CAPÍTULO 21 | LA CABAÑA.
El estruendo de los aplausos todavía vibraba en los oídos de Koral cuando sintió el contacto de Ayazen.
No fue un tirón, ni una orden brusca. Ayazen se inclinó hacia él con una parsimonia que le cortaba la respiración y, mientras los invitados se ponían en pie, le apartó con delicadeza un mechón de cabello que se había quedado pegado a su mejilla.
Sus dedos rozaron la piel de Koral con suavidad.
—Ya pasó todo, mi cielo —le susurró Ayazen al oído, con una voz tan cálida y melodiosa que nadie más pudo escuchar—. Lo hiciste perfecto. Vámonos de aquí.
Koral sintió un escalofrío que no pudo controlar, pero no era de miedo, sino de una confusión contigua que seguía presente a pesar de todo.
Ayazen lo tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los de él con cuidado, y lo guió por el pasillo de la catedral por donde había venido.
Al salir, el mundo se volvió un caos de luces y gritos de la prensa, pero Ayazen no soltó su mano ni un segundo.
Lo protegió del asedio de las cámaras usando su propio cuerpo como escudo, manteniéndolo cerca mientras bajaban las escaleras hacia la limosina que los esperaba con la puerta abierta.
Ayazen lo ayudó a subir, sosteniéndolo por la cintura para que no tropezara con la cola del traje, y esperó a que Koral estuviera cómodo antes de entrar él y cerrar la puerta, dejando el ruido del mundo fuera.
En el interior del auto, el silencio los rodeó.
Koral se quedó mirando sus propias manos, que aún temblaban ligeramente sobre sus rodillas.
Ayazen, en lugar de ignorarlo, se giró hacia él.
No había rastro de frialdad en sus ojos; al contrario, lo observaba con una atención que parecía genuinamente preocupada.
—¿Estás bien, cariño? —le preguntó suavemente, acortando la distancia entre ambos.
Koral tardó en reaccionar. Su mente estaba embotada, procesando lo que el apellido Verlkanur que ahora cargaba estaba pesando bajo sus hombros. Tragó saliva y asintió apenas, con un hilo de voz.
—Sí... estoy bien.
Ayazen no se quedó conforme. Con una mano suave, le tomó el mentón y le obligó a levantar la cabeza para revisarlo.
Le acarició la mejilla con el pulgar, buscando cualquier rastro de malestar o mareo, tratándolo como si fuera la pieza de cristal más cara de su colección.
Koral no se resistió; simplemente se dejó hacer, sumergido en esa docilidad extraña que lo invadía cuando Ayazen se portaba así de atento.
—Todo estará más tranquilo ahora —continuó Ayazen, sin dejar de acariciarlo—.
Pasaremos la luna de miel en una cabaña en Malibú.
Es un lugar soleado, frente al mar, con toda la paz que necesitas para descansar de todo.
Solo nosotros tres —dijo, bajando su mano con lentitud hasta el vientre de Koral.
Koral sintió el calor de esa palma sobre su abdomen y un escalofrío recorrió su columna, pero no se apartó.
Se quedó inmóvil, procesando las palabras mientras Ayazen lo observaba con una calma casi irreal.
Antes de que Koral pudiera decir algo, Ayazen se inclinó de nuevo y volvió a besar sus labios y sonrió.
El auto avanzó dejando atrás la ciudad y el ruido de la boda.
El trayecto se sentía eterno, y el silencio en el interior, sumado al movimiento constante del vehículo, terminó por vencer a Koral.
Sus párpados pesaban, se sentía drenado, sin fuerzas para seguir procesando la realidad.
Cerró los ojos y se dejó caer en un sueño profundo y pesado.
Despertó sobresaltado cuando el auto hizo un movimiento más brusco.
Abrió los ojos apenas unos segundos, desorientado, viendo a través de la ventana cómo el paisaje urbano había desaparecido por completo para dar paso a una carretera flanqueada por vegetación y destellos de mar a lo lejos.
Sintió la presencia de Ayazen a su lado, velando su sueño, pero la fatiga era más fuerte que su conciencia.
Sin poder evitarlo, volvió a cerrar los ojos, hundiéndose de nuevo en la oscuridad mientras el auto seguía su rumbo incansable.
Finalmente, el vehículo se detuvo. Habían llegado a la zona que Ayazen le había descrito: una cabaña apartada, rodeada de una vegetación impecable y con el sonido del mar rompiendo a pocos metros. El sol bañaba el lugar con una luz dorada que hacía que todo pareciera sacado de un sueño.
Ayazen bajó del auto y rodeó el vehículo para abrirle la puerta a Koral.
Lo ayudó a salir con cuidado, sosteniéndolo por el brazo mientras Koral terminaba de espabilarse del largo letargo.
En cuanto cruzaron el umbral de la cabaña, el olor a madera los recibió.
Todo estaba perfectamente preparado, en silencio y en orden.
Ayazen no esperó ni un segundo; cerró la puerta tras de ellos y, de inmediato, rodeó la cintura de Koral con sus brazos, pegándolo a su cuerpo mientras aspiraba el aroma de su cuello.
La cabaña era un refugio, donde lo rústico y lo elegante se fundían como una casa secundaria cualquiera donde no se vive, pero se tiene para el tiempo de ocio.
Las paredes de madera oscura y pulida contrastaban con los enormes ventanales que ofrecían una vista magnífica del océano.
En el interior del salón, una chimenea de piedra maciza ya estaba encendida, llenando el ambiente con el crepitar del fuego y un calor acogedor.
Muebles de diseño tapizados en cuero crema y alfombras de lana gruesa daban al lugar una atmósfera de exclusividad; era un espacio diseñado para el aislamiento total, lejos del escrutinio del mundo.
Ayazen no soltó la cintura de Koral. Lo mantuvo pegado a él, disfrutando de la calma del lugar antes de romper el silencio.
—Pasaremos un largo tiempo aquí, Koral —le dijo con voz queda—. Solo nosotros.
Koral levantó la vista, mirándolo sin terminar de entender. Sus ojos, aún algo nublados por el sueño del viaje, buscaban una explicación a tanta paz repentina. Ayazen le acarició la mejilla con el dorso de la mano, sonriendo. Todo parecía genuino.
—Sé que has estado bajo mucho estrés —continuó Ayazen, observándolo con atención—. Los comentarios de tu madre, la presión de la boda y esa reciente exposición mediática... no ha sido fácil para ti.
Koral se tensó ligeramente al escuchar la mención de su madre, pero lo que vino después lo dejó helado.
—Por eso tienes mi teléfono —soltó Ayazen con naturalidad, sin dejar de acariciarlo—. Lo tomaste sin decirme nada.
El rostro de Koral se encendió en un sonrojo violento que le subió hasta las orejas.
Se sintió expuesto, atrapado en una falta que creía haber ocultado con éxito.
Abrió la boca para intentar justificarse, para buscar alguna excusa que explicara por qué había robado el dispositivo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. No tenía forma de defenderse.
Sin embargo, Ayazen no mostró rastro de molestia. Al contrario, soltó una pequeña risa suave, casi divertida por la reacción del omega.
—No hay problema, Koral. No tienes que decir nada —le aseguró, restándole importancia al asunto—. De todas formas, sabía que pasaría. Imaginé que buscarías alguna forma de contacto o distracción.
Antes de que Koral pudiera recuperarse de la vergüenza, Ayazen se inclinó y depositó un beso largo y tierno en su frente.
—Necesitamos tiempo solo para nosotros dos —le susurró contra la piel—. Sin presiones, sin cámaras y sin nadie más interfiriendo. Aquí nadie nos va a molestar.
Koral tragó saliva, sintiendo cómo la calidez de la cabaña empezaba a volverse sofocante a pesar del espacio. El hecho de que Ayazen supiera lo del teléfono y no se hubiera inmutado le daba una sensación de vulnerabilidad que no sabía cómo manejar.
—¿Cuánto tiempo... cuánto tiempo nos quedaremos aquí? —logró preguntar Koral, con la voz apenas por encima de un susurro, buscando sus ojos.
Ayazen no dudó. Su respuesta fue inmediata y llena de una seguridad que no dejaba espacio a las preguntas.
—Hasta que nazca nuestro hijo —sentenció, mientras su mano volvía a posarse con suavidad sobre el vientre de Koral—.
No tienes de qué preocuparte. Un doctor privado vendrá periódicamente para realizar todos los controles necesarios.
No necesitaremos salir para nada; todo lo que necesites llegará a la puerta.
Koral sintió un vacío en el estómago. La idea de estar encerrado en esa "paz" durante meses lo abrumó, pero antes de que el pánico asomara a su rostro, Ayazen continuó, como si pudiera leer sus pensamientos.
—Y para que no te sientas tan solo en este lugar, he pensado en todo —añadió con una sonrisa tranquilizadora—. Blair está invitada a quedarse con nosotros. Llegará la próxima semana para pasar tiempo contigo. Sé cuánto la aprecias y ella estará encantada de acompañarte en este proceso.
Koral lo miró sin poder articular palabra. La mención de Blair fue como un bálsamo y una trampa a la vez. Por un lado, la idea de tener a alguien conocido y querido lo aliviaba, pero por otro, entendía que Ayazen estaba diseñando un mundo perfecto donde Koral no tuviera motivos para querer escapar.
Ayazen lo atrajo un poco más hacia sí, sellando la distancia.
—Lo ves, Koral —le susurró cerca de los labios—. Aquí tendrás todo lo que necesitas. Paz, cuidado y a tu mejor amiga. Solo quiero que estés tranquilo para que nuestro hijo crezca sano.
Ayazen no permitió que Koral diera un paso más por su cuenta.
Al notar lo perdido y exhausto que estaba el omega, se inclinó y lo tomó en brazos con total naturalidad, como si el peso de Koral no fuera nada para él.
Koral soltó un pequeño jadeo de sorpresa y rodeó instintivamente el cuello de Ayazen con sus brazos, hundiendo el rostro en su hombro mientras subían las escaleras de madera hacia la planta alta.
Al entrar en la habitación principal, el lujo rústico se hacía aún más evidente, con una cama enorme frente al ventanal que daba al mar.
Ayazen lo dejó sobre sus pies con una delicadeza extrema, pero no se alejó.
Volvió a besar sus labios, un beso pausado que parecía querer transmitirle que ya no había de qué preocuparse.
—¿Estás muy cansado? —le preguntó en un susurro contra su boca.
Koral simplemente asintió, sintiendo que el cuerpo le pesaba una tonelada.
—No te preocupes, mi cielo —le dijo Ayazen con esa calma protectora—. Yo me encargaré de todo. No tienes que hacer nada.
Con paciencia, Ayazen comenzó a desvestir a Koral.
Sus dedos se movían con agilidad sobre los botones del traje, retirando la prenda con el cuidado que se le dedica a algo frágil y valioso.
Koral se quedó allí, estático, dejando que Ayazen lo despojara de cada capa de ropa, sintiéndose pequeño bajo la mirada atenta y los gestos casi devotos de su alfa.
Ayazen no tenía prisa; disfrutaba de ese silencio y del hecho de que, por fin, tenía a Koral exactamente donde quería.
Ayazen continuó con aquel ritual de adoración, moviéndose con una parsimonia que desarmaba cualquier intento de resistencia por parte de Koral.
Mientras retiraba las últimas prendas, sus labios comenzaron a recorrer la piel del omega con una lentitud desesperante.
Besó sus hombros, recorriendo la clavícula con la punta de la lengua, y bajó hacia su pecho.
Allí, sus manos se detuvieron para masajear sus pezones, que ya estaban erectos por la mezcla de frío y la estimulación constante.
Los apretó con la yema de sus dedos con una suavidad única que solo él le podía dar, provocando que Koral soltara un jadeo involuntario que rompió el silencio de la habitación.
Koral, sentado en el borde de la cama, observaba todo con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el alfa.
Veía la cabeza de Ayazen bajar por su torso; sentía el aliento cálido en su vientre, justo sobre el lugar donde su hijo crecía, y luego cómo sus labios se desplazaban por la parte interna de sus muslos, dejando un rastro de humedad.
Ayazen llegó hasta sus pies, besando su talón y el empeine con una devoción que rozaba lo sagrado, antes de volver a subir para rodear su cintura con las manos, apretando la carne con posesión.
—Eres lo más hermoso y lo más valioso que tengo —le dijo Ayazen, levantando la vista para mirarlo con una intensidad que hizo que Koral se sonrojara profundamente, bajando la mirada hacia las sábanas.
Ayazen soltó un suspiro corto y volvió a acariciar su mejilla mientras se acercaba a su oído, rozándolo con sus labios.
—Sé que no lo haces, Koral. Sé que no me amas —susurró con una honestidad que caló hondo—. Sé que si tuvieras que escoger, me abandonarías sin pensarlo... y quiero que eso cambie.
Koral no dijo nada. Se mantuvo allí, jadeando, con la piel erizada ante los movimientos y las palabras de aquel alfa que lo trataba como si fuera una joya invaluable.
Ayazen se puso de pie y comenzó a desvestirse él mismo, revelando su cuerpo frente al omega.
Se acercó lo suficiente para que Koral sintiera la presión de su miembro contra su muslo, una presencia física que marcaba su territorio, pero no buscó sus labios para un beso como siempre lo hacía.
En lugar de reclamar el derecho de su noche de bodas, Ayazen volvió a acariciar la mejilla de Koral con el pulgar, mirándolo casi con ternura.
—Es mejor que descanses —le dijo en un tono protector—. Mañana será un día largo.
Depositó un beso final en la frente de Koral y se apartó, caminando hacia la puerta.
—Dormiré en la otra habitación para que puedas estar tranquilo —le indicó antes de salir—. Tienes tu pijama sobre la almohada y hay ropa tuya en el armario. Úsala.
Sin esperar respuesta, Ayazen salió y cerró la puerta con suavidad, dejando a Koral a solas con el sonido del mar y la confusión latiendo en su pecho por haber sido dejado así, después de tanta atención.