CAPÍTULO 19 | HELADO Y PESCADO.
El estruendo de la porcelana contra la pared fue lo único que logró silenciar, por un segundo, la rabia sorda que le quemaba el pecho.
Ray estaba fuera de sí. El suelo de su habitación era un campo de batalla de papeles rasgados, lámparas volcadas y el eco de sus propios gritos.
Sus empleados habían huido hacía rato, temiendo ser el blanco del siguiente objeto que saliera volando.
De pronto, una risa ronca y descarada rompió el silencio.
Ray se dio la vuelta con los ojos inyectados en sangre y los puños apretados.
Detrás de él, recargado contra el marco de la puerta con una arrogancia que solo un Verlkanur podría poseer, estaba Maksim.
El hijo bastardo, la mancha en el historial impecable del padre de Ayazen; el hombre al que todos fingían no ver, pero que ahora llenaba la habitación con una presencia incómoda.
—Es divertido verte estallar así, Ray. Tienes mucha energía para ser alguien que acaba de ser plantado frente a todo el país —dijo Maksim, soltando una carcajada mientras esquivaba por milímetros una taza que Ray le lanzó con todas sus fuerzas.
—¡Lárgate de aquí, Maksim! —rugió Ray, con la respiración entrecortada.
Maksim no se inmutó. Caminó hacia la cama con pasos perezosos, disfrutando del caos. Al notar que Ray se lanzaba frenéticamente sobre unos papeles que estaban sobre el colchón para arrugarlos contra su pecho, la curiosidad de Maksim se encendió.
—¿Qué escondes ahí? ¿Cartas de amor para mi hermano? —se burló, acercándose peligrosamente.
—¡No te metas en lo que no te importa! —escupió Ray, pero Maksim era más rápido y mucho más alto.
Con un movimiento fluido, Maksim atrapó las muñecas de Ray, inmovilizándolo. A pesar de los forcejeos y los insultos, Maksim le arrebató el papel arrugado. Elevó la mano por encima de la cabeza de Ray, obligándolo a saltar en vano mientras desdoblaba la hoja.
Sus ojos recorrieron los resultados del laboratorio. Era una prueba de sangre. El nombre de Ray Thorne estaba en la cabecera y, más abajo, el resultado del Análisis de Fertilidad: Concepción exitosa. Presencia de hormona embrionaria detectada.
El silencio que siguió fue absoluto. Ray dejó de luchar, quedándose rígido, con el rostro encendido por la humillación.
—No seas un entrometido... —susurró Ray, con la voz temblando de puro odio.
Pero Maksim no reaccionó con burla. De repente, su rostro se iluminó con una alegría salvaje. Soltó el papel y rodeó a Ray en un abrazo brusco, levantándolo casi del suelo.
—¡Esta es la mejor noticia que he escuchado en años! —exclamó Maksim, apretándolo contra su cuerpo.
—¡Suéltame! ¡Estás loco! —Ray forcejeó, sintiendo el calor del cuerpo de Maksim—. ¡No es tuyo, es de Ayazen!
Maksim lo ignoró por completo. Inclinó la cabeza, buscando los labios de Ray con una determinación que rayaba en la locura. Ray giró la cara en el último segundo, haciendo que el beso cayera en su mejilla, cerca de la oreja.
—¿Pero qué te pasa? ¿Estás loco? —gritó Ray, empujándolo con asco—. ¡Lárgate de mi habitación ahora mismo!
Maksim se apartó solo un par de centímetros, con una sonrisa ladeada y los ojos brillando.
—¿Crees que soy estúpido? —dijo Maksim, acortando la distancia hasta que su aliento rozó la frente de Ray—. El único que ha tocado tu hermosa flor… he sido yo.
Ray sintió que la sangre se le subía al rostro, una mezcla de vergüenza y furia que lo hacía temblar.
—Cállate. Este hijo es de Ayazen, no tuyo —escupió Ray, aunque su voz carecía de la firmeza necesaria—. Por favor... ¿Crees que solo me he acostado contigo?
Maksim no se inmutó. Al contrario, soltó una pequeña risa seca, asintiendo con la cabeza de forma pausada, con una confianza que resultó aterradora para Ray.
—Tengo la certeza de que es así —dijo el alfa, con un tono peligrosamente tranquilo—. Porque mis ojos están en todas partes donde tú hayas estado. Sé con certeza todo lo que entra o sale de ti y, por lo que yo sé, solo he entrado yo.
—Eres un idiota —respondió Ray, retrocediendo hasta chocar con el borde de la cama, sintiéndose acorralado.
Maksim dio un paso más, atrapándolo entre sus brazos y el mueble, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso.
—¿Acaso no notas que esta es nuestra oportunidad? Dejarás de ser el hazmerreír y, querido, yo dejaré de ser un simple bastardo para ti.
—Aléjate... —Ray intentó empujar el pecho de Maksim, pero era como tratar de mover una pared de roca.
—Verás, tu padre añora con su vida una alianza con los Verlkanur y tú lo arruinaste dejando ir a mi hermano —Maksim calló de golpe ante la bofetada de Ray, pero no se inmutó; ni siquiera movió la cara—.
Ahora que lo arruinaste —continuó, con una sonrisa ladeada—, ¿no te queda mejor aceptar que el niño en tu vientre es mío?
Así todos tendremos lo que queremos: tu familia tendrá su alianza, tú salvarás tu reputación y yo...
—No me importa. ¿Crees que es lo mismo un bastardo que el hijo legítimo?
—De todas formas, no sirve de nada hacer un papelón con mi familia diciendo que es hijo de Ayazen. Porque cuando se descubra la verdad, quedarás en más vergüenza de la que estás ahora.
—No me importa. Antes muerto que casarme contigo...
—¿Ah, sí? ¿Acaso quieres que sea yo el que le diga a todo el mundo que es mi hijo?
—Nadie te va a creer. Eres un estúpido mentiroso que ama la atención que nunca le dieron —escupió Ray con rabia.
—Puede ser —asintió Maksim, con una calma que erizaba la piel.
Con un movimiento lento, sacó su teléfono con la mano izquierda y lo desbloqueó.
Mostró la pantalla a escasos centímetros de los ojos de Ray.
Era un video tomado desde un ángulo elevado en la habitación de Maksim.
La calidad era impecable: se distinguían perfectamente los rostros, los cuerpos desnudos y el ritmo frenético de ambos teniendo sexo.
—Pero esto... esto creo que sí lo creerán.
—¡IDIOTA! —gritó Ray, lanzando un manotazo para arrebatarle el dispositivo, pero Maksim lo guardó en su bolsillo con rapidez.
—No solo lo creerán, Ray —murmuró Maksim, disfrutando del pánico en las pupilas del omega—.
Sabrán que mientras llorabas por el compromiso de mi hermano, te retorcías de placer en mi cama.
¿Qué crees que dirá tu padre de su "perfecto" heredero cuando vea cómo te entregabas al bastardo de la familia?
Ray se dejó caer contra el mueble, sintiendo que las rodillas le fallaban. Estaba acorralado. Ayazen lo había desechado por Koral, y ahora Maksim lo tenía atado con una prueba que destruiría lo poco que quedaba de su dignidad.
♦ ◊ ♦
La penumbra de la habitación era absoluta, rota solo por el resplendor de las brasas en la chimenea.
Koral estaba recostado sobre el pecho de Ayazen, escuchando el latido rítmico y pesado del alfa.
Una de las manos de Ayazen se movía con lentitud, enredando los dedos en el cabello de Koral, un gesto que pretendía ser relajante pero que se sentía como una cadena invisible.
Koral no podía concentrarse en el descanso.
Su mente estaba invadida por una urgencia biológica que lo avergonzaba.
Las ganas de comer fresas con crema habían vuelto, pero esta vez el antojo mutaba en algo más extraño y específico: pescado y helado.
La sola idea de la mezcla debería haberle provocado náuseas, pero su estómago rugía ante la combinación.
Estaba inquieto, moviendo las piernas bajo las sábanas de seda, con la mirada perdida en la oscuridad.
Ayazen, cuya atención siempre estaba fija en la mínima reacción de Koral, detuvo el movimiento de sus dedos. La habitación se quedó en silencio por un segundo.
—Estás despierto —murmuró Ayazen. Su voz vibró contra el oído de Koral—. Te noto inquieto.
Koral no respondió de inmediato. Trató de calmar su respiración, pero el deseo por esa comida absurda lo estaba distrayendo demasiado. Se movió un poco, tratando de alejarse del calor del alfa, pero Ayazen lo atrajo de nuevo hacia su pecho, rodeándolo con un brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Ayazen, esta vez con un tono más inquisitivo, notando cómo Koral evitaba su mirada—. ¿Es por lo que hablamos de Ray? ¿O te sientes mal?
—No es eso —logró decir Koral, con la voz pastosa.
Ayazen se incorporó un poco sobre el codo, obligando a Koral a quedar frente a él. La luz de las brasas iluminaba los ojos del alfa, que escaneaban el rostro de Koral con una fijeza casi clínica.
—Tienes hambre —sentenció Ayazen, arqueando una ceja—. No comiste mucho en la cena. ¿Qué es lo que quieres?
Koral sintió que el calor le subía a las mejillas. La humillación de tener que pedir algo tan bizarro lo hacía dudar.
—No es nada... se me pasará —murmuró Koral, intentando darse la vuelta.
—Koral —Ayazen usó ese tono que no aceptaba réplicas, su mano bajó hasta el vientre del omega, acariciándolo por encima de la tela fina—. Si nuestro hijo quiere algo, se lo darás. Y si tú quieres algo, me lo dirás a mí. ¿Qué es?
Koral tragó saliva, sintiéndose acorralado por la intensidad de Ayazen.
—Fresas —soltó finalmente, en un susurro—. Fresas con crema... y helado.
Ayazen sonrió de oreja a oreja, complacido por la confesión, pero Koral no había terminado.
—Y... pescado —añadió Koral. Cerró los ojos con fuerza. La vergüenza le pesaba en los párpados—. Quiero pescado frito con el helado.
El silencio fue breve. Koral esperaba una burla, algún gesto de asco. Ayazen solo soltó un suspiro y su sonrisa se hizo más marcada.
—No te burles —dijo Koral. Se cubrió la cara con las manos.
Ayazen estiró el brazo y le acarició el cabello.
—No me burlo, cariño.
—Ajá, y yo soy un tonto.
Ayazen soltó una carcajada seca. El sonido vibró en el pecho de Koral.
—Pescado y helado —repitió Ayazen. Alcanzó el teléfono de la mesilla de noche. Llamó al servicio de cocina—. Si eso es lo que necesitas para estar tranquilo, eso tendrás.
♦ ◊ ♦