CAPÍTULO 16 | NUESTRO.
Koral se quedó mirando la pantalla del ultrasonido unos segundos más, con el eco del latido retumbando en sus oídos como una sentencia de muerte.
Se limpió las lágrimas con un gesto brusco; aún le dolía el pecho y la gola le ardía, pero no quería sollozar más frente a un extraño.
No podía quedarse allí. Ayazen era la mayor amenaza para esa pequeña vida que apenas comenzaba a crecer.
¿Cómo reaccionaría ese desgraciado? No podía esperar a averiguarlo; todo sería un caos absoluto si se enteraba.
Debía irse ahora mismo; ya había perdido demasiado tiempo.
—Tengo que irme —le dijo al doctor, desconectándose los sensores con manos temblorosas—.
Prepare el alta, voy a pagar la cuenta ahora mismo.
No es necesario que me registren, solo pagaré y ya…
—comenzó a decir atropelladamente, bajándose la camisa sin importarle que la crema fría del ultrasonido manchara la tela.
—Señor Koral, todavía está débil... —intentó detenerlo el médico, dando un paso hacia él.
Koral se paralizó al escuchar su nombre. El aire se le escapó de los pulmones. ¿Cómo era que sabían su nombre? Él no llevaba identificación, ni pasaporte, ni nada que pudiera delatarlo.
—¡Dije que me voy! —sentenció Koral con un arranque de pánico, poniéndose en pie a pesar del mareo que lo hizo tambalear de forma violenta.
No. No. No. La palabra se repetía en su mente como una alarma.
Tomó sus pocas cosas a toda prisa, con el corazón martilleando contra sus costillas con tanta fuerza que sentía que se le iba a salir por la boca.
Salió de la habitación y se dirigió a la recepción de la clínica a paso rápido, ignorando las advertencias que el doctor gritaba a sus espaldas.
Sacó la tarjeta negra que Ray le había dado, apretándola entre sus dedos como si fuera un escudo.
Su plan era simple: pagar, salir de ese lugar y desaparecer en el primer taxi que encontrara antes de que el mundo se le cayera encima.
Eso era lo primero que debía hacer, no podía pensar en nada más; todo lo que venía a su mente era caos y más caos.
—Quiero liquidar mi cuenta —dijo con voz entrecortada, mirando nerviosamente hacia la puerta principal.
—Su nombre, por favor —dijo la recepcionista, viendo la tarjeta que él le extendía.
Koral no quería decir su nombre; vio la manilla de papel en su mano que tenía el número 85.
—Soy el número ochenta y cinco —dijo rápido.
La recepcionista no dijo más, tecleó algo en la computadora y luego lo miró con una sonrisa que le heló la sangre.
—Su cuenta ya ha sido liquidada en su totalidad, señor Blum —respondió la mujer con tranquilidad.
No… ¿Cómo lo sabía? No… eso no era lo peor. ¿Cómo es que su cuenta estaba pagada? Eso solo significaba algo. Koral se quedó petrificado. Un frío glacial le recorrió la columna vertebral.
—¿Liquidada? ¿Por quién?
—Por el titular de la cuenta de emergencia vinculada a su ficha médica.
¿Ficha médica?
Koral no necesitó preguntar más. El pánico lo invadió. Se dio la vuelta para correr hacia la salida de emergencias, pero en cuanto dio dos pasos, dos guardaespaldas de traje negro se interpusieron en su camino, impidiéndole pasar.
—No puede retirarse todavía, señor Koral —dijo uno de ellos, serio y sin mirarlo.
—¡Apártense! ¡Déjenme pasar! —gritó Koral, intentando empujarlos, pero los hombres ni siquiera se movieron.
El silencio del hospital se volvió opresivo.
De repente, el sonido rítmico y pesado de unos zapatos de cuero sobre el suelo de granito empezó a resonar al final del pasillo.
Koral se quedó inmóvil, con la respiración contenida.
Al final del corredor lo vio: la silueta de Ayazen apareció, recortada contra las luces asépticas de la clínica.
Caminaba con una calma aterradora; Ayazen no se detuvo, caminó hasta llegar frente suyo.
—Mi amor —dijo Ayazen, alzar su mano para acariciar su mejilla—. Estás sudando. ¿Por qué estás tan asustado? —dijo con esa voz filosa.
Koral no pudo hacer nada en cuanto las manos de Ayazen lo tomaron y abrazaron su cintura, acariciando su cabeza mientras besaba su frente.
—Ya estás conmigo, no importa lo que Ray te haya dicho… cariño —dijo, metiendo sus manos en los bolsillos de Koral, sacando la tarjeta negra que Ray le había entregado. La arrugó entre sus dedos en cuanto la tuvo en sus manos.
—Ayazen… —fue lo único que alcanzó a decir. Sus palabras eran un susurro pequeño, y no supo si el alfa lo llegó a escuchar.
Ayazen soltó la tarjeta arrugada al suelo, ignorándola por completo, y miró a Koral con una tranquilidad que daba escalofríos. No había gritos, como Koral lo hubiera pensado; sin embargo, al contrario de toda esa calma, era más violenta de lo que hubiera querido.
—Sabes, es injusto —dijo Ayazen en un susurro, acariciando el cuello de Koral—. Es muy injusto que yo no haya podido ver a mi hijo todavía.
Koral se quedó helado, con la boca entreabierta pero sin poder emitir un solo sonido.
El terror lo había dejado mudo. El hecho de que Ayazen hablara del bebé con tanta naturalidad lo aturdió.
¿Cómo era posible que ya lo supiera? ¿Cómo?
¿Cuándo? Sin fuerzas para luchar, se dejó guiar por el brazo de Ayazen, quien lo condujo de regreso por el pasillo hacia la sala de la que había salido corriendo.
Al entrar, el doctor se puso de pie de inmediato, haciendo una reverencia casi imperceptible.
—Señor Verlkanur, es un honor. Todo está listo —dijo el médico, tratándolo de inmediato al verlo, como si ya supiera a lo que venía.
Ayazen ayudó a Koral a recostarse en la camilla con delicadeza.
El doctor se acercó y subió la camisa de Koral con cuidado.
La prenda todavía estaba manchada y pegajosa por la crema que le habían puesto antes, pero el médico disimuló el detalle, aplicando una nueva capa de gel frío sobre el vientre del omega.
Koral mantenía la mirada fija en el techo, sintiéndose más expuesto que la vez anterior, y adormecido también.
Sin embargo, en cuanto el transductor tocó su piel y la imagen granulada apareció de nuevo en el monitor, Ayazen se inclinó sobre él.
Sin previo aviso, besó sus labios; un beso casto y corto que no lo sacó de ese momento de trance, a diferencia, lo introdujo más profundamente.
—Míralo —murmuró el alfa, con evidente chispa de felicidad genuina en los ojos mientras miraba la pantalla—. Ahí está.
Ayazen observaba aquel pequeño punto, que no se distinguía de un frijol, como si fuera lo más increíble que hubiera visto en su vida. Se giró hacia el doctor, irradiando una energía poderosamente alegre.
—Quiero cinco fotos de la ecografía —ordenó Ayazen, sin dejar de acariciar la mano de Koral—. Y envíe la versión electrónica directamente al correo de la presidencia en la empresa. Ahora mismo.
Koral escuchaba todo como si estuviera bajo el agua. La alegría de Ayazen le resultaba aterradora; el alfa no estaba celebrando un hijo, estaba celebrando que ahora tenía el candado perfecto para mantener a Koral encadenado a su lado para siempre y no parecía sorprendido en lo absoluto.
¿Cómo era posible aquello? ¿Acaso era que Ayazen ya sabía de su estado?
¿Cómo sería posible que se haya dado cuenta y ni siquiera se lo haya dicho?
Sí... lo anudaba constantemente, pero Koral sabía por biología general que cuando un alfa se emociona de más es posible que anuden a su pareja sin importar que sea omega, beta o alfa.
Así que no sería posible a menos que... claro.
La última vez... no lo anudó, ya que por obvias razones ya estaba esperando a su hijo.
Cuando tuvieron sexo, Ayazen no se asombró por ello, no insistió en seguir las rondas de sexo hasta anudarlo como lo hacía antes; al contrario, lo dejó descansar de a poco.
Era claro... Koral volteó la mirada hacia Ayazen, a sus ojos que brillaban como si realmente tuviera felicidad en ellos.
Ese desgraciado, ese jodido idiota que toda su vida la había arruinado, lo volvió a hacer.
Era claro que sabía algo y lo aprovechó.
♦ ◊ ♦
El trayecto en el auto era una tortura silenciosa para Koral, mientras que para Ayazen parecía el mejor día de su vida.
El alfa no había soltado su mano ni un segundo, apretándola con cuidado, sin mucha violencia o descuido; solo ejercía presión de vez en cuando, cuando veía que Koral quería alejar su mano.
—Es perfecto —dijo Ayazen con tranquilidad, mirando por la ventana como si ya estuviera trazando el mapa de su nueva vida—.
Todo lo que teníamos preparado para la boda no se echará a perder.
La fecha sigue en pie, los invitados, el banquete...
solo cambiaremos el nombre del omega en el acta.
Mis padres estarán contentos con la llegada del niño; no arruinarán con sus reproches nada del anuncio.
Koral mantenía la mirada perdida en el respaldo del asiento delantero, sintiendo que las palabras de Ayazen eran clavos cerrando su propio ataúd. El tono soñador del alfa le revolvía el estómago mucho más que cualquier grito.
—Debemos anunciárselo a todos lo antes posible —continuó Ayazen, con una sonrisa—. Imagina los titulares. Claro, tomando en cuenta los amarillistas que saldrán por el compromiso roto con Ray, pero luego solo se enfocarán en lo que deparará a la familia Verlkanur y a los Blum.
Koral tragó saliva, sintiendo el sabor amargo de la bilis en su gola. No podía creer la frialdad con la que Ayazen borraba a Ray y lo ponía a él en ese lugar, como si fuera una pieza de ajedrez que finalmente encajaba en su sitio.
—No quiero... —susurró Koral, tan bajo que apenas fue un soplo de aire—. No quiero que nadie lo sepa. No quiero nada de esto.
Ayazen se tensó. El ambiente en el auto cambió en un segundo, volviéndose pesado y habían demasiadas feromonas dominantes que no provocaron en Koral nada en lo absoluto, ya que seguía sin poder sentir sus feromonas.
Aun así, Ayazen giró la cabeza lentamente, y aunque su sonrisa no desapareció, sus ojos brillaron, marcando en ellos un rastro de molestia.
—No te estaba preguntando, cariño —respondió Ayazen, volviendo a besar el dorso de su mano con una calma—. Te estoy contando cómo van a ser las cosas a partir de ahora. Por el bien de nuestro hijo, vas a sonreír y vas a ser el omega perfecto de la familia Verlkanur que siempre supe que eras.
Koral sintió un escalofrío ante esa mención.
La seguridad con la que Ayazen pronunciaba cada palabra le hacía revolver el estómago por lo descarado que resultaba ser ese hijo de perra.
No parecía tener control de sus propias palabras o si así lo era, era un estúpido para creer que todo lo que salía de su boca sería lo único en hacerse realidad.
—No me hagas repetirlo, Koral.
Koral dejó de hablar. El nudo en su gola era tan pesado que cualquier intento de réplica se sentía inútil contra la voluntad de Ayazen.
Se dejó llevar, permitiendo que las manos del alfa dirigieran sus movimientos mientras salían del auto y entraban al edificio.
No opuso resistencia cuando Ayazen lo guió hacia el ascensor; sus pies se movían por inercia, con la mente entumecida por el agotamiento.
Al abrirse las puertas del departamento, Koral dio un paso y se detuvo en seco. El aire se le escapó de los pulmones al ver el escenario frente a él.
El lugar era un caos absoluto. Cuadros que antes colgaban con una simetría impecable ahora estaban estrellados contra el suelo, sus marcos astillados y los lienzos rasgados.
Lámparas de diseño yacían convertidas en fragmentos de vidrio que brillaban bajo la luz fría, y varios muebles de madera sólida mostraban marcas de golpes y fracturas.
Parecía que una tormenta de furia ciega hubiera arrasado con todo el orden que solía reinar allí.
Koral retrocedió un paso, con los ojos muy abiertos por el impacto, justo cuando dos guardaespaldas pasaban por su lado cargando maletas fuera de la habitación principal.
No tuvo que preguntar de quién eran; sabía que estaban borrando cualquier rastro de su vida anterior o de los preparativos que se habían hecho hasta ese momento.
Sintió la presencia de Ayazen cerrándose sobre él. Al voltear, se encontró con el rostro del alfa, quien le devolvía una sonrisa que pretendía ser reconfortante, pero que solo lograba acelerar el pulso de Koral.
—Todo estará bien —dijo Ayazen con una suavidad inquietante—. Solo fue un desliz por tu huida, un momento de frustración. Pero ahora que estás aquí, todo va a estar bien.
Koral bajó la mirada, buscando escapar de ese contacto visual, y fue entonces cuando se fijó en las manos de Ayazen.
No se había dado cuenta antes, pero las manos del alfa estaban cubiertas con vendas blancas.
El temblor en las piernas de Koral regresó con más fuerza; el desastre en la sala no había sido un accidente, Ayazen lo había destrozado todo con sus propias manos, y el hecho de que ahora sonriera como si nada hubiera pasado lo aterraba más que cualquier grito.