Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 17 | RECESIVO.
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CAPÍTULO 17 | RECESIVO.

El camino hacia la mansión fue una marcha fúnebre para Koral.

Miraba por la ventana cómo los portones de hierro de los Verlkanur se abrían, tragándoselo de nuevo.

Al bajar del auto, el aire se sentía más denso, más rancio y Ayazen no lo soltaba; su mano era un grillete en su propia mano mientras subían las escaleras de mármol.

En cuanto cruzaron el umbral del vestíbulo, el eco de unos tacones rápidos golpeando el suelo anunció el desastre. La madre de Ayazen apareció desde el salón principal, con el rostro tenso y las venas del cuello marcadas por la rabia.

—¡Ayazen! —el grito hizo que los criados agacharan la cabeza de inmediato—. ¡Ya basta! ¡Deja de jugar con tus caprichos de una vez! No falta casi nada para la boda, los arreglos están listos, la prensa está encima y tú desapareces para traer de vuelta a... ¡esto!

Se plantó frente a ellos, ignorando por completo la presencia de su hijo para enfocar todo su odio en Koral. Este sintió que el suelo se movía; el desprecio de esa mujer siempre le había recordado su lugar en el mundo tal y como su familia siempre lo hacía, pero hoy era más filoso.

—¿Cómo es posible que seas tan cínico? —le escupió a Koral, acercándose tanto que él pudo oler su perfume costoso y pesado—.

Un pordiosero metiéndose en la cama de un alfa de este linaje.

Los Blum son gente respetable, pero tú eres su escoria.

¿Qué crees que dirán cuando el rumor de que mi hijo anda con un simple beta se haga público?

¡Nos vas a arrastrar al fango con tu mediocridad!

¡Lárgate de esta casa antes de que llame a seguridad!

Koral no pudo responder. Tenía la gola cerrada, el pecho apretado por una humillación que le quemaba la cara. Quería soltarse y correr, pero el agarre de Ayazen se volvió mucho más fuerte.

—¡Dije que basta! —el grito de Ayazen cortó el aire como un latigazo—. No tienes por qué gritarle a mi omega.

La mujer soltó una carcajada seca, llena de una incredulidad ácida. Miró a su hijo como si estuviera viendo a un loco.

—¿Tu omega? ¿Cómo es posible que llames "omega" a ese simple beta? —preguntó ella, señalando a Koral con asco—. Por Dios, Ayazen, reacciona. Ya te lavaron el cerebro. Es un beta.

—Cálmate y no vuelvas a tratarlo de esa manera —la voz de Ayazen bajó a un tono gélido, mucho más peligroso que el grito anterior. Sacó del bolsillo interior de su saco la foto de la ecografía y se la estampó en la mano a su madre con un movimiento brusco.

La mujer frunció el ceño, mirando el papel con desdén. Sus dedos enjoyados temblaron un poco mientras trataba de descifrar la mancha gris en el papel.

—¿Qué se supone que es esta porquería? —preguntó con la voz perdiendo fuerza.

—Koral es un omega recesivo —soltó Ayazen, disfrutando de cómo el color desaparecía del rostro de su madre—. Y está esperando a mi hijo. El nombre de Ray no se va a volver a mencionar en esta casa. Jamás. Me voy a casar con Koral, y lo haré en la fecha prevista.

La madre de Ayazen se tambaleó, apretando la foto contra su pecho mientras miraba el vientre de Koral con una mezcla de emociones que no sabía describir. El silencio que siguió fue insoportable. Koral solo quería que la tierra se lo tragara.

—Llama a los Blum —ordenó Ayazen, rompiendo el trance de su madre—. Quiero que vengan a cenar hoy mismo. Vamos a aclarar los detalles del anuncio y a poner todo en su lugar.

♦ ◊ ♦

La madre de Ayazen se movía por el vestidor con una agilidad que ponía a Koral nervioso.

Sus manos revoloteaban sobre su cuerpo con una familiaridad invasiva.

Le daba vueltas, lo obligaba a pararse derecho frente al espejo de tres cuerpos, evaluando cada centímetro de su anatomía como si estuviera tasando una propiedad que acababa de adquirir.

—Es que era evidente, ahora que lo miro bien es tan evidente —decía ella, mientras le alisaba la camisa con brusquedad—.

Siempre fuiste distinto. Crecías al mismo ritmo de Ray, tenías esa misma forma de moverte, tan...

sutil. No entiendo cómo tu madre fue tan descuidada, o cómo nosotros no lo vimos.

Pero claro, los recesivos son expertos en esconderse tras esa fachada de beta ordinario.

Koral sentía que el aire se le escapaba. Escuchar el nombre de Ray en su boca, aunque fuera por error, le producía un escalofrío. Ella se dio cuenta del desliz y apretó los labios un segundo, borrando la mención con un gesto de la mano.

—En fin, eso no importa ya. Lo que importa es que tu cintura es estrecha y tus caderas tienen la estructura ideal para traer al mundo a un Verlkanur.

Va a ser un niño fuerte, lo presiento —continuó—.

No podemos permitir que nazca en cualquier entorno.

La guardería se instalará en el ala este, donde hay más luz.

Tendrá tutores desde los tres años, nada de escuelas, es mejor todo bajo nuestro control.

Koral se miraba en el espejo, sintiéndose un objeto inanimado.

—¡Tú! —gritó ella hacia la puerta, llamando a uno de los sirvientes que esperaba en el pasillo—.

Llama a la boutique. No, mejor, diles que envíen a alguien con tres colecciones completas de ropa de omega.

Seda, lino, y lo último de la temporada.

Que sea ropa apropiada para el futuro esposo de mi hijo.

No quiero volver a verlo con estas prendas holgadas que lo hacen ver como un hippie.

—No es necesario tanto... —alcanzó a decir Koral, con la voz apenas audible.

La mujer se detuvo y lo miró fijamente, tomándolo de la barbilla para obligarlo a subir la cabeza.

—Es absolutamente necesario. No solo llevas a mi nieto, Koral, llevas el apellido que te vamos a dar. No voy a permitir que la prensa hable de más por todo este desastre que causaste. A partir de hoy, vas a comer lo que el nutricionista diga.

Se alejó un par de pasos, observándolo con una satisfacción casi depredadora.

—El niño será perfecto. Ayazen tiene el carácter y tú tienes la genética que necesitábamos para suavizar el linaje de alfas descontrolables de esta familia.

Es una combinación que no voy a dejar que se arruine por falta de cuidados.

Mañana vendrá el sastre a tomarte medidas para el traje de la boda.

Tiene que ser algo que no resalte tu estado, de todas formas la prensa va a hablar.

Koral no se atrevió a decir ni una sola palabra, ni siquiera cuando los dedos de la madre de Ayazen dejaron de tironear de su ropa.

Se dejó conducir por los pasillos de la mansión, sintiéndose extraño e indiferente a lo que pasaba a su alrededor como si todo fuera irreal.

Al llegar al comedor, el aire se volvió aún más pesado.

Sus padres ya estaban sentados frente a él, rígidos, con una expresión extraña que Koral no terminaba de descifrar; era una mezcla de cautela, sospecha y esa frialdad que le habían dedicado toda la vida por no ser el "hijo ideal".

Ayazen se sentó a su lado, ocupando el espacio con esa seguridad que le permitía adueñarse de cualquier habitación desde que era un niño. Colocó una mano sobre la de Koral en la mesa, apretándola con cuidado, como si le diera una especie de apoyo que Koral no le había pedido.

—Me alegra que hayan venido —comenzó Ayazen, con una voz aterradoramente tranquila—. Disculpen haber pedido que vinieran así, de repente.

—Hemos de suponer que es algo de suma importancia —dijo el padre de Koral, dejando de mirar a su hijo para enfocar toda su atención en el alfa.

—Así lo es. Debo confesar que me apena un poco decirles esto por el impacto que pueda causar en ustedes... padres —soltó Ayazen, tratando ya con una familiaridad asfixisante a los progenitores de Koral.

Koral tembló al escuchar salir de los labios de Ayazen la palabra "padres". ¿Cómo era posible que fuera tan descarado? Vio el rostro de su madre, quien rápidamente lo miró de forma fija. Al cruzar miradas, Koral sintió un deseo agudo de desaparecer en ese mismo instante.

—Verán... como todos ustedes saben, mi boda se acerca.

—Con Ray —se apresuró a añadir el padre de Koral, manteniendo la mirada fija en los ojos de Ayazen, buscando confirmar la estabilidad de sus palabras.

—Claro, así era. Sin embargo, ha habido unos cambios de planes.

—¿A qué se refiere?

—A mi compromiso con Koral. Él será mi esposo.

Koral pudo sentir la mirada de todos clavada encima suyo como dagas. Bajó la cabeza, evitando a toda costa toparse con los ojos de nadie. El silencio fue roto por la voz incrédula de su padre.

—Mi hijo es un beta, Ayazen. Dudo que lo que quieres pueda hacerse realidad. Además, ya habíamos estado conversando sobre el futuro de Koral con el hijo de los Collin.

Al escuchar aquello, el corazón de Koral dio un vuelco. Estaban planeando casarlo y él no tenía ni la menor idea. Así era todo en su vida: solo debía cumplir con lo establecido, incluso sin saber qué destino le deparaban.

—Escuché de ello —dijo Ayazen, amortiguando una voz que denotaba una molestia latente.

Koral se estremeció. Incluso Ayazen ya estaba al tanto de los planes de sus padres.

—Pero, lamentando arruinar sus planes, mi boda con Koral se llevará a cabo en la fecha prevista originalmente. Porque Koral es un omega. Lamentablemente uno recesivo, pero, al fin de cuentas, un omega.

—Koral es... ¡Oh, Dios mío! —exclamó la madre de Koral, llevándose una mano al pecho.

—Nos casaremos. Y, además, Koral está esperando a mi hijo. Comprendo su molestia por nuestra relación... "caótica" de los últimos tiempos.

—Al contrario —interrumpió la voz del padre de Koral.

Su tono ahora era satisfecho y lucía una sonrisa de oreja a oreja, como si le hubieran dado la mejor noticia de su vida—.

Comprendo su situación y estamos más que contentos de que se unan en matrimonio.

Claro, no es una relación prevista, ni la mejor situación tomando en cuenta tu compromiso con los Thorne, pero lo entiendo.

Estoy seguro de que ellos también lo harán; después de todo, hemos sido cercanos en estos años.

Koral no dijo nada. Mantuvo la vista fija en el mantel de lino, escuchando cómo Ayazen moldeaba la historia a su antojo.

Ante sus oídos, su huida, su miedo y la persecución se transformaban en un romance clandestino que había culminado en "amor" y un heredero.

Era una mentira perfectamente manufacturada desde el punto de vista de Ayazen, y Koral no tenía las fuerzas para desmentirla.

Lo que más le dolió no fue la astucia de Ayazen, sino ver cómo la expresión en los rostros de sus padres se transformaba.

La rigidez desapareció, reemplazada por una luz de felicidad y codicia.

Se pusieron felices, animados; sus ojos brillaban con un orgullo que Koral nunca les había visto dedicarle.

Por primera vez en la vida, no era el hijo "beta" que representaba una mancha en el historial familiar; ahora era el omega que aseguraba su unión definitiva con el imperio Verlkanur.

Koral se quedó helado. No era solo la mentira de Ayazen lo que le revolvía las tripas, sino la facilidad con la que sus padres lo estaban vendiendo de nuevo, esta vez con una sonrisa.

La mención del hijo de los Collin fue como un balde de agua fría; ni siquiera en su propia familia tenía un espacio seguro, solo era un contrato esperando a ser firmado por el mejor postor.

—Es una noticia... sencillamente perfecta —continuó la madre de Koral, rompiendo el silencio con una voz que vibraba de una alegría que nunca le había dirigido a su hijo—. Un omega recesivo. Siempre supimos que Koral tenía una delicadeza especial, algo que no encajaba con un simple beta.

Koral apretó los puños. "Delicadeza especial". Hace apenas unas semanas lo llamaban decepción por no mostrar rasgos de casta alguna.

Ayazen asintió, su pulgar acariciando los nudillos de Koral de una forma que parecía afectuosa, pero que para Koral se sentía como el roce de un grillete. El alfa dominante miró al padre de Koral, compartiendo ese código silencioso en sus miradas como si fuera un negocio espléndido.

—Me alegra que estemos de acuerdo —dijo Ayazen, su voz recuperando esa calma dominante—. Como dije, la boda sigue en pie para la fecha pactada. No habrá retrasos. Los Thorne recibirán un comunicado oficial mañana, y estoy seguro de que, dada la situación del heredero, no pondrán objeciones.

—Por supuesto que no —intervino el padre de Koral, ignorando por completo la palidez de su hijo—. El honor de los Verlkanur y la llegada de un nieto están por encima de cualquier acuerdo previo. Koral, hijo... deberías estar agradecido de que Ayazen sea tan comprensivo con tu... situación recesiva.

Koral levantó la mirada por un segundo, encontrándose con los ojos de su padre. No vio amor, ni preocupación por el hecho de que su hijo estuviera atado a un hombre que lo había cazado. Vio la satisfacción de quien finalmente ha colocado un producto defectuoso en una vitrina de lujo.

—Sí —susurró Koral, con la voz rota.

—Muy agradecido.

Ayazen sonrió y se inclinó un poco hacia Koral, su aliento rozándole la oreja frente a sus padres, en un gesto íntimo, casi cariñoso a ojos de los demás.

—No tienes que agradecer nada, cariño —murmuró Ayazen—. Solo tienes que dedicarte a estar bien. Mi madre ya está organizando todo para que no tengas que mover un dedo.