CAPÍTULO 18 | ERES MI OMEGA. #2
Finalmente, Koral bajó la mirada y asintió, derrotado.
—Está bien —susurró, volviendo a hundirse en las sábanas.
Ayazen sonrió, satisfecho, y lo atrajo más hacia sí, sellando el trato con un beso en la frente.
♦ ◊ ♦
El eco de los alfileres cayendo sobre la alfombra era el único sonido en la habitación, aparte del murmullo constante de la madre de Ayazen.
Koral estaba de pie sobre un pequeño pedestal de terciopelo, con los brazos extendidos hacia los lados, sintiéndose como una pieza de exhibición.
Frente a él, tres costureras de rostro inexpresivo trabajaban.
La madre de Ayazen caminaba alrededor de él, evaluando cada pliegue de la seda blanca que le habían echado encima. No lo miraba a los ojos; miraba la caída de la tela sobre sus hombros, la forma en que el ajuste en la cintura empezaba a ser un problema.
—Necesitamos más holgura aquí —dijo ella, señalando con un dedo enguantado el vientre de Koral—. No queremos que el anuncio sea visualmente... descuidado. Para la ceremonia, el corte debe ser impecable, pero que no presione.
Koral sintió el roce frío de la cinta métrica alrededor de su torso. Una de las costureras se arrodilló a sus pies, tirando de la tela con fuerza. Koral soltó un suspiro entrecortado, con la vista fija en el gran ventanal que daba a los jardines, deseando estar en cualquier otro lugar.
—¿Te gusta la seda, Koral? —preguntó su suegra, aunque no esperaba una respuesta—. Es una importación exclusiva. Ray había elegido encaje, pero para un omega recesivo como tú, algo más liso y pesado compensará esa falta de... presencia.
Koral apretó los dientes. El nombre de Ray flotó en el aire como un reproche silencioso.
Ayazen, que hasta ese momento había estado sentado en un sillón bebiendo café y observando la escena en silencio, se levantó y se acercó al pedestal al ver la expresión en su rostro.
Su presencia hizo que las costureras retrocedieran un paso, bajando la cabeza.
—Déjanos un momento —ordenó Ayazen.
Su madre le dedicó una mirada de soslayo, una sonrisa gélida curvando sus labios, y salió de la habitación seguida por el servicio. Ayazen se colocó frente a Koral, invadiendo su espacio personal. Sus manos, cálidas y pesadas, se posaron directamente sobre la seda que cubría el vientre de Koral.
—¿Te sientes mal? —murmuró Ayazen, notando la rigidez en el cuerpo de Koral—. Te ves algo pálido, cariño.
—Me siento como un muñeco —soltó Koral.
Ayazen sonrió, pero sus ojos no se suavizaron. Deslizó una mano hacia arriba, tocando el mentón de Koral por encima de la tela, lo suficiente para obligarlo a levantar la barbilla.
—Eres mi omega, Koral. Si eso te hace sentir como un muñeco, entonces asegúrate de ser uno que sepa quedarse quieto.
La prensa vendrá pronto para las fotos oficiales y no quiero ver esa expresión en tu rostro.
No es bueno para nuestro hijo que tengas este ánimo; si estás cansado, podemos acabar con las medidas por ahora.
De todas formas, te verás hermoso en el traje.
Koral cerró los ojos, sintiendo el calor de la mano de Ayazen, que se sentía más como una advertencia que como un consuelo.
—¿Mantendremos la comunicación con Ray? —preguntó Koral, casi sin aliento.
La mano de Ayazen se tensó un milímetro más sobre su piel.
—Ray es el pasado, Koral. Ahora solo existimos tú y yo. No tiene por qué...
—Ayazen —lo interrumpió Koral—. No quiero cortar el contacto con Ray.
—No creo que debamos hablar de esto ahora. No te ves bien. Les ordenaré que acaben ya, queda poco para la boda.
Ayazen besó sus labios, sonriendo con esos ojos fríos que no admitían réplica, para luego darse la vuelta e irse, sin darle tiempo a Koral de preguntar nada más.
Tras la salida de Ayazen, las costureras regresaron como sombras, moviéndose con una eficiencia silenciosa para retirar los alfileres y las cintas métricas que mantenían unida la farsa del traje. Koral se sentía vacío, con el sabor del beso frío de Ayazen aún quemándole los labios.
—Es suficiente por hoy —sentenció la madre de Ayazen, rompiendo el silencio—. Es hora de que comas algo dulce. Necesitamos que recuperes el color; el embarazo suele agotar las reservas de azúcar. ¿No has tenido antojos todavía?
Koral, distraído, seguía repasando mentalmente la mirada de Ayazen al mencionar a Ray. Esa forma de cerrar la conversación lo había dejado con una inquietud punzante en el estómago.
—No... nada —respondió en voz baja, bajando del pedestal.
Sin embargo, en el momento exacto en que las palabras salieron de su boca, su cuerpo pareció rebelarse.
Una imagen nítida lo golpeó: el rojo brillante de las fresas y la suavidad de la crema montada.
Sintió una punzada de hambre tan repentina y específica que tuvo que apretar los labios.
Le dio vergüenza admitirlo; se sentía humillante que su propia biología estuviera cediendo a los clichés del embarazo.
Se dirigieron al comedor secundario, un espacio inundado de luz natural donde la servidumbre ya había dispuesto una variedad obscena de platillos dulces.
—Pruébalos con libertad —dijo la madre de Ayazen, señalando la mesa con un gesto elegante—. He ordenado que todo sea libre de azúcar procesada. No podemos descuidar la salud de mi nieto; quiero mimarlo desde ahora, y la mejor forma de hacerlo es a través de ti.
Koral asintió por inercia, escuchando cómo ella hablaba de su hijo como si fuera una propiedad familiar más. Sus ojos, sin embargo, se clavaron de inmediato en un cuenco de cristal tallado que rebosaba de fresas frescas bañadas en una crema densa y blanca.
Olvidando por un segundo su papel de prisionero y su resentimiento, Koral se acercó y tomó el cuenco.
Fue lo primero que probó. La explosión de sabor dulce y ácido en su boca fue tan reconfortante que, sin darse cuenta, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
Por un instante, el peso de la boda, la ausencia de Ray y la sombra de Ayazen desaparecieron, reemplazados por el placer instintivo de saciar ese primer antojo.
La madre de Ayazen lo observó con una satisfacción fría, disfrutando de ver cómo el cuerpo de Koral finalmente empezaba a aceptar su destino.