CAPÍTULO 15 | NO ESTOY SOLO.
La luz grisácea del amanecer se filtraba por los ventanales de la suite, pero no había calidez en ella.
Ayazen extendió la mano por instinto, buscando el cuerpo tibio y menudo de Koral, pero solo encontró sábanas frías y arrugadas.
Abrió los ojos de golpe, el rastro del sueño desapareciendo al instante.
—¿Koral? —llamó con voz ronca, pero el silencio le devolvió el golpe.
Se incorporó, sintiendo una punzada de alarma en el pecho. Revisó el baño: vacío. El salón: vacío. Entonces vio su saco tirado en el suelo, con los bolsillos hacia afuera. Sus dedos se cerraron en el aire al darse cuenta de que las llaves no estaban. La furia le subió por la garganta como ácido.
Salió de la suite hecho una tromba, con la camisa desabrochada y los ojos inyectados en sangre. Al abrir la puerta principal, se encontró con los dos guardias que custodiaban el pasillo.
—¡¿Dónde está?! —rugió Ayazen, su voz haciendo que los hombres saltaran en sus sitios.
—Señor... no entendemos... Nadie ha salido por esta puerta —balbuceó uno de ellos, palideciendo ante la ferocidad del alfa.
—¡No me mientan en mi propia cara! —Ayazen lo tomó del solapado del traje y lo estrelló contra la pared—. ¡No está en la habitación! ¡Busquen en cada rincón de este maldito edificio, revisen las cámaras, ahora mismo! ¡Si no lo encuentran, juro que los haré desaparecer a todos!
Los guardias salieron disparados. Ayazen regresó al salón, pateando una mesa de cristal que estalló en mil pedazos. El sonido del cristal rompiéndose apenas aplacó el fuego que sentía por dentro. En ese momento, su teléfono personal comenzó a vibrar con insistencia sobre la barra.
Vio el nombre en la pantalla: Madre. Contestó de un manotazo.
—Dime… —gritó al auricular sin esperar saludo.
—¡Ayazen! ¡¿Qué demonios has hecho?! —la voz de su madre, tenía una indignación histérica, casi le revienta el oído—.
Acaba de llamarme la madre de Ray, destrozada.
¡¿Cómo es posible que le hayas dicho a Ray que la boda se cancela?
! ¡¿Acaso te has vuelto loco?! ¡Hay contratos, hay acciones de la empresa en juego, hay una imagen que mantener!
Ayazen soltó una carcajada seca, carente de humor, que sonó como un ladrido.
—¡No me molestes con tus malditos contratos! —rugió Ayazen, caminando de un lado a otro por el salón como un animal enjaulado—. ¡Haré lo que me dé la gana en el momento que me dé la gana! ¡Si dije que se cancela, es porque SE CANCELA!
—¡No puedes hacernos esto, Ayazen! ¡La prensa entera está esperando este enlace!
—¡Pues que el país entero me vea hundirla! —le gritó de vuelta.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Ayazen no esperó respuesta y colgó, arrojando el teléfono contra el sofá de terciopelo. Su mente volvió a Koral. ¿Cómo había salido? ¿A dónde iría?
—Te voy a encontrar —susurró para sí mismo, con la mandíbula tan tensa que le dolía—. Y cuando lo haga, te voy a poner cadenas de verdad.
♦ ◊ ♦
El caos se desató, docenas de hombres de seguridad se desplazaban como una marea negra por los pasillos, las escaleras de emergencia y el estacionamiento, revisando cada punto ciego bajo los gritos de un Ayazen que parecía haber perdido la cordura.
—¡Revisen las cámaras del perímetro! ¡Ahora! —bramó Ayazen, golpeando el monitor de seguridad cuando los guardias le informaron que no lo habían visto salir por la recepción.
Mientras tanto, en la mansión principal, el ambiente era un funeral. Ray estaba colapsado en uno de los sillones, con el rostro hinchado de tanto llorar, aferrándose a la mano de la madre de Ayazen.
—¡No pueden cancelarla! ¡Faltan días, solo días! —sollozaba Ray, su voz rompiéndose en un hipo constante—. Los invitados, el vestido, la prensa... ¡Por favor, dígale que recapacite! ¡No puedo permitir que me humille así!
La madre de Ayazen lo consolaba, pero por dentro hervía de rabia.
Justo cuando iba a responder, las puertas dobles de la mansión se abrieron de un golpe seco, rebotando contra las paredes.
Ayazen entró como un huracán, con el cabello desordenado y una furia animal emanando de cada poro.
Había visto las grabaciones, el Mercedes negro, la silueta de Ray, Koral subiéndose al auto.
—¡Tú! —rugió Ayazen, ignorando a su madre y lanzándose directo hacia Ray.
Sin un gramo de caballerosidad, Ayazen lo alzó bruscamente, tomándolo por los hombros y levantándolo casi en el aire. Ray soltó un grito de pavor mientras sus pies apenas rozaban la alfombra.
—¡¿Dónde está?! —le gritó Ayazen a centímetros de la cara, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Vi el video, Ray! ¡Vi que te lo llevaste en tu auto a las cuatro de la mañana! ¡¿Dónde diablos escondiste a Koral?!
—¡Ayazen, suéltalo! ¡Lo vas a lastimar! —gritó su madre, intentando jalar el brazo de su hijo, pero el alfa era una roca inamovible.
—¡Dime dónde está o juro por mi apellido que te mato aquí mismo! —rugió Ayazen, apretando el agarre hasta que Ray soltó un quejido de dolor—. ¡No me tientes, Ray! ¡¿Dónde está Koral?!
Ray, a pesar del terror que sentía al ver a Ayazen convertido en un monstruo, apretó los dientes. Las lágrimas seguían cayendo, pero una chispa de despecho y odio brilló en sus ojos. Intentó mantener la apariencia, fingiendo una inocencia rota que ya no tenía.
—¡No sé de qué hablas! —chilló Ray, tratando de zafarse—.
¡Sí, lo vi! ¡Lo vi en la calle como un mendigo, oliendo a ti de la forma más asquerosa posible!
¡Me pidió ayuda y lo dejé en una esquina porque no quería verle la cara al traidor que se acuesta con mi prometido!
¡No sé dónde está, se bajó del auto y se perdió en la oscuridad!
Ayazen lo sacudió con una violencia que hizo que la cabeza de Ray se fuera hacia atrás.
—¡Mientes! ¡Si algo le pasa, si no lo encuentro hoy mismo, te voy a destruir tan lento que vas a rogarme que te mate! —le escupió Ayazen a la cara antes de soltarlo como si fuera basura.
Ray cayó al suelo, sollozando con fuerza, mientras la madre de Ayazen miraba la escena con horror. Ayazen no se detuvo; sacó su teléfono y marcó a sus informantes mientras salía de nuevo hacia su auto.
♦ ◊ ♦
Mientras tanto, en el aeropuerto internacional, Koral intentaba sobrevivir.
Con la tarjeta negra que Ray le había dado había comprado ropa básica en una tienda 24 horas, pantalones deportivos, una sudadera con capucha, zapatillas baratas.
Se había cambiado en el baño público, cubriendo las marcas rojas del cuello con la capucha y un pañuelo improvisado.
Luego compró un teléfono desechable y un boleto de ida al primer destino internacional que encontró disponible, una ciudad costera en el norte, lo más lejos posible sin pasaporte.
Hizo la fila para el check-in con el corazón en la gola.
El olor a café del área de comidas le resultó insoportable de repente; una náusea violenta le revolvió las entrañas y el aire se volvió pesado, espeso.
El mundo empezó a dar vueltas. Los sonidos se alejaron, las voces de los pasajeros, los anuncios por altavoz, el rodar de las maletas.
Sus oídos zumbaron con un pitido agudo. Las rodillas le fallaron.
Cayó al suelo de la terminal con un golpe sordo, la capucha cayéndose hacia atrás y dejando al descubierto las marcas en el cuello.
Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el techo blanco y aséptico de una habitación de hospital. El pitido rítmico de un monitor llenaba el silencio. Un doctor con bata blanca y tabla de apuntes se acercó al notar que despertaba.
—Señor Koral, finalmente despierto —dijo el médico con calma—. Sufrió un síncope por deshidratación extrema y estrés agudo, pero es comprensible dado su estado.
Koral parpadeó confundido, intentando sentarse. El cuerpo le pesaba como si estuviera hecho de plomo.
—¿Mi estado? —preguntó con voz ronca—. Solo estoy cansado… Tengo que irme, tengo un vuelo que…
—Usted no va a ningún lado por ahora —lo interrumpió el doctor con firmeza—. Tiene dos meses de embarazo. Es completamente normal sentirse así de mal en las primeras etapas, especialmente con los niveles de cortisol tan elevados que presenta su sistema.
Koral se quedó helado. Una risa nerviosa y seca escapó de su gola, casi un sollozo.
—¿De qué está hablando? Eso es imposible. Soy un beta. Usted está equivocado, revisó la ficha de otra persona.
El doctor suspiró y ajustó sus lentes, mirándolo con seriedad.
—Los exámenes de sangre no mienten, señor Koral.
Usted no es un beta. Es un omega recesivo.
Es una condición poco común en la que los rasgos omegas son tan tenues que pasan desapercibidos en las pruebas estándar de la adolescencia.
Los niveles hormonales basales son casi idénticos a los de un beta, nada de lubricante, nada de celo evidente, glándulas de olor casi inactivas.
Por eso todos los chequeos médicos de su infancia y juventud lo clasificaron como beta. El cuerpo simplemente… se camufla.
Koral sintió que el suelo se abría bajo la camilla.
—¿Camufla? —repitió con voz temblorosa.
—Exacto —continuó el doctor—. Un omega recesivo puede vivir toda su vida como beta si no entra en contacto prolongado con un alfa dominante de alta potencia.
Pero cuando ese contacto es constante, intenso…
y sobre todo cuando hay una fecundación exitosa, el cuerpo finalmente “despierta”.
Las feromonas del alfa actúan como catalizador.
Regulan a mejor los niveles hormonales latentes, activan las glándulas que estaban dormidas, hacen que el útero interno se desarrolle por completo.
En su caso, probablemente tuvo un celo encubierto hace dos meses.
¿Recuerda haber estado enfermo, con fiebre alta, mucho calor interno, sudores nocturnos, quizás un “resfrío” que duró más de lo normal?
Koral se quedó inmóvil. Recordó. Recordó perfectamente.
Aquella semana resfriado cuando Ayazen había llegado a su casa y habían tenido sexo todo el día.
Sudaba sin parar, el cuerpo le dolía, se sentía débil y necesitado de una forma que no entendía.
Ayazen lo había cuidado, lo había bañado, lo había follado suavemente diciendo que “lo ayudaría a pasar el malestar”.
Ahora lo entendía. El celo encubierto. El despertar. El embarazo.
—No… —susurró Koral, con los ojos llenos de lágrimas—. No puede ser… Yo no soy un omega… No puedo estar embarazado…
—Cálmese, por favor —dijo el doctor con suavidad—. Mire la pantalla.
Acercó un monitor de ultrasonido y aplicó el gel frío sobre el vientre plano de Koral.
Este intentó apartarse, pero la curiosidad y el terror lo mantuvieron quieto.
El médico movió el transductor con cuidado.
En la pantalla granulada apareció una mancha pequeña, apenas un punto de luz en medio de la oscuridad.
Movió el aparato un poco más y, de repente, un sonido llenó la habitación.
Dub-dub, dub-dub, dub-dub.
Era un latido. Rápido, fuerte, constante. Un corazón latiendo dentro de él.
Koral dejó de respirar. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras observaba esa pequeña mancha en el monitor. El odio hacia Ayazen, el deseo de huir, la confusión de su casta… todo se detuvo ante el sonido de esa vida que él mismo había negado.
—Ese… ¿ese es su corazón? —susurró Koral, con la voz rota, estirando una mano temblorosa hacia la pantalla.
—Sí —respondió el doctor suavemente—. Está sano. Mide aproximadamente 1.8 centímetros, lo que corresponde exactamente a las ocho semanas. Pero si quiere que siga así, tiene que dejar de correr. El estrés extremo, la deshidratación, la falta de alimentación adecuada… todo eso pone en riesgo al feto.
Koral no respondió. Solo miró la pantalla, hipnotizado por ese latido que no debería existir. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas. No eran de tristeza pura, ni de alegría. Eran de algo mucho más complicado que no sabía cómo explicar.
El doctor apagó el monitor con cuidado.
—Necesita reposo absoluto, alimentación adecuada y seguimiento médico inmediato —dijo—. ¿Hay alguien a quien podamos llamar? ¿Familia, pareja…?
Koral cerró los ojos. Una lágrima más cayó sobre la sábana.
—No —susurró—. No hay nadie.
Pero en su mente, el latido seguía resonando.
Dub-dub, dub-dub, dub-dub.
Y por primera vez en mucho tiempo, Koral sintió que algo dentro de él ya no le pertenecía solo a él.