CAPÍTULO 19 | HELADO Y PESCADO. #2
El televisor escupía risas enlatadas de Friends, su serie confort.
Koral observaba la pantalla con la mirada perdida, sentado en el borde de un sofá demasiado caro para ser cómodo.
En la pantalla, Chandler miraba a Mónica con amor, dejando de lado los chistes por un segundo para admitir su miedo más profundo ante el compromiso.
—«A veces me asusta que solo estemos haciendo esto porque es lo que se supone que debemos hacer, y no porque sea lo que realmente queremos».
La voz de Chandler sonó hueca en el inmenso salón de los Verlkanur.
Koral sintió que esa frase se desprendía de la ficción para clavarse directamente en su esternón.
No era solo el miedo de Chandler; era su propia realidad.
Él no era la opción «mejor», era la opción necesaria, el accidente biológico que obligó a Ayazen a mover sus fichas. ¿Verdad?
Apagó el aparato de un golpe. El silencio de la mansión regresó de golpe.
Se quedó ahí, sentado en la oscuridad del salón, sintiendo cómo la primera lágrima rodaba por su mejilla.
Intentó limpiarla con rabia, pero otra la siguió de inmediato.
Maldijo las hormonas del embarazo. Odiaba esa fragilidad nueva que lo hacía llorar por un diálogo de una serie de los noventa.
Se sentía estúpido, vulnerable y, sobre todo, terriblemente solo, aunque no debería sentirse así.
Las lágrimas no se detenían. Se preguntó si Ayazen alguna vez se despertaría a su lado pensando que había cometido un error.
O peor aún, se preguntó si él mismo ya se había dado cuenta de que su vida se había convertido en un error irreversible, pero ya sabía que era así.
El llanto se volvió pesado, dificultando su respiración.
Finalmente, decidió que no podía quedarse ahí. Necesitaba moverse para no ahogarse en sus propios pensamientos. Se puso de pie con lentitud y comenzó a caminar sin rumbo por la casa.
Sus pasos no hacían ruido sobre las alfombras persas. Miró a su alrededor con una extraña sensación de asfixia. Ayazen estaba en el trabajo, la servidumbre pasaba por su lado como sombras que ni siquiera lo miraban y no había nadie más que él. Se sentía como un mueble más.
Se detuvo frente a un ventanal que daba al jardín perfectamente podado. ¿Esta sería su vida? ¿Un encierro de seda mientras el mundo exterior seguía girando? Se llevó una mano al vientre aún plano. El gesto era involuntario. Todavía no lograba asimilar la idea de ser madre.
Regresó a la habitación. Se acercó al vestidor, donde la ropa nueva colgaba; eran prendas que solo los omegas usaban.
Había montones de joyas sobre el velador, piezas que la madre de Ayazen había escogido personalmente para él y otras que le había regalado de su propio joyero.
Al mover una de las cajas de terciopelo, un brazalete de oro rodó y cayó en la rendija entre el mueble y la pared.
Koral se arrodilló para buscarlo. Al meter la mano en el espacio estrecho, sus dedos rozaron algo metálico y frío que no era la joya. Lo sacó. Era un teléfono móvil, delgado y negro.
La pantalla se encendió al tacto. Tenía un bloqueo numérico. Koral sintió un golpe de adrenalina. Intentó con la fecha de aniversario del compromiso fallido de Ayazen, pero falló. Probó con números al azar. Finalmente, por un impulso que no supo explicar, tecleó los dígitos de su propio cumpleaños.
El dispositivo vibró y se desbloqueó.
Koral soltó una risa seca, casi histérica, como si fuera un chiste marcar su cumpleaños; seguro era el teléfono de Ayazen, nunca antes le había puesto atención a su teléfono y era la segunda vez que el alfa dejaba algo a la deriva.
Primero las llaves, ahora esto. Se sentó en el suelo, oculto tras la cama, y empezó a navegar.
Necesitaba ver internet. Necesitaba saber qué se decía de él fuera de esas paredes.
Entró en los buscadores. Los primeros resultados eran notas de prensa rosa, elegantes y aburridas, hablando de la «unión del año»; en algunos de los artículos se hablaba de Ayazen y en otro de la familia Vega, al parecer ellos también festejarían una boda, o si es que ya la festejaron.
Entró a otros artículos y, al profundizar, el tono cambió.
Encontró foros y blogs amarillistas. Los titulares eran una mierda: «El omega trepador», «La ruina de los Thorne», «Cómo un “beta” sedujo al heredero Verlkanur».
Leía descripciones crueles sobre su cuerpo, sobre su origen humilde, sobre cómo había planeado supuestamente el embarazo para atrapar a Ayazen.
La palabra «traición» se repetía en cada párrafo.
Decían que le había robado la vida a Ray.
El corazón le latía contra las costillas. Estaban destruyéndolo y también estaban humillando a Ray. No era posible. Un nudo se formó en su garganta. Ray debía odiarlo. Tenía motivos. Lo que hizo no tenía perdón, pero aun así necesitaba escucharlo.
Buscó en la agenda el contacto. No había rastro de Ray en los números recientes. Sabía su número de memoria, así que lo marcó directamente. La llamada se cortó de inmediato. El sistema lo rechazaba.
Entró en la configuración. Bajó hasta la sección de números bloqueados y ahí lo vio. Ray Thorne. Ayazen lo había bloqueado.
Koral pulsó el botón para desbloquearlo. Sus dedos temblaban tanto que la pantalla se llenaba de huellas. No pensó en el riesgo. No pensó en que Ayazen podría rastrear la llamada desde su oficina. Marcó.
El tono de llamada sonó una vez. Dos veces. Koral contenía el aliento. El aire de la habitación se volvía escaso, asfixiante.
[—¿Hola?]
—Ray…
El silencio al otro lado se prolongó. Koral escuchó una respiración pesada.
[—¿Koral? ¿Por qué me llamas desde el número de Ayazen?]
—Quería que hablemos. La última vez… las cosas no fueron…
[—Cállate, me tienes harto. No sé qué es lo que quieres ganar hablando conmigo o si Ayazen está a tu lado para que se burlen de mí, pero no me molestes más.]
—No, Ray, no cuelgues. Yo de verdad quiero hablar contigo, disculparme…
Escuchó una risa del otro lado. Un sonido seco que le heló la sangre.
[—No seas ridículo.]
Y colgó.
El silencio que siguió fue peor que los gritos. Koral se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el pitido monótono de la línea cortada. El rechazo de Ray era una pared de piedra. Tenía razón. Era ridículo intentar arreglar con palabras lo que había destruido de la peor forma.
Se quedó estático en el suelo. El teléfono de Ayazen pesaba en su mano como una granada a punto de estallar.
Miró la pantalla, las huellas de sus dedos empañaban el cristal.
Sabía que debía borrar el rastro. Si Ayazen descubría que había desbloqueado a Ray y que lo había llamado, las consecuencias serían nefastas.
Un ruido lejano lo sacó de su estupor. Fue el chirrido de la verja principal. Luego, el motor de un coche subiendo por el camino de grava.
Ayazen estaba de vuelta.