayazen no lo soltó.

Con sus pulgares, comenzó a limpiar las lágrimas que no dejaban de caer.

Koral no podía creer lo extrañamente… ¿apreciado?

que se sentía en ese momento; todo le parecía una mentira, un sueño del que despertaría pronto, y se quedó en silencio, dejando que el alfa lo sostuviera.