CAPÍTULO 20 | BODA.
Koral apagó la pantalla de un golpe. El silencio del dispositivo fue un alivio momentáneo. Con manos temblorosas, hundió el teléfono entre los pliegues de su ropa nueva, asegurándose de que quedara oculto. Se alisó la camisa, se pasó los dedos por el cabello y salió de la habitación.
Bajó las escaleras con lentitud mientras sentía que el aire se le escapaba de los pulmones y el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza molesta.
Ayazen terminaba de quitarse el abrigo oscuro; su sola presencia hacía que el espacio en el vestíbulo se sintiera mucho más estrecho y de alguna manera más liberador.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Ayazen al verlo bajar.
Koral evitó el contacto visual directo. Se detuvo en los últimos escalones, manteniendo una distancia prudente.
—Solo estoy un poco mareado —respondió. Su voz sonó más aguda de lo normal. El nerviosismo le cerraba la garganta.
Ayazen acortó la distancia en dos pasos. Le tomó la barbilla con suavidad, obligándolo a levantar la vista. Sus ojos oscuros lo examinaron, buscando cualquier rastro de mentira. Koral contuvo el aliento. Finalmente, el alfa se inclinó y le dio un beso en los labios.
—Ya pasará —murmuró Ayazen contra su boca—. Es normal por nuestro hijo.
Se separó y caminó hacia el salón principal, hacia la zona de los sofás de cuero donde solían pasar los pocos momentos de calma. Koral lo siguió en silencio, con los dedos entrelazados.
Sobre la mesa de centro, junto a unos documentos, había algo fuera de lugar. Un libro de tapa dura, con colores pasteles que contrastaban con los documentos de fólderes negros a su alrededor. Koral se acercó. Era un libro de maternidad y paternidad para primerizos.
Se quedó estático mirando el título. Un nudo extraño se formó en su estómago, una sensación que no sabía describir ni ponerle nombre. Ver a un hombre como Ayazen, tan calculador y distante, comprando un manual para aprender a ser padre, simplemente le revolvió los sentidos.
—Lo traje hoy —dijo Ayazen desde el bar, sirviéndose un vaso de agua—. No sé nada de bebés, pero supongo que habrá que aprender.
Koral no supo qué decir. Tenía el teléfono de ese mismo hombre escondido contra su cuerpo, después de haber llamado a su ex-prometido, mientras ese hombre estaba leyendo sobre cómo cuidar al hijo que compartían. La contradicción lo hacía sentir sucio.
—¿Te gusta? —preguntó Ayazen, observándolo desde lejos.
Koral rozó la cubierta del libro con la punta de los dedos.
—Es... detallista de tu parte —susurró.
Ayazen dejó el vaso sobre la barra y se acercó de nuevo. Se colocó detrás de él, rodeando su cintura con los brazos. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron sobre el vientre de Koral.
—No es detalle. Es lo que corresponde. Somos una familia ahora, Koral. Tienes que empezar a entenderlo.
Koral cerró los ojos, dejando que su mente dejara de divagar, sintiendo una calma suave en su piel y en su cuerpo cada que tenía a Ayazen cerca.
♦ ◊ ♦
Koral se miró en el espejo, observando en silencio la imagen que le devolvía el cristal.
Llevaba un traje blanco marfil de tela fina que captaba la luz de la habitación.
Sobre los hombros, una capa larga hasta el suelo estaba decorada con bordados plateados y figuras de cruces.
El velo caía de forma ligera, mezclándose con las pequeñas flores azules que adornaban su cabello, mientras que una estola blanca sobre el pecho terminaba de armar el conjunto.
El corte era perfecto, diseñado con una caída elegante que estilizaba su figura bajo capas de seda y brocado.
Con los guantes blancos puestos, pasó las manos suavemente por la chaqueta y bajó los dedos hasta su vientre.
En esa zona, los sastres habían dejado un espacio sutilmente más amplio, una modificación casi imperceptible para cualquiera, pero que él sentía perfectamente al tacto.
Aunque su embarazo apenas comenzaba a asomar, el diseño estaba pensado para no presionar su cuerpo en lo más mínimo.
Apretó la tela suave sobre su vientre y sintió un vacío en el pecho.
—¡Koral! Es hora —la voz de su madre rompió el silencio. Ella entró a la habitación junto al organizador que no dejaba de revisar su tableta con gestos nerviosos—. Los invitados ya están en sus asientos, no podemos retrasar más la entrada al altar.
Koral no se movió. La irritación le subió por el cuello, quemándole la piel.
No sabía quiénes estaban del otro lado de esas puertas; la madre de Ayazen se había encargado de todo, manejando la lista de invitados, las flores y cada detalle de la ceremonia.
No tenía idea de si afuera había amigos, socios de negocios o simplemente extraños que venían a presenciar su entrega.
¿Habrían invitado a sus propios amigos? El pensamiento le revolvió el estómago. No había podido hablar con Blair, ¿qué pensaría ella de todo esto? Él, un beta que siempre había maldecido el nombre de Ayazen, ahora estaba allí: siendo un omega embarazado y a punto de casarse con él.
—¿Quiénes están ahí fuera, mamá? —preguntó sin quitar la vista de su reflejo.
—Gente importante, cariño. Ya lo verás —respondió ella, ignorando su tono y acomodándole un hombro del traje—. Estás precioso. Vamos, Ayazen ya te espera.
Koral apretó los puños, ocultándolos bajo las mangas del traje. La molestia de no saber nada, de ser el último en enterarse de los detalles de su propia vida, lo hacía sentir más encerrado.
—¿Y mis amigos? —preguntó él, con voz tensa, sin mirarla—. ¿Blair está afuera? ¿Ray?
Su madre sonrió con esa condescendencia que él odiaba.
—Claro que sí, cariño. Todos están ahí.
—¿Incluso Ray? —insistió Koral—. ¿Él está bien?
—Por supuesto que está bien. Está afuera con su prometido —respondió ella, dándole un último toque a su peinado.
Koral frunció el ceño, sintiendo un escalofrío.
¿Prometido? Eso era imposible. Ray era el prometido de Ayazen ante la prensa, ante las familias, ante todos hace poco, ahora que él se iba a casar con Ayazen.
Se suponía que Ray ahora debería estar libre, aunque lo odiara con toda su alma por haberle "robado" el lugar y haberle arruinado la reputación.
—¿Su prometido? ¿De qué hablas? ¿Quién es...? —balbuceó Koral, sintiendo un nudo de ansiedad. ¿A quién le habían entregado a Ray ahora que Ayazen ya no estaba disponible para él? ¿A qué otro alfa lo habían encadenado para limpiar el nombre de la familia?
Koral iba a seguir exigiendo una respuesta, pero las palabras se le murieron en la garganta cuando su madre se acercó a él. Ella no respondió. En lugar de eso, acunó su rostro con una suavidad inaudita y le dio un beso tierno y pausado directamente en la frente.
Koral se quedó paralizado. El shock del contacto físico fue más fuerte que su angustia.
En toda su vida, jamás había recibido una pizca de afecto genuino de su parte; ni un abrazo, ni una caricia, solo frialdad.
Sentir ese beso sobre su piel, esa aprobación que siempre había mendigado, lo dejó mudo y anestesiado.
Por un segundo, la preocupación por Ray se volvió un ruido lejano, eclipsada por la calidez de ese gesto.
—Te ves perfecto, Koral. Todo está saliendo exactamente como debe —susurró ella, aprovechando su aturdimiento.
Antes de que él pudiera reaccionar o recuperar el hilo de su pregunta, ella bajó el velo con un movimiento rápido y frío.
La tela blanca cayó sobre su rostro como una sentencia, atrapando el calor del beso bajo la seda.
Acto seguido, le puso el ramo de flores blancas en las manos.
Koral bajó la mirada a través del tul; eran las flores de Ray, las que él había escogido y de las que hablaba por horas.
Sostenerlas mientras sentía la marca del afecto de su madre en la frente era una contradicción que no sabía cómo procesar.
El organizador lo tomó del brazo y comenzó a dirigirlo hacia la salida. Koral caminó como un autómata, con el corazón latiendo con fuerza contra las costillas. Al llegar frente a las puertas grandes, el hombre le hizo una seña a los guardias.
Con un crujido pesado, las puertas se abrieron de par en par, revelando el pasillo eterno que lo separaba de Ayazen y del altar.
Las puertas se abrieron por completo y una luz cegadora inundó la visión de Koral a través del velo. Empezó a caminar, sintiendo el roce de la capa marfil contra el suelo y el peso muerto del ramo en sus manos.
Al final del pasillo, Ayazen lo esperaba. Estaba impecable, vestido con un traje negro que contrastaba violentamente con la blancura de Koral. Tenía el cabello peinado hacia arriba, despejando sus facciones, y una sonrisa. Koral lo miró, pero su mente seguía anclada en las palabras de su madre.
Koral dejó que sus ojos recorrieran las primeras filas de invitados mientras avanzaba. Y entonces lo vio.
Ray estaba allí.
Koral no se detuvo en el rostro del omega, sino que bajó la vista de inmediato hacia la persona que estaba sentada justo a su lado.
El aire se le escapó de los pulmones. Era Maksim, el hermano de Ayazen.
Maksim mantenía una postura rígida, dominante, y su sola presencia junto a Ray explicaba el "prometido" al que su madre se refería.
El horror de la situación le dio una punzada de realidad: él nunca había sido una opción para Ray.
Koral terminó de recorrer los últimos metros como si el suelo estuviera desapareciendo bajo sus pies. Al llegar al altar, Ayazen dio un paso al frente. Su sonrisa se ensanchó al ver a Koral tan cerca.
Sin decir una palabra, Ayazen extendió sus manos y tomó las de Koral, envolviendo los guantes blancos con su calor.
El contacto fue un ancla que obligó a Koral a quedarse quieto, atrapado entre la mirada de Ayazen y el altar.
El silencio se hizo en la catedral, roto solo por el murmullo lejano del viento contra los vitrales.
El ministro esperó a que ese silencio se volviera pesado.
Lentamente, estiró sus manos hacia el atril de mármol, acomodó sus mangas y, con un movimiento lento, abrió el pesado libro de bordes dorados.
Solo cuando las páginas terminaron de asentarse, el hombre elevó la voz, que resonó en toda la cúpula.
—En el principio de los tiempos, el Creador diseñó el equilibrio perfecto —comenzó el clérigo, mirando con severidad a la congregación—.
Creó al Alfa para ser la fuerza, el guía y el protector; y creó al Omega para ser el refugio, la vida y la esencia del hogar.
Dios dispuso que ambos se buscaran en la oscuridad para convertirse en una sola carne bajo su mirada sagrada.
No hay unión más pura que aquella donde el Omega reconoce su lugar al lado del Alfa que el destino le ha asignado.
Koral sentía un nudo en la garganta.
—Ayazen Verlkanur, toma la mano de tu esposo y repite conmigo —ordenó el ministro.
Ayazen, que ya sostenía las manos de Koral, sonrió, dándole un leve apretón.
—Yo, Ayazen Verlkanur, te tomo a ti, Koral Blum, como mi legítimo esposo. Prometo ser tu guía absoluto, protegerte de todo mal y mantener la paz de nuestro hogar, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe.
El ministro se volvió hacia Koral.
—Ahora tú, Koral Blum, repite estas palabras ante Dios y los presentes.
Koral abrió la boca, pero no salió sonido.
El pánico lo estaba asfixiando. En la primera fila, Maksim Verlkanur soltó una risa seca y silenciosa, apretando con los dedos la cadera de Ray, quien levantó la cabeza con una expresión distante.
Al ver a Ray con esos ojos llenos de odio, Koral entendió que su silencio solo prolongaba su propia agonía.
—Yo... —empezó Koral con voz temblorosa, siguiendo el dictado del ministro—, yo, Koral Blum, te tomo a ti, Ayazen Verlkanur, como mi esposo y alfa. Prometo lealtad eterna, amarte y entregarte mi vida y mi descendencia, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
—Que el Alfa sea el destino del Omega y el Omega la sombra del Alfa; lo que ha sido unido por mandato de la sangre, que nadie ose separarlo —sentenció el ministro con un golpe seco al cerrar el libro—. Por la autoridad conferida ante este altar, los declaro marido y esposo. Puede besar a su esposo.
Ayazen lo atrajo hacia su cuerpo, cerrando el espacio entre ambos hasta que Koral no tuvo más opción que sostenerse en él. Con un movimiento fluido, levantó el velo de encaje para descubrir el rostro pálido de Koral y, sin darle un segundo para retroceder, se apoderó de su boca en un beso.
Koral cerró los ojos y escuchó como los aplausos estallaban.