Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 18 | ERES MI OMEGA.
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CAPÍTULO 18 | ERES MI OMEGA.

El silencio en la suite de Ayazen era absoluto, roto solo por el roce rítmico de la ropa siendo retirada.

Koral se encontraba en un estado de suspensión, como si su mente hubiera abandonado su cuerpo para observar la escena desde un rincón del techo.

Los días habían comenzado a fundirse unos con otros; ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde la cena, pero la rutina de la mansión se le había instalado en los huesos como un frío persistente.

Se dejó guiar hacia el centro de la habitación, sus pies hundiéndose en la alfombra mientras Ayazen lo despojaba de las capas de seda que su madre insignia en que vistiera.

El vestidor, ahora rebosante de prendas que Koral jamás habría elegido, parecía un altar dedicado a su nueva identidad.

Había lociones para su piel, aceites para evitar marcas de estiramiento y supresores de aroma suaves, todo diseñado para un omega recesivo.

Koral miraba aquellos estantes como algo irreal.

Cuando Ayazen lo dejó solo en su ropa interior, el aire fresco de la habitación le erizó la piel, pero el calor regresó de inmediato cuando el alfa lo envolvió por la espalda.

Las manos de Ayazen, aún con rastros de las vendas, se deslizaron por su vientre, deteniéndose justo donde la vida comenzaba a formarse.

—Estás tan tranquilo ahora —susurró Ayazen, hundiendo el rostro en la curva de su gola. Su aliento quemaba—. Me gusta así. Sin peleas innecesarias.

Koral ladeó la cabeza por inercia, permitiendo el acceso. Se sentía anestesiado, un títere cuyos hilos estaban firmemente sujetos por los dedos de Ayazen. Cuando el alfa comenzó a besarle el cuello, subiendo hacia la mandíbula, Koral cerró los ojos y miró hacia la oscuridad de sus propios párpados.

—Me siento cansado, Ayazen —murmuró, su voz sonando como si viniera de muy lejos.

—Lo sé, mi vida. Nuestro hijo está reclamando tu energía —respondió Ayazen con una ternura que resultaba escalofriante. Lo giró con suavidad para que quedaran frente a frente—. No tienes que preocuparte por nada, cariño. Yo me ocupará de todo. Tú solo tienes que existir para mí.

Ayazen se inclinó y lo besó de nuevo, una caricia lenta y profunda que hizo que el cuerpo de Koral se estremeciera.

Mientras lo hacía, sus manos bajaron a las caderas de Koral, apretando la carne.

Ayazen se detuvo un momento para inhalar profundamente contra su piel, cerrando los ojos con una expresión de pura satisfacción.

—Ese aroma... —susurró él, casi en trance—. Es tan dulce. Es débil, apenas un rastro, pero me vuelve loco.

Koral se tensó bajo su toque. ¿Acaso era posible que Ayazen siempre lo supiera? Aunque desde siempre supo cosas de él que ni siquiera Koral llegaba a enterarse.

—¿Apenas lo notas? —preguntó en un hilo de voz.

—¿Mmh? —murmuró Ayazen, confundido, sin detener el rastro de sus labios sobre su piel.

—Apenas notas mi aroma ahora... ¿No lo habías sentido antes?

Ayazen detuvo su recorrido y acarició la piel de su hombro con una parsimonia que ponía los pelos de punta. Sus dedos trazaron una línea lenta, reconociendo el territorio.

—Siempre lo noté.

Koral se quedó helado. Aquella confesión no estaba en sus planes.

—¿Desde hace cuánto?

—¿Quieres saberlo? —la voz de Ayazen bajó un octavo, volviéndose más densa.

—Desde hace cuánto —repitió Koral, exigiendo una verdad que empezaba a darle miedo.

—Desde que teníamos dieciséis.

Koral se giró bruscamente para verlo, incrédulo. El mundo pareció detenerse por un segundo.

—¿Qué?

Ayazen lo miró entonces con unos ojos brillantes, llenos de una devoción que no dejaba espacio para el aire.

No era el deseo momentáneo de un alfa; era algo antiguo, enraizado.

Koral se dejó besar de nuevo, sintiendo cómo el calor de Ayazen se filtraba en su cuerpo, mientras su cabeza seguía siendo un caos de preguntas.

—¿Pero nunca dijiste nada? —logró decir, aún estupefacto.

Ayazen continuó besando su piel, bajando por la línea de su clavícula con una adoración hambrienta.

—Pensé que era hipersensibilidad... o solo mi imaginación por el deseo de tenerte a mi lado.

Creía que era una excusa más que me inventaba para convencerme de que serías mío.

Pero cuando vi tus pruebas... todas con un género secundario de beta, llegué a creer que realmente era una creación de mi mente.

Koral tragó saliva. Ayazen sabía de las regulares pruebas que su familia le hacía cuando estaba en la secundaria y en la preparatoria con la esperanza de que su género secundario apareciera.

—Entonces... si hubieras sabido que era un omega recesivo desde un principio, tú...

—Ya estaríamos casados y tendríamos más de un hijo, supongo —respondió Ayazen.

—Pero no sería diferente. Te comprometiste con Ray este año, estabas a punto de casarte con él...

—Creo que ya olvidaste lo que te dije una vez —lo interrumpió Ayazen, deteniendo sus movimientos para mirarlo fijamente a los ojos—.

Si hubieras sido tú desde el principio, habría insistido en que nuestra boda fuese apenas termináramos la preparatoria.

No habríamos pedido tiempo. No habría existido nadie más.

Koral no respondió. El silencio se hizo intenso; fue entonces que Ayazen lo miró como si lo entendiera, con esa mirada que le traspasaba la piel.

Koral sintió una punzada de pánico en el pecho, pero su cuerpo no reaccionó.

Estaba paralizado, cautivo no solo por las palabras de Ayazen, sino por una fatiga profunda que le robaba la voluntad.

—Mi Koral —susurró Ayazen, volviendo a besarle el cuello, el mentón, la línea de la mandíbula—. Mi dulce omega. Siempre fuiste tú. Siempre lo supe.

Sus manos se deslizaron por la espalda de Koral, acariciando con una devoción que helaba la sangre.

Los besos descendieron por el cuello, se demoraron en la clavícula y subieron de nuevo, buscando su boca.

Koral quiso apartarse, pero sus labios se separaron inquietos, y Ayazen aprovechó la apertura.

El beso fue profundo, con la certeza de que tomaba completamente lo que consideraba suyo.

Koral sintió la calidez de la boca de Ayazen, el ligero roce de su piel y la humedad de su lengua.

Una oleada de ansiedad lo invadió, un deseo desesperado de huir, de desaparecer, de no sentir nada de lo que Ayazen le hacía sentir, como si todo estuviera mal; y así lo era, al menos para él, pero su cuerpo no le obedeció.

Sus músculos estaban tensos, pero inmóviles, como si se hubiera vuelto de piedra.

Ayazen lo empujó suavemente hacia el colchón, sin romper el beso.

Koral se dejó caer, sus brazos quedaron inertes a los lados.

Las caricias del alfa se volvieron más atrevidas, explorando cada curva de su torso, bajando hacia sus caderas.

Koral sentía la piel de gallina con ese hormigueo que nacía desde lo más profundo de su estómago.

Un leve gemido escapó de sus labios cuando las manos de Ayazen apretaron suavemente sus caderas.

Koral odió ese sonido, odió la forma en que su cuerpo traicionaba su propia resistencia.

Sabía que Ayazen amaba escuchar esos ruidos, esas pequeñas confirmaciones de que lo estaba afectando.

El gemido se repitió, más fuerte esta vez, cuando el alfa intensificó las caricias, y Koral apretó los párados con fuerza; no quería ver el rostro de Ayazen sonriendo.

♦ ◊ ♦

El calor de los cuerpos desnudos bajo las sábanas de seda contrastaba con la frialdad de la noticia que Ayazen soltaba con tanta naturalidad. Koral estaba de espaldas a él, encajado contra su pecho, sintiendo el brazo pesado del alfa rodeándole la cintura.

—No quiero que te preocupes por lo que pasa con mi madre —susurró Ayazen cerca de su oído, su voz profunda vibrando contra la espalda de Koral—. Sé que ha estado encima de ti. Pero eso terminará pronto.

Koral no se movió. Miraba fijamente un punto en la pared, sintiéndose como un náufrago.

—Mis padres se irán a la mansión de Australia después de la boda —continuó Ayazen, dejando un beso posesivo en su hombro—. Solo vendrán de visita. Esta casa será solo para nosotros dos... y para los niños.

Koral asintió levemente. La idea de estar solo con Ayazen, sin el escrutinio de la madre, debería haber sido un alivio, pero solo se sentía como si la jaula se estuviera haciendo más pequeña, cerrando las salidas.

—Pronto saldrá el anuncio oficial de nuestra boda en la prensa —dijo Ayazen, y su mano bajó un poco más, acariciando el vientre de Koral—.

He hecho que controlen todo lo que se pueda, pero aun así habrá especulaciones.

La gente hablará, inventarán historias sobre Ray y sobre cómo terminamos juntos de la noche a la mañana.

Koral cerró los ojos, imaginando los titulares, el escarnio público, la humillación de ser "el otro" que robó al prometido de su mejor amigo.

—Por eso —añadió Ayazen con una calma que helaba la sangre—, he ordenado que el acceso a internet en la mansión sea restringido. No quiero que leas nada de eso. No quiero que veas los comentarios de personas que no saben nada.

Koral se tensó de inmediato y se giró para mirarlo, con los ojos bien abiertos.

—¿Restringido? Ayazen, eso es extremo —logró decir, su voz recuperando un poco de fuerza ante la indignación—. No puedes simplemente desconectarme del mundo.

Ayazen no se inmutó. Lo miró con esa devoción absoluta, sin rastro de arrepentimiento por lo que acababa de decidir.

—Es por tu bien, Koral. El estrés no es bueno para nuestro hijo. Si realmente necesitas usar internet para algo importante, puedes ir a mi despacho y usar mi computadora bajo mi supervisión. Pero aquí, en nuestro espacio, no habrá nada que te altere.

Koral sintió que la sangre le hervía. La molestia era evidente en su rostro, sus labios apretados en una línea fina de rabia.

Quería gritar, quería pelear por ese último rastro de libertad, pero vio la fijeza en la mirada de Ayazen y supo que la decisión estaba tomada.

Y así como en todos los aspectos de mi vida, solo tuve que obedecer.