CAPÍTULO 14 | ERES TÚ.
La madrugada era de esas que olían a nada: ni frío, ni calor, solo una quietud asfixiante.
Koral llevaba horas despierto, con los ojos clavados en el techo, contando las respiraciones profundas y regulares de Ayazen a su lado.
El alfa dormía de lado, con un brazo pesado todavía cruzado sobre la cintura del beta, como si incluso inconsciente necesitara reclamarlo.
Contuvo el aliento. Se sató despacio; tenía la llave en sus manos, aún la apretaba.
Primero se colocó el pantalón, luego la camiseta arrugada que había tirado al suelo horas antes.
No se puso zapatos: el ruido de las suelas sería su sentencia.
Caminó de puntillas hasta el pasillo de la suite.
La puerta principal contaba con un cierre biométrico, además de la cerradura física.
Koral insertó la llave con dedos temblorosos. Giró.
Clic.
El sonido fue mínimo, pero en el silencio absoluto le pareció un disparo. Se quedó paralizado diez segundos enteros, esperando que Ayazen apareciera como un espectro. Nada.
Abrió la puerta apenas lo suficiente para pasar de lado y la cerró detrás de él con el mismo cuidado. El pasillo del piso privado estaba desierto, iluminado solo por luces de emergencia azuladas. Caminó pegado a la pared, descalzo, conteniendo la respiración cada vez que pasaba frente a una puerta.
Entonces los oyó. Eran voces bajas, masculinas, al final del pasillo, cerca del ascensor.
—… el cambio de hora será en breve, dile a Jackson que se apresure.
—Sí, señor.
Koral se pegó contra la pared como si pudiera fundirse con ella. El plan se le deshizo en la cabeza en menos de tres segundos. No había salida por el pasillo. No había ascensor. No había escalera interna accesible sin pasar por los guardias.
Miró a su derecha: la puerta de cristal que daba al balcón privado de la suite.
Corrió hacia ella en silencio, abrió y salió al aire frío de la madrugada.
El viento le pegó en la cara como una bofetada.
Abajo, la ciudad era un mar de luces lejanas.
El balcón del piso inferior quedaba a unos cinco metros por debajo, separado por una cornisa estrecha y una baranda de acero.
Más allá, la escalera de emergencia del edificio descendía en zigzag hasta el estacionamiento subterráneo.
No lo pensó más. Se subió a la baranda, se aferró con las manos al borde de la cornisa inferior y se dejó caer con cuidado. Los dedos le ardieron al sostener su peso. Los pies tocaron la estructura del piso de abajo con un golpe sordo. Bajó de un salto, aterrizando en cuclillas.
La escalera de emergencia estaba a tres metros a la izquierda. Corrió hacia ella, descalzo sobre el metal helado, y empezó a bajar los peldaños de dos en dos. El corazón le retumbaba en los oídos. Cada escalón era un riesgo de ruido; un guardia que mirara hacia arriba y el plan se arruinaría.
Llegó al nivel del estacionamiento subterráneo jadeando.
El aire olía a gasolina y humedad. Salió por la rampa peatonal hacia la calle lateral.
Una mujer joven estaba parada bajo un farol, hablando por celular.
Koral se acercó tambaleándose, con los pies negros de suciedad y la camiseta pegada al cuerpo por el sudor frío.
—Disculpa… —dijo con voz ronca—. Por favor… necesito tu teléfono un segundo. Es una emergencia. Te lo devuelvo en diez segundos.
La chica lo miró de arriba abajo, asustada, y le pasó el celular sin decir palabra. Koral marcó el número de Ray con dedos temblorosos. Uno, dos, tres tonos.
—¿Koral? —la voz de Ray sonó adormilada y preocupada—. ¿Qué pasa? Son las cuatro de la mañana…
—Ray… necesito ayuda. Ahora. Estoy en la calle lateral del edificio Altara, en el centro. Por favor, ven. Por favor.
Hubo un silencio de dos segundos.
—Voy para allá. Quédate donde estás. No te muevas.
Colgó. Koral le devolvió el teléfono a la chica con un agradecimiento apenas audible y se escondió detrás de un contenedor de basura, abrazándose las rodillas. El frío le calaba los huesos. Los pies le dolían. El cuerpo le dolía. Todo le dolía.
Diecisiete minutos después (los contó en su cabeza), un Mercedes negro se detuvo en la esquina. La ventanilla trasera bajó. Ray estaba dentro, pálido, con ojeras y el cabello revuelto.
—Sube —dijo simplemente.
Koral se apresuró y se metió en el asiento trasero. El chofer arrancó sin esperar instrucciones. Ray lo miró de arriba abajo: pies sucios, ropa arrugada, marcas rojas en el cuello y un olor inconfundible a sexo y a feromonas de alfa dominante.
Ray se tensó como un cable. Koral se abrazó a sí mismo, temblando.
El Mercedes negro se deslizaba por las avenidas desiertas como un animal herido, con las luces de los semáforos reflejándose en los cristales tintados y pintando manchas rojas y verdes sobre el rostro pálido de Ray.
Koral estaba pegado a la puerta del lado derecho, lo más lejos posible del omega, con los brazos cruzados sobre el pecho como si así pudiera esconder las marcas que le subían por el cuello y se perdían bajo la ropa.
Todavía sentía las secuelas del encuentro en el bajo vientre y el aroma del alfa impregnado en cada poro de su piel.
No había forma de disimularlo; la fragancia era profunda, reciente, violenta, y Ray lo estaba percibiendo desde el momento en que subió al auto.
Ray no había dicho una palabra desde que arrancaron.
Sus manos descansaban apretadas en el regazo, con los nudillos blancos, y su nariz se movía ligeramente, como la de un animal que detecta sangre fresca.
Olía todo: el rastro de sudor, los fluidos...
las feromonas de Ayazen. Olía la traición antes de que el beta pudiera abrir la boca para defenderse.
De repente, Ray giró la cabeza hacia él.
Sus ojos claros estaban muy abiertos, brillantes de algo que aún no era tristeza, sino incredulidad pura.
—¿Qué te hizo? —preguntó en voz baja, casi en un susurro, pero con un filo que cortaba—. ¿Qué pasó exactamente?
Koral bajó la mirada a sus pies descalzos, sucios de asfalto y polvo de la escalera de emergencia. No respondió. No podía. Las palabras se le atoraban en la gola como piedras.
Ray se inclinó hacia él. Lo olió de nuevo, más cerca esta vez.
Vio las marcas, el moretón en la clavícula que la camiseta no alcanzaba a cubrir del todo, el rojo rabioso en el cuello; huellas de dedos y mordidas que todavía sangraban un poco en los bordes.
Contó cada una con la mirada, como si necesitara confirmar con los ojos lo que su nariz ya le estaba gritando.
Cuando terminó, su rostro cambió. La incredulidad se transformó en algo más oscuro.
—Eres tú —dijo Ray, con voz plana, sin emoción al principio—. Tú eres el amante de Ayazen.
Koral levantó la vista de golpe. Quiso negarlo, quiso mentir, inventar una excusa cualquiera, pero su cuerpo lo traicionó: un temblor incontrolable en las manos, un calor subiéndole por la cara y la respiración entrecortada. Ray no esperó respuesta. Su mano voló sin previo aviso.
La bofetada resonó en el auto como un disparo seco. El impacto hizo que la cabeza de Koral se fuera hacia un lado. El ardor explotó en la mejilla izquierda, caliente, inmediato. No gritó. Solo se quedó quieto, con la respiración agitada, sintiendo cómo la piel empezaba a hincharse.
Ray lo miró, con los ojos llenos de lágrimas que todavía no caían, pero que ya le brillaban en las pestañas.
—Después de ser amigos… —susurró, con la voz quebrándose por primera vez—. Pensé que estabas enamorado de mí. No de Ayazen. Mi prometido. Con quien me voy a casar.
Otra bofetada. Esta vez más fuerte. La palma abierta impactó en la misma mejilla, dejando los dedos marcados en rojo vivo.
Koral sintió el labio partirse un poco; el sabor metálico de la sangre le llenó la boca.
No levantó las manos para defenderse. No intentó detenerlo.
Solo cerró los ojos y aceptó los golpes, uno tras otro, mientras Ray lloraba en silencio y seguía hablando entre sollozos entrecortados.
—¿Cómo pudiste? —dijo Ray, con la voz rota, temblorosa—. ¿Cómo pudiste meterte en su cama sabiendo que era mío? ¿Sabiendo que yo lo amo? ¿Que llevo años soñando con esa boda, con esa vida juntos?
Tercer golpe. Esta vez con el dorso de la mano.
Los nudillos le rozaron la comisura del labio y la sangre empezó a gotear despacio por la barbilla de Koral.
Ray se detuvo. Respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando rápido.
Las lágrimas por fin rodaron por sus mejillas, dejando surcos negros de rímel.
Se limpió la cara con el dorso de la mano, manchándose más, y miró al beta como si lo viera por primera vez.
—Para el auto —ordenó al chofer, con voz helada.
El Mercedes se detuvo en medio de una calle desierta. No había nadie alrededor; solo faroles amarillos, el viento frío de la madrugada y el sonido lejano de un auto pasando por otra avenida.
Ray abrió la puerta del lado de Koral y lo empujó hacia afuera. No con violencia física desmedida, pero sí con rabia. Koral salió tambaleándose, con los pies descalzos tocando el asfalto helado. Ray se quedó dentro del auto, mirándolo desde arriba.
—Toma —dijo, sacando una tarjeta negra de su billetera y poniéndosela en la mano temblorosa—. Es ilimitada. Úsala para desaparecer. Vete lejos. No vuelvas a acercarte a Ayazen. Ni a mí.
Koral miró la tarjeta como si quemara. No podía hablar. La gola le dolía demasiado, el labio le sangraba y la mejilla le ardía.
Ray cerró la puerta de golpe. El cristal tintado subió de nuevo, ocultándolo. El Mercedes arrancó sin esperar. Las luces traseras se perdieron en la distancia, dejando a Koral solo en medio de la calle vacía.
Se quedó allí parado, temblando, con la tarjeta negra en la mano derecha y la sangre goteando despacio por la barbilla. Los pies descalzos sobre el asfalto frío. La mejilla hinchada. El cuerpo marcado. Miró la tarjeta, el plástico frío y brillante bajo la luz del farol.
Y por primera vez en toda la noche, sintió que realmente había perdido todo, incluso sabiendo que nunca tuvo nada.